EL INOCENTE POR LOCO
 
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Veamos: a un individuo, inculpado en un proceso por gestión indebida de la cosa pública, se le aplica una suspensión de militancia en su partido por equis tiempo; antes de que pase el tiempo en cuestión, irrisorio desde mi punto de vista, no se presenta objeción alguna a que el pajarito de marras se incorpore. ¿Incorporarse? ¿A qué? ¿Adónde? ¡Ah, pues fácil: a puesto retribuido! ¿Para qué? Más sencillo todavía: para proseguir con su mal pastoreo en la cosa pública. Consecuencia: mi fe en la ética imperante en dicho partido se va al carajo. Con perdón, por supuesto. Pero se va.

Que es lo que ha pasado con el pajarito llamado Costa y el CC: este mes, en que tantas personas honradas las están pasando canutas, viene un señor dudosamente vestido y lo recupera. ¿Que qué quiere decir recupera? ¡Pero si ya lo sabemos! Significa que a partir de ahora va a ganar 600 euros más que cobrará del erario público vía propio partido. ¿Claro?

—Oiga usted, amigo, es que el tal Costa tiene los mismos derechos que el resto de los diputados valencianos. —Ante esto, argumento falaz, por supuesto, yo arguyo de inmediato:

—¡Ah, estimado señor, ahí está el detalle: que también tiene los mismos deberes! Y el primer deber de un político, mi muy estimado señor, es ser honrado. Y éste, no sólo no es puta sino que, además, ni lo parece siquiera; ergo: a la puta calle. —En éstas, el estimado señor se pone congestionado como cabrito adulto muy furioso y me suelta con bastante violencia:

—¡Oiga usted ahí, me parece que lo que intenta es cargarse la democracia! —Yo, ante acusación tan grave como dañina e inmerecida, toda vez que lo que hago es defenderla, no tengo otra opción que intentar argumentar para hacerle entrar al redil de la buena lógica, pero por las buenas formas:

—¡Perdón, perdón, excelentísimo señor cuya vida guarde Dios muchos años; lo que yo quería decir es que al que le han subido el sueldo puede que no sea puta, que yo no digo que lo sea, sino que sí que lo parece! —El excelentísimo señor, muy diputado también él:

—¿Es que está usted sugiriendo que mi amigo Costa tiene apariencia de puta y, para más inri, de puta que ni siquiera es verdadera, eh? — Yo, que me comienzo a acojonar:

—No, no, estimado señor; mire usted, yo no digo puta sino haciendo uso de un símil o...

—¡Alto ahí! —Me contempla con ojos de amenaza clara—. ¿Mi amigo Costa es similar a una puta, no? ¡O sea, que ni falsa puta siquiera, no? —A estas alturas de la película ya empiezo a no saber ni en qué país vivo, a dudar de mis cabales, a acojonarme mucho más porque entreveo que el excelentísimo es de los de ¿es-que-usted-no-sabe-quién-soy-yo?; de manera que:

—¡Mire usted, excelentísimo, si lo que yo digo es que el ilustrísimo Costa o es puta o no es puta, como usía prefiera; falsa o más falsa o verdadera del todo, según acomode a usía; además, lo parece o no lo parece o lo deja de parecer, conforme usía me diga que es, con la venia de usía que muy alabado sea sobre todo lo que sea de alabar! —Pero el excelentísimo ha encontrado presa y está cada vez más encelado y furioso:

—¡Esto lo está diciendo con segundas, no crea que no lo veo! Cachondeo, ¿eh? Me inclino por ir a por usted por haber puesto en tela de juicio el honor de mi amigo Costa. —Como sé bien que el excelentísimo es político de altura y que viene a por mí, sudo sangre y ya no sé qué hacer para convencerle de que no he tenido ni la más remota intención de dudar de la honradez de Costa, el inculpado con parentela; de manera que digo hasta encaje de bolillo por ver de zafarme del lío en que me he metido tan tontamente, sólo por creer en el asuntillo de la libertad de expresión y eso; eso, y no tener en cuenta que la tal libertad no incluye los juicios sobre personajes públicos además de políticos. De modo que me auto-inculpo con toda la idea y la esperanza de que desista en su acoso:

—¡Pero si lo que he querido decir es que la puta soy yo y, además, lo parezco, excelentísimo señor! —Caigo en ello entonces y remato la faena:— ¡Y falsa, por supuesto, excelentísimo! —Él:

—A ver si me entero: tenemos aquí a un ciudadano normal, el ciudadano Costa, puesto que es ejemplar mientras no sea juzgado con todas las garantías legales y condenado por un juez imparcial; pero resulta que usted, que ni es juez ni ha estudiado más leyes que las de la burrería, viene, me lo juzga y me lo condena sin ni siquiera haberle oído. ¿Es así? —Presentado el asunto en forma tan escueta e incontestable, ¿qué puedo decir? De manera que agacho la cabeza y adopto semblante y apariencia de arrepentido hasta lo más hondo de mis entretelas; lo que estoy, en verdad. Él, o sea, el excelentísimo señor, ni lo duda:— ¡Pues a ver cómo se las apaña para explicárselo a mi amigo el juez que le ha de juzgar por la querella que le voy a meter por atentar contra el honor de un representante democráticamente elegido por el pueblo, sinvergüenza, más que sinvergüenza!

Allí estoy yo, pesaroso y contrito ante el juez, al que me entero que he de llamar señoría también porque así me lo indica él con tono adusto:

—Sí, señoría —admito con aire más que arrepentido. El Juez:

—¿Y a sabiendas de que el señor Costa no ha sido juzgado, ¡cuánto menos condenado!, a sabiendas de ello, digo, ha expresado usted disconformidad y desacuerdo respecto a la potestad del ejercicio, por parte del citado señor, de sus derechos constitucionales? —Yo, cada vez más consciente de la gravedad de mi falta:

—Sí, señoría, pero ha sido sin querer. —El juez, más y más severo:

—¡Conteste a mis preguntas con un sí-señoría o un no-señoría y ahórrese comentarios gratuitos! —Me mira como a una pulga que se le ha metido en sus honorables partes y la acaba de pillar y ahora la tiene entre sus dedos; contemplándola a su sabor; que sigue:— ¿No es un hecho que ha atentado usted contra el honor de dicho señor al enunciar implícitamente una condena que todavía no ha sido, ni siquiera, tomada en consideración por quienes tienen la competencia para ello? —Como yo no entiendo muy bien, me vuelvo hacia mi abogado y, con los ojos, le hago ver cuán desesperado estoy. Mi abogado, en pie al momento:

—Con la venia. —El juez, volviendo el entrecejo hacia él:

—¿Sí, señor letrado? —Mi abogado:

—Señoría, le hago llegar el convencimiento de que mi cliente no ha tenido nunca en su mente condenar al señor Costa sin una vista previa y, al mismo tiempo, reconoce la inoperancia de cualquier presunta auditoría que haya podido deslizársele inadvertidamente por su mente. —El juez:

—No es eso lo que se argumenta aquí y ahora, letrado; la acción puede no haberse consumado de facto, pero eso no inhibe su validez de iure en este caso dadas las repercusiones que han dado origen a la apertura de diligencias. —Yo, que nada entiendo, no hago más que mirar de uno a otro y temblar por dentro al no tener ni idea de por qué vericuetos anda discurriendo mi destino. Mi abogado:

—Alzo a su señoría el ruego de que considere el caso como res, non verba y decrete la no procedencia del auto. —Su señoría:

—Denegado. —Se vuelve de nuevo hacia mí:— ¿No se da cuenta de la gravedad de su acción? Ha decidido que el señor Costa es culpable sin ningún juicio ni garantía de sus derechos. Ha llevado a cabo una usurpación de funciones al actuar pro domo sua, como si fuese competente y estuviese validado para ejercer en calidad de juez. Para colmo, ha expresado su crítica destructiva hacia una de las instituciones vertebrales que garantiza, sensu stricto, la convivencia en nuestra comunidad. ¿Tiene algo que alegar en su defensa?

Más tarde, mi abogado me lo explica:

—Mira, en la primera de las acusaciones no hay defensa que resulte efectiva: está claro, porque lo has admitido, que en tu criterio Costa tenía que estar en la cárcel porque ha robado. —Yo:

—¡Pues claro que tenía que estar en la cárcel, si eso es de cajón: ha robado, ¿no?, pues a la cárcel por ladrón!

—¡Ah, amigo mío, ves? ¡Ahí está tu equivocación! —me apunta él, la voz de la ley:— ¿No te cabe en la cabeza que nadie es culpable hasta que lo dice el juez? ¿Es que es tan difícil de entender esto? —Yo venga a bajar la cabeza arrepentido hasta el tuetanillo, aunque la cosa ya poco remedio tiene. Y él, mi abogado, que sigue:— Al sentenciar en tal sentido, has hecho uso de una función para la que no estás legalmente habilitado, erigirte en juez, o sea, usurpación de funciones. Y dime tú, ¿qué puedo yo argüir en tu beneficio? ¿Que ha sido sin querer? Que es lo que le he dicho y ya has visto. —Se calla mientras me observa y yo, en silencio culpable, admito que lleva toda la razón; al rato:— La última de las acusaciones viene de la mano de las anteriores: si se admiten las premisas, la conclusión es cierta. Según implícitamente expresas, la justicia en nuestro ámbito no existe; o, si existe, no es justa. ¿Qué puedo alegar en tu defensa? —Y vuelta a observarme como el que mira al borrico más tonto de la cuadra. Que, por último, inquiere humildemente:

—¿Qué solución hay? —Mi abogado:

—¿Qué solución quieres que haya? Costa tiene toda la razón porque el juez se la da, y tú ninguna porque el juez no te la da. Y fíjate bien, no sólo no te la da según la ley sino también, y esto es lo grave y lesivo para tu caso, según la interpretación que hace de ella, ¿comprendes? —Yo, como no entiendo ni jota, a lo mismo:

—¿Qué solución hay? —Piensa, reflexiona, suda y, por último, decide:

—Tengo que estudiarlo. —Entonces me aclara:— Tengo que estudiarlo detenidamente. —Recoge sus cosas y se va y me deja que la camisa no me llega al cuerpo. Porque, me digo, si yo no he hecho nada malo y Costa sí, ¿por qué estoy yo acusado y él cobrando 600 euros más y con todas las bendiciones y benevolencias de un estado de derecho y de su autoridad competente?

Entre estas y otras elucubraciones se me pasa en vela la noche y amanece la angustia del nuevo día. Con él, mi abogado, alegre y risueño:

—He dado con la solución. —Los trinos de la esperanza aletean en mi pecho y siento que se me aflojan las piernas por el alivio. Él deja el maletín en el suelo, se acomoda en la silla y me mira atentamente antes de anunciarme la buena nueva:— Vamos a alegar que tus declaraciones son obiter dictum per delirium tremens. —Yo, que nada he entendido:

—¿Y eso qué es? —Él, descubriendo la jugada maestra con un gesto teatral:

—Pues que estás loco, con tus facultades totalmente enajenadas. —Yo, mientras que el alma se me cae a los pies de nuevo:

—¿Loco de atar?

—Sí, pero no del todo, ¿comprendes? —Yo:

—¿Loco? —y:— ¿Yo, loco? —Me da la impresión de que empieza a intuir que hay algo que no marcha porque aclara:

—Sí, hombre, sí, loco. —Clava sus ojuelos en mí y decide:— Pero sólo un poco, lo justo para que cuele —no sé si para ayudarme a aceptar el trago o como expresión de una cierta duda en él. Luego, cuando ha comprendido que es imposible convencerme de que estoy loco:— Pues, hijo mío, entonces, date por condenado. —Yo, frenético:

—¡Pero cómo me van a condenar si lo único que he dicho es que Costa es un ladrón! —Él, pesaroso y pacienzudo:

—Ya, ya, ése es el caso.

Luego, al rato de intentar apaciguarme, se desahoga:

—Si al menos fueras del PDO... —Al instante, yo:

—¿Qué pasaría si fuera del PDO?

Cuando ha acabado de explicármelo lo he cogido del brazo y, pese a sus reclamaciones y quejas, lo he arrastrado conmigo. Entramos. La morenaza de ojos acorderados, o sea, de cordero, que quiere decir de mirada lánguida y dirigida hacia dentro de sí misma en perpetua auto-contemplación extasiada:

—¿Afiliarse? —Yo:

—Pues claro —porque lo he dicho tres veces ya. Mi abogado, como puta, callado porque es la primera vez que entra en sede de partido político; que es por lo que es mi abogado y, además, está casi muriéndose de hambre. La morenaza, poniendo pose sobre manos bajo la barbilla:

—¿Quiere afiliarse? —Luego, cuando he logrado que entienda que lo que deseo es afiliarme, llama:

—¡Concha, Concha! —Aparece Concha, una gorda de pelo corto y blanqueado, toda energía y nervio—. Dice que se quieren afiliar. —Mi abogado, como un rayo:

—Mi amigo, aquí, se quiere afiliar; sólo mi amigo. —Entonces aclara:— Yo le acompaño nada más.

Al salir, aún le dura el sobresalto:

—¡He escapado por un pelo, la muy jodida! —Yo:

—Para mí que es tijereta.

—¿Qué es eso? —Se lo aclaro:

—Tortillera. —Le explico cómo he llegado a esa conclusión: me he dado cuenta por los ademanes y los ojos que le echaba a la morenaza de ojos de besugo. Él:

—¿Ves, ves? ¡Eso es lo que te pierde. —Como amigo que es me alecciona:— Si es que no tienes por qué expresar lo que crees que sabes porque piensas que es así y ya está. —Sigue con sus recomendaciones; así, un rato. Luego:— Ahora te redacto un recurso para que te lo presente un abogado de tu partido.

—¿Por qué no me lo presentas tú?

—Ni hablar; yo, la política, ni con un bichero. —Se cierra en banda de tal manera que ni en su despachito quiere redactar el recurso de marras; sino que sentados en un café y en un plisplás ya me lo ha hecho y se ha largado tras decirme que se lo lleve inmediatamente a mi nuevo partido. Que es lo que hago.

La tijereta del pelo plateado me escucha y luego sale y me deja sentado y a la espera en un despachito sobrio; al poco entra acompañada por un individuo boquita de mantequilla, cabello de brillantina, suave y delicado como figurita de porcelana china y cagar de gorrioncito. El mantequilla:

—Recurso precioso. —La tijereta, a su lado y leyendo por encima del hombro del otro, decide por último:

—Con esto le vamos a echar mano al pescuezo a ese hijo de puta hasta que la lengua le salga un par de metros por la boca. —Mantequilla:

—Pero no nos vale. —La tijereta:

—No nos vale. Por supuesto que no: no nos vale. —Yo:

—¿Por qué no nos vale? —Tijereta:

—Porque no nos vale. —Se vuelve hacia mantequilla, sentado bajo sus tetas y en el sillón:— Explícaselo. —Mantequilla:

—Es más efectivo incoar proceso de indefensión por acoso judicial y prevaricación por motivos ideológicos. Que es lo que vamos a hacer. —La tijereta:

—¡Precioso, el juez se va a cagar! ¡Lo tenemos cogido por donde más duele, se joa!

Cuando se lo explico a mi abogado, éste no hace sino expresar su conformidad con la táctica del mantequilla:

—Saben cómo ajustar la ley a su conveniencia; al fin y al cabo la han hecho ellos. Claro, ahora alegan que es el juez que se ha pasado varios pueblos contigo y me lo ponen a parir. —Alza la mirada y la clava en mí—. ¿Ves lo que te quería decir?

—¿Qué? —Él, por lo visto, sabe lo que ha querido decir:

—Hacen de la ley una interpretación que es distinta por completo de la otra; yo diría que casi contraria. Aunque ambas sean gratuitas o con el mismo mínimo de fundamento, que para eso están las interpretaciones, es operativa porque está apoyada por todo un formidable equipo, que es el de tu partido. Al fin y al cabo, son los políticos quienes nombran a los jueces que deciden; como es lógico, ellos le deben obediencia más o menos disimulada y hacen lo que los otros le digan. —Yo:

—Bueno, ¿y esto mismo no lo has podido hacer tú? —Como parece no entender:— Esto, lo del recurso.

Entonces él me explica que si presenta él mi recurso, éste se extravía por los vericuetos del derecho práctico del día a día; lo presenta un partido, me dice, y antes mejor que después, aflora a la luz porque si no arman la de Dios es Cristo; entonces es cuando se las arreglan para que mi asunto llegue a manos de uno de los suyos.

—¿Uno de sus qué?

—Jueces, hombre, ¿qué va a ser?

Al día siguiente recibo la llamada:

—¡Hombre, Enrique, que casualidad! ¿Cómo van las cosas?

—¿Quién eres?

—¡No me digas que no me reconoces! —Sí que lo he reconocido: es el excelentísimo señor, ahora excelentísimo almíbar. Como quien no quiere la cosa me explica que, en segundas consideraciones, vista la falta de intencionalidad patente en el acto, teniendo en cuenta la vieja amistad que nos une, total, que ha decidido no seguir adelante con el caso Costa—. Incluso antes que a él, fíjate bien, te he llamado a ti. —Yo callado—. ¿Qué importancia tienen unas palabritas en un calentón momentáneo comparándolas con la importancia que tiene una amistad como la que existe entre tú y yo? —Yo callado—. Por otra parte, ¿quién es el que no se equivoca? —Yo venga a callar—. Además, ¿para qué enredar en un asuntillo tan sin importancia a una justicia tan ocupada como la española? —Silencio—. Bueno, que te he llamado para darte la noticia y que sepas que no hay rencor ni mala intención alguna por mi parte y, para que veas que esto es así, cuando nos topemos en cualquier sitio, el cafelito va por mi cuenta. —Yo:

—Lo de toparse irá por ti, ¿no, so cabrón? —Él, partido de risa:

—¡Qué caída, gracia tienes! ¡Ja, ja, ja!

—Además —le aclaro—, cuando dije que la mujer del César no sólo tiene que ser puta sino que ha de parecerlo, recuerdas?

—¡Ja, ja, qué bien estuvo eso! Pues claro que recuerdo, muy bueno, sí.

—Pues quise decir que la mujer del César no sólo no ha de ser puta sino que, encima, no debe ni parecerlo, ¿comprendes?

—¡Ja, ja, ja, pues claro, si es lo que entendí, por supuesto, excelente!

—Y Costa, por lo menos, lo parece. —Él, repentinamente serio y cauto:

—Bueno, tú ya sabes cómo son las cosas. A veces hay que hacer algo porque hay que hacerlo.

—¡No me digas más, colega: Jacinto Benavente! —Él:

—¡Nada de nombre, nada de nombres, nunca se sabe!

Claro. Luego, voy y se lo digo a mantequilla:

—He decidido que no voy a seguir adelante con el recurso. —Él:

—No puedes; el recurso no es tuyo; es del partido. Y el partido decide seguir, como es lógico. —Se explica:— Este caso está claro como el agua; era lo que estábamos esperando. De esta lo echamos de una vez. —Yo, sin entender:

—¿Qué es lo que echamos?

—A ese juez que lleva la tira jodiéndonos la marrana.

Cuando salgo, totalmente acojonado porque veo que la cosa se me ha ido de las manos, ando como loco buscando a mi amigo abogado.

—Por supuesto —me aclara—; no puedes hacer nada. Tú ya no eres nada más que un dientecito en un engranaje.

—¿Qué hago? —le pido, cada vez más asustado.

—Dejarte llevar o ponerte a la cabeza. —Entonces me lo explica: dejarme llevar es no hacer nada y esperar que el partido se canse u olvide; ponerme a la cabeza supone todo lo contrario, defender los derechos del partido tomando como muestra los míos. Yo, cada vez más confuso:

—Pero si yo no le quiero ningún mal a nadie —casi llorando—, si yo sólo quiero vivir en paz. ¿Qué hago? —Él venga a mirarme.

Luego, cuando la tijereta me ha llamado cuatro veces y me convenzo de que no va a cejar en su empeño hasta que me enganche, aparezco por el partido.

—Compañero —objeta a mi empeño en el abandono del caso—, tienes en tus manos el triunfo de la verdad y de la justicia sobre las fuerzas del mal y el inmovilismo atávico de nuestro pueblo. ¿Vas a hacer que...? —Así sigue y yo venga a mirarla como cuando miraba a los de Formación del Espíritu Nacional cuando nos daban una monserga similar o muy similar. Cuando ha acabado, ya está allí el mantequilla con su boquita y sus ademanes; su decisión y los papeles en la mano:

—Aquí, firma aquí... y aquí... y aquí. —De modo que cuando salgo estoy hecho polvo y con ganas hasta de llorar: ¡Yo, que no soy capaz de hacer daño a una mosca, aquí me tienes a pique de enviar a un hombre al paro! A un juez nada menos. A una persona que, después de haber estudiado y opositado, va a llegar a su casa y les va a tener que confesar a sus hijos:

—¡Hijos míos, vuestro padre está en el paro! —y a su mujer, sosteniéndola para que no caiga al suelo:— ¡No te preocupes, amor mío, que Dios nos ayudará! —y a sus hijos, que ahora le están pidiendo pan:— ¡No tengo, hijos míos, y tampoco tengo dinero para comprarlo! —y a su mujer, que llora todavía más que él:— ¡No, amor mío, eso no: antes me ofrezco yo como prostituto! —Y su mujer, hecha un mar de lágrimas:

—¿Y quién va a querer copular contigo? —mientras que el buen hombre, antes juez y ahora parado, que...

Los porrazos en la puerta de mi casa son tremendos. Me seco las lágrimas que aún están corriendo mejillas abajo y corro a abrir. Una pareja de la policía judicial; el más serio y alto:

—Tiene que acompañarnos. —Resulta que llevaban razón cuando decían que me llevaban al juzgado. Allí, un juez aún más serio me lee una retahíla de acusaciones de las que lo único que saco en claro es que estoy detenido en tanto que se lleva a cabo la investigación. Me meten en un calabozo y, cuando han pasado horas, se abre la puerta y me llevan a una habitación; mantequilla está allí y la tijereta también.

—Nada de nada —me asegura mantequilla. La tijereta:

—¡Pero que nada de nada! —Mantequilla:

—Sólo intenta defenderse como pez que ha mordido el anzuelo. —La tije:

—Y se lo ha tragado entero. —Mante:

—De modo que tú, tranquilo. No pasa nada. —Tije:

—¡Pero que nada de nada! —Se van.

Como no me han aclarado nada de nada, llamo a mi amigo, el abogado.

—Lo tienes bastante jodido. —Yo, totalmente acojonado:

—¿Pero qué es lo que tengo jodido? —Mi abogado:

—Todo. —Yo, más aterrado todavía:

—¿Todo? —Él:

—Todo, todo, todo. —Se explica:— Verás, te han pillado en mitad de una lucha política, o sea, estás en medio.

—¿Yo?

—Pues claro que tú. —Mira hacia abajo como si se sintiera embarazado:— En tales casos las hostias las pilla el que está en medio.

—¿Yo?

—Tú.

Cuando después de mucho rogarle que no lo haga, se marcha, al menos me ha prometido que se empleará a fondo para intentar sacarme del lodazal en que he caído. A la mañana siguiente me abren la puerta:

—Sígueme. —Por el pasillo parece que la figura del policía rechoncho y con cara de vaso de vino perpetuo se mece a mi lado—. Parece que te van a sacar —me confía ante mis preguntas—. Vamos, por lo menos tu abogado está con cara de satisfecho.

En efecto, mi amigo y abogado me espera en la antesala hasta donde me conduce vaso de vino.

—¡Ea, todo arreglado! ¡Nos vamos!

Ya en la calle me explica:

Obiter dictum per delirium tremens. —Yo:

—¡Maldita sea! —Él:

—Puedes decir lo que quieras: estás loco perdido.

Con buen humor, que se le nota.