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EDITORIAL

 

Por mucho que digan, por mucho que insistan, por más que disimulen, los hechos son los hechos: treinta años de Gobierno de izquierdas en Andalucía equivalen a una Dictadura tan soez, sucia e inmoral como la de Franco.

En estos treinta años no han logrado sino colocarnos en los primeros puestos, eso sí, siempre empezando a contar por la cola, cuando bueno, y por la cabeza, cuando malo. O sea, la educación es buena para un pueblo; bueno, pues Andalucía ocupa lugar de privilegio POR LA COLA; el paro es malo para un pueblo; bueno, pues Andalucía ocupa lugar de privilegio POR LA CABEZA. Así con todo.

Lo peor es que esto, según los mismos dictadorzuelos y adláteres reconocen, es que el negocio es IMPARABLE a estas alturas; así lo proclaman: Andalucía Imparable. Hacia el abismo, claro, pero eso se lo callan.

Y digo yo, digo y me maravillo, claro está, digo: ¿Cómo puede ser un pueblo inducido tan completamente a vivir en la inanición, en la apatía, en la desidia y en el deshonor?

Y me digo yo, me digo y no me resigno, por supuesto, me digo: ¡Pues porque le han tomado la medida, de manera similar a como Hítler se la tomó al pueblo alemán, Franco al español, o Mussolini al italiano! ¡¡¡OJO, que no digo que ellos sean nazis ni mucho menos!!! No, sólo digo que su egoísmo, ansia de poder y amor a sí mismos son similares a los de los nazis y prevalecen sobre su obligación de servicio a una comunidad histórica.

El tiempo les juzgará. La Historia les bajará de sus pedestales. Con su pan se lo coman.

Sí. Pero ello no es consuelo: el mal estará tan hecho como el de Franco lo sigue estando. Sus herederos serán marqueses, condesas y nuevos-ricos, el Mundo seguirá dando vueltas y más vueltas y más vueltas y aquí paz y allá gloria. ¿Y...?

Pues, nada. Fijate, para que te consueles, te voy a contar una historieta a cuyo desarrollo he asistido:

Van unos trabajadores y se reúnen a calebrar algo; están con sus familias y, de repente, el suelo del restaurante se viene abajo y mueren la tira de ellos. Hay juicio y el promotor es condenado a dos o tres añitos de cárcel porque sus abogados son buenísimos y, además, la ley es más buenísima aún. Encima, ni los llega a cumplir porque pilla una amnistía y sale a la calle hecho un brazo de mar y la mar de contento y satisfecho. Para mí tengo que los cadáveres de los muertos aún no están corruptos del todo; su memoria, menos. Bueno, pues agarra este promotor y se aplica a sus negocios y, a la larga, se hace multi, multi, multimillonario; hasta lo eligen alcalde de un pueblo y tiene un caballo y todo y sale en la tele y tal y tal. ¿Qué pasa al final? Muy simple: me ha dejado al pueblo cuyo alcalde es hasta sin papel higiénico; lo ha limpiado entero, menos las alcantarillas, de las que se ha hecho el dueño. Y entonces, ¡pues no va y se muere, el muy jodido! Bueno, pues de devolver algo de lo mucho que en vida robó, ¡nada de nada! ¡Santa Rita-Rita, lo que se roba no se quita! Porque las leyes siguen igual de buenas, u óptimas, y, como ya ha fenecido, a nadie sino a Dios ha de responder. ¿Y sabes lo que Dios ha dicho? ¡Pues que lo disfruten sus herederos, ja, ja, ja! Que lo están disfrutando.

¡Que bueno, ¿eh?, ay, que me parto, ja, ja!

Vale

 

   

 

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