VIAJE AL PARAÍSO
 
6
 

 

De manera que se acomodan bien en las butacas, retreparse que se dice, y él, Guillermo, se vuelve y le pregunta:

—¿Qué te parece, eh? ¿Te lo imaginabas así? —Sin darle tiempo a respuesta alguna:— ¿A que parecen de cuero? — Refiriéndose a las butacas del teatro. Ella:

—Y del bueno, querido. —Él, orgulloso:

—Rehabilitado por nosotros. —Su señora, sabedora del hecho:

—Parece pura vaca. —Él, especificando:

—Pura vaca de izquierdas. —Ríen ambos. Complacidos.

A todo esto, se entreabren los cortinajes y aparece un pájaro bajo y serio como ajo; alza el brazo, cierra el puño y:

—¡Viva Fidel! —chilla a grito pelado, que en realidad le sale a gritito a lo Generalísimo Franco. El teatro, enfervorizado:

—¡Viva! —a chillido limpio, más enfervorizado aún. El pájaro bajito y de negro, carraspea y:

—¡Viva la madre que lo parió! —Esta vez, algo más centrado, aunque con el mismo entusiasmo porque la madre de Fidel y la suya son la misma persona: hermanos son. El teatro:

—¡Viva! —Los más exaltados, la pareja de marras. Él, Guillermo, volviendo hacia ella la cara roja por la emoción y el puro grito:

—¡Esto es la revolución, esto, esto! —Ella, con los ojos casi fuera por el ardor que pone:

—¡Viva la leche que mamasteis! —El grito ha resonado en el intervalo entre la respuesta coreada y el graznido consecuente y en suspenso sorprendido del pájaro austero, seco y de negro. Muchos han vuelto la vista hacia la parejita y les contemplan con curiosidad. En el escenario tampoco ha pasado desapercibida la fe, brío y pasión del chillido así como la cara que lo agracia, visible pues está en la segunda fila, centro; así que ni lo duda:

—¡Ah —chirría oportuno—, por lo que veo tenemos entre la audiencia alguien que se merece subir aquí por la mucha convicción revolucionaria que destilan sus palabras! —Unos del público:

—¡Bien, bien! —Otros:

—¡Que suba, que suba! —Algunos:

—¡Tía buena! —Incluso se escuchan silbidos de aprobación, risas y alborozo en general. Desde la escena, el pájaro negro y austero:

—¡Acércate, acércate, compañera! —Como ve que una repentina turbación parece cohibir a la morenaza, arrecia en su invitación:— ¡Vamos, vamos, acércate para que todos contemplen a una verdadera revolucionaria! —Hasta el mismo Guillermo, complacido, la apremia:

—Anda, sube, sube al escenario, no seas tonta, ¿no ves cómo te lo piden? —Aunque ya ella se está alzando del asiento de casi puro cuero de vaca de izquierdas y, como quien no quiere, deja ver un culo de concurso al medio volverse para depositar en el asiento la estola de marta cibelina que maldita la falta que le hace; después, mientras avanza a lo largo de la fila, una serie de ojos entusiasmados siguen cada movimiento; una mano, como para ayudarla, se posa con todo arrebato en el sitio debido y una voz:

—¡Cuidado, compañera, que tropiezas! —Que no ha tropezado ni nada, por supuesto. Guillermo, mientras, aplaude con todo arrebato el avance de su hembra que, ruborosa perdida ella, sube ya los cuatro escalones que la llevan al lado del pájaro negro y austero. Éste, un caballero de los pies a la cabeza él, se ha acercado ya a la esquina y aguarda impaciente, mano extendida para ayudarla y dirigirla entonces hacia el centro del estrado en donde, vuelto hacia la muchedumbre delirante, la presenta:

—¡Compañeros...! —Como los de abajo no cesan en sus gritos y silbidos, ha de esperar unos instantes haciendo señas con la mano libre para que la audiencia entienda que debe callarse. Lo que al final consigue y sigue:— ¡Compañeros, he aquí la esencia de la revolución!

Literalmente, se viene abajo. El teatro parece venirse abajo como consecuencia del alboroto. En el escenario, el pájaro austero, seco y de negro tiene una de sus manos alzadas; con la otra eleva al cielo una de las de ella; ella, complacida, mira sonriente ahora la aprobación entusiasta de la muchedumbre, aplaudiendo todos como locos. El que más, su Guillermo. El pájaro:

—¡Gracias, gracias...¡ —que no se oye, claro; de modo que vuelta a bajar la mano libre y a aplicarse a acallar a los otros; lo cual, al cabo logra. Se vuelve hacia la dama que tiene a su lado y, con voz mucho más segura ahora:— ¡Si, amigos, no hay duda de que en mujeres así es donde está encarnada la Revolución! ¡Éstas, estas preciosas criaturas, son las que nos dan la razón y nos hacen perseverar por la dura senda del sacrificio y de la lucha! —Aplausos a rabiar; luego, al cabo, silencio expectante—. ¡Ésta es la Revolución! ¡Nuestra Revolución!

El teatro, vuelto una jaula de fieras enloquecidas, chilla y aplaude en tanto que el pájaro austero, sin dejar de la mano a la esencia de la Revolución, retrocede y, en un visto y no visto, ha desaparecido por entre los cortinajes. Ella con él. Guillermo, el que con más fuerza aplaude, a juzgar por la exaltación que desprende. En esto que se van apagando las luces y, con la penumbra, viene también el silencio de interés que suele preceder a la representación de toda obra dramática. En este ambiente expectante va subiendo el telón que forman las cortinas y se descubre el escenario. Un campo pintado como fondo, una granja a la izquierda, un campesino que sale y se pone a partir leña sin mucha técnica, pues más parece que estuviera trinchando lubina en plato de plata. Aparece la granjera y se queda mirándole, simula estar embobada. Él:

—¡Viva la Revolución! —Ella:

—Fidel es la luz del pueblo. —Él:

—Sí —haciendo un alto en su tarea—, pero la luz del sol, ¿eh?, que de la otra no tenemos sino que la de los candiles y quinqués. —Desde el patio de butaca una voz como un trueno:

—¡Eso es atacar a la Revolución! —Otra:

—¡Traición, traición! —Varias más:

—¡Al paredón con él! —y otras:— ¡Un tiro en los sesos! —Una, muy aguda y aflautada:— ¡A la barriga, a la barriga, los tiros a la barriga!

Al pobre granjero se le ve tragar saliva que no tiene, pues la boca se le ha quedado seca en un instante, abrir ojos aterrorizados y, haciendo por recuperarse, intentar decir algo. No puede: unos Guardias de Asalto de la Revolución han entrado en un visto y no visto, lo han agarrado por los brazos y, pese a su resistencia desesperada, lo han sacado por el foro. Queda, pues, la escena vacía nuevamente salvo por la granjera, la cual ha asistido a todo con expresión aterrada (muy conseguida ésta, que en ello ve Guillermo su calidad como actriz de primera) y sin decir ni pío.

Guillermo, desde su butaca aplaude como loco. Incluso grita:

—¡Muy bien! ¡Bravó, bravó! —y hasta se levanta. En ello está cuando repara que es el único que se ha dejado llevar por el entusiasmo: todo el patio de butacas está callado y sumido en un silencio grave, severo. Embarazado se sienta. Al otro lado de la butaca vacía, uno se inclina hacia él, se pone la mano en la boca y en un susurro:

—¿No eres de aquí? —Guillermo:

—No. —El otro, al instante:

—¡Ssss! ¡No grites, coño! —Echa Guillermo una mirada alrededor y todos están callados como estatuas con la vista fija en el escenario, en donde no pasa nada: la granjerita, callada también como puta; la escena, vacía salvo por ella. Guillermo, la voz repentinamente recelosa:

—¿Qué pasa? —El otro:

—¿No lo has visto? —Percibiendo la perplejidad de Guillermo:— ¡Se lo han llevado a fusilar!

Una sensación de miedo, fría, temblorosa le afloja un tanto el vientre y ha de hacer fuerzas para contenerse y no ventosear.

—¿A fusilarlo? ¿Al actor? —Incrédulo, perplejo.

—¡Pues claro! ¿Es que no lo has visto? —Guillermo, más y más asustado:

—Claro que lo he visto..., pero, pero ¿no era eso la representación? —El otro venga a mirarlo como a bicho raro, algo de compasión también. Ni pío dice. Al cabo, Guillermo, inquieto de repente:— ¿Y mi mujer? —El otro, lo mismo; o sea, venga a mirarlo y ni pío. Al poco se levanta y, sin volverse ni mirar atrás, se desliza por el estrecho pasillo que dejan rodillas y respaldos y se pierde por una de las puertas, abierta un momento, cerrada al siguiente y nadie hay ya sino todos inmóviles y mirando al escenario. De donde ni han separado la vista. En éste sigue la granjera, quieta como conejita ante serpiente de no sabe dónde; aunque no por mucho: por el foro aparece un hombrecito rechoncho, bigotudo y con barba a lo Fidel, vestido con los ropajes de la Revolución, los correajes también; mira a la conejita, hace una señal con el dedo y aquélla se pierde en un deslizarse y ya tampoco está.

—El camarada Raulito resulta que se encuentra un poquito ocupadito ahora mismito. —Hace ademán de guiñar uno de los ojuelos amarranados y sólo le sale una mueca engurruñida y ajena adornada por una risita charreada, grosera, fuera totalmente de lugar— y por ello me ha pedido que sea yo el que os dé el discurso desde los principios indestructibles de la gloriosa Revolución en este día. —Repentinamente solemne, serio, desliza los ojuelos por el patio de butacas; ni una mosca que hubiera se oiría—. Que, precisamente, compañeros, hace el número doce mil seiscientos cuarenta y siete desde que nuestras valientes tropas a cuyo frente se hallaba el comandante...

Lleva unos diez minutos hablando el regordete de la barba y Guillermo no entiende ni pum. Mira a un lado: rostros atentísimos a las palabras del regordete; mira al otro: más rostros y más atentísimos. La sala entera iluminada otra vez, que ni cuenta se ha dado de cuándo. Y su mujer que no aparece. El regordete, dale que te pego con aquello de que si Fidel y la Revolución y no para. El teatro, todo ojos clavados en él y en sus palabras sin sentido y repetitivas; el resto, un silencio tan hondo y sentido como la angustia que nota cómo va agigantándose en su interior.

Lleva unos quince minutos y se levanta. Con cierta torpeza, producto de los mismos nervios que siente, se desliza medio a trompicones camino de la puertecita por la que ha desaparecido su anterior vecino, aquél que le habló y luego venga a mirarlo hasta que se fue.

—Sí —contesta al que parece ser el jefe del pelotón que, al otro lado de la puerta, en el pasillo brillantemente iluminado con aquellas arañas que tan bien sabe él de dónde han salido, se le antoja que está esperándole—. Soy yo.

—Sígueme. —Ni una palabra más.

Luego resulta que a la habitación a donde lo llevan está en el mismo edificio del teatro: cruzas una puertecita, disimulada y que apenas si se nota en la pared, y te encuentras en otro mundo: otro pasillo, estrecho y lóbrego éste, con hileras de puertas cerradas a ambos lados; cada una con su pequeña ventanita por la que, en algunas, asoman ojos hambrientos o barbas huesudas flanqueadas por dedos descarnados aferrados a los barrotitos.

—¿Adónde me lleva? —inquiere a los taconazos que le preceden; éstos, sin inmutarse ni contestar hasta que, casi al otro extremo, se detienen ante una de las puertas—. ¡Quiero hablar con mi embajador! —chilla Guillermo despavorido a las sombras que se alejan dejándole incomunicado y solo en aquel cubículo; y:— ¡Quiero telefonear a mi embajador! —Así continúa hasta que cae en la cuenta de la inutilidad de sus gritos. Desde el cubículo de enfrente le llega una voz:

—¿Español? —Aguza la vista clavándola en el cuadradito del ventanuco: dos ojillos como brasas vivas le miran.

—Sí.

—Tienes suerte. Alguien te sacará..., a lo mejor... —La voz le llega cascada y derrotada—. ¿Por qué te han metido aquí? —Guillermo:

—¿Aquí? Pero, ¿dónde estoy? ¿No es el teatro todavía?

Resulta que no. Ahora está en una de las Residencias de Reeducación Revolucionaria, las famosas Tres Erres que los enemigos de la Revolución tanto cacarean que sí que existen y los partidarios de aquélla, que sí que no.

—Igual mañana, igual nunca. —Contesta cuando Guillermo le pregunta que cuándo saldrá de allí—. Pero, eso sí: si sales, no sales igual. Es otro el que sale. —Añade definitivo:— Tú ya estás muerto, que lo sepas.

No entiende Guillermo a qué puede referirse pues el otro ya se ha hundido de nuevo en la oscuridad de su cubículo.

Se abre la puerta una vez al día; entran dos guardias de Asalto de la Revolución cubriendo con sus fusiles la totalidad del cubículo; hacen una seña y aparece el Megino (a quien Guillermo apoda así en su silencio a causa de la tarea que desempeña); sale el Megino, tras vaciar, empujando el bidón y arrastrando su estela de fetidez hedionda; a continuación, los guardias retroceden y el carcelero vuelve a echar el cerrojo que lo mantiene en su soledad hasta el día siguiente. Por más que Guillermo pregunta y pregunta por él y por su mujer y se desespera, ni una palabra saca de ellos. Y así un día y otro y varios y muchos.

—Levántate —le ordenan. Porque Guillermo ya ni se toma la molestia de mirarles cuando entran como cada día. En esta ocasión el corazón le da un vuelco: ¡le han hablado!

Sin embargo, ni una palabra más escucha ni a una de él responden mientras le hacen atravesar el pasillo oscuro. Cuando abren la puerta, una igual a las otras le había parecido, el repentino resplandor le hace parpadear; hasta le duele mirar.

—¡Caramba, caramba, don Guillermo! —A éste no le suena en nada el individuo que se dirige hacia él, sonrisa de bienvenida de oreja a oreja, supurando cordialidad por todos los poros, enfundado en un traje flamante que le sienta a la perfección, hombre extrovertido y de mundo, que eso se nota—. No, no, no, nada de preguntas hasta que le hayamos cambiado ese aspecto un tanto... —Se le queda observando como indeciso, sopesando seguramente, y al final decide:—, extraño, esa es la palabra, sí. Lo primero, en el orden en que las cosas están dispuestas en el universo, claro está, es lo primero; y nosotros debemos remedar a la naturaleza en esto como en tantas otras cosas, ¡je, je!, como en tantas otras cosas, que si eso lo hiciéramos, nos iría mucho más...

No para. No para ni le deja meter palabra. Así me lo va guiando hasta que, sin saber decir cómo ha llegado hasta allí, Guillermo se encuentra en medio de una barahúnda de chicas y afeminados que en un dos por tres me lo han puesto hecho un palmito de puro compuesto y acicalado. Se mira al espejo enorme que llena casi una pared de la sala gigantesca y no se reconoce.

—Es el mismo —le habla el figurín de antes—. Es usted el mismo, aunque ahora sí que tiene el aspecto que le corresponde. —Añade:— No sé dónde ha podido estar para salir con aspecto tan raro —Guillermo aguanta firme las ganas de abalanzársele al cuello para morderle todas las yugulares que tenga, y disimula, pues no es cuestión de regresar a la pesadilla que ha vivido en las RRR—, pero a no dudar que ahora es otra persona y esta otra persona es usted mismo.

De allí me lo lleva al salón comedor en donde, sentado ante una gran mesa, me lo atiborra de las mejores viandas que Guillermo ha probado en un largo tiempo, aunque la mayoría de ellas, siendo, como es, un reconocido dirigente del PSOE, no les son extrañas.

—¡Coma, coma sin empacho alguno! —le anima don Figurín, sumándose él mismo a la fiesta y alzando su copa, instándole sin cesar:— ¡A su salud! —Guillermo, con la boca llena pues la comida en el otro mundo había sido todo menos eso:— ¿Y mi mujer? —El figurín, como si no le hubiese entendido por haber hablado con la boca llena, aunque le ha entendido perfectamente:

—¿Cómo? —Guillermo:

—Mi mujer, ¿dónde está? —El otro:

—¡Ah, sí, su mujer, sí! ¡Pero no se preocupe, amigo mío, toda va bien. Vamos a echar un brindis por usted... —Guillermo, mascullando con la boca llena:

—Mi mujer...

—¿Por su mujer, dice? ¡Pues también, qué caramba: a la salud de su señora! —Y venga a alzar la copa, a beber y a urgir a Guillermo a que lo haga también. Poco a poco éste va volviendo a su ser hasta que, dejando aparte tenedor, copa, servilleta y modales, repentinamente furioso por el efecto combinado de vino y comida, alza la cabeza y le suelta al figurín:

—Mire, amigo, ya está bien. ¿Dónde coño está mi mujer?

El otro, que de tonto tiene poco, intuye que no va a ir mucho más allá con el papelón que le han adjudicado, que es el que, con variantes, viene desempeñando al servicio de la Revolución; de manera que, se pasa la servilleta por los labios finos, luego las manos para alisar la chaqueta impoluta y, por último, echa hacia atrás la silla pesada como es y:

—Bien, bien, bien —gorjea con animación que suena a falsa totalmente—, de manera que ha terminado. ¿Una copita? —Guillermo, más y más hosco a cada instante, intuyendo como menos y menos probable un retorno a las RRR:

—¿Mi mujer?

—¡Pero, por supuesto! —Todo agrado y alegría artificial— ¡Ah, amigo mío, la mujer! ¡El objeto de nuestras vidas! —Como ve que Guillermo se turna más furioso y su mirada así lo prueba:— ¡Vamos, acompáñeme que vamos al ansiado encuentro!

Sin esperarle ni darle opción a pregunta alguna han salido de la sala y ya están en una lujosa limusina recorriendo las calles de la capital. Desfilan por éstas los mismos cuadros que lo hicieron cuando Guillermo y su mujer compartían el taxi que les llevó al hotel desde el aeropuerto: miseria y oropel, rostros con miradas fugaces y pasos lentos, concentración y sillas a las puertas, cuerpos morenos y melenas negras. Por encima, amalgamándolo todo, esa alegría animal que los que vivieron bajo Franco tan bien conocen.

Resulta que, por mucho que pregunta, sus cuestiones al figurín, sentado a su lado en el asiento trasero de la limusina impresionante, parecen resbalarle. A lo mejor ni las oye. Sumido está en una charla vivaracha y autosuficiente, totalmente absorbido en la tarea de mostrar a su compañero, nuestro Guillermo, todas las características típicas y mundanas de las calles y plazas que atraviesan. Entonces éste, Guillermo, cae en la cuenta del camino que llevan:

—¡Pero si vamos camino del aeropuerto! —El figurín:

—Aeropuerto, amigo mío, que es uno de los principales de toda la América y, si me apura, del mundo; tenga en cuenta que ha sido uno de los objetivos de la Revolución: proveer al pueblo cubano de unos servicios que sean los mejores del mundo. Por ejemplo, el aeropuerto, tomemos el aeropuerto. Para empezar... —Aquí se embala de nuevo y, de esta manera, Guillermo viene en saber cómo es que el pueblo cubano puede disfrutar del mejor aeropuerto del mundo; esto, en criterio de su asesor, el figurín. Opinión, claro está, que no es la misma de nuestro buen hombre, o sea, Guillermo. Él está acostumbrado, como alto miembro del PSOE, a viajar en primera clase por todos los aeropuertos del mundo, prácticamente; su valoración del de la capital es más bien tirando a baja. “De todas formas —no puede evitar que el pensamiento le venga a la cabeza—, ¿para que coño quiere esta gente un buen aeropuerto si no puede utilizarlo?”.

En esto y otras razones sigue reinando, desconectado por completo de la cháchara del figurín, insistente, monótona en su vivacidad artificial. Así hasta que, de pronto, observa que la limusina ha parado, está en la zona VIP del aeropuerto, un individuo con uniforme de la Guardia de Asalto de la Revolución mantiene la puerta abierta y hasta el figurín ha callado. Estirado de golpe.

—¡Hola, amigo Guillermo, cuánto bueno que le vemos de nuevo! —El pájaro bajito, de negro y serio como ajo está de pie a un par de metros de la limusina. Su rostro se expande en una repentina sonrisa de bienvenida y se acerca con la mano extendida—. ¿Qué tal ese viajecito por nuestras provincias más occidentales? —Ha tomado con fuerza la mano de Guillermo y la estrecha con fuerza. Éste, totalmente perplejo, ni cuenta de ello se da; mira como un bobo a la mujer que está en pie algo más allá de Raulito: su
mujer. Raulito, el pájaro de negro y bajito, ahora con sonrisa, se da cuenta dela mirada de Guillermo, se vuelve con la misma presteza y, dirigiéndose a ella:— ¿Qué le dije, amiga mía? ¡Aquí lo tiene: sano y salvo!

—Dirige otra ojeada a Guillermo, de arriba abajo, complacida—. ¿Ve? ¡Hasta más guapo si ello es posible! —Añade, con cierto retintín, dirigiéndose ahora a un individuo gordo y relamido, allí, a su lado mismo, sonriente también como el que más:— Y a usted, señor embajador, ¿qué le parece? ¡La frente más despejada de todo el socialismo español, hela aquí!

La mano extendida le señala a él, a Guillermo.

Todos aplauden y todo son parabienes, abrazos, palabras emocionadas y sinceras, alegres están todos y eso es más que evidente y se nota.

Salvo Guillermo, que ni pío dice, sino chirriar de dientes y maldecir por los adentros.

Al sentarse en el avión que les trae de regreso a España, hasta el cual han tenido el honor de que el mismo Raulito les acompañe, observa ella, retrepándose ya en el asiento de primera clase, chillando un poco para hacerse oír por encima del ruido de los motores:

—¡Mira qué asientos, cariño! —Tan hermosa como antes, tan deseable como antes, como más satisfecha que antes, ufana, fresca y exuberante más que antes—. ¡Parece cuero puro de vaca también, verdad? —Él, Guillermo, a su lado, huraño, ceñudo, cejijunto, retraído, susurra:

—De toro. —Ella, riéndole la gracia:

—¡De izquierdas! —Guillermo calla.

Luego, en Madrid ya, todos se hacen cruces por la noticia menos los socialistas y comunistas que no se las hacen:

—¡Nada más bajar del avión! ¡Cada uno por su lado! —Julia:

—¡No me digas!

—¡Lo que oyes! —Baja un pelín la voz pues, como tú bien sabes, no conviene hablar alto en ningún sitio:— Al día siguiente él, Guillermo, se dio de baja en el partido y pidió el divorcio. —Julia:

—¡No me digas!

—Lo que oyes. —En voz más baja aún:— Dicen que del despacho del abogado se fue derecho a la sede del PP y pidió afiliarse. —Julia:

—¡No me digas!

—Sí. Una mañana ajetreada tuvo. —Julia:

—Sí, pero ¿y el acta de diputado?, ¿ha devuelto su acta?

—¿Estás de broma?

—¿Entonces?

Luego comentan cómo ella, la ex de Guillermo, proclama por todas partes las excelencias del régimen de Castro. De Raúl, Raulito le llama ella, cuenta y no acaba. Deseando está de volver a la isla.

—El paraíso del comunismo —como la llama. A Cuba, digo.