LAS RELIQUIAS
 
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RELACIÓN E HISTORIA VERDADERA DE LAS RELIQUIAS DE SANTO TOBÍO,

conservadas que son aún en el Convento de su glorioso nombre

Pues, hete aquí cómo fue todo:

 

Tras muchas discusiones y no pocas intrigas, ya que aunque religiosos los hermanos eran antes que nada hermanos, fue designado fray Lipueldo para la delicada misión de tratar, convenir y traer hasta el convento las sacrosantas reliquias de santo Tobío.

—Entiende, hermano —dijo el Superior al despedirle—, cuán importante es tu misión y lo muy necesitados que estamos de algunas reliquias que nos den cierta distinción en el entorno y a las que podamos sacarles algún provecho, que todo en el nombre de Dios lo hacemos y por su santa causa. —A lo que fray Lipueldo, con toda humildad respondió:

—Amén —y partió, alegre el ánimo y llena la bolsa, a la adquisición de las tan necesitadas reliquias. En la susodicha bolsa, colgada de una cuerda a la cintura y bajo el sayo, llevaba todo lo recaudado por la comunidad entera a lo largo de casi un año de peticiones y trabajos; así pues aunque su peso era notable y su valor más aún, él nada temía pues, pensaba, ¿quién iba a sospechar que un fraile de tan pobre apariencia podía transportar tal riqueza bajo su atuendo? Y alegre iba.

Así anduvo días y más días, malcomiendo y peordurmiendo de la caridad de con quienes en su camino iba topando. Y de tal guisa, una radiante mañana de primavera se encontró en su destino, que no era otro que la ciudad en la que el reverenciado Santo había hallado su martirio y en la que reposaban sus restos. Llegado que fue no perdió tiempo alguno sino que, guiado por el campanario más alto de los que por doquier abundaban, al poco se encontró ante la mole imponente de la Catedral que daba cobijo a las reliquias veneradas.

—Reverendísimo señor —comenzó, tras postrarse a los pies del que entonces era Obispo y príncipe espiritual de la comarca—, he sido encomendado por mi comunidad para que le haga llegar la expresión más sumisa y la admiración más sincera. —Esto no era del todo cierto pero era lo que había ido hilvanando en su mente en tanto que duró su peregrinar solitario. A decir verdad, en su momento, su reputado Superior había sido bastante más explícito:

—Ojo con el Obispo que es una rata —le había soltado, para arrepentirse al instante e intentar enmendarlo:— Lo que te quiero decir, Lipueldo, es que frenes tu temperamento y hagas uso de tu mucha habilidad en la astucia y de la poca malicia con que Dios Nuestro Señor te ha dotado: el Obispo te intentará engañar, y darte nada y menos a cambio de lo mucho que tú llevas. Ándate, pues, con los ojos bien abiertos y ni siquiera el del culo cierres cuando en su presencia te encuentres. —Palabras, éstas, que le habían hecho pensar en demasía y le habían dejado en la duda de lo que su Superior quiso significar con ellas.

El Obispo, gordo como piojo bien alimentado, ojos agudísimos tales como los que las putas suelen tener, semblante agradable y labios gordezuelos, le miraba y remiraba y nada decía.

—También he traído conmigo —siguió, pues, nuestro buen Lipueldo— la esperanza de que la mucha caridad, con que su reverendísima persona se adorna, le anime a atender el grito desesperado que nuestra comunidad, en la comisión de mi humildísima persona, le envía. —Elevaba el Obispo el rostro rubicundo y abermellonado y clavaba más aún el taladro de sus ojuelos en nuestro inocente fraile. Pese a ello, nada todavía dijo, que ni había respondido a su saludo sino con un leve movimiento de la cabeza, redonda era como sandía bien rellena. De modo que, un tanto desconcertado, fray Lipuesdo se animó para soltarlo de una vez y cuanto antes; dijo:— Es la triste realidad que nuestra comunidad mora en región donde el hambre y la mucha falta tienen su residencia habitual; los escasos medios que nos son dados no bastan para subvenir a las más elementales necesidades de la comunidad, cuanto menos a las de nuestros fieles y devotos. —La mirada de búho gordezuelo y callado lo empezó a poner inquieto por la persistencia y duración del silencio que, desde que apareció por un portoncito lateral del lujoso aposento, no había variado. Pese a todo, Lipueldo hizo por reponerse y se lanzó con toda valentía:— Por ello, y acudiendo a toda la caridad de nuestros fieles, atendiendo a la escasez de sus bienes, nos ha sido dado reunir una cierta cantidad, exigua en su montante, bien es cierto, pero valiosa por lo mucho que de sus almas tiene. Nuestro buen Superior, que en tanto estima a vuestra reverendísima, ha decidido que la dicha cantidad se le ofrezca a vuestra reverendísima para que, si tiene a bien, nos provea de alguna reliquia del sacrosanto cuerpo de santo Tobío. La reliquia será expuesta a la adoración de los fieles en el altar mayor de... —Así siguió y siguió fray Lipueldo desgranando todos los designios que en su mente y en las de la comunidad se habían pergeñado para el buen cuidado, adecuada conservación y previsión lucrativa de las reliquias de santo tan venerado como santo Tobío era. Finalmente, cuando nuestro crédulo fraile estimó que se le habían acabado los argumentos, por una parte, y la saliva, por la otra, quedó callado y a la espera de respuesta o signo por parte del Obispo. Volvió éste el rostro rubicundo y amochuelado hacia el paje que a su lado había escuchado con todo cuidado y discreción, y alguna seña debió hacerle pues fue la voz de él la que sonó en el aposento:

—¿Cuánto? — Así, al pronto, no entendió fray Lipueldo; el paje, por la expresión confusa de sus ojos de tal modo lo debió interpretar porque en seguida lo aclaró:— Su Excelencia Reverendísima quiere saber a cuánto asciende lo que traes. —Ahora sí entendió el fraile y, tras breve duda, lo especificó; apenas lo hubo soltado, el paje se le echó rápido encima:— ¡Pero si eso es apenas nada! —Volvió el rostro hacia su Obispo y algo debió indicarle éste pues, al instante, detalló:— Por esa cantidad, hermano, lo más que podemos darte es un mechón de pelos de la barba venerable.

Se quedó Lipueldo sin habla por la sorpresa. No es que esperara que al abrir la puerta del convento a su regreso le vieran llegar llevando a cuestas todo el espinazo de santo Tobío; hombre realista era y sabía que sus medios no daban para tanto; pero, ¡unos pelos de la barba nada más! No obstante, era práctico también, como de Iglesia y, por ello, hizo lo posible e imposible por reponerse; habituado como estaba al regateo, a ello se aprestó con toda su buena fe y mejor corazón:

—Si aparezco por el convento con unos pelitos de la barba del santo nada más, seguro que todos pensarán que he hecho el uso que no debiera de los recursos que se me han encomendado.

—Eso tiene fácil remedio —arguyó en paje obispal—, hijo mío: te confiesas con tu Superior y le confías, en la privacidad del sacramento, que no has hecho uso indebido y ya está.

Pero fray Lipueldo pensaba: “Creerá que le estoy diciendo mentira y será aún peor el remedio que la enfermedad”; sin embargo, también veía con toda claridad que no era cuestión de confiar tales pensamientos a los dos personajes que ahora le miraban y remiraban sin pestañear siquiera. Por más que él sabía que los otros lo sabían. Y, lo que era peor, nada podía hacer sino recurrir a sus sentimientos, lo cual veía como una posibilidad tan débil que los pies se le hicieron manteca y notó como se le descomponía el vientre y, sin querer, se le escapaba una ventosidad que, ¡gracias sean dadas al Altísimo!, salió silenciosa y algo disimulada por la tela basta y gruesa del sayo. Aterrado ante la perspectiva, balbuceó:

—¿Y algo más? Unas alpargatas que le pertenecieran..., un tarrito con algo de su sangre..., unas uñas..., lo que sea..,. algo... —Y las lágrimas acudían raudas a sus ojos convertidos por la misma desesperación en dos caudalosos manantiales por donde fluía todo la frustración que sentía. Los otros dos, venga a mirarle. Casi con curiosidad. Callados ambos. Y venga a mirarle.

Cuando, luego, abandonó la ciudad ya no llevaba la bolsa, que se habían quedado con ella los de mirada larga y lengua escasa; en cambio, sí que portaba la bolsita. En ella, un manojito de pelos de la barba de santo Tobío. Hasta le habían permitido estar presente en tanto que el paje, con unas tijeritas de oro, se acercaba a la venerable mojama, que tal le pareció en la semipenumbra a fray Lipueldo, y, tras arrodillarse un par de veces conforme lo hacía, se inclinó sobre la urna, la abrió con dedos reverentes, se arrodilló una vez más y alzándose, con sumo cuidado, cortó el manojito. Fray Lipueldo, al ver la escasez del tal, no se pudo reprimir y masculló:

—¡Esos son muy pocos, córtele algunos más, Excelencia! —liándose en el tratamiento correspondiente a paje de obispo, retumbando el balbuceo en la soledad de la cripta y motivando una mirada reprobatoria del ayudante con que había aparecido el paje para la ceremonia del corte parcial de la barba, ya que el Obispo no había acudido sino que había delegado en estos dos; el ayudante un viejecito reseco y renegoncillo, por lo bajo, en todo el rato que tardó el paje no cesaba de reprocharle a éste porque en su criterio:

—Me lo has dejado rapado, Federico. —Que tal debía ser el nombre del paje.

Así emprendió el camino de regreso, el ánimo caído por tan poco logro, la bolsa vacía de recursos, el hambre dándole dentelladas por allá dentro, él sin hacerle apenas caso: sólo tenía mente para aquellos pelitos que cuidaba en la bolsa, la bolsa en la mano, la mano bajo el sayo, el sayo cubriéndole por entero y, como el tiempo se iba haciendo más y más caluroso conforme arreciaba el día, haciéndole sudar. Le caía el sudor por la frente y en las mejillas se le mezclaba con las lágrimas; pues se decía, en voz baja, pero se decía:

—Santo Tobío bendito, cuyos pelos de la barba me acompañan, haz que cuando llegue mis hermanos consideren suficiente el intercambio porque... —Se daba entonces cuenta de la falta que acababa de cometer hacia santo Tobío al menospreciar, en apariencia, los pelos de su barba venerable y procuraba enmendarlo a toda prisa:— ¡No, no, no es que yo piense, santo Tobío bendito, que unos pelitos de tu santa barba no valgan más de lo que he entregado por ellos, sino que lo que quiero decir es...! —Como en realidad no sabía qué era lo que quería decir, se callaba y con suspiros hondos de tanto pesar continuaba la marcha. La espalda, joven era, inclinada por la mucha responsabilidad y la duda razonable que su misma frustración le generaba. Así hasta que, el atardecer cayendo estaba, se acercó a una casucha que cabe un pinar a la orilla de un riachuelo vio.

Luego, mientras con el sayo hacía un lío que le sirviese de almohada, el estómago lleno y el corazón fortalecido por la humildad sencilla y obsequiosa con que aquellos campesinos le habían tratado, se sentía nuevamente lleno de esperanza y daba gracias a Dios y a santo Tobío. Los temores y aprensiones que tanto le habían torturado a lo largo del camino, habían quedado atrás.

Se pasó la mano y movió la cabeza. Soñaba que santo Tobío le besaba en pleno rostro en agradecimiento por lo bien que había cumplido la misión que le había sido encomendada. Sólo que los labios del Santo eran de lo más persistentes. Persistentes y húmedos como una lengua enorme. Movía la mano y tocó pelo. Sobresaltado abrió los ojos: a menos de un palmo la cabeza constante de una cabra seguía haciendo por lamerle el rostro, actividad a la que parecía aplicarse con todo el gusto del mundo. Volvió la cara al otro lado y el corazón se le subió a la boca: la bolsita de los pelos venerables de la barba de santo Tobío yacía abierta y mascada al lado del lecho de paja con que le habían agasajado la noche anterior, en la cocina, cabe la lumbre donde se lo había colocado la vieja.

—Aquí, padre, descansará calentito —le había asegurado mientras que con las manos le ablandaba aún más, si ello era posible, el lecho que con todo afán le disponía.

—¡Dios mío, la barba de santo Tobío! —Por más que buscaba y rebuscaba, nada encontraba que se pareciese en lo más mínimo a alguno de los pelos entrecanos que aquélla había contenido. Más angustiado cada vez, con la desesperación llamándole a puñadas en el corazón batiente, miraba y miraba y, en determinado momento, hasta llegó a abrir la boca a la cabra y a meter, primero el rostro, avizorando tragaderas abajo en busca del indicio que le asegurase que los pelos de marras habían tomado aquel camino; después, incluso, la mano hasta donde el bicho en su paciencia a toda prueba se lo permitió, que no fue mucho, claro está. En éstas estaba, el desaliento cada vez más patente, la urgencia y desesperación más terribles hasta que, totalmente vencido, hundió la cabeza por entre los brazos y se abandonó al llanto sin alivio ni consuelo. Remedio tampoco.

—¡Dios mío —gemía el pobre—, qué van a pensar los hermanos! ¡Y el Superior! —Y venga a llorar. Convencido, como estaba, de que la cabra, que por allí seguía, olisqueando y mascando todo lo que a su alcance se pusiese, había hallado en los pelillos de santo Tobío algo de alivio a un apetito más que saludable. Luego, poco a poco se le fue haciendo claro y evidente que sin los pelillos de la barba del Santo no se iba a presentar en el claustro y, abriendo sus manos vacías, confesar a todos, hermanos y Superior:— ¡Hermanos mío, no soy digno de vuestra confianza porque la reliquia que con vuestro trabajo y la caridad de la buena gente de la comarca esperabais que os iba a traer, no os traigo! —Y a continuación:— Se la ha comido una cabra. —Podría, eso sí, llevarse la cabra y decirles:— ¡Ésta ha sido! —para que viesen que decía verdad. Pero, ¿qué adelantaba con ello? Sus hermanos, y el Superior también, sin duda, le responderían:

—Nosotros queríamos una reliquia de santo Tobío, no una cabra.

De pronto se le abrieron los cielos y el alma le aleluyaba: abriría la panza a la cabra y de allá dentro rescataría los pelos del Santo, si no salvos del todo, al menos lo que quedara de ellos. “Aunque estén masticados, aún no ha tenido tiempo de digerirlos y, por consiguiente, siguen conservando todas sus cualidades intactas como pelos de santo Tobío que son”. Al menos, eso le parecía que debía ser lo lógico; porque una reliquia, si digerida, ¿conserva o no sus propiedades santificantes? En caso de que no, ¿en qué preciso instante o fase de la digestión de la misma pasa de ser reliquia a ser, bueno, otra cosa? Y, aún más interesante, ¿incorpora la entidad asimilante tales cualidades como la reliquia en cuestión tiene? Todas ellas, por supuesto, materias a cuál más sugestiva y seductora, dignas de dedicarle lo más florido de una meditación adecuada pero que, en el instante a que nos referimos, salían de las consideraciones de fray Lipueldo.

De manera que aprestado el ánimo con tal decisión, se dirigió a la mesa y después de cierta búsqueda halló un cuchillo de más que medianas dimensiones que le pareció que ni pintado para su propósito. Así equipado, la bolsita mascada y vacía en una mano presta a recobrar su pasado contenido o, al menos, lo que quedase de ello, el cuchillo afilado y reluciente en la otra deseoso de acabar con una maniobra que a cada paso que daba más cruel le parecía, se encaminó hacia el pobre bicho que allá, cabe la chimenea, seguía triscando inútil pero persistentemente, todo ajeno él a la que se le venía encima.

Fue entonces, con fray Lipueldo al lado mismo del animalito, como un Abraham que fuese al lado de su Isaac favorito, cuando el bicho levantó los ojos y los clavó en el mismísimo rostro de fray Lipueldo: dos lagos de pura inocencia mirando sin cuidado a quien iba a acabar con su vida.

“¡Dios mío y de Abraham —pensó despavorido el buen fraile—, qué es lo que voy a hacer!”. En el mismo instante, el cuchillo se le escapó de entre los dedos y cayó al suelo de noble tierra apisonada y limpísimo como patena. Detrás del cuchillo, él, fray Lipueldo, estremecido en sollozos de arrepentimiento: ¡había intentado matar a una criatura de Dios, indefensa y confiada, sólo para salvarse él de una responsabilidad que el animal, en su desconocimiento, había sido incapaz de prever! Así, llorando a moco tendido y abrazado a la cabra, el cuchillo en una mano y los gemidos que partían peñas, lo encontró la vieja cuando entró a preparar los avíos para el día que empezaba.

—¡Pero hombre de Dios, quiero decir, padre cura, qué le pasa! ¿Es que le ha hecho algo la cabra?

Se volvió fray Lipueldo y sus ojos bañados en lágrimas apenas le daban para discernir a la vieja y negaba con todo el coraje que pudo reunir.

—Los pelos... —fue todo lo que pudo decir antes de que los sollozos arrebatasen nuevamente su pecho. La vieja, de completo acuerdo con él:

—¿A que sí? ¡Si se lo he dicío a mi marío munchas veces! ¡Esta cabra tié los pelos como si de santo que fueran!

Al pronto fray Lipueldo creyó haber oído mal.

—¿Cómo? —La vieja:

—Que digo que tié usté razón: esa cabrica paice que tié los pelos como si fueran de santo que fueran. —Fray Lipueldo, incrédulo y más maravillado aún:

—Pero yo no he dicho nada de ningún santo. —La vieja venga a mirarle, ahora con respeto y un mucho de confusión:

—A lo mejor no he debío de dicir eso. —El miedo era ostensible en su voz. Sin embargo, el buen fraile se apresuró a tranquilizarla:

—No, no, si no está mal que lo diga. —Al instante:— ¡Qué va! —Por último:— ¡Pero ni muchísimo menos!

Y es que en su interior, y de ello estaba seguro, crecía a pasos de gigante una esperanza nueva: ¡Santo Tobío realizaba su primer milagro, un milagro del que sólo eran partícipes el Santo y él, un humilde fraile, fray Lipueldo! Echándose al suelo gemía y lloraba y en ningún instante cesó de loar al Santo; decía:

—¡Alabado sea Dios que hace uso de sus más ínfimas criaturas para mostrar la grandeza de su gloria! —Y venga a llorar y a gemir; y de nuevo:— ¡Alabado sea santo Tobío que de tal manera me auxilia en mi tribulación! —Y venga a llorar y a gemir y eso. A cada jaculatoria que el turbado fraile daba, allá que la vieja se santiguaba y remataba con un ¡Amén! de lo más sentido. Es que ella, aun en su misma ignorancia, intuía que algo grande se había producido ante sus ojos; el mismo hecho de no entender qué podía haber sido, la llenaba de perplejidad y arrobo. De modo que en ello estaban.

Cuando un rato después nuestro buen fraile salió de la casucha, despedido que fue hasta la puerta por una pareja de viejos y pasmados campesinos, allá que llevaba bajo el sayo, en la cintura, asida con toda su fuerza con una mano, la bolsita que, aunque mostrando todavía algo del proceso de mascado al que había sido sometida, en su interior guardaba un mechón de pelos largos y sedosos, aunque algo fuertes. Muchos más de los que en primera ocasión había contenido.

—Santo Tobío lo quiere —se había dicho fray Lipueldo en el acto de cortar un gran mechón—. No hay que andarse con cortedades cuando de mostrar el agradecimiento que le debo se trata.

Todo ello, claro está, a escondidas de los viejecillos. Y a medio bregar con la cabra, que la muy puñetera ahora, llegado el momento, se había mostrado reacia a la faena, brava a más no poder y no se dejaba. Nuestro fraile convencido de que cuanto más le costaba hacerse con la cantidad adecuada de pelaje, mayor era la satisfacción del Santo por la dificultad que la tarea conllevaba y a su mayor gloria era.

No resultaron erradas las esperanzas y previsiones del Superior y hermanos: corrida que fue la voz de la posesión de las reliquias santas, y en nada se recató el claustro de que lo fuese, las gentes empezaron a acudir por la misma sencillez de su fe y en la confianza de que aquéllas, las Barbas en cuestión, tuviesen algunas de las muchas aptitudes prodigiosas que desde tiempos inmemoriales se venían atribuyendo a santo Tobío. Las mujeres fueron las principales y mejores abogadas defensoras que el santo pudo encontrar para la propagación de la fama de sus Barbas; no es que ellas fueran menos inteligentes o más crédulas que sus hombres: no lo eran; eran las circunstancias. En realidad, una consecuencia de la creencia insensata y absurda de la preeminencia del macho sobre la hembra, pero que, por su mismo atavismo extravagante, había logrado engendrar en ellas, tierra de cultivo y siembra como son, la connivencia consensuada hacia los principios lógicos e igualitarios del catolicismo. Y, ¿quién más católico que santo Tobío? Ergo, ahí está.

Pero, y aquí se hace patente la sabiduría de Dios y Naturaleza, siendo ellas las que en realidad poseen el poder de la seducción, a renglón seguido convencían a sus hombres de lo que ahora ellas creían; llamados éstos maridos, claro está, porque que presos de ellas son. Fue así, pues, aumentando poco a poco el número de hombres que por el convento aparecían; gorra en mano, ojos huidizos, tras de sus pies ellos, callados y mirando todo, y en especial las Barbas, con expresión tímida. Paulatinamente, y por la misma inseguridad que en sí mismos tienen, eran ellos los que más terciaban por que fuesen sus amigos y vecinos los que acudieran a la adoración de las cada vez más afamadas reliquias.

De este modo los frailes crecían en medios y posesiones ya que raro era el que no aportaba a los religiosos su más o su menos para que éstos aconsejaran al santo, por medio de sus Barbas, que obrara milagro en los donantes en cuestión y no más tarde, es decir, antes que en otros. Emplearon los frailes, cuando los donativos se lo permitieron, a un artesano que, por la comida y algo más, les dejó altar y entornos como si la mismísima gloria fuese, por lo mucho que relucía el oro con que los adornó y las filigranas que los conformaban. Y allí, en medio, detrás mismo de la suntuosidad de la custodia, formando como fondo y coronación de la misma, allí, magníficas y reverentes, allí estaban las Barbas: un precioso y meritorio recipiente del mejor cristal dejaba verlas a la adoración y maravilla de los que para contemplarlas acudían.

Luego, hasta los mismos que habitaban los alrededores se fueron sintiendo orgullosos; era natural y lógico: en la iglesia del convento estaban las reliquias; ello les hacía sentirse únicos y también, porque la flaqueza es humana, ufanos y vanidosos de pertenecer a tal entorno y no a otro.

También se adoptaron usos que con el tiempo adquirieron la categoría de festejos instituidos; así, el día del Santo se celebró con mayor fasto de año en año; pero ya, de mes en mes, se estableció la conmemoración de la llegada de las Barbas del santo a la iglesia del monasterio, ceremonia que fue intitulada como la Arribada de la Maravilla, siendo la maravilla las Barbas en cuestión.

Luego, no se conoce exactamente cuándo, hubo noticia del primer milagro de las Barbas: a una zagala de las cercanías se le perdió una oveja; en consecuencia, ella se perdió también, no ya de tanto buscarla, que se le vino la noche encima, sino también por el mucho temor que le inspiraba el regreso a casa con una oveja menos. Enéstas andaba cuando, por cansancio y temor conjuntos, cayó dormida. Y tuvo un sueño: un señor muy viejo, rapado de barbas y con ellas en la mano, le habló: “Reza un padrenuestro a estas Barbas y tu oveja estará salva y a tu lado”. Despertóse la zagala, rezó el padrenuestro de marras y, apenas había acabado, cuando en la oscuridad que la rodeaba notó que había vida; estiró la mano y allí estaba su oveja. Al menos es lo que contó a la mañana siguiente cuando, llena aún de temor y no muy segura del recibimiento que le esperaba, emprendió el camino de regreso que, con el día y la luz que con él trajo, le fue fácil de hallar.

—Un señor muy viejo me dijo que estaba aquí —explicó a sus padres cuando éstos la descubrieron a medio camino y le preguntaron por la oveja, buscándola estaban. La madre, maravillada:

—¿Quieres decir que te s’había perdío la oveja? —La niña, dale que te pego con el asuntillo ese de que si un hombre viejo y rapado, con las barbas en la mano le había dicho que si la oveja y tal. La madre:

—O sea, que te s’había perdío la oveja, ¿no? —El padre, viendo que el negocio iba para largo y que tanto oveja como zagala estaban bien, terció con toda su autoridad:

—Güeno, pos como la oveja está bien, ámonos a comer toos y aquí pan y allá gloria... —y mirando con toda idea a su mujer—, que ya te dije que no les había pasao na. —Se dio la vuelta y tomó el camino de regreso. Todo estaba bajo control, declaraba con la seguridad de su andar, como ya lo había sabido él y así se lo había repetido a su mujer.

Sin embargo, la cosa no acabó ahí sino que ambas hembras, madre y zagala, dieron en hablar sobre el sueño de marras mientras caminaban tras él; que decía la madre, decía:

—¿Y no tenía barbas? —La zagala:

—Sí, mama. —La madre:

—¿Pues no has dicho que estaba rapado? —Zagala:

—Sí, mama, pero las barbas las llevaba en la mano. —La madre, maravillada:

—¡En la mano? —La zagalilla:

—Sí, mama, en una botella de cristal como la que vimos antiyer en la misa. —Esto ya fue demasiado para la madre que, parándose en seco se quedó contemplando a su retoño. Luego, al ratillo:

—¿Quieres decir que las tenía en un tarro como el del Santo? —La niña venga a mover la cabeza de arriba abajo. La madre, cada vez más perpleja:— ¡Cómo la de santo Tobío? —Más zarandeo cabecero de su zagalilla. El marido, vuelto a ver por qué no le seguían sus mujeres para ponerle el desayuno:

—¡Pero qué sus pasa? —Y soltó su mala palabra. Luego, cuando ella le hubo explicado la naturaleza del prodigio, él no hizo mucho caso sino que siguió trasegando vino y mascando pan a todo meter al objeto de aprestarse adecuadamente para el huerto y ya estaba bien de perder el tiempo que se habían pasado parte de la noche buscando zagala y oveja. De manera que ni se enteró por más que la zagalilla le repitió varias veces lo del viejo y las barbas, a decir verdad, cada vez que la madre se lo pedía, que fueron varias, ya digo.

La madre, en cambio, no lo dejó: no era cosa habitual encontrarse con que santo Tobío se dignaba aparecerse a su hija en sueños y entablar una conversación con ella; menos aún, portando en sus manos el frasquito continente de las Barbas famosas ya por la región. Así que cuando lavaba en el río, picoteando por pasar el rato, sacó el asunto a colación.

—¿Que a la Amalilla se le ha aparecío santo Tobío? —Totalmente pasmada su vecina, la Frasquita. Ella, o sea, la madre:

—Lo que oyes. —Zapateando con fuerza la tela dura y fuerte y dando así aún más verdad a lo que para ella era ya verdad dura y pura—. Se le apareció anoche? —La vecina:

—¡Pero, qué dices? —Concediendo una pausa de descanso a sus brazos, extenuados por el trajín de restregar las prendas sobre la piedra que solía ser la suya. Su vecina, madre de Amalilla, seguía en cambio como si tal cosa.

—Anoche.

—¿Anoche?

—Lo que oyes. Anoche.

A continuación, como lo más natural del mundo, pasaba a contarle cómo cuando su hija, la Amalilla de marras, se estaba aprestando a recoger las ovejas de vuelta a casa, el Santo se le había aparecido y le había mandado que rezase un padrenuestro a sus Barbas y que fuese buena y allí estaba la oveja.

—Ya ves —explicaba toda orgullosa ella—, que fuera buena, ¡mi Amalilla! Que no es por ná, pero mejor zagala que ella no hay por aquí. —La vecina, reanudando la tarea algo picada:

—Bueno, mi Rosica es también mu güena...

—Claro, claro, mujer, tu Rosica es como mi Amalilla...

—Si no mejor.

—Pos mira, no digo yo que no lo sea, pero a ella no se le ha aparecío el Santo y a la mía sí. Por algo será, ¿no? —La vecina, más molesta aún:

—Pos como no sea porque la tuya es más lianta... —Con lo que le daba a su vecina, y amiga, claro, donde más le podía y con ello la calló. Al rato, y como de buen fondo y mejores sentimientos, arrepentida por el daño que era consciente que le había causado, procuró darle el remedio que mejor supo:—¿Y dices que se le apareció el Santo? —La otra:

—Sí. —Seca, cortante, dolida. Ella:

—¿Santo Tobío? —La otra:

—Sí. —La otra “Pos tampoco le he dicío na más que la Amalilla es más lianta y ya está y, además, es que lo es” pensaba por sus adentros; pero sabía que había obrado mal y por ello lo intentó otra vez:

—¿Y cómo supo tu Amalilla que era santo Tobío? —En parte porque no veía a la Amalilla con las luces suficientes como para reconocer a santo Tobío.

A su lado Maruja la del Cosme, vecina de ambas, lavaba y callaba, mujer prudente y discreta ella era. Así pues, no había acabado de llegar a su cabaña de vuelta del lavado y ya había contado a tres conocidas cómo era que a la zagalilla de la tía Tortas, la Amalilla, se le había aparecido santo Tobío quien, Barbas en mano, le había resucitado una oveja que se le había perdido.

—¡Pero resucitá del to! —solía terminar el relato portentoso.

Cuando la cosa llegó a oídos del Superior, la oveja en cuestión eran varias que habían muerto tras dolorosa enfermedad producida por una borrachera de uno de sus fieles, un tal tío Tortas, el cual las dejó a su libre albedrío cuando era de mañana temprano y el rocío perlaba las matas y matillas de las que comían. Imprudentemente, claro.

Revolucionada la congregación entera por el asunto se reunió en claustro urgente y se decidió que una terna formada por los hermanos Lipueldo, Ternurio y Escasio entrevistasen a la zagala inmediatamente para verificar qué había de verdad en todo el asunto. De manera que, apenas de amanecida, allá que salieron los tres con sus mejores hábitos, que eran los mismos de siempre porque no tenían otros; delante, fray Lipueldo con una cruz de hierro con engastes de plata; detrás, los otros dos. Los tres rezaban el rosario mientras caminaban, la vista baja, las manos cruzadas, los dedos en las cuentas. Quienes les veían llegar se descubrían, se arrodillaban y bajaban la testuz ya que la región desde siempre había sido muy católica. Ahora, más. Ni se preguntaban siquiera a dónde irían. A algo, seguro. Con ellos no iba la cosa. No. Cosa de curas sería. Amén.

Del testimonio de la zagala salió una derivada imprevista, sorprendente, ejemplificadora a más no poder: sonaron dos porracitos en la celda del Superior; abrió éste y allá que entró fray Lipueldo que, sin mediar palabra, se arrojó a los pies del viejo y rompió en gemidos y un llanto que habría partido piedras si las hubiera habido en el entorno. Que las había, pues las paredes eran de piedra viva y el suelo de losa, pero no se rompían.

El Superior, al pronto, sólo sintió miedo. Más de un caso había oído de algún hermano que, habiendo perdido norte y razón, y habiendo encontrado cuchillo y ocasión, se había aplicado a los otros hermanos y no se detuvo en su tarea hasta haberlos dejado hechos picadillo del más menudo, en donde se puede ver cómo de concienzudos suele hacerles la vida monástica. Mas pronto se percató de que no era éste el caso, entre otras razones por la falta de cuchillo y lo continuo del lloriqueo, que no paraba; así es que reuniendo su fugitiva entereza, hizo por alzar al hermano de tan incómoda posición y atender a cuál fuese la razón de su proceder. Que no cesaba en repetir:

—¡Apiádese de mí, padre, que he pecado contra el cielo, contra vos y contra santo Tobío! —Y vuelta a lo mismo de nuevo:— ¡Apiádese de mí, padre, que he...! —etcétera. Entonces, tras los esfuerzos del viejo Superior, habiendo logrado éste al fin que se incorporara y tomara un vasito de agua para hacer algo coherente su discurso, resultó que lo que el buen fraile anhelaba era confesión;— ¡Lo más horrendo, padre mío, lo más horrendo! —Y vuelta a los lloros y gemidos. Le razonaba el Superior que Dios Nuestro Señor era, ante todo, Dios del perdón; le rogaba que se calmase y, por último, agotada su paciencia, le espetó:

— ¡Vamos a ver, Lipueldo, con quién ha sido la pelea? —Le miraba fray Lipueldo con ojos espantados y por ello conoció el viejo que iba errado:— ¿No ha sido una pelea? —El otro venga a mover la cabeza, completamente perplejo.

Llegado a este punto el viejo, que no estaba para demasiados sobresaltos ni trajines, se retiró un tanto y se sentó en el borde del jergón que le hacía las veces de lecho; allí quedó sin decir palabra y a la espera de que su fraile se serenara y confesara de una vez qué era aquello tan nefasto que había cometido. Cuando, por fin vino en saberlo, quedó en suspenso, sorprendido por lo que acababa de conocer y totalmente abrumado ante la inmensidad del hecho; no obstante, como era hombre de Iglesia y, por consiguiente, fácil de recursos, no tardó en reponerse; que juntó sus manos y:

—Antes de nada, hijo mío —aleccionó—, recemos y demos gracias a Dios que es nuestro padre. —Cruzando las manos devotamente sobre el pecho, bajando la cabeza, cerrando los ojos, se sumió en un silencio en el que sólo era perceptible el movimiento inapreciable de sus labios y el mucho fervor con que lo hacía. Fray Lipueldo, aliviado porque al fin lo había soltado, le imitó. “¡Madre mía de mi alma, madre mía de mi alma! ¡Pero será posible que tengamos —pensaba el bueno del viejo en la perplejidad de su aturdimiento tras el continente de devoción que se había autoimpuesto— los pelos de una cabra en lugar de las reliquias de santo Tobío! ¡De una cabra! —Entonces, cayendo en la cuenta, hacía por serenarse y se consolaba:— Bueno, y menos mal que son de una cabra, que podían haber sido de cerdo —y se estremecía tan sólo al pensarlo— o de pollino —más estremecimientos— o de gallina o... —caía al instante y se enmendaba:— ¡no, no, de gallina no, que ellas tienen plumas! —por lo cual daba las gracias a Dios con toda devoción. Sólo que, al final, vino a reinar en lo mismo:— Bueno, ¡y qué hacemos ahora?”. Y venga a pensar y a devanarse los sesos ante la coyuntura en que se veía: “Si decimos que en el frasquito del altar mayor no están las Barbas de santo Tobío sino...” —En este punto solían acometerle los dichosos temblores y unos escalofríos que fray Lipueldo, notándolos, achacaba a la mucha devoción de su Superior. Que seguía con la sesera a todo bullir: “Pero si no lo decimos, entonces resulta que en el frasquito del altar mayor no estarán sino...” —Y vuelta a los escalofríos y los temblores de marras. Transcurrió así un buen rato, con fray Lipueldo rezándole a sus santos favoritos y, muy especialmente, a santo Tobío, y con el Superior callado salvo por algunos bisbiseos y carrasperas que de vez en vez le acometían. Entonces, de repente, se escuchó la voz del viejo:— ...de los siglos, amén. —Rebuscó con mano temblorosa la cruz que colgaba por entre su hábito, habiéndolo encontrado se lo llevó a los labios y, tras besarlo, se volvió a fray Lipueldo—: Bueno, bueno, bueno, veamos, hijo mío, dime, ¿por qué no me lo confesaste al principio, es decir, cuando aún no habíamos colocado las Barbas en el altar mayor? —Fray Lipueldo venga a llorar y no decir palabra, sino llanto y sollozos que partirían piedras si las hubiera habido, que sí que las había como dicho quedó antes. El viejo:— Comprendo, comprendo, bueno, veamos, y dime, ¿por qué me lo has venido a confesar ahora?—En esta ocasión sí que habló el fraile; por entremedias de sus gimoteos. Sin embargo, las palabras no llegaron claras por lo que tuvo que asegurarse de que había oído bien:— ¿Niña? ¿Qué niña? —Vuelta a los balbuceos de fray Lipueldo y vuelta a pedir aclaración el Superior de lo que le parecía haber entendido:—¿Milagro? ¿Te refieres a la niña que habéis ido a interrogar? —Fray Lipueldo venga a mover la cabeza de arriba abajo. El viejo:— ¿Y qué tiene que ver la niña en todo esto? —Entonces, poco a poco, logró medio enterarse. Al final, a modo de resumen y para asegurarse de que no iba descaminado, le interpeló;— O sea, hijo mío, que la inocencia de esta niña, la del milagro, digo, te ha forzado a
confesar tu acción, ¿no? —Fray Lipueldo venga a asentir—. Bueno, y digo yo, ¿cómo sabes tú que no ha sido en verdad un milagro con el que mismísimo santo Tobío nos ha querido mostrar la preferencia en que nos estima por la mucha devoción que por él sentimos todos los que formamos esta comunidad? —Fray Lipueldo, absolutamente perplejo, le miraba con los ojos como platos soperos—. ¿Eh, pregunto yo, eh? Porque lo cierto es que la cosa ha sido de lo más extraña, ¿no? —Llegados a este punto, el buen fraile ya no sabía qué pensar, qué decir ni quién era el que le hablaba, si Dios, su buen Superior o el mismísimo santo Tobío que de este modo le tranquilizaba por la mucha fe que tenía en él, como le decía el buen viejo; entonces, desconcertado, casi en automático, asentía con la cabeza y le faltaba cabeza para ello—. Veamos, hijo mío, veamos, dime, ¿la niña te pareció que decía verdad o te pareció que en algún punto de lo que os contó podía...? —Fray Lipueldo no le dejó acabar:

—Decía verdad, padre mío. Esa criatura estaba diciendo la pura verdad. Eso es lo que más me avergonzó de mi acción y lo que...

—Un momento, un momento, dime, hijo, dime, dime, si lo que os contó es verdad, ¿no crees, entonces, que algo del sacro poder de santo Tobío se muestra en lo que le aconteció? —Calló y se le quedó mirando. Fray Lipueldo, por su parte, estaba totalmente perplejo: ¡En el jamás de los jamases se le hubiese ocurrido mirar el suceso desde este punto de vista! ¡Santo Tobío mostrando su poder! ¡El milagro del Santo! ¡Las Barbas en la plenitud de su prodigio! ¡La maravilla del...! —Y digo yo, hijo mío, digo, si en esto ha dado una muestra de
su influencia, ¿no te parece que a santo Tobío no le importa qué o de quién sean los pelos que hay en el altar mayor? —Fray Lipueldo no se perdía ni una de las palabras que iban saliendo de los labios resecos, solemnes y sabios de su Superior y que para él iban constituyendo el maná que le robustecía la fe, la fuerza que le había abandonado, el bálsamo reconfortante que...— Por ello —seguía el Superior—, aparte de que lo que me has confiado es secreto sacramental, claro está, ni una palabra debe salir de tus labios, ni una duda debe enraizar en tu corazón. —Hizo una pausa: fray Lipueldo tenía los ojos febriles de ardor cristiano, brillantes de fe, arrebatados en celo, galvanizados por su mismo entusiasmo—. Ego te absolvo pecatis tuis in nomine... —Lagrimones como puños rodaban mejillas abajo, un charquito iban formando conforme caían sobre las losas de la celda del Superior.

Así fue cómo, no con la oficialidad debida pero sí con la oficiosidad precisa y conveniente, quedó definitivamente establecido el primer milagro de las Barbas del Santo. Desde aquel día fray Lipueldo se encontró gozando de la plena confianza del viejo Superior, cosa que los demás veían sin prevención alguna, como los hombres sensatos y previsores que eran.

—Astuto como sierpe —cuchicheaba disimuladamente uno de ellos cuando le veía pasar—, eso es lo que es. —A lo que otro, cerrando la sonrisa humilde apenas traspuesto Lipueldo por la esquina:

—Ponzoña pura. —Y haciendo la señal de la cruz hacia donde fray Lipueldo había desaparecido:— ¡Vade retro, Satán! —El primero:

—Amén. —El otro:

—¿Quién lo iba a decir, el poquita cosa? ¡Cómo nos engañó! —El primero:— Va detrás del cargo.

—No penes, hermano, que a cada cerdo le llega su san Martín. —El otro, todo a puro cuchicheo:

—Amén.

Y como si santo Tobío les hubiese estado oyendo, que a lo mejor lo estaba, a los pocos días el viejo Superior pasó a mejor vida de un paralís (así llamadas las parálisis en la época) que se le vino encima, o al lado por mejor decir, y por mucho que rezaron a las Barbas del Santo y que suspiraron e hicieron penitencia ante ellas, pudo más el mal que los rezos y expiaciones y el viejo feneció. Pero no sin antes haber hecho lo posible en su mano, dentro de sus reducidas posibilidades pues la tenía paralizada, para que fray Lipueldo fuese el nuevo Superior y guía espiritual de congregación tan devota.

De manera que ante las Barbas despidieron al viejo Superior, camino él de ya de la ida definitiva, y recibieron al nuevo, recién señalado como rey-puesto o repuesto, que así se llama; para cuya ceremonia se reunió lo más florido e influyente de la religiosidad de la región: tanta era la importancia que las Barbas y su fama les habían proporcionado que ahora era para todos motivo de distinción y orgullo aparecer en ocasión tan señalada como era la de la despedida pomposa y proclamación solemne del nuevo Superior. Y tan grande se previó la afluencia de prelados y mandatarios que pensaron que la iglesia no sería capaz de dar cabida a todos ellos, amén de las gentes humildes que en masa acudirían también al acto. Sin embargo, las que luego serían virtudes legendarias de fray Lipueldo, caridad y prudencia, ya hicieron su aparición en tan temprana fecha:

—Dispongamos, hermanos míos —comunicó con voz que parecía nueva y no la suya de siempre por la mucha carga de humildad que la preñaba—, sitial para el Obispo y demás dignidades que con su presencia van a dar mayor lustre a nuestra comunidad; detrás, en los laterales del templo, se proveerá acomodo adecuado para la compañía que sin duda han de traer. No obstante, he pensado que si entonces metemos dentro del templo a los fieles y devotos de la región, esto va a resultar en incomodidad y apreturas para todos; así pues, hermanos, dejaremos, a los que acudan a rendir su tributo de respeto a la bondad de nuestro Superior fallecido, que tal hagan en la explanada que se extiende a la puerta del templo. —Fray Eustiquiano, que pese a su pequeña talla era de corazón grande y voluntarioso, al momento ofreció:

—Pondremos unas sogas para que no se atropellen entre ellos y puedan mantener una distancia agradable y no onerosa en absoluto para las dignidades que estarán presentes. —Fray Remigio de la Cruz:

—Querrás decir, hermano mío, una distancia prudente y segura. —Fray Eustiquiano, picado él pero sensato y sereno pese a todo:

—Quería decir lo que he dicho y ya está. —Y de seguido, sin dar tiempo al recién nombrado Superior para que interviniera:— Y, además, propongo que se organice una procesión con los restos mortales del hasta ahora Superior nuestro por la explanada en cuestión para que todos los presentes se cercioren de lo muy importantes que son para nosotros y cómo de bien tratados van a ser. —Fray Remigio de la Cruz, como un rayo:

—¡En loor y a la mayor gloria de las Barbas! —lo cual fue aceptado con entusiasmo y fervor. Y como pocas cosas hay que agrade e ilusione más a los frailes que organizar una manifestación pública de su fe, allá que se embarcaron en la de ésta convencidos todos, como lo estaban, de que era llegado el momento pertinente para que todos viesen la munificencia de la comunidad a la que pertenecían.

Así resultó la ceremonia como una de las que aún se recuerdan en la comarca pese al tiempo que desde entonces ha discurrido. Iba el Obispo a lomos de borriquilla, sin duda que como símil y semblanza de la entrada de Nuestro Señor en Jerusalén. ¡Qué prestancia la suya! ¡Qué de ricas telas! ¡Cómo de orondo iba bendiciendo a uno y otro lado con aquel empaque y serena majestad! Y no deslució ni una pizca el hecho de que la borriquilla de marras fuese casi todo el tiempo haciendo de cuerpo, cagando que dicen ellos, y ventoseando más que trompeta, porque todos los que por la explanada la veían entendieron que le era de precisión tal necesidad por el mucho peso que soportaba. Que de la materia entendían y así lo expresaban, decían:

—Pobre bicho, se caga porque va arraná —(por arranada, en el sentido de vencida hacia el suelo por el exceso de carga). Otro:

—Y mira que se ve animal noble y de aguante. —Un tercero:

—Esa borrica vale su peso en oro. —El de al lado:

—Su peso, no; el que lleva sí.

Así seguían, admirándose del poderío de la borrica y de la excelencia de su trabajo. Al Obispo no se le escapaban los muchos comentarios que a su paso se levantaban y aunque no llegaba a entenderlos por la distancia que las sogas establecían, sí que se le llenaba el pecho de legítimo orgullo por el buen papel que era obvio que estaba haciendo. Y más se lucía y más se arrellanaba. Y más cagaba la burra y más se encendían los comentarios y la admiración.

Las Barbas venían después, un corto trecho detrás, suficiente para que el aire se hubiese purificado un tanto, a lo que contribuían también los dos frailes que sin cesar administraban los efluvios de los incensarios, a veces hacia delante, en dirección al culo de la burra, a veces hacia atrás, pues no era cuestión de que las Barbas se vieran atufadas por olor tan peregrino y desagradable como el bicho emanaba. En su tarrito de cristal, dentro del baldaquino de oro y pedrería, sobre andas de caoba vieja y a hombros de cuatro frailes, allá venían las Barbas. Los cuatro frailes de marras, capucha abajo y vista al suelo, se notaba que eran conscientes de la importancia de lo que sobre sus hombros descargaba su peso; por más que la mayor parte de éste provenía no de ellas sino del entorno fastuoso que las rodeaba. El cual, dicho sea, arrancaba murmullos de admiración de todos lo que tenían la dicha de posar su vista en tal prodigio:

—¡Mira, mira —mascullaba uno—, ahí están las Barbas! —con la voz sobrecogida por visión tan conmovedora.

—¡Santo Tobío bendito, acuérdate de nosotros! —una que estaba a su lado.
—¡Mira, hijo, mira, mira, las Barbas del Santo! —Y como padre que era y curtido por el trabajo, además, alzaba al niño sobre los hombros y lo alzaba para que éste tuviera una vista completa del prodigio.

—¿Aónde, papa, aónde? —esturreando la vista por todos sitios menos por el que era, pues a sus ojos desconocedores tenía más atractivo el espectáculo del culo de la burra que, aunque ya se perdía por allá, lo hacía superándose a cada instante.

Detrás, compuesto el rostro y serio el ademán, fray Lipueldo, recién nuevo Superior, se podía distinguir al fondo de la doble fila formada por el resto de los hermanos.

—¡No, no, yo seré el último! —se había empeñado en su momento—. De esta manera, hermanos, no quedará duda de quién es el último y menos importante de todos los que formamos la congregación. —Fray Remigio de la Cruz: “Sí, sí, —pensaba—, cómo si no supiéramos por qué lo haces, so bandido!”. Fray Ternurio: “No, si cuando el viejo lo dejó sería por algo”. Fray Lespucio: “¡Dios mío de mi alma, y qué listo es el zagalón!”, totalmente admirado. Y así, por más que se opusieron, nada pudieron hacer: sería el último y encima quedaría tan bonico.

A raíz de la exitosa y feliz ceremonia, la fama de las Barbas se extendió aún más, si es que ello era posible. Dieron en el uso, los frailes, de una celebración en remembranza y conmemoración de tal día, que fue llamada la Revenida, ello por dar a entender que tal celebración era como consecuencia del recuerdo que tan renombrada ceremonia había dejado en todos. En ella, fray Lipueldo oficiaba una ofrenda seguida de una procesión por la explanada ya conocida; se acordó suprimir el asuntillo de la burra, más que nada debido a la mala imagen que dio el animal en cuestión, haciendo sus necesidades y ventoseando sin recato ninguno delante mismo de las Barbas. Sí introdujeron una leve variación al final: las Barbas eran expuestas solemnemente y, quienes así deseaban, se acercaban a pedirle mercedes, aprovechando para entregar al Santo las muchas ofrendas que para captar su favor hacían; la cuales eran piadosamente recolectadas por los fr ailes por la imposibilidad de que el mismo Santo lo hiciese.

Tampoco eran escasas las ocasiones en que algún prodigio o suceso sin explicación alguna revolucionaba a los asistentes y extendía la fama milagrera de la venerada reliquia por los cuatro puntos del horizonte conforme emprendían regreso a sus lugares quienes habían sido testigos de aquél. Por el camino, con harta frecuencia, el suceso se comentaba y magnificaba; con tal motivo las versiones diferían y, con el tiempo, venían a coincidir más en menos que en más; ello, fíjate, no era óbice para que la fama de las Barbas aumentara de día en día, sino todo lo contrario.

Y con ello, claro está, en aumento iba también la riqueza que el lugar disfrutaba, los medios que los lugareños tenían, y hasta el número mismo de ellos; pues no eran pocos los que acudían al reclamo de los milagros, por alguna necesidad o la esperanza de curación o algo, y luego, vista la abundancia que se les ofrecía a ojos y entendederas, decidían afincarse allí y probaban a ganarse el sustento con alguna de las muchas posibilidades que se les ocurían.

La dirección de fray Lipueldo fue en extremo beneficiosa y así lo fueron reconociendo conforme sus actos le hacían acreedor a ello; además, en su caso se añadía el hecho, del dominio público, de que había sido él quien trajo las reliquias en primer lugar, con lo que nombre prosperó en consideración y respeto. De esta manera los años iban pasando y en nada mermaba el afluir de riquezas y peregrinos al reclamo de las Barbas. En un principio Su Excelencia Reverendísima se quejó, luego reclamó, y finalmente llegó a un ventajoso acuerdo con una delegación enviada por la sabiduría y buen hacer del respetado Superior; sobre la base, claro, de una compensación económica que le dejó, a él, con el convencimiento de su buena mano en la negociación y, a los frailes, con Barbas, fama y riquezas tantas que apenas si notaron merma tan mínima.

Y ya está. Tal es el origen de la ciudad que creció alrededor del famosísimo convento y del cual tomó el nombre. En la actualidad, cosa fácil de comprobar, continúa siendo centro de la peregrinación a las celebérrimas reliquias, las Barbas de santo Tobío; a lo que se ha sumado, además, y alcanzado tanto o más renombre que éstas, la visita a la tumba de san Lipueldo, recientemente elevado a los altares. Esto último, resultado de un proceso bastante corto dada la profusión documental de casos prodigiosos acaecidos en el curso de la visita a la tumba o en los instantes inmediatamente posteriores a ella.

De todo lo cual da fe y escrito queda para general conocimiento, Francisco Blanes García, tatara-tararanieto del Obispo bajo cuyo principado tuvieron lugar tales maravillas; y, como prueba de ello, lo firma y signa en Almería, a 30 de octubre del año de gracia. Vale.