LAS ALEGRÍAS DE LUPITA
 
7
(cuento de viejo)
 
Todo esto sucedió en la sultanía de Nueva Andalucía, que está justo al lado, pero entre antes y después, de la otra que hay junto a ella.
 

 

Ea, pues, señores, reina allí un sultán, cosa fina él, cuyos venerables padres (demócratas de estirpe josé-antoniana, rama pura) le han sabido inculcar todos los valores de una democracia entendida a la manera achavesada, o sea, la mejor del mundo, según cuida de proclamar él; que dice:

—¡A ése —refiriéndose a Pérez, periodista malévolo que escribe falsedades sobre el sistema de gobierno de la sultanía— me lo enfriáis!

Con ello quiere significar que, desde ese mismo instante, nadie debe dar cobijo a las falsedades de Pérez en ningún medio de comunicación de la sultanía; como consecuencia de lo cual el tal Pérez se ve sumido en el más absoluto de los ostracismos y termina de la mala manera a que su maldad le ha hecho merecedor. Todo lo cual es comentado ampliamente en la sultanía y todos alaban la sensatez y prudencia de Manolo, el sultán. Dicen:

—¡Si es que Pérez se lo andaba buscando! —A lo que mesié Navigatores, asesor-director del Instituto para el Estudio en Profundidad de la Autonomía Sultánica (IEPAS), apostilla aleccionadoramente:

—Se quería cargar nuestra democracia; ergo, nuestra democracia se lo ha cargado a él. —Y el primero:

—¡Se joda! —Todos:

—¡Amén! —a las palabras del mesié. Con lo que alaban la hondura doctrinal de tal observación y, para demostrarlo y en plena armonía, corean al unísono:

—Sea bendito y alabado —refiriéndose al sultán, claro, a su sabiduría y bien obrar. Con estas y otras hazañas similares la fama del sultán crece y, en la misma o mayor medida, lo hace también su caudal. Se confía el sultán a Martín y le dice:

—¡Si es que me quieren demasiado! —En ocasiones llega, incluso, a lamentarse:— ¡Es que no sé qué hacer con tanto cariño! —para acabar:— Con tanta riqueza también.

Martín, que le comprende, asiente en silencio, moviendo la cabeza con devoción de mini-mastín mastuerzo y haciéndoselo saber:

—Entiendo y comparto, amo, entiendo y comparto. —Lo que en su bondad lleva a Manolo, el sultán, a darle tiernos golpecitos de simpatía en la pelada coronilla del otro. Y el otro, Martín es, se crece en orgullo y satisfacción por el mucho bien que se está haciendo en la sultanía. Dice, luego, claro, dice entusiasmado:

—Es la cabeza más brillante de nuestros tiempos. —Pinchito de jamón pata negra a la boca. A lo que mesié Navigatores, un tanto picado al tenerse él por la tal:

—Si no la más brillante, por lo menos sí la más grande. —Venga a masticar doble pinchito pata negra con ansiedad disimulada. Martín, en total acuerdo:

—La más brillante y la más grande —mientras arrambla con tres pinchitos p-n con dientecitos voraces y salpicaduras de salivilla en su afán laudatorio. Mesié Navigatores:

—La más grande, sin duda; la más brillante, bueno, ¿eh?, que también las hay brillantes en nuestro entorno cercano. —Sin osar nombrar cuáles son éstas; más que nada porque está totalmente convencido de que sólo una se merece tal calificativo y, además, es evidente y salta a la cara: la suya. Entonces, al ir a pinchar se da cuenta de que no hay más pinchitos en el plato y, alzando la testa noble y orlada por calva diáfana, grita:

—¡Pérez, otra de pata negra y media más de fino! —a Pérez, el camarero ahora, pues para poder ganarse el sustento y debido al ostracismo decretado contra él por el sultán, allí ha tenido que cobijarse el otrora periodista.

En la cocina del bar, Pérez hace el pedido:

—Media más de jamón pata negra para la tres. —Al decir tres significa mesa tres; sin embargo, Teofilona, la cocinera, cuida de que no se quede sin su puyita por lo muy ingenuo que ha sido en su trabajo anterior, o sea, como periodista; y se lo suelta:

—¿Para la de los cerdos? —A lo que Pérez, escarmentado, la previene espantado y sudoroso:

—¡SSSSSSsssss! ¡Calla, necia, que te pueden oír! —Ella venga a reír, conocedora del pavor del periodista valiente de antaño y sabedora de que ellos jamás cuidarían de escuchar lo que se habla en las cocinas, ya que andan con su política de altos vuelos; con lo que incrementa su puya:— ¿Quieres mis bragas, tesoro? Te lo digo porque me parece que no tienes, ¿cómo se llama esa prenda que visten los hombres, cómo?, ¡ah, sí: calzoncillos! —Con lo que intenta hacerle notar su pusilanimidad tan patente. A lo que Pérez no dice nada sino que, bajando la testa humillada, allá que desaparece por la puerta con el platito de jamón pata negra camino de la tres.

Llegado a la cual lo deposita con todo cuidado y esmero e inquiere, sumiso el tono:

—¿Desean los señores algo más?

Los otros, ni caso y venga a comer. Y a hablar como si él no estuviera.

Tiene Manolo, el sultán, una zagala engendrada con la cabeza, que es con lo que él usa de hacer las cosas y así le va. Ésta, la niña en cuestión, da en estudiar leyes, por más que su padre le hace notar la inutilidad de ello:

—Pero, Lupita, hija mía, tú no necesitas calentarte esa linda cabecita con estudios y tonterías similares. Con el padre que tienes, y que soy yo, te van a sobrar idiotas para que tú elijas a quién llevar al huerto del matrimonio, como tu madre me llevó a mí. ¿No ves, tesoro —apelativo con el que muestra cuánto quiere y en cuánto tiene a su retoñito—, no ves, digo, que tu padre es el sultán?

Con tales dichos y expresiones Manolo da rienda suelta a sus sentimientos; pero, al mismo tiempo y sin querer, descubre el indudable acierto con que ha sabido escoger la senda por la que llevar a los siervos que en su sultanía medran: la del ocio y la felicidad, la guitarra y pandereta, fiesta y alegría; también, la del María Santísima y el que no farte de ná, la imparable, la insostenible, la de los dieciocho años de sultanato a la cabeza de lo peor y culo de lo mejor, en fin y para acabar, ¡la una, grande y libre!, como sus papás y tutor le han enseñado. Sin embargo, y para desesperación suya, su tierno retoño le sale rana y, como hembra que es, le planta cara con todo valor y sangre fría:

—No, papi, no —dijo—; yo quiero vivir una vida, la mía, y no vegetar como veo que hacen la mayoría de las hembras que son en tu sultanía. —El padre, ante estas duras palabras que le llegan directamente al corazón por la crítica que implicitan (vocablo que significa incluyen, encierran), barbota:

—Pues, ¡ea!, si quieres estudiar leyes, estudia leyes; ¡pero te he de mandar al mejor de los mejores colegios de todos los que en el mundo entero imparten estos estudios! —La zagalona, muy suya ella, Lupita se llama, salta al instante como picada por bicha:

—¡No, no, no! Yo estudiaré leyes aquí, en la capital de tu virreino —(que es a lo que, por estos pagos, se llama sultanía). El padre, Manolo:

—¡Pero tú qué dices, insensata? ¿Acaso no sabes que la enseñanza aquí es un desastre? ¿Y yo? ¿Es que no piensas en mí, so desdichada? ¿Cómo voy a explicar a mis colegas que mi hija, ¡mi hija!, no esté estudiando en el extranjero?

La zagala, ni mu; sino que allá que se va y se matricula en la universidad más cercana. Y queda tan satisfecha y ufana.

Sucede que lo que ella no espera, pues lo desconoce, comienza a suceder; pregunta el padre, Manolo, pregunta:

—¿Qué, cómo van las cosas? —Ella:

—Fatal. Me han suspendido el Romano. —(Significando el Derecho Romano). Su padre:

—¿El Romano, dices? —Luego, a la semana siguiente:— ¿Y el Romano, Lupita, cómo va? —Ella:

—¡Maravilloso, papi! ¡Me han dado un diez! —La cual es la máxima nota que el profesor puede otorgar. Ella, tan contenta; papi, tan contento y con su risita de conejo cabezón. En otra ocasión no es el Romano, en lo que ya recibe siempre la máxima nota, sino otra materia la que origina un disgustillo; siempre temporal, ¿eh?, porque a la semana siguiente, cuando papi pregunta, ya está ella contentica y con la respuesta dispuesta:— ¡Maravilloso, papi! ¡Me han dado un diez! —Y de diez en diez va la mocita progresando en la carrera y en sabiduría hasta que llega el momento en que se le acerca y le dice:— ¡Y por esa tontería no me voy a poder graduar, qué te parece? —toda llorosa ella. La tontería es la cabezonería de un tal Pérez, profesor del último curso, que se ha emperrado en que la nena carece de los conocimientos elementales para practicar su profesión. Su papi:

—No llores, hija mía, pues, aunque soy ateo, confío y sé que Dios proveerá.

Fíjate lo que son las casualidades, y como para hacer bueno el dicho ese de que Dios aprieta pero no ahoga, fíjate, te digo, por dónde le viene al profesor de marras una beca, de lo más inesperado, para que vaya a estudiar la cría de la lenteja en Siria y ha de dejar su cátedra de forma repentina. Su sustituto, joven y espabilado él, no tarda en reconocer que Lupita tiene conocimientos más que sobrados para ejercer todo lo ejercible (o sea, desempeñable, o sea, profesable) en este mundo y, como consecuencia de ello, Lupita se gradúa con honores.

Entonces viene un hombre, se acerca a Lupita y le dice:

—Tengo una empresilla y me hace falta un asesor económico.—Lupita, desde su humildad de novicia:

—Yo no es que tenga mucha experiencia.

Pero el hombre se empeña y la contrata. A continuación le confiesa un informe exhaustivo de la dificultad de su empresa y de los muchos problemas que tiene: está en suspensión de pagos, sólo tiene dos empleados (uno fijo, cuyo despido significaría más de lo que tiene, y otro eventual, que es ella), debe la tira y, por último, no vende nada; para acabar, su recién jefe llora y suspira y aturde y solivianta el corazón magnánimo de Lupita. De modo que, a la hora de cenar y en la mesa de casa, ella lo cuenta. Papi escucha y calla. Al día siguiente Lupita regresa radiante y cuando Manolo le pregunta, ella:

—¡Maravilloso, papi! ¡No sé por qué pero mi jefe ha estado todo el día tirado por los suelos besándome los zapatos! ¡Más bonicoél! —Papi calla y sonríe su sonrisa de conejo cabezón y solapado.

Algún tiempo después el negocio marcha aún mejor y Lupita está que revienta de satisfacción: según su jefe, es ella la que le ha traído la buena suerte a su empresa.

—¡Yo? —ríe incrédula ella—. Fíjate, si yo no sé ni de qué va la cosa; pero él no hace más que decirme que he sido su salvación. —Al poco, anuncia:— ¡Mi jefe se ha comprado un palacete en la Avenida de la Palmera —(avenida muy famosa y cara en la capital de la sultanía.-nota del traductor)— y sigue empeñado en que si no es por mí y dale que te pego! —Muy poco después, otro anuncio:— Mi jefe se ha comprado tres coches de una vez: uno para él, otro para su señora ¡y el tercero me lo ha regalado! ¡Fíjate, qué bueno que es mi jefe! —Papi venga a sonreír a lo conejo cabezón y ladino.

A estas alturas ya se ha difundido por toda la ciudad la buena mano que tiene Lupita, como antaño la tuvo Juan Guerra (el muso barbado e inspirador de las incomparables y muy recordadas sevillanas del Guerra), en el manejo de negocios extraviados y las ofertas le llueven de todos lados. ¡Es más feliz ella! Papi, también; ha descubierto que puede invertir dinero en los negocios de su hija por muy ruinosos que aparentemente sean y, aún así, sacar beneficio sano y neto: llama a cada nuevo jefe de su hija, de los muchos que le van saliendo, y se lo explica de ese modo fácil y diáfano que es su mejor arma política:

—De acuerdo —contesta éste apenas papi le explica el asunto—. Recibo una subvención de X, ¿no es eso? —Papi:

—Eso es. —El recién jefe:

—La divido por dos y te doy la mitad. —Papi:

—Eso es. —El recién jefe:

—La otra mitad es para mí. —Papi:

—Eso es. —El recién jefe:

—Y no tengo que devolver nada de nada, ¿no?, todo es a fondo perdido. —Papi:

—Eso es. —El recién jefe apenas si tiene que pensar:

—Acepto. —Esa noche llega Lupita a casa, ¡más contenta!

—¡Papi, papi, estoy más contenta! —Entonces va y se lo cuenta: su jefe, más contento, ¡un montón de dinero!, va a hacer esto y lo otro y lo de más allá. ¡Y lo contento que está!

Sin embargo, un grajo negro sobrevuela este cielo tan lleno de venturas y ellos no lo ven hasta que entra Martín como pollo descabezado en el despacho de Manolo, el sultán, y un periódico en la mano; pasa dos o tres veces ante él buscándolo como loco y no le ve y llamando sin cesar:

—¡Amo! ¡Amo! ¡Amo! —y no le ve por lo espantado que está; de manera que es Manolo, el mismo sultán, quien le ha de hacer ver que el objeto de sus demandas lo tiene ante sus ojos en cabeza y presencia verdadera. Luego, no tarda en comprender el pavor del otro y se enfurece:

—¡Pues no dije que a ése —por Pérez— me lo enfriarais! — Ante las disculpas y excusas de Martín:— ¡No hay pero que valga! ¡Os lo dije! —Ante las explicaciones cada vez más coherentes del otro:— ¿Quién dices que lo ha contratado? —Por último, convencido por razones más que sobradas de que el Ciego de las Arenas nada ha tenido que ver en el asunto, se tranquiliza un tanto:— Bueno, bueno, bueno —concede—, es que así, al pronto, pensé que el Ciego —por el Ciego de las Arenas, ya te digo, afamado guitarrista de la escuela de El Múo de Puebloblanco— había traicionado el pacto que, implícita y presuntamente, tenemos. —Martín:

—¡No, amo, no! ¡No ha sido el Ciego! —Entonces pasa a explicar que, en su creencia, la cosa tiene que ver con un nuevo grupo antidemocrático y se lo ratifica:— Seguro. —El sultán:

—¿El DDT? —Martín:

—Eso es. —Su amo:

—¿Y ésos quiénes son? —Martín se lo explica y él, perplejo:— ¿Derecha Democrática y Trabajadora? —Martín:

—Eso es. Son ésos que han llenado las paredes de propaganda: DDT contra los bichos. Y también: Dele DDT y al instante muerto es, sobre fondo de una foto de su cabeza, amo. —Manolo, molesto:

—Ya, ya, ya, no hace falta que me lo expliques con tanto detalle, puñeta. —Entonces, al unísono ambas seseras, se ponen mano a la tarea de diseñar una estrategia para contrarrestar el daño que a la democracia está haciendo el renacido Pérez con sus artículos en “Un Trago de DDT”, la revista periódica del citado grupo. Piensan, piensan, piensan y no dan con la tecla. En esto que Martín cae:

—¡Amo, amo, y si llamamos a mesié Navigatores? —Desesperado como el sultán está, ni lo duda y al poco rato se abre la puerta y entra en el despacho el mesié.

—No hay que perder la cabeza —es lo primero que dice tras ser comunicado de las recientes nuevas. Esto, la alusión a lo de la pérdida de la cabeza no sienta nada bien al sultán, sensibilizado como está por el macabro volumen de la suya. De forma que hace notorio su malestar de la manera clara y directa que tanto le caracteriza:

—Me parece que me voy a cagar en la puta madre de alguien. —Los dientes, cabreados; los ojuelos, clavados en el mesié. Por más que éste ni se inmuta porque entiende que la intemperancia de su amo va dirigida hacia otro que no es él; es más, la idea ni se le pasa por la suya. Por su cabeza, digo. Así, que continúa:

—Hay tres sistemas que nuestra democracia nos ofrece para luchar contra la plaga de la legalidad, a saber, la subvención, el clientelismo y la designación directa para asesoría. —Martín, rata vieja pese a su aspecto aniñado, se le adelanta:

—No estamos hablando de morrallilla, mesié —le corta— sino de tiburones verdaderos y prestos a la yugular. —El sultán precisa:

—La yugular es la mía.

Todos los pelillos de la calva al viento del mesié hierven por el calor que desprende la magnífica olla sobre la que enraízan sus extremos cautivos; finalmente:

—Creo, amo, que problema tan complejo precisa una meditación larga y cuidada. —El sultán, receloso:

—¿Qué quieres decir? ¿Qué no le ves solución a esta coyuntura? —A lo que el mesié:

—¡No, no, qué va, excelentísimo! —Y se aplica con todo ímpetu y razones a tranquilizar al sultán:— ¡Por supuesto que se la veo, pues claro que sí! Sólo que he de rumiarla un poco; dormirla, que se dice. —Con ello, y el sultán no muy conforme, se van.

Luego, apenas en la calle ambos, o sea, mesié y Martín, se confían el uno al otro. Dice uno:

—¿No estarás pensando lo mismo que yo, no? —porque sabe que es eso exactamente lo que está haciendo el otro. Que al instante le serena:

—Pues claro; sería de tontos pensar en otra cosa.

De manera que allá que van los dos y se presentan en la sede del DDT; apenas llegados piden hablar con el Presidente de la Comisión Permanente y son llevados a su presencia:

—No comulgamos con las ideas del sultán —confiesa el mesié.

—Nunca lo hemos hecho —arguye Martín. El mesié:

—Nunca nos ha gustado lo que hacía en la sultanía. —Martín:

—Además, es un cabezón. —El mesié:

—Lo que Pérez escribe sobre las subvenciones a las empresas de su hija, es verdad. —Martín:

—Además, aquí —se señala un maletín que no suelta— traigo las pruebas de todo lo bandido que es. —El mesié:

—Claro que, como es lógico, se precisa de ayuda técnica para llegar más fructíferamente hasta las últimas consecuencias de toda esta documentación comprometedora que entregamos como prueba de nuestra buena fe y voluntad. —Martín, dando el maletín:

—Y de la que guardamos, mucha más, claro está, en espera de la respuesta que recibamos a nuestra graciosa oferta. —El mesié:

—Lo que falta es lo mejor y más jugoso. —Martín:

—Más comprometido e ilegal. —El mesié:

—Aguardaremos hasta mañana. —Martín:

—Por la mañana. —El mesié:

—No más. —Martín:

—Pero sí mejor. —El mesié:

—Adiós.

Y se van a celebrarlo porque se saben ya peces gordos del DDT y piden sus pinchitos pata negra. Ahora no se los trae el Pérez de antes; éste ha vuelto, como ya se ha dicho, a su antigua profesión. El camarero es ahora un tío cabezón, cabezón, cabezón a lo que da, de labios finos y modales increíblemente sumisos.

—Es lo mejor que hemos podido hacer —decide Martín; y pinchito de jamón. El mesié:

—¿Qué otra cosa podíamos hacer? —Pinchito. Martín:

—Además, éstos también tendrán hija tonta. —Pinchito.

—Seguro. —Pinchito. Alza el vaso y brinda:

—Por el tiempo. —El otro, vaso en alto, tragando apresuradamente para hacer sitio a la bebida:

—Que es nuestro amigo. —Martín, riendo:

—El único que tenemos. —remata el mesié en tanto pincha elúltimo y rebaña. Martín:

—¡Amén del dinero! —Se ríe y mira el plato. Entonces grita:

—¡Eh, Pérez, otra de lo mismo!

El cabezón de la cabeza gorda se les acerca sumiso y servicial a preguntar qué más desean los señores.

 

Vale,