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EDITORIAL

 

Las críticas se expresan para que, al menos, se consideren si es que son emitidas por una entidad responsable, razonable y válida.

Puede que un partido, el PP, carezca de responsabilidad; diré más, en mi criterio, más de una vez ha obrado en un sentido tal que me ha reafirmado en la creencia de que sus dirigentes no son muy responsables en algunas de sus actuaciones; en concreto, no lo digo por Camps Arenas o personaje determinado, por la inoperancia incomprensible mostrada repetitivamente en ciertas situaciones, o por actuaciones puntuales que (repito, en mi criterio) dejan mucho que desear. Puede que un partido, el PP, no sea razonable en sus planteamientos; es posible que les parezca así a los que tienen ideología contraria. Sin embargo, hay que tener en cuenta la relatividad de las ideas: la verdad absoluta no está en poder de un individuo concreto, por mucho que éste así lo crea; aunque se llame Pepe Luis. Lo que no se le puede negar al PP es su validez como partido representativo de una gran parte del pueblo español. Como tal, sus críticas, valoraciones y propuestas deberían ser atendidas y consideradas. Al menos.

Lo que no sucede. Porque en lo que para algunos es un juego, al que califican de político, se suele aceptar como axioma el rechazo absoluto de toda crítica procedente del contrario: por mucha razón que encierren algunas de ellas, el sólo hecho de provenir del PP las invalida a los ojos de un Presidente de izquierdas. Y, por supuesto, viceversa.

Ahora bien, ¿cómo puede el pueblo sufrido presentar su opinión, proponer alternativas o mostrar su descontento a la labor del Presidente?

¡Ah, muy sencillo: la vía parlamentaria, amigo mío! A esto yo le respondo que la vía parlamentaria la han convertido en una vía muerta por ese talante descrito hasta aquí. Pues si no le parece bien este sistema, vote cuando sean las elecciones y ya está.

Y se va tan pancho.

Pero no es eso, no. La crítica a la labor de un gobierno determinado ha de presentarse, escucharse, calibrarse y, cuando la razón así lo exija, atenderse.

Presentarse. ¿Dónde? / ¡Ah, pues en sitio tal que llegue al receptor de manera clara! / Ya, ya, pero, ¿dónde? / Hombre, pues ya que se pone usted así, ¿qué quiere que le diga?; no hay un sitio concreto y definido para tal uso, salvo el ya indicado del Parlamento. / O sea, a ver si lo he entendido bien, o me dirijo al Presi en el Parla o no hay nada que hacer. / Exacto, y en el Parlamento no puede. / Y pregunto yo, pregunto, y si en vez de ser yo solo, somos más de cuatro millones los que le queremos presentar críticas y reparos; qué hacemos? / Pues, ya se lo he indicado: Parlamento o voto.

Comentario: De ello entiendo que las críticas se pueden presentar en cualquier sitio al que tengan acceso emisor y receptor y que permita la transmisión exacta del mensaje.

Escucharse. ¿Cuándo ha de presentarse una crítica? / Cuando se esté seguro de que va a ser escuchada. / Pero, pero, veamos, ¿no será inconveniente, irreverente, inadecuado presentarla, digamos, en medio de un desfile? / Pues mire usted, no lo será si es que no hay, como no la hay, otro modo. / Los muertos son los muertos; el respeto que se les debe hay que concedérselo. / Y los vivos son los vivos y la oportunidad de sus acciones calibra la intensidad de la irritación que les ha llegado a producir un determinado talante.

Comentario: La continuidad de un abucheo durante el segundo momento más solemne de un acto no es sino un medidor bastante fiable del cabreo del personal.

Calibrarse: Nuestro buen Presi ha calibrado acertadamente la situación, como de costrumbre: los abucheos del otro día no fueron sino la expresión mínima de una conjura judeo-masónica espoleada por las fuerzas de la derechona extrema y en connivencia con los marcianos, orquestado todo ello por la inquina romana y con el beneplácito del tío Tom y el Cojo Mantecas.

Comentario: La ceguera del guía nos llevará a todos precipicio abajo; alguien debe abrir los ojos.

Atenderse: ¿No hay nadie en el sitio adecuado que piense que la situación del país exige medidas extremas?

Comentario: Pues, y como primera provisión, ¿por qué no se dejan de enaltecer nombres como Azaña, Prieto, Largo, Negrín y tantos y tantos otros cuyo mérito primero consistió en no haber sido capaces de evitar una guerra fratricida? Porque los de la acera de enfrente, Franco, Mola, Sanjurjo, Aranda y tantos y tantos otros, ya han sido debidamente purgados y expulsados de los exclesos cielos de la gloria en donde tantos años se regodearon. Un millón de muertos no es ningún mérito. Claro que, puestos a comparar, cuatro millones de parados, tampoco lo es.

Vale.

     

 

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