06-XII

EDITORIAL

 

Descorazonado. Así es como dice sentirse uno de nuestros redactores.

Totalmente descorazonado.

Llevas toda la razón le decimos, no es para menos. La corrupción extendida por todo el país; la descomposición, en marcha; la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III, por los suelos; muchos padres, que vemos como nuestros hijos pasan falta; la Junta de Andalucía, que no acaba de incluir entre sus ciclos formativos el de rebusca en contenedores de basura; las radios, que informan con toda su mala idea de que Gaspar Zarrías votaba a dos manos cuando en realidad era a mano y puntita de su pie; los nativos de aquí, que ya no podemos presentarnos a funcionarios en Baleares porque hablamos español; los ladrones politizados, que no devuelven un euro y siguen robando; los políticos, que la senda que nos muestran no es la del esfuerzo, la razón, la justicia y la compasión sino la del egoísmo y el bolsillo propio; la Esteban, cada vez más arriba; los 420 euros, que desaparecen en el cercano abismo... Sí, amigo, sí; tienes motivos de sobra para estar descorazonado.

Nuestro amado Director, persona sanísima, simpatiquísima, comprensiva al máximo, claro, también le entiende:

Anda, ve un ratillo a llorar por los rincones y vuelve pronto, que tienes que hacer tu hoja.

Luego, cuando vuelve, le pregunta:

¿Qué? ¿Cómo te sientes? Mejor, ¿a que sí?

Se siente peor.

¡Si es que, encima, jefe, ahora me he dado cuenta de que soy de Almería!

Ante lo cual, claro está, no podemos consolarle. La cosa parece no tener remedio y, realmente, no lo tiene. Sin embargo, nuestro amado Director, como persona sanísima, simpatiquísima y comprensiva al máximo que es, no tarda en encontrarle acomodo nuevo:

—¡Mira, ya está! Dado tu estado de ánimo, ¡te vas a dedicar a las necrológicas!

Por supuesto, todos aplaudimos el talento y la prudencia de nuestro bienamado Director. Se lo exteriorizamos con parabienes, alabanzas, aplausos y complidos varios.

A los dos días nos quedamos de piedra al saber que ha puesto al pesimista en la puta calle, con perdón (pero así es como también se expresa mi excelente amigo Miqui Navigatores al cual, y desde aquí, con todo mi corazón y buena fe le insto a que no siga chupando del bote otros titantos años).

¡Pero, pero, jefe, quiero decir, amado jefe, por qué le ha echado?

Claro. Cuando nos lo explica, todos estamos de acuerdo con él en que no había otra solución: el muy jodido le presentaba a todas horas una esquela de defunción. Siempre la misma.

¡Pero, hombre le repetía nuestro amado jefe, cámbiala.

Y él iba y la cambiaba. Todo. Todo, todo, todo: formato, tamaño de letra, estilo, etc.

Salvo una cosa. En eso sí que parecía encelado perdido, el pobre: el nombre del protagonista de la esquela. Era siempre el mismo.

Y mirad que se lo decía: hombre, por favor nos explicaba nuestro muy respetado y bienamado jefe, que el muy sinvergüenza no se ha muerto todavía: cambia de zapato, que vas a dar un traspié. Pero, nada; él empeñado en que ello sería lo único que pondría fin a nuestros males y salvaría a la patria de vestirse de bananera con botijo y pandereta. Como los falangistas verdaderos de hace setenta años, ¿os acordáis? Pues así.

Es lo que yo digo: nuestro jefe ha hecho muy bien. Siempre ha de primar la razón, la ley y la justicia. Aunque no sean la misma y única cosa. Mira, si es que no te lo crees, a ese caballero que se llama don De La Juana Chaos, o a ese otro llamado don Ternera; o a don Julián Muñoz. O a dones Bárcenas, Matas, Enciso, Alemán, etceterísima. Libres como pajaritos y regalándose el piquito con cosas ricas. ¿Sabéis por qué? ¡Pues porque han cumplido con las leyes vigentes! Porque, si no, deberían estar pudriéndose en el talego. Ciudadanos ejemplares son. Respetados como ellos solos.

De modo que, sí, amigos, sí: a cumplir las leyes que para eso están.

Y muy buenas que son. Piensen que si fuesen mejorables, ya habrían sido redefinidas, redactadas y reformadas para que nadie se burle de ellas. No nos tomen más el pelo.

Ése es el trabajo más importante que tiene la cámara legislativa, con sus comisiones y todo eso, ya saben. Sus maneras solemnes: señoría para acá, señoría para allá, aplauso y vuelta a escaño. De pacotilla, vamos.

Cuando en treinta años, que llevamos de esto, no las han cambiado unas personas tan bien pagadas, respetadas, responsables y trabajadoras, es porque ¡son buenas! Las leyes, digo.

Además, estoy casi seguro de que el que no las cumpla ¡va al infierno! De cabeza y sin condón. A jugar al mus con Franco y Galileo. Y Carrillo cuando casque.

Sí. Y de allí no sale.

Miqui no le dejará ni asomar la cabeza siquiera. Comunista de pico y dorada billetera, repleta como ella sola. ¿Verdad, vidita?

Vale.

     

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