EL MOCITO FELIZ
 
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cualquir parecido con la realidad es puta casualidad
 

 

Nació nuestro hombre en el seno de familia acomodada, no rica,¿eh?, sino simplemente acomodada y tirando hacia lo bajo. Como suele ser habitual en este tipo de familias (es decir, lo primero y muy por delante, los hijos; el resto, y muy por detrás, lo demás) no le faltó nada en el tiempo que duró su niñez. Más bien largo fue éste, el tiempo de duración de la tal, digo, pues nuestro hombre, todavía niño pero cayendo hacia zagalón ya, apenas si abría pico. Aun cuando tal hacía, y no era para tragar bocado, su padre argumentaba, entre perplejo y fastidiado:

—Más nos valiera que comieses, hijo... —pues era un tanto alegre y confianzudo en su habla, añadiendo a continuación, por lo bajo y solapado:— y que te atragantaras, de paso, jodido. —A lo que la madre, espantada por tamaña barbaridad, saltaba al momento como si víbora fuese, que no lo era, reconviniéndole con muy malos modos:

—¡Cómo puedes soltar ese disparate delante de tu hijo y quedarte tan fresco! —Él, de momento, suplementaba, también por lo bajo y como entregado ya a otros pensamientos:

—El disparate es que un tonto de este calibre haya resultado ser hijo mío. —Con este añadido, malintencionado según ella, la hembra solía cobrar nuevos bríos y contraatacaba aduciendo las teorías más diversas sobre la genealogía y circunstancias engendrales del vástago; con ello se perdía, pues su esposo andaba ya cavilando por otros campos muy alejados y ajenos; que esta facilidad y escape sí tenía y le ayudaba en los trances más angustiosos.

Bueno, pues fue creciendo nuestro buen mocito y, como solitario y muy suyo, apenas si le sobraban amigos, ya que sólo tenía uno, que, además, era el mejor de los que tenía y que era él mismo. Caminaba nuestro mocito con su amigo por el campo un hermoso día de primavera, fumándose la clase iba y fijándose en los pajaritos, hormiguillas y otros bichos, cuando ante él se presentó un cuadro idílico y enternecedor a más no poder: un pastorcillo de unos setenta años y piel curtida fumaba su pitillo de picadura recién liada mientras, apoyado en su cayado, vigilaba las ovejitas y cabritillas que a su cuidado estaban; de vez en vez levantaba voz y mano en gesto automático y, arreándole pedrada certera en lomo a alguno de los bichos que, en su concepto, intentaba descarriarse, le gritaba como admonición explicativa, siempre dentro de un orden y con talante brioso, vivaz y participativo:

—¡Pintilla —o cualquier otro que fuera el nombre del animalito en cuestión—, so japuta, te voy a endiñar una pedrá en los sesos que te los voy a esturrear por to el prao!

Encantado permanecía nuestro mocito sabiéndose testigo privilegiado de algo, aun cuando no alcanzaba a entender qué podía ser ello, pero sí que era algo indudablemente inmanente y fundamental. Y en ello estaba cuando, por fin, la agudeza visual del guardián del rebaño le atisbó junto al árbol desde el que el maravillado zagalón asistía a hecho tan asombroso, a su entender.

—A la güena de Dios, zagal. —saludó el pastor.

—Eso, maestro. —Respondió nuestro mocito acercándosele sin miedo ya; como, además era muy educado, le saludó a continuación:— Buenos días. —El rústico pastor, interesado, observó:

—Andas por aquí —queriendo con ello decir que nuestro mocito estaba por allí; de ello puedes sacar cómo de agudo y observador era. Nuestro mocito, cada vez más conmovido:

—Sí, maestro. —El pastor:

—Claro. —El mocito:

—Y tenía un abuelito. —El pastor:

—Na de lo que sé lo he aprendío en los libros. —Ante una confesión tan radical y consecuente con su propia filosofía, nuestro mocito sintió que las fibras de su corazón temblaban y lágrimas acudían abundosas a sus ojos vírgenes y resbalaban mejillas abajo.

—Mi abuelito era muy bueno —confió. El pastor:

—¡La Pintilla m’está dando el día, la japuta y mu joía! —Más extasiado cada vez, nuestro mocito no pudo evitar exclamar:

—¡También eres poeta! —El otro, arreándole otra pedrada en pleno lomo a la Pintilla:

—Poeta se nace, no se hace.

—¡Oh!

—Sí. Como tantas cosas en la vida, na se aprende, algo se herea, to se come. —Nuestro mocito sintetizó:

—¡Nada es absoluto! —Entonces se acordó de nuevo:— Y mataron a mi abuelito. —El pastor:

—¡La mu puta es que no quié aprender! —Pedrada a la Pintilla en el sufrido lomo y vuelta al diálogo:— ¿Tu agüelo no sería de la quinta del saco, por un casual? —El mocito, pensando que seguro que lo había sido, no lo dudó:

—¡Sí, maestro, sí, de la misma! —Emocionado hasta el tuetanillo.

Más tarde, ya en casa, lo confió en la mesa:

—¡Hoy he aprendido la lección más importante de mi vida! —Su papá, más interesado en la ensalada y el potajillo que en las hazañas de su retoño, no dijo ni pío; su madre, en cambio, sí:

—¿Sí? ¡No me digas? —Toda interesada ella en los resultantes de la labia de su hijito de su corazón:— ¿En qué materia? ¿En derecho romano?, ¿en historia del derecho, en constitucional, en...?

—No, no, no —se apresuró a aclararle nuestro mocito para que entendiera que la lección recibida había venido desde el más allá de la pequeñez constreñida de un aula universitaria—; ha sido la lección más importante de mi vida y no ha sido en la universidad. —Aquí sí intervino el padre que, con la boca llena de aquel delicioso potajillo y los adentros empezando a notar la alegría del calorcillo que éste produce cuando en contacto con el vino de la tierra:

—Eso sí me lo creo. En la universidad son todos unos borricos de categoría universitaria, que son los más borricos. —Nueva cucharada y pregunta por entre el chispear de saliva y mijillas:— ¿Qué has aprendido? —El mocito, mirándoles resplandeciente y orgulloso:

—Que no todo se aprende en los libros. —El padre dejó de masticar unos instantes para mirarle; estaba sopesando. Mamá también le miraba, los ojos húmedos por la emoción del momento. El mocito:— Bueno, en realidad, que casi nada se aprende en los libros. —El padre venga a mirarle sin quitarle los ojos de encima ni pestañear siquiera, que hasta de eso se había olvidado. Mamá, en cambio, rompió en lloro embelesado por la maravilla que ante sí se empezaba a desplegar. El mocito, como el silencio duraba y nada decían sus progenitores:— A ser sincero, nada se aprende en los libros. —Su padre, sacando palabras de donde no las había, seca se le había puesto la boca:

—¡Pero es que ya te han suspendido, so zoquete? ¡Si las clases comenzaron la semana pasada! ¿O es que te han echado por demasiado borrico o qué?

Luego resultó que no, es decir, que no le habían suspendido. Y como de la universidad sale todo lo que entra, aunque mucho de ello no debería hacerlo sino por la puerta de atrás y en cubos, pues, al cabo, nuestro mocito salió también y se puso a trabajar. Al momento empezó a ganar juicios y más juicios; o sea, juicio que tenía, juicio que ganaba. Y los que no tenía, también los ganaba. De manera que con tal currículo, juicios propios y ajenos exitosos todos, y tras el protocolario y sobrio sondeo confirmatorio por el partido, arrancó como candidato a diputado por la provincia en la que años antes había nacido.

—Así nos va el país —comentaba el padre a sus íntimos en las partidillas de mus de la rebotica de Lucio, el boticario de la calle Nueva—. Fijaos, el tonto de mi casa, y uno de los más logrados de toda la ciudad, se presenta a diputado y van y me lo eligen. —Los demás, expresándole su simpatía y conformidad, así como haciendo para que la cosa le fuera más llevadera y con el juego le saliera la pena y la indignación frustrada que tan hondo le había calado:

—Bueno, hombre, tampoco es para tanto. Borricos hay por todos lados. Si no hubiese sido él el elegido, cualquier otro lo habría. —El de la derecha:

—Aparte de que si es tan tonto no se comerá una rosca en política. Ya verás como dentro de nada lo tienes de vuelta en tu casa.¿Y quién te asegura que los demás son menos tontos que él? —El padre:

—¿Qué el mío? —Pasmado e incrédulo—. ¿Estás diciendo que puede haber otro más imbécil? —El tercero en concordia:

—No, hombre, no; no te lo tomes por la tremenda. Lo que Saturio quiere decir es que hoy día la juventud es así y asao, ¿entiendes? —El padre:

—No. —Saturio:

—Pues bueno, venga, ahí van, que de este estacazo os termino de sacudir lo poco que os queda de lo mucho que teníais. —Esto, dando ya las cartas.

El caso fue que nuestro mocito tuvo, como diputado, una carrera brillantísima, meteórica en su provincia; había aprendido bien las normas del arte político y las aplicaba con tino y a su tiempo: sumo respeto y obediencia ciega a los jefes, trapera al que no lo era, zancadillas a dos pies y hasta con la lengua cuando éstos no dan abasto, melosidad y compostura ante el que se ha de ser servil, asentir a todo trapo y aplicarse a nada y menos; y, sobre todo, cara de capacidad, de concentración cuando necesaria; y talante. Mucho talante, fuera esto lo que fuese, que era lo que más le caracterizaba y ayudaba en su carrera:

—Es elemento de mucho talante —decían de él hasta con cierto respeto, Y así, de boca en boca y de más en más, iba creciendo su reputación.

—Madrid. —Era la palabra mágica y la acababa de escuchar.

Cuando se lo dijo a su padre, éste se echó las manos a la cabeza. Mamá, en cambio:

—¡Ay, que orgulloso estaría tu abuelito si te viera! ¡A la dirección del partido, nada menos! ¡Ay, Jesús! —Los ojos saltándole en lágrimas. Nuestro mocito:

—Más orgulloso estaría el pastorcillo. —La madre:

—Los dos, hijo mío, los dos. —Por la noche, el padre, a la madre, en cama ambos ya:

—¿A qué pastor se refiere el cebollino de tu hijo? —La madre, toda orgullosa y arrogante ella:

—¡Ah, y yo qué sé! ¡Pero alguno debe ser cuando él lo dice con ese pico que tiene, bendecío está! —Luego, medio dormida ya:— Alguno del belén o algo de eso.

Pero los ronquidos indicaban que su marido ya no la atendía. Ni le importaba tampoco.

En Madrid las luchas en el partido de nuestro mocito, tras el ridículo de lo que se conoció como “el traspié de las primarias”, eran de lo más feroces pero silenciosas. Silenciosas y calladas; apenas si nadie se enteraba de nada, y los que se enteraban, no se enteraban. Luego, un buen día, llamaron a nuestro mocito y le comunicaron:

—Vas a ser el candidato. —Nuestro mocito, con el nerviosismo del pasmo, sólo atinó a balbucir:

—¿De..., de las primarias? —Los gerifaltes se miraron entre ellos. Un sentimiento de acierto indudable se reafirmaba en la mirada de todos: habían acertado con el candidato de consenso, o sea, alguien que no se enteraba de nada y les dejaría hacer de mangas capirotes. Buena prueba de ello es que se dispuso arrancar como caballo y, por más que algunos se decían “Ya parará cuando se dé cuenta”, siguió a carrera de caballo y nada hacía presagiar la anunciada parada de burro. Salvo, claro está, el sentido general de su carrera. Entonces, a dos días de las elecciones, se armó el gran barullo con un rubalco metido en el fango hasta las corvas para que la ocasión fuese todo lo provechosa que se les prometía, y lo que nadie esperaba resultó. O sea: el mocito salió a hombros y vuelta al ruedo.

—¡Presi! ¡Presi! ¡Presi! —gritaba la chusma enfervorizada a más no poder. Él:

—Gracias, abuelito —musitándolo cara al cielo, desde la superioridad del balcón, sintiéndolo allí mismo, por entre las estrellas acribilladas a balazos de carabina de feria. Porque él sabía que había sido un milagro, un milagro total, y aunque era un ateo como Dios manda, creía en los milagros a pie juntillas. También en los belenes y en los pastorcitos. En el que más, uno con el que topó en el campo cuando era mocito; su maestro que había sido.

—¡Presi! ¡Presi! ¡Presi! —seguía gritando la chusma. Él, más gracias a su abuelito. Y al pastorcillo también. Así hasta que, ya de madrugada, hubo reunión de gerifaltes; allí volvió a repetir el asunto del pastor y a llorar por su abuelito y no les conmovió: eran pájaros duros y crudos, como políticos eran. Uno decía, en voz baja, claro, y a contrapelo, que es como ellos hacen las cosas, decía a otro:

—Estoy del abuelito de la puñeta hasta las narices. —El otro le contestaba, a lo político también, claro:

—¿Es que tienes las narices en los cojones? Porque lo que es yo, estoy hasta ellos. —Y nuestro mocito, un mozo hecho y derecho ya, seguía mirando a todos lados y vuelta a contar a todos los que no querían oírlo la historia del pastor y el abuelito. En ello estaban cuando, de buenas a primeras, el buen mozo hizo callar a todos con ademán autoritario, que le salió bastante bien, desparramó mirada por caras expectantes y expuso, con todo su talante, expuso:

—A mi abuelito lo mataron en la guerra. Dijeron que era uno de los malos. Yo quiero que mi abuelito sea uno de los buenos.

Así, al pronto, los gerifaltes no parecieron entender, en la creencia ellos de que seguía con el asunto del abuelito y eso; luego, alguno, todavía más avispado que los otros:

—¡Ah, ya, claro, claro: ley de memoria histórica! —Le miró a la cara con toda franqueza y repitió:— ¡Memoria histórica!

El buen mozo cayó al instante en que eso era lo que quería decir y quedó pasmado, entusiasmado y casi enloquecido. Que decía, frenético:

—¡Que los desentierren ahora mismo a todos! ¡Vamos, todo quisque a desenterrar! ¡Y un comité de punto y cambio! —Los gerifaltes, sin comprender. Uno de ellos:

—¿Y eso qué es? —El buen mozo:

—Un comité de técnicos en transportes y desembalajes, ¡todos del partido, ¿eh?, ojo a eso: todos del partido!, que serán los encargados de que las fosas en que están los malos, las ocupen ahora los buenos. —El gerifalte, atrevido y queriendo asegurarse:

—Y..., ¿viceversa? —La respuesta instantánea, comedida y responsable, como el talante:

—¡Por supuesto! —Y la aclaración, por si acaso:— Por ejemplo, si uno de los malos de antes, que en realidad son los buenos, está enterrado en un campo de habichuelas y otro de los buenos, que en realidad son los malos de ahora, está en un campo de alfalfa, ¡el comité dictaminará lo que hay que hacer! —Rotundo. El gerifalte en cuestión, un tanto desorientado, los demás perplejos:

—¿Y qué es lo que hay que hacer?

—¡Cómo que qué es lo que hay que hacer! —Sin enfurecerse, que para eso está el talante, pero autoritario, que para eso están los demás—. ¡Pues hay que hacer lo que hay que hacer! ¿Acaso es lo mismo estar enterrado en un campo de alfalfa, comida para borricos, que en un campo de habichuelas, comida para humanos? —El gerifalte, razonable él, ni pío ni entender—. ¡Pues ahora, el que ha estado aprovechándose del campo de habichuelas, que las pague todas juntas y se joda en el alfalfal! —De corrido y sin parar ni para respirar:— ¡Ayyyyyy, mi abuelito, en un alfalfal todo este tiempo! —Su señora, es decir, la nuera de su padre, fallecido él un par de años antes:

—¡Pero si tu abuelito está en el panteón familiar! —Él, arreciando en la llorera:

—¡Pero podía haber estado en el alfalfal, él, mi pobre abuelito!¡Yyyyyyy, qué lástima me da! —Y venga a soltar lágrimas gordas como melones reventones y de agua.

Luego, en el Congreso, en un aparte, se ven el gerifalte y el líder de la oposición, miaja pasmado éste, y va y le dice, el gerifalte le dice al otro:

—¿Qué quieres? Lo tendremos que entretener con algo, ¿no? —Con esto significa que le tienen que entretener con algo. Y el líder de la oposición entiende y dice:

—Pero, hombre, si es que está creando problemas donde no existían. —El gerifalte, a esto, le contesta:

—Sí, pero ya conoces el dicho: mientras comes, no cagas. —Esto debe de ser alguna especie de convenio secreto entre gerifalte y líder, convenio del que sólo ellos tienen el conocimiento del secreto que revela el significado de lo que ha querido decir uno y entendido el otro. Lo creo así porque, al escuchar tales palabras, el líder se ríe divertido y aliviado y le pasa la mano por el lomo al gerifalte. Y en eso se van.

Luego, como la navidad ya está cerca, todos a izquierdas y derechas tan sólo se ocupan de los regalos que se han de hacer los unos a los otros y de los que han de recibir los unos de los otros, como niños ante los reyes magos de oriente: ¿Qué me vas a regalar?, ¡Doscientas botellas del Vega, nada más?, ¡Un rólex de oro, uy, qué bueno! ¡Ni pensarlo, los jefes de gabinete sólo una!, ¿Que para los subsecretarios no hay? ¡Pero qué dices, dos en vez de una!, etc.

A todo esto, y ajeno a ello, nuestro buen mozo no para, sino que arremangándose la camisa de descamisado que lleva bajo el esmoquin de gala, alza la copa y suelta la bomba:

—¡Brindo por la alianza de civilizaciones! —Esto se le ha ocurrido durante la noche, tendido junto a su señora y pensando y repensando en cómo honrar mejor a cierto par de cientos de muertecillos que, en la conciencia del país, pesan como plomo de algodón. Todos se miran pasmados y perplejos; el que más, el líder que, corriendo, busca al gerifalte por entre la barahúnda y le pregunta:

—No sé —le asegura éste. Como ve que el otro no le cree, pues ambos son políticos viejos de la nueva escuela, se lo recalca:— De verdad que no lo sé. —Viendo en los ojos del otro que ahora le cree menos, recurre a la desesperada:— ¡Te juro por lo más sagrado que no tengo ni puta idea de lo qué pueda ser eso de la alianza de civilizaciones!

Ahora ya sí está completamente convencido el líder de la oposición de que se trata de algo siniestro que se traen entre manos y de que la víctima van a ser él y su partido; de manera que sonríe complacido y leal al gerifalte y, tan pronto como puede desasirse de sus protestas (cuanto más acaloradas éstas, menos las cree el otro, ya sabes como son) va corriendo y ordena que se reúna la comisión permanente del partido de la oposición con carácter urgentísimo.

—¡Siniestro! —Y ratifica:— ¡Fatídico! —Y enfatiza:— ¡Nefasto!

De manera que allí me tienes a la comisión entera y aterrorizada a lo que da y partiéndose los sesos a toda pastilla tratando de desentrañar qué habrá querido decir nuestro mozo con aquello de la alianza de civilizaciones.

—Eso debe de ser que tenemos que ponernos todos mirando a Pamplona cuando entren los moros —ofrece una, pizca más espabiladilla y leída y, sin embargo, metida en política. Y en la comisión permanente nada menos. Otra:

—¿Pamplona? ¿Cosa del Opus? ¡Pero si los del Opus son nuestros amigos... o no? —Entonces se embarca en una explicación farragosa de la cual lo único que sacan en claro los demás es que uno de sus hijos pasó una vez por delante de un colegio mayor del Opus Dei. El líder, que por ello es el líder, logra finalmente volver el debate a la dirección correcta, pese a que la del hijo aún no ha acabado y está emperrada en explicarles cómo otro de sus hijos pasó también delante de otro colegio mayor que, a lo decían, también lo era; nadie le presta atención ya, conocedores por experiencias pasadas de que su número de hijos se eleva a once; ni siquiera el dinosaurio que a su lado dormita. Por fin el líder alcanza una solución:

—Yo lo que digo es que hagamos uso del método Felipe: démosle tiempo al tiempo y esperemos a ver qué pasa. —En esto no iba muy acertado dicho líder pues el método Felipe de resolución de problemas, exactamente, dice: hagamos nada y que tiempo resuelva. Pero, en fin, se ve que estaba pensando en ello cuando dio con la solución propuesta.

Así hicieron y, al poco tiempo, descubren que nuestro buen mozo no quiere decir nada. Sí. Así como suena: nada. Sólo que no todos están de acuerdo y vuelta a reunirse:

—Mira, ¿pero tú le crees posible que pueda tener segundas intenciones con esa cara de panoli? —Esto lo dice el dinosaurio nada más entrar y al instante antes de caer dormido. La letradita:

—Esos son los peores: empiezan a hablar y, como no piensan lo que dicen, pues a lo mejor dicen algo que nos perjudica a todos, gobierno y oposición, y la liamos; por ejemplo, el asunto de los coches oficiales o el de los sueldos o el de las tarjetas oro o algo así. —El líder de la oposición, algo molesto porque ha entrado con ganas de mear en la reunión y ésta parece alargarse más allá de las posibilidades de sus ganas:

—Pero si todo el mundo se está riendo de él. ¿Es que vamos a ser los únicos que le tomemos en serio? —Son palabras cabales y todos así lo reconocen. Menos la otra que aún sigue con el asuntillo del Opus aunque nadie le hace caso; por el sexto hijo va ahora.

Al cabo de unos días se acerca un individuo regordete y pequeñajo, miembro también de la comisión permanente de la oposición y, con mucho secreto y precauciones, entra en el despacho y comunica a su jefe el resultado de sus elucubraciones:

—Seguro, jefe, seguro —le certifica todo convencido—. Masón. El camarero de la cafetería de mi barrio me lo ha dicho. Un tío suyo que era masón en tiempos de Franco decía las mismas cosas cada vez que le pegaban una paliza los grises. —El líder encuentra al momento el punto flaco de su razonamiento:

—¡Pero a éste no le pega nadie! —E inquiere:— Entonces,¿por qué anda diciendo a todas horas esas tonterías? —Claro está, el pequeñajo no tiene respuesta para pregunta tan aguda y oportuna y tiene que callarse e irse con sus vergüenzas entre las piernas. Nada más salir se encuentra a la resabidilla que viene a toda prisa para hablar con el líder; aún tiene tiempo ella para, en un aparte sin dejar de andar, mascullarle al paso:

—¡Es masón! —Y:— ¡El jodido es masón!

—¿Cómo va a ser masón si no le pegan?

Ella, sin embargo, no le ha escuchado y ya está dentro del despacho del líder, la puerta cerrada, sus secretos con ellos más allá de ésta.

Mientras, nuestro mozo sigue haciendo de las suyas. Ajeno él de la que ha montado con el asunto de las civilizaciones, ahora sólo piensa y repiensa en la forma de llevar a la práctica teoría tan prometedora:

—¡Papeles para todos! —exclama; a continuación explica a los aterrorizados miembros de su comité nacional:— Es muy sencillo: los metemos a todos aquí, y cuando estemos seguros de que están todos, ¡entonces los aliamos aunque sea a la fuerza! —Una, jovencita, rubia y con cara de putilla de feria, se entusiasma:

—¿A todos? ¿A los negritos también? —Él:

—Por supuesto, a esos los primeros. —El gerifalte, aterrorizado ante la perspectiva de meter a medio mundo en una piel de toro:

—¡Pero, y la economía? ¡La oposición dice que va a haber una crisis y cuantos más estemos, a menos tocamos! —Nuestro buen mozo:

—¿Crisis? ¿Qué crisis? —Une las manos, mira a un lado y a otro, recoge la atención de todos y, entonces, con toda solemnidad, asevera:— Alianza de civilizaciones. Esa es la cuestión. —Es el talante el que ha hablado. No obstante, el gerifalte, a la desesperada y jugándose el crédito:

—Pero es que tengo un amigo en hacienda y me ha dicho que... —Otro de los gerifaltes, el de hacienda:

—¡Ojo ahí: en hacienda mando yo, eh? —Nuestro gerifalte de marras, entendiendo la metedura de pata:

—Por supuesto, por supuesto, pero es que éste es de los que entienden, no de los que mandan... —El de hacienda:

—¿Estás diciendo que yo no entiendo? —Nuestro gerifalte clama y reclama que no es esa su intención pero ya no se atreve a abrir la boca en el resto de la sesión sino para asentir el primero y con más ganas a todo lo que dice nuestro buen mozo. Luego, semanas después, el país con el agua al cuello y la deuda pública por las nubes, vuelve a la carga en otra reunión:

—He leído en The Economist que la crisis que se avecina va a ser tremenda. —Nuestro buen mozo:

—¿Y eso qué es?

—¿Crisis? Pues... —Nuestro mozo, interrumpiendo:

—No, no; eso del diconomis.

—¡Ah, pues es periódico de más entidad en asuntos económicos y a escala mundial. —El mozo sentencia:

—Fascista. Seguro. Como mínimo, de derechas. Más seguro todavía. —El gerifalte:

—¡Pero si es...! —Desde la presidencia de la mesa, nuestro mozo no admite la menor diferencia con él en temas de economía, cuestión en la que se sabe técnico puntero; aunque lo suyo haya sido, desde que entró en la universidad y desde que salió de ella, las enseñanzas del pastor y venga a ganar juicios; de modo que lo suelta para que se note que su sapiencia abarca el total del saber humano,¡hasta la ciencia de Galeno!:

—Esto es sólo un resfriadito —A su derecha tose, como de coña, uno del sector crítico, diputado también, y, como un rayo y de coña, también, le diagnostica:— Como el tuyo. —Todos ríen, la tensión se afloja; al día siguiente, el diputado con pulmonía; al otro, muerto.

—Qué ojo tiene el jodido —se asombran los que le oyeron precisar tan acertadamente sobre la levedad de su mal. Se cruza con otro diputado; tosiendo va como el ya difunto, y, antes de que nuestro mozo pueda decir ni una palabra, ya el otro la ha soltado:

—¡No me digas lo que tengo, no me digas lo que tengo! ¡Es una pulmonía como un caballo de grande! —Y sale a todo correr. A lo que nuestro buen mozo no lo duda ni un segundo:

—¡Del sector crítico tenías que ser, so descreído! —grita a la espalda que desaparece por la esquina más próxima camino de la salvación. Uno que pasa, de la oposición en este caso, le pregunta, se le atraviesa una salivilla y tose:

—Eso es otro resfriadito de nada —le dice al iluso preguntón. Al poco, el otro muerto.

—¡Sape, sape, ciezo, cenizo, la culebra, el jopo, la zorra y el cura de Carboneras! —poniéndole el de IU la cruz con los dedos cuando ve que se acerca, para alejar el maleficio. Nuestro mozo:

—¡Ven, ven, que te voy a dar un tratamiento nuevo que se me acaba de ocurrir! —A lo que éste no se deja y huye como diablo que es.

Más tarde, en la comisión permanente que, como secretario del partido, preside, presenta la novísima solución milagro de choque: ¡bocadillos de economía sostenible!

—¡Es genial! —confiesa el gerifalte de marras a los suyos en un aparte—. Mientras los que entienden se ríen, los demás andarán entretenidos en hallarle sentido a la cosa y...

—¡Pero si es una tontería como un pino gigante! —interrumpe el responsable de economía de la dicha comisión. El gerifalte:

—Eso lo dices tú porque entiendes, pero ya verás cuando lady Mona lo trate en la tele. —Con lo que el coreo de aprobación es unánime y hasta a lady Mona se le suben los colores al rostro: secretamente enamorada de nuestro mozo, en el fondo es una infeliz y una ingenua que acaba creyéndose hasta lo que ella misma afirma por la tele. Que dice:

—Es muy sencillo. —Para esta ocasión se ha puesto un modelito Vogue de Pierre Chardín que le sienta como escopetazo de mierda—. Se trata de unos bocadillos que por fuera no tienen pan y por dentro nada y por los cuales, quienes los compren, cobrarán en lugar de pagarlos. —La cosa no queda ni chispa clara; de manera que al día siguiente ha de salir de nuevo lady Mona en la tele; para la ocasión se ha puesto un modelito carmín de garanza que busca la sinuosidad dentro de la luminosidad en la silueta, de Jules Legrand él; asegura ella:— Vuelvo a decir que es muy sencillo: se pondrán a la venta bocadillos de economía sostenible en los denominados puntos venta de la Institución Nacional de Economía Modélica; en ellos podrán adquirirlos todo el que quiera, y se les pagará en el acto por dicha adquisición. —El presentador del programa le pregunta, pelota él:

—¡Magnífica idea, querida señora! y, dígame, ¿hay alguna limitación para adquirir estos bocadillos que tanto van a hacer por la sostenibilidad económica del país? —Ella:

—¡No! ¡Rotundamente, no! ¡Ninguna! ¡En absoluto...! Aunque para facilitar el acceso a la posibilitación de la creatividad y con el objetivo de que este modelo de economía sostenible en su aspecto macroeconómico de faceta abocadillada alcance su plena implantación, bien es cierto que para su compra habrá que presentar una certificación, que será expedida en todas las gerencias de gobierno, a las cuales ya se han remitido las directrices oportunas en el sentido de que afectará negativamente a la obtención de la citada certificación todo tipo de actividad económica y laboral. Queda, pues, con ello expresada palpablemente la voluntad del gobierno de no dejar... —A todo esto, el presentador se ha perdido y no tiene ni idea de lo que debe preguntar cuando ve que lady Mona ha acabado y está esperando la próxima cuestión.

El líder de la oposición, retrepado en el sillón de su casa, céntrica, cómoda y confortable como corresponde a su sueldo y dietas, aparte de primas y regalos, observa:

—O sea, que sólo podrán acceder a los bocadillos de economía insostenible quienes... —Su señora, sin levantar la vista de la calceta:

—Ha dicho sostenible querido. —El líder:

—...no hayan contribuido ni con una puta perra... —Su señora:

—No digas palabras feas, querido. —El líder:

—...al estado de bienestar del que gozamos, gracias a Franco. —Su señora:

—No digas disparates, querido. —El líder, cayendo en la cuenta de que su señora ha hablado:

—¿Cómo que no? ¿Quién puso los cimientos de las pensiones en España?, ¿quién creó la magna obra de la ONCE?, ¿quién instituyó la sanidad pública que...? —Se calla, pensativo. Su señora, admonitoria:

—Como te oigan los de tu partido te destripan, querido. —El líder sigue pensativo, rumiando. Por fin:

—¡Ya sé con qué le voy a atacar mañana! —Como si un resplandor le hubiese iluminado:— ¡La sanidad española es un desastre!

El primer día que nuestro mozo acude al Congreso, que es a más de una semana que el líder de la oposición lleva rumiando en cabreo silencioso lo de la sanidad pública, éste, el líder, se levanta y le interpela (esto, interpelar, quiere decir que pone cara seria y como de tratar algo muy importante aunque lo realmente importante para él es mantenerse en la poltrona que no cejan de moverle); de manera que interpela:

—¿Eh? ¿Qué dice a eso? ¡Y aquí están los datos que lo demuestran! —Y cosas así, que eso es una interpelación. Luego, cuando el líder ha acabado, se levanta nuestro mocito y, en breve pero maciza sentencia, me lo deja hecho trizas; que le contesta:

—¿La sanidad pública española? ¡La sanidad pública española! ¡Pero si ahora está mejor que nunca: atiende a toda Europa y a media África que se ponga, eh? ¿Qué tiene que decir a eso? —Claro, el líder ha de callarse porque nuestro buen mozo tiene toda la razón del mundo y así lo demuestran los aplausos de toda la sala, bueno, de la parte roja de toda la sala, bueno, de la parte de izquierdas de toda la sala, bueno, de los de su partido, quiero decir. Y aún tiene más que decir, pues añade:— ¡Y para que se fastidie su señoría —así se tratan ellos entre ellos y cara a la galería; luego son Pepe, Juanito, el tonto el haba, el hijoputa ese, y otras formas familiares del tuteo—, le voy a decir que esto no ha hecho más que empezar!

Hasta a los mismos de su partido se le encrespan los pelos, menos a lady Mona por el fijador que su peluquero de diseño le amaña cada mañana. Luego, líder y gerifalte se encuentran y éste le afea su conducta:

—¡Hombre. si es que a quién se le ocurre! Mira —aconseja—, tú déjanos a nosotros que ya le haremos entrar en razón. —Como el líder lo es porque se ha impuesto, tiene que aguantarse y hace como que se lo cree; sin embargo, la irritación va por dentro y nada más llegar a su comisión nacional me llama a uno espabiladillo y le
encomienda que, con mucha sutileza, destape algún asuntillo que les haga ver a los otros que están llegando al límite del aguante.

—¿Cuál quiere? ¿Mercasevilla? ¿La hija de Chaves? ¿El parque en Marruecos? ¿Las cuentas de la Junta? ¿El asunto Marbella? ¿El asunto Estepona?¿Algo de Cataluña? ¿El presidente gallego y sus derroches? ¿Los asesores de las...?

—Para, para. Algo sencillito y que no parezca que hemos sido nosotros.

Y así lo hace el espabiladillo. Saca primero el asuntillo de Ohanes, pero como Ohanes está en la provincia de Almería, aunque el caso es claro como el, quiero decir, sucio a más no poder, pasa desapercibido. Llamado al orden por el líder, saca a continuación el de Mercasevilla; causa más ruido pero como sucede en Sevilla, capital del chavismo, se estanca y pasan los días, los meses y los años y nada. Llamado de nuevo al orden por el líder, saca de golpe el de la hija de Chaves y, como Chaves ya está en Madrid, se arma la de Dios es Cristo.

A todo esto, y entre bocadillo y bocadillo de economía sostenible, aparecen las exigencias cada vez más empujonas de los autonomistas. Son éstos unos cuantos iluminados, sin oficio ni beneficio la mayoría, pero que se han venido ganando la vida, y muy excelentemente, predicando la desunión como sistema para hacerse
más fuerte, apoyada y fundamentada en el divide y vencerás y más todavía ahora que se tiende a la unión. Cabreados como están unos y otros, se lían a tirar mantas, se cruzan algunos cables y se anima el cotarro un disparate. Unos que entran, otros que salen, otros que si sí, otros que si no; aunque, eso sí, todos están muy tranquilos y, además, son inocentes y, además, lo van a demostrar de momento que salgan del talego. Que no pueden, claro está; se les denomina los “presuntos” y su número aumenta de día en día. Unos de los más presuntos es don Julián Muñoz, el Tenorio de Mi Gitana; una de las más presuntas es la gitana de su Tenorio y viuda de España por la gracia de Encarna en el chalet de Marbella; otro de los más presuntos es un tal Correa, y otro el Bucanero de Andraitx.

A todo esto se organizan rutas turísticas por toda la geografía patria para que los viejecitos adquieran, antes de cascar, un conocimiento más próximo y fiable de los lugares en que realizaron sus hazañas los presuntos más representativos; hay ofertas especiales en las que se incluye, dentro del precio, muy reducido él, una visita a la sede autonómica andaluza, valenciana, gallega o catalana, a elegir; en algunos casos se ha sabido que han llegado hasta el despilfarro de entregar un traje de inocente a endosar al que más y mejor se crea lo que dicen las distintas cadenas de televisión; la imposición de dicho traje parece ser que se encomendó al doctor en sastrería, ilustrísimo señor Campos de Valencia, en solemne acto. Los pobres viejos están entusiasmados.

Pero, bueno, a lo que íbamos: ¿Y de nuestro buen mozo, a todo esto, qué ha sido de él? Pues, feliz como él solo y tiempo le falta. Mundo, más. Va de acá para allá, gorrioncillo libre y sabiondo ahora; ha aprendido a respetar las banderas, cosa que al pastorcillo se le olvidó enseñarle, pero, por lo demás, feliz como él solo. Por
acá aparece poco aunque, la verdad, no le echamos de menos sabiendo, como sabemos, lo feliz que él es; y nosotros cuidamos por su felicidad tanto como él cuida por la nuestra. ¿Qué más quieres que te diga? Ya, ni la esperanza de que el tiempo pasa tengo. O sea: vivía el dictador feroz de la voz de pito y pito fláccido (es un decir), y se murió; vivía el descamisado de los labios gordos y los escándalos más, y ya morirá; vivía el enanito del bigote feo y el habla engurruñida, y no pasó nada. También morirá, ¿eh?, tranquilos todos y no impacientarse. Y ahora vive el mocito feliz; va enseñando a todos los líderes mundiales cómo hay que hacer para que el mundo tenga un gobierno tan bueno, tan bueno, tan bueno, como el que aquí tenemos la suerte de tener. Y digo yo, ¿qué más da que pase el tiempo? No tenemos solución; ni cuando la solución está en nuestras manos. Para mí tengo que Franco tiene la culpa de todo: fue demasiado el tiempo que aplicó, con exclusiva crueldad, a enseñarnos la comodidad de la comodidad sostenible; que no es tal, sino insostenible. Y los que siguieron, poco o nada mudaron. Por miedo a mandar, seguramente.

Aunque todos sabemos que mandar no es dictar ni mucho menos; menos ellos, a juzgar por sus obras.

Y a nuestro buen mocito deseamos una vida larga, muy, muy larga y feliz, muy, muy feliz. Todo lo larga y feliz que se la deseamos desde este país de cuento. De hadas.

Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

Vale.