LA ENTREVISTA
 
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cuento anodino e insustancial
 

 

¡¡¡EL DIRECTOR GENERAL DE PELOTAZOS Y CHANCHULLOS, EXCMO. SR. DON MANUEL
CHAVÁLEZ EXPÓSITO, NOS CONCEDE UNA ENTREVISTA EN EXCLUSIVA!!!


A las doce en punto de la mañana me encuentro en la puerta del domicilio del Excmo. Sr. don Manuel Chavález, en la céntrica Avenida de Juan Guerra de la capital de España, en donde tiene su casa habitual, un exquisito palacete de estilo neoclásico cuyo valor, así, a ojo, estimo como cercano a los cincuenta mil euros al menos. Llamo al timbre; el entrevistador no tiene reparos en confesarles que en estos instantes está nervioso, emocionado incluso, ante la grave responsabilidad que entraña entrevistar a una personalidad del peso político y posición eminente que ostenta don Manuel; así como a una dama de la calidad acreditada de doña Carmen, su señora esposa.

A vuelapluma, mientras espero a que me abran la puerta, no puedo por menos de reconocer el exquisito gusto con que el palacete está decorado, en medio de un pequeño pero coquetón jardincito delicadamente cuidado, lo cual se aprecia a simple vista; las ventanas, protegidas con primorosa forja de reminiscencia mudéjar, dejan asomar tenues cortinajes; una balconada sobre la puerta principal muestra, en una variedad de macetas floridas, el gusto de sus dueños por la decoración natural y nada artificiosa.

—Buenos días —saludo al estirado mayordomo que ha aparecido, cejas altivas e interrogantes—; tengo una cita acordada con don Manuel Chavález y esposa. De la revista “Estilo y Confort”, del grupo Bonjovi.

—Sírvase Pasar. —Es increíble; apenas se le ha alterado el rostro al hablar; sus modales son los típicos de un mayordomo inglés, bueno, los que supongo que tiene un mayordomo inglés: atento pero lejano, deferente pero comedido, altivo y con una superioridad cortés que no demanda razón alguna sino que la concede; creo que con esto les describo perfectamente, queridos lectores, el aire que emana de esta auténtica pieza de museo que, tras el saludo, deferente pero distante, me precede ahora por un pasillo decorado con cuadros en los que, a la luz de la iluminación que proveen tres ventanas de elegantes cortinajes y primorosos apliques adosados a la pared, acierto a distinguir un Degás, un Van Gogh y otro que no atino a determinar con seguridad pero que es indudablemente impresionista también; no me atrevo a inquirir al imponente mayordomo que me precede si son copias o auténticos, aunque me decanto por lo segundo; su valor ha de ser extremadamente elevado y nos da una primera impresión sobre los gustos artísticos y la pujanza económica de las personas que habitan mansión tan elegante.

A todo esto hemos llegado al final del pasillo; el mayordomo abre una espectacular puerta de madera noble, caoba o palisandro a no dudar, y, haciéndose a un lado, me permite el acceso.

—Los señores le recibirán aquí —me informa. Sin una palabra más, ha cerrado la puerta tras sí y ni sus pasos alejándose he percibido; un espectro no lo habría hecho de manera más silenciosa, más imponente, más solemne, mejor, vamos. Quedo, pues, con el espíritu encogido, sin apenas osar moverme y a la espera de tan dignos anfitriones. Mientras, aprovecho para echar una ojeada al salón en que aguardo: una espléndida pieza de unos ochenta metros cuadrados al menos, calculo; una magnífica alfombra se extiende por la casi totalidad de la superficie; las escasas zonas que no cubre muestran un suelo de madera que, a la luz de la araña, fastuosa araña, brilla como si de un espejo se tratase. La araña, ya que la he mencionado, enorme, espectacular, pende del techo artesonado igualmente en maderas nobles y despide haces de luz suficientes para iluminar con claridad meridiana toda la pieza; no obstante, aquí y allá, formando rinconcitos coquetones, otros puntos de luz alumbran una suntuosidad sobre la que prevalece, indudablemente, la exquisitez y elegancia; todo da una indiscutible impresión de refinamiento sin llegar a hacer que uno se sienta abrumado o agobiado en ningún momento, dadas las dimensiones de la pieza y el gusto con que todo ha sido dispuesto. Dos enormes espejos, un tapiz con primorosa escena de cacería, y varios cuadros clásicos de exquisita factura completan el decorado de las paredes. En uno de los rincones un piano de cola. Sillas y sillones de estilo, una vidriera con figuritas de jade y delicada porcelana... ¡Se abre una puerta!

—Buenos días. —La he reconocido inmediatamente: su prestancia y elegancia inigualable la harían distinguirse en cualquier lugar, en cualquier evento, en cualquier circunstancia. Tras ella, destacando por encima de su bien peinada cabeza, la de don Manuel Chavález sobresale como un monumento insigne a la grandeza del puesto que ocupa en el gobierno. Me inclino ante la señora de la casa y beso su mano; sus modales son de una afabilidad difícilmente equiparable. Su esposo, en cambio, derrocha una campechanía inesperada en quien está habituado a verle en la seriedad solemne que distingue sus actos frecuentemente difundidos por las televisiones. Con inigualable estilo doña Carmen se sienta en el sofá, su marido junto a ella; con toda amabilidad me invitan a sentarme en uno de los cómodos sillones. Doña Carmen, tras los saludos de rigor, me pregunta:

—¿Qué desea tomar? —Su voz es dulce y melodiosa; sin tener plena conciencia de ello, una tranquilidad pasmosa me conquista como si sus palabras hubiesen sido un bálsamo de Fierabrás que me invadiese con la embriaguez de un conjuro.

—Café, por favor. —Y añado apresuradamente:— Con leche. —Ella se vuelve hacia el mayordomo y le da instrucciones en un tono de voz tan bajo que más bien parece que esté susurrándole a su perrito; pues tal parece el imponente mayordomo a su lado, atento y deferente. Cuando sale, no puedo contenerme y se lo pregunto:— ¿Inglés auténtico, verdad? —Al momento suena su risa límpida y cristalina:

—¿Quién? ¿Diego? —Yo, como niño pillado en falta, me siento avergonzado: jamás me hubiera imaginado que tal mayordomo se pudiese llamar Diego. Sin embargo, ella, percibiendo mi embarazo, da una muestra más de ese tacto que es el privilegio de toda señora que se precie y que no se adquiere sino con el nacimiento:— No, qué va. En realidad se llama Diego López y es de Almería capital. —En este momento, es don Manuel quien interviene: con una risotada campechana y alegre, hecha para diluir cualquier tipo de agobio o apuro que hubiese podido aparecer en el ambiente, ofrece toda la información:

—Es un socialista de vieja cuña. Al jodido lo pillaron hace unos años en un renuncio y, como me debía algunos favorcitos y le veía madera de la buena, lo envié a Inglaterra para que aprendiera un oficio. —Señala con el puro la puerta por la que acaba de salir el mayordomo:— ¿A que da el pego, eh? ¿A que parece otra cosa? —Lo rubrica con una risa fresca y que te inspira confianza: inmediatamente te sientes gozar de su entera intimidad, que eres de su camarilla, vamos, por así decir.

—Es un sol —amplía doña Carmen. Cada vez que habla, la seda de su voz te acaricia con una ofuscación seductora—. Está con nosotros ya va para siete años. —Su marido, agudo como es bien sabido:

—Que es la condena que los periódicos de la época se empeñaban que era lo menos que debía cumplir, ¿eh? —Subraya observación tan oportuna con una risita que me lleva a pensar: “¡Ah, si este gran hombre dijera aunque sólo fuera una mínima parte de lo que sabe...!”; me quedo contemplándole con arrobo y admiración, aunque él no parece darse cuenta.

A todo esto ha entrado Diego, el mayordomo, y con modales elegantes y correctos, ha dispuesto un juego de café de plata labrada y servicio de porcelana, de Sevres a lo que parece, y me ha servido una tacita, delicada como el vuelo de una mariposa.

—De modo que le envían de “Estilo y Confort”. —Como me ha pillado con el primer sorbo de la tacita no puedo sino que asentir con la vista por encima del riquísimo aroma. Ella, notando mi dificultad:— Una revista maravillosa, ¿verdad querido? —Don Manuel:

—Claro, querida, claro. —Chupada al puro; echa el aire como sólo lo saben echar los señores—. Pero me imagino que aquí, el amigo, no ha venido a hablar de su revista, ¿verdad, amigo? —Entonces me doy cuenta de que con los nervios no les he dicho mi nombre, de modo que me aclaro la garganta y acierto a balbucir:

—Paco, me llamo Paco y soy el redactor encargado de las entrevistas a las personalidades del gran mundo. —No les digo que, en realidad, hasta ahora no he entrevistado sino a personajillos de poca monta y ésta es mi primera gran oportunidad.

—Bien, amigo Paco, bien... —Chupada al puro y expulsión del aire al aire del techo—. Adelante. Dispara cuando quieras. —Como lee el desconcierto en mis ojos, ríe campechano:— ¡Que preguntes, coño, que preguntes! —Con manos que noto cómo me tiemblan dejo la tacita en la bandeja de plata primorosamente labrada y abro el bloc en el que traigo apuntadas las preguntas; busco y ahí va la primera.

—¿Cómo se siente un hombre con la tremenda responsabilidad que su cargo conlleva? —Quedo a la espera, bolígrafo en ristre puesto que don Manuel ha insistido, eso sí, en que la entrevista ha de hacerse sin grabación alguna ni fotos que la acompañen. Él echa una nueva nubecita de humo del puro. Espero mientras observo cómo trabaja aquella inmensa máquina de pensar.

—Mira —dice por fin—, si quieres que te diga la verdad, no siento nada. Esto que hago en el gobierno no es más que una función, complicada, eso sí, pero que en realidad no tiene nada de especial. La mayor parte de los días me levanto y cuando acudo a la Dirección General ya tengo en la agenda que me prepara Puri... —se detiene repentinamente y aclara:— Purificación, Purificación Gonzálvez es mi secretaria, ¿comprendes?, muy competente. De manera que si me dice que tengo que entrevistarme con fulanito o menganito, pues voy, o mejor dicho, vienen a mi despacho en el ministerio y me entrevisto con él o ellos y eso. Desde este punto de vista es un tanto monótono, ¿comprendes? —Comprendo. Doña Carmen interviene en este momento para intercalar:

—Su secretaria es una verdadera joya. No sé lo que Mani... —sonrisa cómplice y aclaración graciosa:—, Manolo, quiero decir, haría sin ella. Llevar la cuenta de las entrevistas de mi esposo es tarea ilusoria, pero ella lo realiza como si nada. —Hace hincapié:— Con decirle que raro es el día que viene antes de las tres o las cuatro de la madrugada. —De nuevo la sonrisa atenta:— Es un enamorado de su trabajo. —Don Manuel:

—¡Coño, ya te he dicho que por la noche es cuando mejor se hacen los negocios! —Se ha dirigido a doña Carmen; ahora se vuelve hacia mí:— Mira, amigo Paco, de noche todos los gatos son pardos, ¿comprendes? —Cortésmente sonrío dando a entender que comprendo. La verdad es que no comprendo del todo: no puedo aspirar a interpretar la complejidad de matices que una cabeza como la suya expresa en una simple sentencia. Pero por eso él está ahí, en uno de los puestos de mayor responsabilidad del gobierno, y este humilde servidor está detrás de su bolígrafo y delante de su bloc de notas. O, ¿es detrás también?

—Y dígame, Excelencia, ¿tiene... ? —Don Manuel, que me interrumpe con esa llaneza, ingenio, oportunidad:

—¡No, hombre, no! No me digas Excelencia. Me llamas don Manuel y vale. —No puedo menos que encarecer la modestia de este gran hombre: aquí estoy yo, un humilde redactor de revista, y aquí está él, un gran hombre de Estado, y aquí están los hechos: él, que me apea de hacerle objeto de un tratamiento al que tiene derecho por el cargo que ocupa. Los ojos se me humedecen, amigos lectores, lo confieso, y el aliento me tiembla cuando por fin logro articular:

—Sea, pues, don Manuel... —Apenas si alcanzo a leer en mi bloc la pregunta que, en la emoción del momento, ha volado de mi mente; finalmente logro expresarla, eso sí, con alguna dificultad aún:— ¿Es complicada la organización de una Dirección General de la categoría de la suya?

Durante unos segundos le veo rumiando, junta los dedos de ambas manos en una actitud de concentración profunda, los ojos de doña Carmen están clavados en él, plenos de arrobo a lo que me parece: es todo un espectáculo, solemne espectáculo, contemplar esta cabeza pensante en plena acción, bullendo a lo que da, organizando una respuesta, ininteligible para el común de los mortales, a una pregunta de complejidad tremenda.

—Mira, amigo mío —comienza finalmente—, la contestación está de pleno en el mismo sistema administrativo del Estado, ¿comprendes? Quiero decir que, antes de mi llegada a la Dirección General, ésta estaba manga por hombro; cada negociado, cada Secretaría General, cada ministerio, incluso, se las apañaba como Dios le daba a entender. Yo, nada más llegar, lo primero que hice fue aplicar orden y sistematización en el caos que había. Verás, te explico con un ejemplo: no es lo mismo un pelotazo que un chanchullo. —Yo:

—¡Ah, no? —Don Manuel:

—Claro que no. —Doña Carmen, con su cortesía innata:

—Con su consentimiento, Paco, voy a ausentarme unos instantes. Así vosotros podéis hablar con más libertad de vuestros negocios. —Hace ademán de levantarse mientras explica:— Además, una casa como ésta no funciona sola. Si os hago falta me llamas —a su marido. Como un hada grácil y etérea, doña Carmen ha salido en un revoleo pleno de elegancia, porte y mohínes dejando la estancia impregnada del aroma exquisito que de ella emana. Cuando me siento, una vez cerrada la puerta, don Manuel prosigue con su explicación:

—Mira, amigo Paco, cuando uno emprende una tarea, una empresa, algo, lo principal es tener las ideas bien claras, ¿comprendes? O sea, primero piensa y, después, actúa. —Yo asiento y no me pierdo una letra de la lección magistral que estoy recibiendo y de la que soy transmisor para beneficio de todos mis queridos lectores de “Estilo y Confort”—. ¿Sí? Pues bien, en este caso concreto, a eso es a lo que en principio apliqué toda mi atención. El término pelotazo, tuvo un abanderado de primera fila en el que fue Presidente de la Junta del sur, Rafael Escuredo, una vez que cesó, claro; en teoría consiste, en palabras simples para que todos lo entiendan, en el cambio del estatus económico de una entidad por medio de la aplicación operativa de técnica especulativa sobre un bien sin catalogación concluyente, y, todo esto, sin que medie actividad productiva de naturaleza sensible, ¿comprendes? —Yo confieso a ustedes que estos términos de alta política me hunden en la confusión más absoluta; no obstante, también he de decirles que muevo la cabeza sumido, como estoy, en la tarea de transcribir sus palabras sin perder ni una sola de ellas. Que siguen:— El pelotazo, así pues, lo podemos llegar a considerar como una de las obras maestras de éste nuestro actual gobierno. Luego, en categoría aparte, está el tema chanchullos, tan importante, si no más, que el mismo pelotazo, pero que abarca un conjunto de alternativas de un carácter algo más diferenciado; por ello esbocé la propuesta, que presenté en el Parlamento en su día y que fue unánimemente aceptada, de considerarlo como una subdirección general que, a su vez, engloba una serie de negociados de alta cualificación técnica. Y así es. —Noto al instante que le ha gustado la claridad con que ha expuesto la naturaleza, en síntesis, de la compleja y variada labor que su Dirección General abarca; y así se lo confirmo:

—Entiendo, por lo que acierto a comprender de su obra, que uno de los principales méritos ha sido la simplificación de la misma. —Él, al instante:

—¡Ojo ahí! Simplificación no quiere decir, en este caso, descuido, ¿eh?

—Por supuesto, por supuesto —confirmo inmediatamente, con lo cual él se sosiega, echa una chupada al puro, expulsa una nubecita de humo camino del artesonado del techo e, inclinándose hacia un globo terráqueo al alcance de su mano, lo abre por el ecuador y, ¡asombroso!, de su interior extrae una botellita de “Non Plus Ultra” y un par de copas napoleónicas de cristal increíblemente traslúcido. Sin decir palabra, con sólo un gesto, me ha invitado y, sin casi esperar mi aquiescencia, ya ha llenado una cantidad más que apreciable del apetecible líquido en cada una de ellas; me alcanza una, toma la otra:

—¡Por los chanchullos! —Yo, como un loro, alzando la copa también:

—¡Por los chanchullos! —Y echo un trago, embarazada la mano por el bolígrafo, embriagada la nariz por el aroma. Luego, una vez depositada la copa en la mesita del tresillo:— A ver, don Manuel, ¿cuáles de los chanchullos estima usted como el de mayor importancia en cuanto a su naturaleza, aspectos y beneficios globales?

—Pregunta muy inteligente esa —decide él tras unos instantes de reflexión intensa. Yo he de decir que me siento halagado por la lisonja, pues viene de boca de una de las joyas de nuestra patria; que ya sigue:— Mire, cada tiempo tiene sus especialidades. Hoy en día trabajamos muy esperanzados con el negociado de Ministerios Nuevos; también nos encontramos tremendamente interesados en el pleno desarrollo de otro de los negociados de muy reciente creación, el de Aparcamientos Públicos.

—¿Podría hablarnos, aunque sea brevemente, de las características de estos negociados, señor? —Don Manuel, completamente transfigurado ya, no nos parece la personalidad toda campechanía y buen humor; ahora es cuando descubro al hombre político que hay detrás, cuidadosamente oculto y que sólo sale para dar las pinceladas diestras, los toques magistrales que componen finalmente el cuadro pleno que es nuestra realidad patria actual:

—Veamos... —Se concentra; se nota en el ambiente la efervescencia de la genialidad; en el rostro, la plasmación visionaria de la inspiración satisfecha. Su voz:— En lo que al negociado de Ministerios Nuevos hace referencia, aparte de especificar que es obra absolutamente mía, le hago notar que tiene dos vertientes: en primer lugar, cada ministerio de nueva creación tiene adjudicado su propio presupuesto, determinado ya en los Presupuestos Generales del Estado; esto es ya, de por sí, una fuente de riqueza considerable. Está luego un segundo aspecto que consiste en la capacidad jurídica que conlleva a la hora de contratar cómo y con quién se realiza el gasto presupuestario; esto, como es natural, nos da unas magníficas perspectivas cuyo despliegue haría interminable esta entrevista. —Da unas chupadas al puro y echa hacia el techo una nube espesa, satisfecha.

—Claro —convengo con él—. Además, no estaría muy justificado detallar en una revista el funcionamiento interno de un organismo estatal tan importante.

—Tú lo has dicho, amigo —sintiendo con la cabeza y descubriendo un repentino fulgor en su mirada que yo, con agrado incontenible, reconozco como de respeto y sorpresa hacia mí. Entonces:— Las acciones de gobierno conviene que sean discretas; cuanto más, mejor, sí.

—Comprendo. —Miro a mi bloc y leo la pregunta a formular ahora:— Ha mostrado usted, don Manuel, un interés elevado por una de las provincias más alejadas del centro, Almería. ¿Podría explicarme por qué, señor?

Tarda unos segundos en contestar. Ha estado mirando el fulgor en el extremo de su puro; luego, ha contemplado un momento largo uno de los cuadros de la pared mientras exhala una chupada voluptuosa; por último:

— A lo mejor no lo sabes, pero mi mujer es de aquella zona. —Esta confesión es para mí una auténtica sorpresa: según la información disponible en los archivos de redacción, doña Carmen es malagueña, en concreto, de Marbella. Así, antes de que me dé cuenta, ya lo he soltado:

—¡Pero su señora no es malagueña?

—De Almería. Para ser más exactos, del Paseo de Versalles. —“Ah”, pienso, “ahora entiendo la apostura versallesca de la señora de la casa”. Él:— Mira, por ser la tierra de mi mujer, y por deferencia a ella, hemos tomado esta localidad para hacer una experiencia piloto en nuestra más reciente creación, el negociado de Aparcamientos Públicos; según las conclusiones que obtengamos allí, obraremos en consecuencia. En síntesis se reduce a lo siguiente: a) Construcción de aparcamientos públicos en toda el área urbana, con la riqueza que conlleva el movimiento de dinero, ¿comprendes? —Yo asiento totalmente embelesado—; b) Ensanchamiento de aceras y estrechamiento de calzadas en vías públicas...

—¿Quiere decir en todas las calles de la ciudad?

—No, hombre, no; de las calles estrechas no nos ocupamos porque ya es imposible aparcar en ellas; sólo de las anchas, ¿comprendes? —Yo:

—O sea que el fin es el de disminuir el número de plazas de aparcamiento gratuito, ¿no, señor?

—Bueno, si tú lo llamas así... Yo prefiero la denominación más técnica de disminución de la zona superficial de estacionamiento de vehículos en vía pública no reglada por canon municipal, ¿comprendes?, suena como más específico, más aparente, más... más... profesional, vamos. c) Instauración de la zona azul en los pocos lugares que queden no vinculados al punto anterior. Por último, d) Suelta abundosa de agentes municipales. Con ello obtendremos, creo, un beneficio de más de un ochocientos por ciento. Además, y lo más importante, beneficio sos-te-ni-ble, es decir, sostenible, ¿comprendes? —A decir verdad, estimados lectores, me he quedado de piedra. No me descubro ante tal demostración de creatividad para generar beneficio porque un servidor no hace uso de sombrero ni gorra; pero sí me descubro virtualmente y quedo con la boca abierta a lo que da. Él, intuitivo y agudo como es, lo percibe al instante pero es lo suficientemente comedido para hacer algún comentario.

Se abre la puerta y allí está la señora de la casa. Ha aprovechado la ausencia para cambiarse de vestido; ahora luce un modelo de mañana, de Balenciaga si no me equivoco, que realza su ya de por sí resplandeciente belleza. Me levanto al instante y aguardo a que ella tome asiento; apenas me he acomodado en el sillón cuando no puedo resistir la tentación y lo indago:

—¿Balenciaga? —Ella:

—No, Saint Laurent. —Complacida por mi curiosidad. Don Manuel:

—¿Jugadores, no? Para mí como Messi, ninguno. Ni Cristiano Ronaldo, ni Raúl, ni Ronaldo, ni nadie: Messi es el Dios de nuestra religión. —Doña Carmen:

—No, querido, no es de jugadores. —Se vuelve hacia mí:— El fútbol es su obsesión. —Él:

—Es lo mejor: dale al pueblo fútbol y podrás generar beneficios sobre lo que quieras.

Tanto doña Carmen como yo celebramos como se merece observación tan penetrante y certera. Cuando por fin dejamos de reír, es doña Carmen la que me invita a un recorrido por la mansión-palacete al objeto de que me haga una idea de lo que ella entiende por “vivir conforme se debe vivir”, como tan sensiblemente expresa. Sin pensármelo, bolígrafo en ristre, estimados lectores, me apresto a tal aventura como va a ser recorrer el interior del palacete. Doña Carmen me precede en tanto que su esposo queda en el salón sorbiendo su copa de brandy y fumando aún su puro habano.

Cuando salimos al pasillo, allí está Diego que, con lentitud majestuosa va abriendo el camino ante doña Carmen y yo, que la sigo levemente retrasado.

—Si me permite una pregunta, señora. —Ella, volviéndose graciosamente hacia mí:

—¿Sí? —con la prestancia y el decoro de una verdadera dama. Yo le apunto a los cuadros y observo, casi con certeza:

—¿Impresionistas, verdad? —Ella:

—Se los regalaron a mi marido por no sé qué concesión. —Yo, vislumbro la sutileza de la broma y sonrío levemente para hacerle notar que la he captado. Seguimos hacia el pie de la escalera:

—¡No, por Dios! Por la escalera no —me apunta graciosamente—. Subimos por el ascensor. —Se dirige a un lateral del tiro de escaleras y, al fondo, vislumbro el ascensor. ¡Qué sentido tan práctico! ¡Qué tino para la organización! En todos y cada uno de los detalles que voy descubriendo adivino la mano suave, pero firme y sabia, de la señora de la mansión. Ya en el ascensor, amplio y silencioso, decorado con espejitos art decó, no me olvido de la entrevista sino que persisto en mi indagatoria:

—¿Cuál cree usted, señora, que debe ser la principal virtud de la esposa de una personalidad del calibre de su marido? —Ella, mientras yo me afano en transcribir la respuesta para ustedes, contesta sin dudar:

—Saber tanto como él; y si es posible, más; ése es el secreto. —Respuesta breve pero inteligente, prudente, discreta como ella misma es en todas y cada una de sus expresiones, según voy comprobando a cada instante que disfruto de su compañía. Salimos a la primera planta:

—En el piso superior a éste —me aclara— mi esposo tiene instalado un invernadero, ¿sabes? —Al instante yo, como perro que husmea la presa:

—¿Orquídeas? ¿Rosas? ¿Magnolias?... —Lo dejo ahí y aguardo su respuesta que llega rápida:

—¡No, por Dios! —Ríe divertida su risa cristalina—. Tomates, cebollas, habichuelas, ajos y pimientos.

—¡Ah! —exclamo yo—. Su señor esposo es un enamorado de la naturaleza.

—Bueno, en realidad es que a él lo que le divierte es eso. —En un gentil aparte:— Le recuerda el pueblo, ¿sabe? —Me ha puesto una mano delicada sobre mi brazo. Parece como que duda y, entonces, con el aliento cálido de un susurro que me cosquillea la oreja:— ¿Le puedo hacer una confidencia?

—¡Por supuesto, señora! —Cierro caballerosamente el bloc y permanezco mirándola.

—Verá —ríe divertida—, mi marido, en el fondo, es un borrico y un hombre que no tiene sensibilidad alguna. —He quedado de piedra. Diego, allí mismo, a nuestro lado, sigue siendo tan de piedra como desde que le vi; nada parece escuchar, percibir, entender o alterarle. Ella, sonriente e íntima:— Un borrico que sólo piensa en hacer dinero. —Se me está acercando aún más y percibo su fragancia y el resollar de sus pechos casi pegados al mío. Su aliento se ha reducido a un soplo lívido y pegajoso—. No se da cuenta de lo que es verdaderamente importante para una mujer. —Se me acerca todavía más—. No se da... ¿cuenta...?

No puedo contar a ustedes, queridos lectores, los méritos que tan digna dama atesora en ella; básteme confiarles, estimadas amigas y amigos, que en sí encierra una profunda sabiduría y una entrañable sensibilidad, motivos más que suficientes para convertir a una señora en una dama de los pies a la cabeza.

Tampoco puedo menos que exaltar el trato exquisito que a todos dispensa, comenzando por el mismísimo Diego, el mayordomo, que a una fiel lealtad y exquisitez de modales une una complicidad y deferencia para con su dueña e invitados que cualquiera juzgaría imposible en faz de expresión tan ignota, lejana e impenetrable.

Así pues, la señora, tras haberse tomado su tiempo para mostrarme con todo detalle el dormitorio de los dueños de la casa, que por pudor paso por alto, se interna en el aseo adjunto al mismo. Aprovecho su momentánea ausencia para deslizar mi vista por los cortinajes, serenos como si con ellos no fuera; por el espejo del techo, que tan bellas vistas ofrece a quien en el lecho reposa; por los artísticos escabeles y los múltiples óleos que penden de las paredes alternándose con apliques y otros adornos cuya descripción nos llevaría un Potosí de tiempo. En ello estoy cuando escucho a mi espalda una tosecita y me vuelvo:

—Por aquí, señor —indica Diego. Me muestra la puerta que da al pasillo, ahora abierta de par en par, él en pie aguardando a que yo haga mi salida. Miro alrededor: ni rastro de la señora. Me dirijo al vestidor y abro la puerta: ni vestigios de que por allí haya ni pasado. Me vuelvo hacia Diego:

—¿Y doña Carmen? —Él, como si nada: aguantando la puerta abierta y el rostro altivo. De modo que bajamos las escaleras, él delante, imponente y arrogante; yo, tras él, intentando recomponer la figura y remeterme algunos faldoncitos rebeldes con el objeto de presentar la mejor estampa al dueño de la mansión.

Tarea que se muestra inútil pues, llegado al vestíbulo de donde arranca la imponente escalera, de la que en esta ocasión sí hemos hecho uso, mi guardián y guía se dirige en derechura a la puerta de entrada, que sigue siendo magnífica y de madera noble. Abriéndola de par en par, y sin ni siquiera el menor indicio de que yo sea algo o alguien, allí permanece en tanto yo termino de acomodar ropajes. Al salir le miro al rostro; él mira al infinito, por encima de mi cabeza, la cual me saca en estatura. Luego, yo salgo, él cierra.

***

Michele Navigatores alza el rostro al acabar de leerlo y se queda allí, tras su mesa de vice-director, contemplándome de hito en hito, perplejo, sin decir nada durante un largo rato.

—¿Esto es la entrevista? —Le miro de reojo, sin acabar de alzar la cabeza del todo, y asiento con un movimiento casi imperceptible de puro irresoluto—. ¿Quieres decir que esto es la entrevista por la que todo el mundillo de las revistas está rabiando? —Lo mismo. Él venga a mirarme como si me estuviera considerando; luego:— Seguro que no te la has inventado, ¿no? —Como no sé si lo que está dándome a entender es que la tarea está bien o que está mal, me encojo de hombros y espero a ver de qué lado cae la cosa—. Mira —decide finalmente alzándose de su sillón—, mejor se lo doy a leer al Pedro. —Allá que se va con los folios escritos en la mano, el pelo de la nuca, el único que sigue conviviendo con él, detrás, siguiéndole con el mismo apresuramiento que el dueño.

A través del cristal de la pecera observo de reojo cómo cruza unas breves palabras con Pedro y le da los folios. A continuación noto cómo Pedro se va absorbiendo en ellos conforme avanza en la lectura; buena persona en el fondo pero inflexible en todo lo que al periódico hace referencia; “la línea editorial”, ése es su lema; por él vive, come, caga y duerme. Cualquiera que se salga de la línea editorial, que él sabrá qué puñeta es, está perdido en lo que a ascensos y eso se refiere; kaput; degradado, si la cosa es gorda, a reportero de sucesos, y entonces allá tiene que andar, donde nadie quiere meter las narices; como, además, “Estilo y Confort” no se aplica en profundidad a los sucesos, el condenado de turno no tarda en encontrar el ostracismo insoportable y acaba por salir pitando en busca de otra cosa. En otro periódico. O revista. Por eso Pedro gusta de presumir de que en sus cuarenta años de periodismo, más de veinte de ellos en la dirección, “no he tenido que echar a la puta calle a ningún hijo de puta”, y, tras mirar alrededor: “Sí, señor: a ninguno”. Y otro trago de cerveza que es su segunda gran pasión.

Se ve que ha acabado porque se ha puesto en pie. No ha dicho nada a Michele. Viene hacia aquí, Michele le sigue detrás. Al llegar a mi altura se vuelve hacia Michele:

—¿Éste? —Michele sólo asiente con la cabeza. Pedro vuelve el rostro hacia mí, un tanto congestionado me parece:— ¡A la puta calle, so idiota! —Bermejo, más bien y con las venillas de la nariz a pique de reventar; pienso, para mí, que toma demasiada cerveza.