MI TÍA MARÍA
 
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Mi tía María dicen que fue algo increíble. Murió antes de que yo pudiera formarme un conocimiento de las razones por las que ahora me dicen que fue. Era la madre de mi primo Miguel, la esposa de mi tío Ramón, del que tan sólo puedo decir que murió a poco de nacer mi primo; el cual, por otra parte, era mucho mayor que yo: él era de la quinta de la guerra; yo, de la del hambre.Tenía mi primo una novia preciosa, a lo que aseguran. El día antes de la boda él dijo a mi tía:

—Voy a comprar tabaco.

Eran ya los años en que yo era un criajo que se arrastraba por los suelos y las aceras rotas de mi pueblo. Mi tía dicen que le respondió:

—No tardes, Miguelico, que el arroz ya está listo.

Mi primo ni contestó. A lo mejor no la oyó; o tal vez no quiso oírla. Y no se supo más de él por el pueblo. Desapareció. Al principio, mi tía estuvo algo extrañada, es decir, se extrañó un poco. Luego, se asomó por el bar, como gallina que anduviera cloqueando por las andanzas de un polluelo algo despistado. Más tarde, alborotó medio
pueblo con sus cacareos cada vez más nerviosos. Por último, revolucionó a todo el mundo: anduvo de aquí para allá: miró hasta en el río, que seguía corriendo como siempre seco como un traspillo; zarandeó a una pareja de guardias civiles que según ella no la habían atendido debidamente cuando fue a denunciar la desaparición de mi primo... Finalmente, lloró con Celeste Elena, que tal era el nombre de la novia frustrada, la misteriosa desaparición de su hijo y novio respectivamente. Y anduvieron llorando hasta que Celeste Elena encontró nuevo bálsamo para su dolor y se casó y salió de la vida de nuestra familia.

—No —recuerdo que decía mi tía cuando nos visitaba—, si de ella no puedo decir nada. Es joven. Es lógico. —Para añadir a continuación:— Pero Miguel no ha muerto. Eso lo sé. De eso estoy segura.

Y de ahí no había quien la sacara. Su Miguel, es decir, mi primo, no había muerto. Había desaparecido, pero no había muerto. Mi madre me contó, pasado el tiempo, que mi tía María había recorrido todos los pueblos de los alrededores con una fotografía de mi primo, cada vez más sobada al sacársela de las honduras de su seno abundante, generoso. La gente, al principio, le tenía algo de lástima o de comprensión; intentaban ayudarla y no se molestaban con ella cuando se empeñaba en contarles que su Miguelico estaba vivo y que su desaparición no era sino una mera anécdota o algo así. Luego, las cosas fueron cambiando; ya no la atendían con la misma consideración y procuraban esquivarla cuando la adivinaban. Claro es que a ella le daba igual: su Miguelico no había muerto y la gente que le huía no eran sino sombras por entre las que buscar a su hijo. Así pasó más de un año; dos, también. Entonces se le ocurrió una idea; una gran idea, según ella. No sé a quién oyó hablar de los detectives privados, personas con poderes semimágicos que, según decía con ojos brillantes, hallaban a las personas que desaparecían. Allá que se fue, a la capital. En un callejón apartado, tras una puerta vetusta, se podía leer a todas horas ABIERTO, y ella entró.

Contrató al detective a tiempo completo al principio. El detective se denominaba “Mister X – Detective privado. Investigaciones confidenciales”. En realidad era un tal Lorenzo Mingo, conocido por sus amistades como Loren. Y Mister X estuvo sacándole el dinero a mi tía mientras que mi tía tuvo alguno. Luego, conforme se le fue acabando, Mister X fue contratado a tiempo parcial y, por último, retenido sobre una ligera base mensual. Pasaron los años. Mi tía se arrastró a compás del rebaño y no se quejaba. Y, es curioso, pero no se defendía mal: tenía un taller de costura y sacaba algo de dinero que iba a parar indefectiblemente, antes o después, a los bolsillos de Mister X. Cuando mis padres le decían algo, ella solía responder:

—Miguelico no ha muerto. Ha desaparecido, pero no ha muerto. Antes o después lo he de encontrar. Mi hijo no ha muerto. ¿Sabéis vosotros de seguro que ha muerto? Porque yo no lo sé. Sólo sé que no ha muerto. Y no hay más. Y ya está.

Claro, mis padres tenían que callarse. Más que nada por no hacerle daño diciéndole que sí que había muerto; porque ¿cómo explicarse un silencio de años si no era ésa la razón? Al cabo del tiempo hasta el mismo Mister X se fue. Ya hacía siete años desde la misteriosa desaparición de mi primo Miguel cuando he aquí que mi tía se presentó un día, todo alborotada, por casa de mis padres, en la capital ya también a donde nos acabábamos de trasladar por aquellos
entonces. Yo aún me acuerdo de verla venir bermellona y sudorosa con un papel que agitaba sin cesar en la mano.

—¿De Mister X? —le preguntaba mi madre entre asombrada y recelosa.

—Eso, es. De Mister X.

—Pero, bueno —intentaba tranquilizarla mi madre—, anda, siéntate y cuéntame qué te dice.

Después de muchas explicaciones, la cosa pareció aclararse algo. Mister X estaba en Barcelona, había trasladado sus negocios allá; pero no se había olvidado de sus antiguos clientes. Y, así, tenía a bien comunicarle a mi tía que estando el otro día tomándose una caña en un bar vio entrar a un hombre que le pareció mi primo Miguel, es decir, el individuo cuya desaparición estuvo investigando por cuenta de mi tía. Mis padres no se recataron a la hora de indicarle a mi tía, suavemente al principio, que ellos entendían que, aun a distancia, el tal Mister X la volvía a tomar por su particular e inagotable fuente de ingresos; pero a ella nada parecía hacerle efecto: estaba radiante en su esperanza y, en verdad, yo nunca la vi tan ilusionada, tan exultante, tan dinámica, tan... No, no quiero decir nada más: creo que es el mejor recuerdo que guardo de mi tía María; quiero verla siempre así en mi mente y cuanto menos diga de ella en aquellos días, mejor.

Pues el caso es que se fue. A Barcelona. Desde entonces ya apenas tuvimos noticias de ella sino por largas y extensas cartas, cortos viajes de mis padres y alguna que otra llamada telefónica, cuidadosamente preparada esta última y que siempre entrañaba una larga espera junto a fila de cabinas aburridas en una de las cuales se oía al final una serie de monosílabos y medias frases de las que no entendía nada. Yo le decía a mi madre:

—Cuéntame de la tía.

Pero hubieron de pasar años hasta que pude averiguar qué sucedió enrealidad. Y es sólo ahora, al cabo del tiempo, cuando me he hecho una idea que creo bastante verídica y aproximada. Es así, por ello, que puedo ver a mi tía llegar a la Barcelona de principios de los tristes cincuenta. Parece ser que Mister X acudió a recibirla al andén de la estación. Era una tarde de noviembre, fría y ventosa; camino de una pensión oían una y otra vez voces secas como sarmientos de antaño que gemían aquí y allá, sin cesar apenas:

—¡Velas...! ¿Quién quiere velas...?

Aunque a mi tía nada le afectaba: miraba y miraba a todas partes como si mi primo Miguel fuese a materializarse por obra y gracia de algún encantamiento misterioso de Mister X. Y no cesaba de preguntar:

—Y ese bar, ¿dónde está...? Pero, bueno, ¿dónde está...?

A lo que Mister X contestaba tan sólo:

—Ya estamos cerca.

Luego, cuando llegaron y mi tía dijo:

—¡Pero si esto no es un bar! ¡Esto es una pensión!

Mister X le hizo comprender, y para ello precisó de todo su poder de persuasión, que la persona a quien él había identificado como mi primo Miguel sólo parecía ir por el dichoso bar de marras a determinadas horas y no todos los días; así que ella, mi tía, debía pensar en hacer una guardia en toda regla que tal vez le llevaría días. Como es lógico, había de tener un sitio donde cobijarse en tanto que la espera; ¿a qué, pues, oponerse a un tal asentamiento cuando el mismo tan sólo proveía a su comodidad? Mi tía parece que al final cedió, no sin antes convencer a Mister X, que ya debía de empezar a arrepentirse de haberla llamado, de que se dieran una vuelta por el barrio para pasar por delante del bar en cuestión. Y pasaron. Mi tía miró el tal bar, que no era sino un refugio tubular, como si el Vaticano fuera en el que, por algún misterioso conjuro, ¡plop!, iba a repentizarse mi primo Miguel. Salía de allí una música cansina, dulzona, con vaharadas de humo meloso por entre resplandores dorados.La Barcelona de aquellos años ya era una ciudad grande, pero para mi tía se reducía a un bar y una pensión.

Pasaron los días. No uno ni dos: fueron bastantes. Tanto es así que hasta Mister X se rindió y tan sólo ocasionalmente aparecía por el bar en el que mi tía montaba guardia permanente. Y un día recibimos una carta de ella: “¿Veis como estaba vivo? ¡Si me lo decía el corazón! ¡Y está más guapo y más serio! ¡No lo conoceríais!...” Así seguía. De modo que mi madre y mi padre fueron a teléfonos y se celebró una de esas aburridas sesiones de monosílabos y sueño entrecortado conmigo semidormido en un rincón y de las que, como ya he dicho, no entendía nada. Cuando ya de regreso a casa oí susurros y masculleos, apenas me sirvieron para descifrar algo de lo que pasaba. Mi padre preguntaba a mi madre:

—Pero, bueno, ¿por qué se fue? Es que no lo entiendo...

Mi madre, contestando:

—Para mí que hay algo raro... No sé...

Y, efectivamente, lo había. Pero yo tardé en enterarme bastante. Cuando me enteré, la cosa no podía ser más sencilla: mi tío Miguel era maricón, bueno, mariquita, según susurraban entre ellos. Había huido con un hombre del que estaba enamorado. Habían preparado la fuga hasta el mínimo detalle..., y ahora vivían juntos en Barcelona, como un matrimonio. Sólo que...¿Y mi tía? Pues mi tía dijo:

—Lo que mi hijo quiere y le hace feliz, yo lo quiero.

De manera que se fue a vivir con ellos. Habitaban un piso la mar de mono cerca del Paseo de Gracia. Lo sé porque mis padres fueron, volvieron y no paraban de hablar entre ellos, muchas veces conmigo delante sin darse cuenta, y elogiaban el dichoso pisito. Decía mi madre, decía:

—Oye —a mi padre—, ¿y viste con qué gusto tenían puesta la salita?Si talmente parecía como de cuento...

Mi padre callaba a eso y sólo gruñía y mascullaba que sí y que sí; pero yo le notaba que le había llamado la atención el confort y que algo habría de lujo cuando callaba; porque si no, no habría dejado de hablar y de... Pero, no: callaba; luego, algo habría.

Cuando mi primo Miguel cayó enfermo fue el mismo año en que el obispo de mi ciudad murió a consecuencia de una pulmonía que agarró al salir a respirar el aire puro de la sierra, en contraste agudo éste con el acondicionado de su Mercedes, en el cual viajaba, en pleno mes de febrero. Claro es que eso le pasó al obispo. Mi primo vivía y trabajaba y de vez en cuando se tomaba alguna que otra cerveza en el bar con su..., la verdad es que no sé cómo denominarlo, aunque creo que me entendéis. A pesar de ello, de vida tan escueta, cayó enfermo. Y murió. Nos enteramos por una carta arrugada y sucia, como húmeda aún, que tenía la fecha de varios días atrás. Era de mi tía y nos comunicaba el fallecimiento de su hijo.

“Murió con toda la paz del mundo —decía—. Carlos y yo estuvimos a su lado hasta que todo acabó. Carlos lloraba como un niño y mi hijo estaba allí, quieto y como si no estuviera. Ahora no está. Carlos no hace sino que ir de un lado para otro por el piso y ni llora siquiera...”

Así seguía, dándonos cuenta y detalles de la muerte de mi primo. Eso es todo. Nada queda por decir. Sé que ella, mi tía, siguió viviendo en aquella casa. Quiero imaginármela dándole alegría y calor a aquellos brocados y aquellas cortinas rosas. A aquellos muebles anticuados, un poco relamidos tal vez. Sé que decía, porque mis padres lo refirieron:

—Debo cuidar de él. —Se refería a Carlos—. Mi hijo lo ha querido tanto que yo debo querer lo que él tanto ha querido.

Los años han pasado. Todos ellos, mi tía, Miguel, Carlos, y hasta Mister X, se han ido. Unos han muerto; otros han desaparecido. De nadie sabemos ya nada. Sombras de amor y antaño traídas hoy a mí por un soplo momentáneo de la brisa del recuerdo. Mi tía murió cuando yo estaba en el instituto, allá por el cincuentitantos. Cuando mis padres volvieron del entierro, en Barcelona fue, donde ella pidió descansar al lado de su hijo en un nicho que por no ser“A perpetuidad” ya hace tiempo que está ocupado por otros restos, cuando mis padres volvieron, digo, comentaban entre ellos la gentileza y el cariño con que Carlos había cuidado de mi tía hasta que murió. La limpiaba en su enfermedad y la amó en su alma susurrándole consuelo.