PLASMAS Y COLIFLORES
 
4
 
CUENTO DE NAVIDAD
 

 

Suena el teléfono.

—Un momento, por favor. —El otro sólo gruñe con disgusto pero no dice nada en concreto; mira cómo el Consejero coge el teléfono y rabia porque, sea quien sea, sea breve. El auricular:

—¿Puedes hablar? —Tras un brevísimo instante de vacilación, Su Señoría, con el tono solemne y serio que es su patrimonio cuando en público:

—Buenos días. —El auricular, pelín más prudente:

—Ya, ya, entiendo. Sólo es para recordarte que habíamos quedado en vernos esta mañana. —Su Señoría:

—¿Tan urgente es?

—¡Joder, se ve que tienes un buen coñazo! ¡Hala, pues sigue con él, pero no te olvides de lo otro! — Y acentúa:— Es importante. —Su Señoría, con rapidez de político experto, lo que es:

—¡No, no, eso precisamente va en contra de los intereses no sólo de la comarca de los Vélez de la Guevara, sino que, como consecuencia de tal interpretación, podría sentar un grave precedente para actuaciones posteriores en toda la región y, si Su Excelencia me apura, me atrevería a indicar que para la autonomía entera. —El auricular, tras la risita divertida que deja escapar, observa:

—¡Joder, debe ser un coñazo mayúsculo! —Y vuelta a la risita trasconejada y traviesilla ella. Observa (y permíteme este inciso que te hago, pues es para que tengas una mejor comprensión de todo el asunto) que, en rigor, tendría que dicho “debe de ser un coñazo”, etc., o sea, posibilidad, en lugar de obligatoriedad; pero, en fin, así son los políticos, un puñado de burros muchos de ellos, y no sólo en sus acciones. Su señoría:

—Teniendo en cuenta todas las particularidades que confluyen en este programa, no puedo por menos de coincidir. Ahora bien, aconsejaría a Su Excelencia que no permita ni un punto más allá de lo que se refleja en las actas de la sesión del pasado 14. —El auricular:

—Eso está bueno. Mira, haz faena de aliño y te espero en mi despacho dentro de media hora. —Su Señoría, viendo señales de impaciencia muy evidentes al otro lado de la mesa, sobre una de las dos sillas de visitas enfrente está:

—¿Cinco minutos, dice? ¡Imposible, Excelencia, tengo una visita importantísima a la que estoy atendiendo en este mismo momento...? —El auricular:

—Cinco minutos, entonces, ¿eh?, filigrana. —Su Señoría:

—Aguarde, aguarde un segundo, Excelencia, es que este asunto con el que estoy ahora mismo es esencial, ¡esencial!, ¿comprende? —El auricular:

—Van estar también Manolo y Baltasarito, así que no te retrases. Nuestro asunto sí que es importante de verdad: los regalos de navidad. —Vuelta a la sonrisita. Cómplice ahora. Su Señoría, con voz comprensiva y tono voluntarioso:

—Lo intentaré, Excelencia; procuraré no retrasarme. —Y con gesto decidido cuelga el receptor. Vuelve entonces una cara en la que se refleja el cambio repentino al interés más profundo y:— De modo que decía usted que su reivindicación no va en contra de la política del gobierno autonómico sino del central, ¿no es así? —El de la silla, al instante:

—Bueno, verá, no sé si es al autonómico o al central o a los dos. Lo que deseo, y deseamos, poner en su conocimiento es que si nos tiramos todo el año trabajando, pagando costes de producción, seguros contra inclemencias del tiempo, y los impuestos, que si bien... —Su Señoría, rápido como el rayo:

—¡Ojo ahí, eh? ¡Los impuestos sobre la producción de la coliflor no han sufrido incremento en los dos últimos ejercicios, eso hay que tenerlo en cuenta! —El de la silla:

—Sí, sí, es verdad; pero los seguros se han incrementado en un 30%, los costes de producción han subido como la espuma y, en cambio, los precios de venta han caído en picado. Para que se haga una idea, cada pieza este año la estoy vendiendo a 10 céntimos y el año pasado... —Su Señoría, alzando la mano imperativa, detiene a su desorientado interlocutor por lo inesperado del gesto y lo majestuoso del mismo.

—Sobre la gestión del libre mercado de la oferta y la demanda, así como de los seguros —interpola al momento Su Señoría aprovechando el desconcierto del otro— y costes de producción, como se entiende fácilmente, el gobierno, ni central ni autonómico, tenemos arte ni parte, ¿comprende? Es la ley de un mercado libre y abierto a la competencia como requiere un sistema democrático y el estado de derecho. No querrá usted que volvamos al proteccionismo franquista, ¿no? —El de la silla, ni una pizca convencido pero entendiendo que el camino emprendido no es correcto, intenta otra aproximación:

—Bueno, mire usted, lo que yo digo es que esa misma coliflor la estoy viendo al día siguiente en los puestos de venta, ¿y sabe a cuánto? —Rápido como el rayo, sin dar opción a Su Señoría a respuesta alguna:— ¡A un euro sesenta céntimos! —Como no observa reacción sensible alguna en el diputado, un tanto descolocado de nuevo, se lo explica:— ¡Un euro y sesenta céntimos por lo que me han comprado el día anterior a diez céntimos, ¿comprende usted? —Su Señoría, impertérrito. El de la silla, embalándose y congestionándose un tanto:— ¡La misma coliflor por la que me han pagado diez céntimos, la misma que a mí me ha costado un año entero de agonías y sufrimientos y de...!

El teléfono de nuevo. Su Señoría, con sequedad cortés:

—Disculpe. —Y descolgando:— ¿Sí?

—Soy yo. —Su Señoría:

—¿Ya? ¡Pero si estoy en mitad de la entrevista que...! —El auricular:

—Lo que me imaginaba. Sigue el coñazo ahí, ¿no? —Su Señoría, Consejero y, por supuesto, miembro electo de la cámara:

—¿Y no pueden empezar sin mí? —Risita comprensiva en el auricular y:

—Acaba de contar Manolo un chiste cojonudísimo. No tardes. Te estamos esperando. —Su Señoría:

—¡Un momento, un momento, por favor, Excelencia! —Pega el auricular a su pecho y alza el rostro para dirigir al de la silla la mirada franca, limpia, sincera que transmite confianza y hace desdeñar cualquier atisbo de posible doblez, incluso falsedad alguna:— El deber me reclama. —Tras pausa mínima:— Me temo que hemos de dar por terminada esta entrevista. —Con la inflexibilidad de lo irremediable pero comprendiendo todos los motivos y razonamientos del otro, sin duda, y así se lo expresa:— Al salir concierte con mi secretaria cita para la semana próxima a esta misma hora. —Se levantaa medias y extiende la mano abierta, espontánea, sencilla, leal, mientras con la otra sigue sujetando el auricular todavía contra el pecho:— Comprendo perfectamente sus argumentos y tenga la seguridad de que dedicaré toda mi atención a su problemática que, he de decirle, tiene mi completa determinación para tratar de encontrar la solución que esté acorde con los intereses de todas las partes y, muy especialmente, con los de los trabajadores. —El de la silla, que de todo ello no ha cogido nada más que un par de cosas, o sea, que tiene que irse y que la rubia cojonuda que le hizo pasar minutos antes le va a conceder otra cita para la semana siguiente a la misma hora, imita a Su Señoría y se levanta. Pero ya Su Señoría le ha estrechado la mano y, volviéndose a sentar, habla con total seriedad con la personalidad que está al otro lado de la línea. A todo esto la puerta se ha abierto sin saber cómo ni por qué, que de ello sólo tiene conocimiento cierto botoncito al pie de Su Señoría y cierto timbrecito en la antesala de la rubia, y allí está ella. Sonriente, cojonuda, sensacional, graciosa, con voz de ángel invitador:

—¿Me acompaña, caballero?

—¡Por supuesto, por supuesto, ahora mismo acabo de terminar una entrevista crucial para el cultivo de la coliflor en nuestra provincia y...! Un momento. —Vuelta a acoplar el auricular contra el pechito y, dirigiendo la mirada reconfortante pero con el matiz de ya-está-usted-de-más-aquí:— ¿Cómo dice? —El ex-ocupante de la silla, ahora ya desde la puerta, repite:

—Que hasta la semana que viene. —Su Señoría:

—Ah, sí, sí, hasta la semana que viene, claro, claro. —Y vuelve a aplicar su atención al artilugio que tiene en sus manos. Teléfono se llama.

Así, reasegurado en la concesión de la prometida entrevista para la semana próxima, el otro sigue a la rubia cojonuda; ésta, tras cerrar convenientemente la puerta del despacho de Su Señoría, conduce a nuestro buen hombre a su mesa, tan imponente ésta que ni las piernas cojonudas deja asomar.

—Bien, veamos... —Abre la libretita y puntea con un bolígrafo que, a lo que parece, es de plata o algo que brilla mucho. Alza el rostro, deslumbrante:— Veamos, ¿le viene bien el jueves a las ocho de la tarde? —El otro, el de la coliflor a diez céntimos:

—¡El jueves? —Creyendo haber entendido mal:— ¿Pasado mañana? —La rubia:

—No, no: el jueves de la semana que viene.

—¡Pero si ha dicho el Consejero que de aquí a una semana, o sea, el martes! —La rubia:

—Si, ya, lo sé, verá: el señor Consejero tiene tantos asuntos en la cabeza que algunas veces no se da cuenta y quiere abarcar más de lo que puede. Para eso me tiene a mí. —Sonrisa y ojazos deslumbradores al de la coliflor; vuelve a bajar la cabecita rubia y:— Y ya le puedo asegurar que es imposible en toda la semana.

—¡Pero si me ha dicho...! —La cabecita rubia, sin alzarse ni un milímetro:

—Ya, ya, pero si no le conviene este día le puedo concertar otra cita para el... —Huronea unos instantes por entre las hojas de la libretita, ilumina el rostro, le mira satisfecha y anuncia radiante:— Para el veinticinco de abril. —La coliflor:

—¿De abril! —Espantado—. ¡Pero eso es dentro de más de cuatro meses! ¡Para entonces se ha acabado ya la temporada! —La rubia, como si no fuera con ella:

—¿Le viene mejor esa fecha? —El de la coliflor:

—¡No, no, qué va! ¡Póngame, póngame para el jueves a las ocho de la tarde!

La rubia lo pone.

Allá dentro Su Señoría ya sí puede hablar con mayor libertad con su amigote al otro extremo de la conexión, y eso es lo que está haciendo:

—Coñazo total. —El auricular:

—¿Y quién era? —Su Señoría:

—¡Y yo qué sé! Algo de coles o coliflores o rábanos o no sé qué coñazo. Mira, si quieres que te diga la verdad, no me he enterado bien. Bueno, a lo que íbamos, ¿qué hacemos? —El auricular:

—Pues ya te lo he dicho: tengo aquí a Manolo y a Baltasar. ¿Vienes o vamos? ¡Espera, espera...! —Su Señoría escucha el rumor de los diálogos al otro extremo de la línea y:— ¡Pepe, sigues ahí? —y:— Mira, que dice Manolo que mejor en su despacho, ¿oyes?

Dos minutos más tarde Su Señoría, tras un corto trayecto, entra en el despacho de don Manuel, a quien los que gozan de su confianza llaman Manolo. Allá atrás, guardando la puerta del despacho vacío, se ha quedado la rubia; más que contenta, ella, por lo bien que ha sabido manejar al de la coliflor.

—Que no se te olvide —le ha recomendado Su Señoría al salir— llamar el miércoles a primera hora y decirle que he salido de viaje u otra tontería. El jueves es vísperas de navidad y no me la voy a estropear con tonterías. —Se justifica:— Es lo que faltaba. Ya está bien. —Ella:

—Por supuesto, cariño, descuida, no hay problema.

Manolo, desde su sillón aún más impresionante que el de Su Señoría porque él es más electo que el otro:

—Hola, Pepe, pasa, pasa. —Y cuando Su Señoría ha cerrado la puerta y ya está dentro:— Estamos con lo de los regalos de navidad, ya sabes. Hemos pensado en una televisión de plasma. —Baltasar:

—Que a mí no me gusta. Tengo ya una. —Manolo, volviéndose a él rápido:

—Mira, Balti, eso es una tontería, ¿comprendes? Eso de que ya tienes una, digo. ¿Qué pasa si tienes dos, eh? —Como el argumento es de los que no admiten réplica, que por ello Manolo ocupa el puesto que ocupa, Baltasar tiene que cerrar su piquito y callarse; además, tiene por principio no nadar en contra corriente y el río se llama don Manuel. De manera que:

—No, si visto de esa manera... —Manolo, persiguiendo y rematando:

—¿Y de qué otra manera se puede ver? —Baltasar:

—No, no, si llevas razón, por supuesto. —Manolo, que, además, es amigo de Baltasar tanto como la política lo permite, o sea, nada salvo la sumisión absoluta, se consiente la bromilla para relajar el ambiente un tanto tenso:

—Además, si no la quieres te dejo que me la des. —Baltasar, que de tonto nada, otea, corta y recorta:

—No, si me parece perfecto. Además, pensándolo en segundas, me parece lo más adecuado. ¡Televisión de plasma, magnífico! —Manolo:

—Entonces, ¿quedamos en eso, una televisión de plasma? —Su Señoría y el otro expresan su perfecto acuerdo con Manolo, que es por y para lo que están allí. Baltasar:

—Cuánto más lo pienso, mejor me parece. —Manolo:

—Pues hala, ea, convoca para mañana reunión de portavoces. Este año, como regalo de navidad, cada diputado se llevará a su casa una televisión de plasma último modelo. —Baltasar:

—Y modelo grande. —Manolo, satisfecho por la buena disposición de los otros:

—Eso. Modelo grande.

Al día siguiente, en la reunión de portavoces, surge un problema:

—Sí que es un problema —coincide Baltasar. Nuestra Señoría, o sea, el que estuvo escuchando todo el asuntillo aquel del coñazo de la coliflor, ya sabes, acaba de caer en la solución; y la expone a toda prisa para que no se le adelanten:

—Bueno, podemos hacer que el mismo establecimiento donde la compremos... —Un diputado pequeñajo que a todo se suele oponer:

—¡El Corte Inglés! —Nuestra Señoría, pillado de improviso por la interrupción:

—¿Cómo? —El pequeñajo:

—Que digo que se pueden comprar en El Corte Inglés. Ayer mismo estuve viendo allí unas grandísimas con todas... —Nuestra Señoría, interrumpiendo, pues el otro quiéralo o no está en la oposición y, además, son minoría:

—Eso es lo de menos. —El pequeñajo:

—¡Cómo que es lo de menos! ¡Eso es una afrenta añadida a la oposición por el simple hecho de que somos minoría! —Nuestra Señoría:

—Por supuesto que nosotros somos mayoría y por eso hacemos lo que nos da la gana. —Baltasar, mediando con toda su autoridad, mucha pese a su cuerpecito regordete de bufoncito inofensivo, tercia:

—Esto es una reunión de portavoces, señores, y nadie ha sacado a relucir el argumento de la mayoría, y eso está claro. —Mira alrededor en el repentino silencio y, a continuación, añade:— Que, por otra parte, es un hecho cierto e indiscutible, por más que os pese. —Como si picado por una bicha, el portavoz del grupo mayoritario (pero en la oposición por la conjunción de las dos ramas del mismo árbol):

—Me parece una irresponsabilidad de la mayor gravedad y una provocación de lo más inoportuno sacar a colación en este momento la cuestión de la mayoría. —Baltasar:

—Efectivamente. Y eso es lo que tenía que haber hecho el señor diputado del grupo independiente, Señoría. —Mirando al chiquitajo con toda inquina. Nuestra Señoría de la coliflor aprovecha el instante para acabar de exponer su solución:

—Decía que se puede indicar al establecimiento que envíe los televisores de plasma a nuestros domicilios particulares y así no se da la mala imagen de verlos salir del Parlamento.

La idea, extrañamente escuchada por todos por lo oportuno de su exposición, justo en el momento del lapso de silencio tras lo tenso de la situación anterior, cala en las mentes fértiles de todos y así lo expresa Baltasar, contento en el fondo por el hecho de que la solución a la cuestión, ciertamente delicada, de ver sacar los dichosos televisores de plasma del mismo Palacio de Gobierno haya partido de un miembro del gabinete que vice-comanda. Luego, a la salida de la reunión, se le acerca y lo felicita por lo oportuno y acertado que ha estado; a lo que Nuestra Señoría de la coliflor no duda en responder:

—Para ello estamos en el partido y nos aplicamos con toda el alma en encontrar soluciones a los problemas que de continuo se nos presentan.

Con estas palabras, acertadas como son, sabe que tiene sembrado un nuevo trecho del camino hacia sus propios fines; aunque Nuestra Señoría cuida bien de exteriorizarlo en manera alguna. Su señora, esto es, la señora de Su Señoría sí que se lo dice a su marido bien claro más tarde:

—¿Un televisor de plasma? —y:— ¿Tan sólo un televisor de plasma? —Irritada y perpleja. Y el caso es que tiene toda la razón del mundo: su marido y sus colegas están allí, en el Parlamento, ¡trabajando sin parar y como locos por llevar hacia delante este país dejado de la mano de Dios!, y de regalo de navidad de la administración ¡sólo una televisión de plasma! ¡Pero habráse visto tacañería semejante! Su marido, Su Señoría o Nuestra Señoría (que para el caso es igual), no está de acuerdo con ella, incluso se siente un tanto herido en su amor propio. Parece como si al aceptar una televisión de plasma tan sólo estuviera certificando el reconocimiento de su propia valía muy por debajo de donde debería estar. De modo que se lo dice:

—Mujer, ten en cuenta que esto es sólo de la Administración, o mejor dicho, del Parlamento. Hay que tener en cuenta, también, que estamos de crisis este año. Por otra parte, además de eso están las cestas, los regalillos de las empresas, los regalos de las constructoras, los... —Ella, furiosa aún más:

—¡Pero cómo te atreves a mezclar lo de las empresas y las constructoras si de lo que estamos hablando es del de la Administración! ¡Pareces tonto! —Al momento, rectificando:— ¡No es que lo parezcas, es que lo eres! ¿Sabes lo que te digo? ¡Pues que tú serás idiota perdido pero que yo no lo...! —Así sigue y no para hasta dejar hecha fosfatina la moral y estima propia de su cónyuge y marido. El cual, como es lógico, ha de ir a que se la suban a otra parte, cosa que sí logra pues la rubia es algo serio en su dedicación plena en tales bregas.

Al día siguiente en su despacho, se queja amargamente con su amigo, que le dice al auricular:

—La jodida de la bruja no me ha dejado en paz ni un segundo. —El auricular:

—Porque tú quieres. —Y ante las protestas de Nuestra Señoría, se lo explica:— Cómprale cualquier cosilla que pienses que ella considerará válido como regalo del Parlamento, un coche, alguna joya, un Rolex de oro o algo así, la mandas a casa y luego llegas diciendo que es el regalo de marras. Ella, tan contenta; tú, tan tranquilo. —Su Señoría, pasmado:

—¡Coño!

Días más tarde, justo la mañana de la lotería, entra Baltasar como una tromba:

—¡Pero cómo se atreve tu mujer a quejarse a los periodistas que este año hemos recibido sólo una televisión de plasma como regalo! —Nuestra Señoría, sin saber de qué va la cosa:

—¿Mi mujer? ¿Qué periodistas?

—¡Pues claro que tu mujer! ¡A no sé cuál de ellos! ¡Pero es igual porque en el periódico está todo y lo están leyendo todos! —Le echa de mala manera un diario encima de la mesa. Allí, efectivamente, entre la foto de su mujer posando en el salón y de su mujer posando en el jardín, está la famosa foto de su mujer posando junto a la televisión de plasma. La mirada de ella, fija en el aparatejo y desdeñosa, expresa bien a las claras la consideración que le merece tal objeto como regalo.

Nuestra Señoría siente que se le sueltan las tripas y hasta ventosea un tanto. Baltasar:

—Están todos los grupos que echan lumbre. ¡Dicen, y con toda la razón del mundo, dicen que cómo es posible que a la lumbrera que se le ocurrió lo de que manden los plasmas a los domicilios particulares, se le haya ocurrido a continuación mandar a la parienta a la prensa para que se queje! ¡Incluso están insinuando que es una artimaña para desprestigiarlos como oposición! —Balti clava sus ojillos cerdunos en Nuestra Señoría:— La verdad, no sé cómo se les ocurre tal cosa porque con lo que has hecho está bien claro que a ellos los enmierdas, ¡pero a nosotros nos atiborras! —Su Señoría, airado ante tamaña injusticia:

—¡Yo no mandé a mi mujer a que se quejara a ningún sitio!

—¡Ah, no?

—¡Pues claro que no! —Baltasar, apoyando la manecita rechoncha sobre la primera página del periódico:

—Entonces, ¿esto qué es?

Claro, como Nuestra Señoría no tiene explicación alguna para la torpeza de su costillita, sólo puede permanecer en silencio. Derrotado. Aterrado. Y en silencio permanece también ante Manolo, don Manuel ahora, que, furioso como toro recién banderilleado, no hace sino gritar preguntas y, cuando Nuestra Señoría intenta responder, mandarlo callar. A gritos también.

Luego, en la reunión de portavoces convocada con carácter urgente, es Baltasar quién ha de dar las explicaciones. Éste, como político diestro y siniestro que es, las sabe dar a más y mejor: que si un periodista abrumó a la pobre señora con no se sabe qué cuento, que si la confundió porque era la noche, que si le dijo que las fotos eran para una revista que lanzaba una editorial de Somalia destinada a la salvación de los negritos, que si etc. Finalmente:

—Por todo ello, y por más, pido a Sus Señorías que atiendan a la solución que, como es costumbre en él, ha aportado nuestro consejero y amigo, aquí presente. Hala, Pepe, cuando quieras. —Nuestra Señoría, tras tragar la poca saliva que le queda, habla con voz insegura:

—Deseo indicar que por mi gabinete de prensa ya he procedido a repartir el correspondiente comunicado en el que queda bien claro que la televisión de plasma no es un regalo ni muchísimo menos, sino una compra realizada por mí, con cargo a mi cuenta bancaria particular. Aquí muestro el cargo en dicha cuenta con fecha de anteayer. Además, he dado órdenes al fiscal general para que proceda a actuar de oficio contra...—Baltasar, rápido como el rayo:

—Quiere decir que el fiscal general ha comunicado al Consejero que, en base a los datos que le ha proporcionado nuestro colega, va a proceder de oficio contra el periodista en cuestión. —Nuestra Señoría:

—Eso es lo que quiero decir. Se le va a acusar de mala praxis en el ejercicio de su profesión y de...

Así siguen durante largo rato, pues ellos, o sea, los políticos, cuando puestos a darle a la sinhueso no hay quien los pare. Sin embargo, mire usted por donde la mañana siguiente aparece el mismo periódico clamando a los cielos por la injusticia que la justicia cometía con él periodista de marras.

Un honrado periodista que se ha limitado a cumplir con su obligación de llevar la información más completa y exacta al público aún a costa de enemistarse con la clase más peligrosa de nuestra sociedad”, especifica; ello tras encabezar su portada con una sentencia retorcida: “Los políticos se regalan”. Debajo, con letra de menor tamaño: “Nosotros se los regalamos a ustedes”. Más abajo, con letra más pequeña pero aún grande: “Ponga a un político en su mesa mañana”. A su lado, bajo una fotografía impresionante que no dejaba lugar a dudas, el de la coliflor; bajo la fotografía, la explicación: “El socio expulsado del sindicato agrícola mayoritario Prodefensa de los Agricultores Sindicales en Municipios Agrícolas y Obrericampestres (P.A.S.M.A.OS.), pero con creciente influencia en el mundo agrícola por ser presidente de la cooperativa “Vendámoslos Nosotros”, Enrique el Nano, invita al Consejero a que comparta con él y su familia la cena de Nochebuena”. A renglón seguido el Nano indica que en su “casa no hay televisión de plasma pero que mi mujer pondrá toa su güena fe pa que el Consejero se hinche de comer”.

—No te queda otra alternativa —le explica Manolo. Y a Baltasar:— Hazlos pasar. —De modo que allá que entran todos, entre ellos el periodista y el fotógrafo del artículo de marras; de la oposición son; los demás, mayoritariamente leales. Después de las fotos y las explicaciones de rigor, en un ambiente mucho más distendido ya, Manolo cuida de señalar:— No sólo es que va a compartir con Enrique y familia la cena de Navidad sino que don José, el Consejero aquí presente, lo hace con todo el gusto del mundo.

Entonces Manolo explica que el Consejero va a proceder a enseñar al periodista de marras el recibo justificativo de la adquisición del dichoso televisor para que éste los contraste y compruebe manu propria (latinajo que de vez en vez se saca de la chistera en la creencia, de buena fe, de que muestra lo elevado de su educación; la cual, por otra parte no va más allá de tercero de facultativo de minas, Linares, año 62) lo inexacto de la información publicada en su periódico.

El momento en que el Consejero muestra la factura de compra al periodista de la oposición aparece al día siguiente en primera página de toda la prensa leal, con amplio despliegue explicativo de las características de aquélla, o sea, la factura, así como información añadida en la que se destaca el origen del malentendido, las circunstancias de la perversa implicación de los demás políticos del Parlamento, la blancura inmaculada de la inocencia de los parlamentarios, etc., etc., etc.

En el diario que las malas lenguas saben que tiene detrás a las fuerzas vivas de la oposición, así como a sus medios económicos, no aparece la foto en cuestión. En portada aparece una entrevista con un empleado de El Corte Inglés en la que éste asegura que “salieron ochenta y cuatro televisores de plasma y tres vajillas completas de La Cartuja a domicilios particulares de políticos, tanto de aquí (por la capital) como de toda la autonomía”. La foto también. Junto a otra foto: el periodista de marras arrimando un micrófono a un señor muy elegante; debajo, el pie de foto: “Momento en que nuestro redactor pregunta al Director de El Corte Inglés de El Espolón si es cierto que, a indicaciones de un alto cargo político, expidió una factura falsa de un televisor de plasma”. En el artículo se da cuenta pormenorizada de la negativa del Director de dicha sucursal; lo más llamativo del artículo en cuestión es el final: da toda la impresión de ser un añadido de última hora, de redacción un tanto discutible, y reza así:

“Los regalos a los políticos se hacen, en realidad, no a ellos sino a las instituciones. No son, por consiguiente, de ellos sino de las instituciones. Es necesaria una ley que exprese claramente que todo regalo a un político debe ser entregado por éste a Cáritas para que llegue a los necesitados de verdad, o el político incurre en delito de robo”.

A la puerta de la casa de Enrique el Nano la expectación crece conforme se acerca la hora de la cena de navidad; todo el mundo periodístico se encuentra preparado para disparar sus cámaras, sus preguntas, sus micrófonos en cuanto se atisbe el coche del Consejero invitado. Enrique el Nano no es el más nervioso, aunque no se cura de confesar que sí lo está:

—No todos los días se tiene a un Consejero sentado a tu mesa —explica mientras no deja de pasarse y repasarse la mano sobre el pelo recién untado de brillantina. Su esposa, allí, a su lado, ambos en la puerta abierta de su casa tras la que se adivinan, por los lloros y gritería a los pequeñitos de la familia allá adentro; Rosa, como se llama, está hecha un flan:

—¿De primero? —Y entonces detalla al más preguntón:— Pues, pipirrana de coliflor. —Aunque todos los periodistas están hechos polvo garabateando en sus libretitas, los más viejos, o arrimando los micrófonos a Rosa, los demás—. ¿Que qué lleva? Pues coliflor (risas) y un aliño de ajos y eso... ¿Luego? Pues luego un primer plato de boladillos de coliflor. Me salen güenísimos. Los hago como los hacía mi agüela, rebozando la coliflor con una receta que no puedo decir... ¿Al Consejero? Güeno, a él, si me la pregunta, sí se la diré, claro, fartaría más. ¿Después? Güeno, pues coliflor al horno con pimientos y sobre un suave lecho de tomatito y ajos que he visto en la tele al Giñando ése..., a ése, sí. Para terminar, coliflor en dulce casero... De mi agüela también, sí, pero no de la...

En ese momento se escucha a un automóvil que se aproxima. El revuelo entre los periodistas se convierte en caos total. Todos quieren la foto del Consejero en el momento de llegar a casa de Enrique el Nano.

Luego, mientras comienzan la tediosa espera a la salida del Consejero, comentan el asuntillo más de actualidad por el momento, que es esa noche. Dice uno, dice:

—Si es que a quién se le ocurre. —Otro:

—De siempre ha sido idiota. —Otro:

—Pero si sabía que los plasmas se los habían regalado todos, ¿a qué se pone a pedir que se los den a Cáritas? Pero si los suyos tienen también el suyo.

—Claro. —Se ve que está convencido de lo que dice—. Otra cosa habría sido si se los hubiesen regalado sólo los nuestros. Regalándoselo todos no se ve la mala fe. Para mí que se le cruzaron los cables.

—Me han dicho, de buena tinta, ¿eh?, que sacaron de la cama al redactor-jefe a las siete de la mañana. Se acababa de acostar. —Uno de ellos, riendo:

—Se joda, por las veces que ellos nos sacan a nosotros.

—Le echaron una buena. Y el pobre no sabía ni a qué venía. Y el redactor-jefe dio con el Zocato a las ocho y le dijo que estaba despedido y que, por su bien, se fuera cuanto más lejos mejor.

—Lógico. ¿A quién se le ocurre dar información tan maliciosa y confusa! Además, que a nosotros nos corresponde sólo informar. No dar opiniones, que para eso están los maestros.

—En su buena cama estarán los jodidos.

—No creo que estén, a no ser que estén malos.

—No te quejes, que mañana no sale el peipar y ya tenemos el trabajo hecho para pasado.

—Eso sí. Además, no me cambiaría por un maestro por nada. Las están pasando canutas con lo de la
eso y eso.

—Claro, además de que nuestra profesión es mucho más digna que la suya. Fíjate, la suya, forma; la nuestra, deforma, que es más—. Y vengan risas, que para eso es nochebuena.

—Seguro. —Pausa—. ¿Estarán ya por los boladillos o habrán pasado ya a la coliflor al horno en suave lecho de..., ¿de qué era?

—De coliflor también, me parece. Sí.

 

Vale.

 

 
Ni que decir diene que esto sucedía en un país muy, muy lejano, en el norte, muy al norte, y hace tiempo, muchísimo tiempo. Y que cualquier comparación con personajes reales ofende, primero al autor. Claro. Y, ¡endimpués, ar Miguelico, por trepa que es er joío!