EL VIEJO DE EL PARDO
 
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cuento actual dedicado a mi amigo don Manuel Flores Sanz
 

 

Don Filo Carapán se arrellana en su sillón, cruza los brazos por encima de la tripa, gorda como de obispo es, y se dispone a sestear su siestecita mañanera, tranquilo el ánimo serena el alm... Suenan dos porracitos y la puerta se abre sin apenas pausa; la justa para que Don Filo, sobresaltado, se agarre a los brazos del sillón con ambas manos y abra los ojos a tiempo de ver aparecer el rostro alegre y simpaticón de Paulino, segundo de su estado mayor.

—¡Jefe —anuncia con voz animada—, el Toco por la dos!

Filo Carapán, secretario general de la NPI, sindical mayoritaria de los trabajadores, reacciona al instante, que por ello ocupa poltrona tal:

—¿Quién? —Luego, cuando por fin Paulino logra hacerle entender que le solicitan por la línea 2 y que quien así hace es don Toco Moxo, secretario general de HJPS, la central sindicalista rival y complemento de la NPI, la voz aún le suena pastosa:— ¿Eres tú, Toco? —Desde donde está, Paulino escucha el chisporroteo generoso del chiquitajo nervioso y aprensivo que es Toco, aunque no con la suficiente nitidez como para entenderlo. Algo sí coge. Más cuanto más se acerca a la mesa de su jefe, cosa que hace previsoramente al rato de hacer notar su presencia, conocedor de las debilidades aromáticas, inesperadas y flatulentas de Filo. Lo justo para saber que los índices de población activa acaban de salir—. Es imposible, no salen hasta mañana —está arguyendo Filo con al aparatejo pegado a uno de sus orejones. Más chasquiditos chisporroteantes y espantados, a lo que le parece a Paulino. De nuevo la voz de su jefe, pausada, enfática, tranquilizadora, adormilada todavía:— Pues que te han informado mal; las cifras del paro no se hacen públicas hasta final de semana, lo sabes, ¿no? —Más de lo mismo y:— En absoluto. Además, ¿a qué viene tanta alarma? ¿Que el paro ha superado el veinte?; pues bueno, ¿qué le vamos a hacer? Ya lo sabíamos; y más que va subir, por supuesto. Y ni tú ni yo vamos a dejar de cobrar por eso; lo que es más, yo, por lo menos, no me voy a amargar la vida por una apariencia coyuntural fruto de una gestión criminal llevada a cabo por las fuerzas retrógradas de gobiernos anteriores. —Algo, una pregunta, según juzga Paulino desde donde está, por la inflexión de la voz; y la respuesta debida:— ¡Por supuesto que no; me estaba refiriendo al gobierno de Aznar! ¡No habrás pensado que lo hacía al de Felipe, no? —Entonces los chirridos se van atemperando y, poco más tarde, Filo cuelga con el adiós aún a flor de labios.

Se vuelve hacia Paulino:

—¿Tienes idea de eso que dice? —Paulino:

—¿El paro?

—Sí. Dice que ha pasado del veinte por ciento. —Paulino no tiene—. Anda, acércate a ver si alguien sabe algo de algo.

Ya hace que Paulino ha salido su buena media hora cuando se abre de golpe la puerta y, sin avisar y con cara risueña, entra; más risueña aún, muchísimo más risueña:

—¡Ya estamos en más del veinte por ciento, jefe! —anuncia alborozado; a renglón seguido:— ¡Me he forrado! —Filo, haciendo por fijar la vista a duras penas:

—¿Qué pasa?

—¡El paro, estamos en el veinte con cero cinco por ciento! —Con voz todavía más triunfal:— ¡He ganado la porra! —Filo:

—¿Que has qué? —Lo cual es señal bien evidente de que, aunque habla e intenta enfocar a Paulino con ojos que pretende simular como seguros, sigue todavía ausente y medio dormido. Luego, cuando va penetrando en la idea de que Toco ha estado bien informado, Filo se echa hacia delante en su suntuosa mesa de trabajo, símbolo y señal manifiesta de cuánto a él se aplica, y se dispone a hacer frente a noticia tan tremenda. Como primera providencia:— ¿A cuánto dices? —Paulino, satisfacción y acento ganadores:

—Veinte con cero cinco por ciento. —Filo, más y más consciente y centrado cada vez:

—¿Cuánto había apostado yo?

—Veinte con cero uno. —Filo, extrañado:

—¿Tan poco? —Paulino, acudiendo de inmediato con la explicación:

—¿Es que no te acuerdas? ¡Te empeñaste en que, con el asunto de la Semana Santa, iba a crecer menos! —Filo, a cada instante más el jefe de la gran central sindical:

—¿Y a cuánto dices que está?

—Veinte con cero cinco. —De pronto la luz se hace y recuerda todo con la nitidez propia del líder que es:

—¡Ah, ya me acuerdo! Claro, calculé que iba a subir sólo un cero con uno por ciento. —Paulino:

—¡Te lo dije, jefe, la Semana Santa no entraba en este trimestre! Si fueras cofrade, como yo, lo habrías sabido. —Filo, con el sosiego y resignación apacible:

—¿Cuánto te has llevado?

—¡Tres mil doscientos cuarenta euros!

—¿Tanto? —Paulino:

—¡Es que hubo quien apostó hasta tres veces! ¡Algunos, encima, a que bajaba, los muy ilusos! —Filo, conformado un tanto ya:

—¡Joder, que vista! ¿Quién?

—El que más, ¿a que no lo aciertas? —Viendo el desconcierto en la cara de pan de su jefe, se lo aclara de seguido:— ¡Gabriel!

—¿Gabriel?

—¡Gabriel! —Filo, perplejo:

—Pero si... —Por la puerta abierta aparece de improviso el rostro rubicundo, aborricado, impetuoso de Gabriel:

—¡Jefe, Toco por la cinco! —Ya ha apretado el botón Paulino y le acerca el auricular. Filo:

—¿Sí...? Hola... Pues sí, parece que tenías razón; lo que no comprendo es por qué se ha sabido hoy en lugar de mañana, que es cuando la esperábamos..., la tasa de población activa y el índice de paro, claro. —Una pausa llena de chisporroteos y:— De acuerdo. —Con lo cual, cuelga. Levanta hacia Paulino su cara de luna llena en la Luna:— Quiere que nos veamos en El Pardo para establecer una estrategia conjunta con vistas al 1 de mayo. —Gabriel, desde la puerta, perplejo a más no poder:

—¿En El Pardo? —Filo, tranquilizador:

—No en el palacio, ¿eh?, sólo faltaría eso. —Retrepándose en su sillón y como de mala gana:— Dice que conoce un restaurante discreto y, según él, ¿eh?, de puta madre. —Ambos comprenden, Gabriel y Paulino: su jefe, Filo, educado en colegio de monjas, no suele mostrar especial apego a los tacos; a Toco, como es bien sabido, no se le caen de los labios, como con frecuencia se observa en los pequeños de talla y enclenques de cuerpo.

Luego resulta que el restaurante, ajado por fuera en apariencia, lustroso y suntuoso por dentro, se llama El Viejo de El Pardo.

—¡No, no, no! —les tranquiliza el maitre a una observación de Toco que parece sugerir relación entre título y cierto viejo de mal recuerdo—. El título del restaurante hace referencia a que es el más antiguo de la zona. —E intuyendo que no acaban de creerle:— Ya se llamaba así cuando Su Excelencia estaba en vida. —Gabriel, mirándole con ojos atravesados:

—Eso de Su Excelencia —enfatiza—, ¿va con segundas? —Y añade al ver que el maitre le mira sin comprender:— Porque a lo mejor me da por cagarme en la puta madre de la Excelencia de alguien, ¿sabes tú?, y en ese alguien todavía más, ¿eh, so mierda? —Yéndose ya hacia él.

Han de intervenir Filo y Paulino con todas sus dotes de persuasión para lograr serenar a Gabriel que sigue, empeñoso él, en “arrearte un par de hostias” al “fascista de la gran puta”, como ha dado en referirse al acobardado maitre, allá, en el rincón, las manos protegiéndole el rostro; los ojos, temerosos, asomándole a retazos de miedo por entre ellas. Todo esto ante la mirada divertida de Toco, el jefe de la HJPS, y los dos dirigentes que le acompañan, Serafín, un mocito tan enclenque y mínimo como su jefe, y Natalia, la ex de Pedrito y ex de Ramoncito.

—¡Que no, hombre, que no! —arguye Toco un rato después, sentados ya a la mesa de la habitación amueblada estilo rococó y con un fuego infame en la chimenea esquinera—. No ha habido mala leche, coño. Si es que el pobre hombre es así de idiota. Vamos, díselo tú, Filo.

Se dirige a Gabriel, claro, y se refiere, por supuesto, al maitre, todavía refugiado en un rincón, procurando que su presencia no se haga notar demasiado y sirva para reavivar el tono belicoso, fanfarrón a ratos, a ratos huraño por parte de Gabriel que, de vez en cuando, todavía lanza en su dirección miradas asesinas. Filo, señalando al maitre:

—¿Pues no ves la cara de tontucio que tiene, Gabri? ¡Tú crees que a un tío así se le ocurre faltar a mala leche? —Natalia, mujer en el fondo aunque de izquierdas en la cáscara y de calle de toda su vida por dentro:

—Vamos, no os metáis más con este tío. Al fin y al cabo es un proletario y, aunque por la pinta no lo parezca, tiene que ser de los nuestros. —Toco, en su ansia por aparentar:

—Pues claro que sí. Anda, ven aquí, buen hombre, ven. —Le hace señas al maitre que, en su gana de desaparecer mira hacia atrás con la esperanza de que el llamado sea otro; que no lo es; entonces, con mucha desgana y miedo, se les acerca—. Vamos a ver —Cogiéndolo Toco por la manga del uniforme impoluto—, dime, ¿sabes quién es Lenin? —El maitre venga a mirarle desconcertado y temeroso—. Sí, hombre, sí, el Dios del trabajador, ¿a que sí? —El maitre, balbuceando:

—Sí, señor. —Con un filo de voz. Toco, consciente de la expectación que su intervención ha suscitado:

—¡Más fuerte, sin miedo: sí, señor! —El maitre, con voz más endeble y temblor perceptible, sabedor de que allí se cuece algo grande:

—Sí, señor. —Toco, visiblemente animado por el progreso conseguido:

—¡Muy bien, muy bien! Veamos ahora... —Tras breve pausa para encontrar algún otro Dios del proletariado:— ¡Carrillo, eso es, quién es Santiago Carrillo, eh? —El maitre, con voz un tanto menos insegura aunque sigue haciendo por controlar el miedo:

—A ése sí lo conozco porque es el que mandó matar a mi abuelo en Paracuellos del... —Gabriel, saltando en busca del cuello:

—¡Fascista, ladrón, hijoputa, te voy a ...! —Los otros venga a sujetarlo; el maitre, despavorido, ya ha desaparecido aún antes de que Gabriel pueda hacerse con su cuello. En el alboroto que sigue en consecuencia, hace su aparición y tiene actuación destacada el dueño del restaurante que, tras reconocer que su padre había sido amigo personal de El Campesino, primo por parte de madre del General Miaja y vecino durante algún tiempo de La Pasionaria, y con la ayuda de unas botellitas mandadas traer a toda prisa, esto también, logra que las aguas vayan volviendo a sus cauces y que una agradable atmósfera de bienestar comience a asentarse a lo largo y ancho de reunión que con tan malos auspicios ha comenzado. Incluso hace una ronda alrededor llenando copas entre cháchara vivaz y, llenas todas, alza la suya, la botella en la otra mano:

—¡Ea, compañeros —eleva más la copa—, a la salud de Durruti, que murió en la defensa del frente del Manzanares cuando estaba a las órdenes de un tío mío! —Serafín, crédulo como él solo:

—¡Un tío tuyo! ¡Hostias! ¿De verdad que estaba a las órdenes de un tío tuyo cuando murió? —Vuelve el rostro emocionado hacia Toco y:— ¿Has oído? ¡Durruti nada menos! —El dueño, Frasco el Prieto (no por Indalecio Prieto sino por el Prietas las filas que, según es fama en el entorno, siempre está tarareando por lo bajini):

—¡Cómo que si de verdad? ¡Cuándo he dicho yo una mentira? ¡Que se levante el que...! —Serafín, excusándose al comprender que la falta ha sido suya y la queja y congoja del otro, razonable:

—¡No, no, no, si yo no lo dudo! —Alzando la copa:— ¡Por Durruti! —Varios:

—¡Por Durruti! —Otros:

—¡A su salud! —Paulino, a continuación:

—Propongo otro. —Cuando todos le miran:— ¡Por el veinte cero cinco por ciento! —De momento, entre risas y chacotas:

—¡Eso! —uno, y— ¡Por el veinte cero cinco! —otro, y— ¡A su salud! —Gabriel, a chillido limpio:

—¡Tú invitas, tú invitas, que para eso has ganado la porra! —Paulino, más a chillido limpio:

—¡Y una mierda! ¡Ese dinero es mío y me lo voy a gastar en lo que me salga! —Filo, apaciguador y árbitro:

—Por supuesto que es tuyo y harás muy bien gastándotelo en un viaje a Tailandia. —Paulino:

—No; Tailandia, no. ¡Me voy a ir a Cuba y me voy a follar a media isla!

A todo esto, unos habiendo bebido, otros en la discusión, Filo se aplica a aclarar el asuntillo de la porra a Toco; Serafín, tras escuchar atentamente:

—¡Jefe, qué bueno, lo podríamos hacer también nosotros!

Luego, ya en los entrantes, reunión de trabajo como es, acometen el tema de lleno, siendo Toco quien lo pone sobre la mesa (un decir, ya se sabe, porque sobre ésta no cabe ni un piñoncito más, deseoso el Prieto de agradar a señores tan importantes como se aprecia que éstos son):

—He estado pensando —explica entre trago y bocado—, he estado pensando que podríamos sacarle todavía más jugo al asunto Garzón. —Natalia, al instante:

—Imposible. Está agotado. — Dejando los huesos de un exquisito bocado de conejo de campo sobre el plato de los desperdicios y haciendo pausas para chuparse los dedos; a continuación se explica:— He escuchado muchas críticas, algunas hasta por parte de ciertos compañeros. Dicen que cómo nos ponemos a convocar manifestaciones y asambleas para salvar un, fijaos —incidiendo y enfatizando—, un puesto de trabajo y, en cambio, no nos movemos para salvar cuatro millones y medio. —Gabriel, con su ímpetu característico:

—¡Pero cómo pueden decir eso con todo lo que estamos haciendo! —Filo, habla dificultosa, carrillos a lo que dan, sensato y sereno él, aunque sin dejar de masticar por ello:

—Tranquilo. Algo tienen que decir, ¿no? —El Prieto, botella en mano, atento y alrededor como can guardián de la bondad de sus dueños:

—¡Ea, señores, otra ronda que hay vasos vacíos! —Toco, aviesillo él:

—Eso es culpa de Aznar. Aquí todo lo que pasa es eso. —Natalia:

—Me sigue pareciendo que el tema Garzón está agotado. —Serafín, con la boca llena pero con afán:

—Yo estoy con Natalia, el tema Garzón ya no nos sirve. —Toco:

—Bueno, pero digo yo... —tras una pausa de lucha con un pedazo de conejo—, digo yo, ¿entonces, qué? —Masticando—. ¿Eh? ¿A qué echamos mano? —Gabriel, a lo echado para delante:

—Propongo que cojamos el toro por los cuernos. Me explico; hay un 20 por ciento de paro, ¿no?, pues... —Paulino:

—¡Un veinte cero cinco!

—Bueno, pues un veinte cero cinco. El lema ha de ser Por un paro digno. —Natalia, sin dejar de mirar a Gabriel:

—¡Me gusta, es directo y sin rodeos! —Toco:

—No me gusta. —Serafín:

—Y éste: Por el paro del paro. —Filo:

—Suena a choteo. —Toco:

—¿Y si convocáramos a la gente bajo un lema relativo a la igualdad de sexos en el trabajo? —Natalia:

—Más bien en el despido y el paro. —Serafín, entusiasmado y soltando chispitas de conejo y pan masticado por entre sus dientes sin darse cuenta:

—¡Pues es una idea! —Paulino:

—No. A los parados eso les da igual y a los que no lo están lo que quieren es la estabilidad. —Filo, al momento:

—Convoquémosla por la estabilidad. —Paulino:

—Para que haya estabilidad, primero hay que tener empleo, ¿no? Además, si dices por la estabilidad la gente puede entender que es estabilidad en el paro, ¿entendéis?

Durante algunos instantes el silencio reina en la habitación subrayado por los batientes de las bocas y los chupetones a dedos, todos empeñados en atender al conejo en ajillo y al pan de pueblo como se merecen, riquísimos ambos. De pronto:

—¿Por qué no la convocamos por la sostenibilidad? —Toco, sin levantar la cabeza de su plato:

—¿Eso qué es? —El mismo de antes:

—¿Qué más da? Convocamos por la sostenibilidad y venga caña con ello. Al final alguno saldrá que sepa lo que es y ya está. A lo mejor. —Venga al conejo. Filo, dejando por unos instantes de prestar atención al suyo:

—Oye, pues no está mal. —Piensa con algunos ojuelos puestos en él—. No está nada mal. —Más; entonces, reanudando el mascado:— Si no se nos ocurre otra cosa, puede servir. —Toco, que, como jefe también, se siente obligado, alza la cabeza, traga apresuradamente, echa un vistazo alrededor y:

—¿Y si nos empecináramos con lo de la igualdad de sexos? —Silencio, mascando los más, chupándose los dedos un par de ellos. Toco insiste:— Podríamos enfocarlo desde otro punto de vista, por ejemplo, podríamos decir que hay más paradas que parados, o al revés. —Trago de vino al coleto, se frota los labios con el dorso de una mano, limpísima por lo demás. Natalia, sin dejar de mirar a Gabriel, en quien tiene puesto el punto de mira desde hace rato:

—¿Pero crees que eso nada más va a ocupar la atención de la gente? —Toco, defendiéndose:

—No es eso sólo; está también lo de Garzón. —Ella, tozudilla, como mujer:

—Que lo tenemos prácticamente agotado.

—Bueno, pues entonces ¿qué propones tú? —Natalia, dando muestras de ese sentido práctico que es, normalmente, también patrimonio de la mujer:

—¿Pues sabes lo que yo propongo? —Sin pausa apenas:— Pues yo propongo este lema: ¡Por los derechos de los trabajadores! —Filo, desde su cabecera de la mesa:

—No vale. —Natalia:

—¿Por qué no?

Claro, Filo no puede decirle que es porque lo ha propuesto una segundona de la sindical contraria, así que moja un trozo de pan en la salsa, que está riquísima, y mientras piensa.

—Manido. —decide al rato de masticar—. Todos los años lo mismo. Es hora de cambiar. —Gabriel:

—Y si en vez de Por los derechos de los trabajadores, vamos este año al revés. —Todos le miran; muchos, convencidos de que el vinillo de El Pardo es algo grandioso. Él, Gabriel:— Por un trabajo con derechos.

El primero en reaccionar es Toco, en lo cual muestra la nobleza de su ser y la presteza de su perspicacia:

—¡Maravilloso! ¡Ya lo tenemos!

En la barahúnda posterior, entre parabienes, júbilo, palabras de conformidad, trazos de conversaciones, Gabriel está como gallo de un corral glorioso: se ha dado cuenta de que Natalia no le quita ojo de encima y él, desde hace bastantes reuniones ya, rabia por tirársela.

—¡Silencio, silencio! —Se lleva Toco el móvil al oído y grita:— ¿Sí...? ¿Cómo...? —Nadie le hace caso de modo que ha de gritar más:— ¡Sí...! ¡Sí, soy yo...! —Siguen las voces, las risas y las carcajadas. Toco, a grito limpio:— ¡Sí, Presidente, soy Toco! —En un instante la habitación ha quedado en silencio, todos los ojos en el móvil de Toco, todos los oídos en sus palabras; que siguen:— Sí, José Luis, estamos en una reunión de trabajo para eso precisamente... ¿El lema, dices? Pues, mira, acabamos de consensuar uno hace apenas nada, espera que te lo diga... —Todos notan que Toco ha perdido norte y no da con el lema; para más evidencia, le ven remover por entre los platos y las servilletitas en un esfuerzo desesperado por encontrar escrito el lema que no se ha escrito. Filo le apunta, errando una pizca:

Por un empleo con derechos. —Él, al teléfono, agradeciendo con la mirada el detalle a Filo:

—¡Por un empleo con derechos! —Pausa y:— ¡Gracias, Presidente! Pero no ha sido idea sólo mía; ha sido del conjunto de las dos centrales, ¿eh?, eso que quede claro... —Se le nota cómo calla y escucha intensamente, serio y avizor, para no perder ni una coma; al poco:— Sí José Luis, lo he cogido... — Hace señas desesperadas con la mano libre pero sólo Natalia le entiende: saca un bolígrafo y queda en atención secretarial, la vista en Toco, una servilleta bajo la punta. Toco:— Sí, está claro... Sí... Por la garantía de las pensiones... ¡Ah, no...? —Natalia, que ha empezado a garabatear como loca, queda en suspenso con vista en la servilleta y el oído en Toco— ¡Ya, ya: Y la garantía de nuestras pensiones...! Ya, ya, sí, nuestras, yo también lo creo así, es mejor: es como un derecho que nos pertenece, sí... De acuerdo... De acuerdo, así se hará, adiós, adiós, Presidente. —Vuelve el rostro satisfecho y anuncia:— Era el Presidente. —Luego, tomándose su tiempo, explica la razón de la llamada: José Luis quiere que el lema sea Por un empleo con derechos y la garantía de nuestras pensiones.

Prieto, en silencio, ha pasado desapercibido, fiel en su papel de atento servidor de la comodidad y satisfacción de sus clientes. Ahora, sin que nadie pueda decir cómo, ha aparecido en su mano una botella de Gran Duque de Alba.

—Como bien dijo Cervantes cuando estaba luchando a lo que daba en la batalla de Trafalgar contra los franceses —anuncia—, ¡la ocasión bien vale una botella! —Para dar más gusto a los presentes, añade:— ¡A esta copa invita la casa!

Ahora estallan la alegría y las expresiones de concordia, amistad, vivas al Presidente y vivas al posadero, como han dado en llamar a Prieto, las últimas hebras de recelo se disipan y comienzan los abrazos y las confesiones de lealtad para con el otro y, por último pero no más bajo, para con los obreros de todo el mundo.

—¿Por qué no? —se opone Serafín cuando alguien se decide que los madrileños no son obreros—. En Madrid hemos tenido resultados particularmente indicativos. —Filo:

—Aquí el joven tiene razón. —Otro pregunta a gritos:

—¿Y Natalia? ¿Y Natalia?

Entonces se descubre que falta también Gabriel; han desaparecido y nadie sabe cómo ni cuándo. Serafín ha caído en un silencio repentino. Las bromas y chanzas de los otros han aumentado con el descubrimiento y llueven gozosas las chanzas y suposiciones más atrevidas.

En la cocina, en donde ha buscado algo de cobijo y descanso para poder desahogarse, Prieto comenta con su mujer:

—Estos hijos de la gran puta parece que ahora van a por las pensiones. —Ella:

—¡No les digas eso, hasta las paredes oyen, acuérdate del viejo! —Luego, con un hilo de voz y un mucho de prevención en él, en el hilo, digo:— ¿Cómo sabes que van a por las pensiones? ¿Qué quieres decir? —Prieto:

—Si empiezan a poner lo de las pensiones en sus manifestaciones es porque están en peligro.

—¿Quién, ellos?

—¡No seas boba! ¡Las pensiones! —Entonces, en un añadido de lo más pesimista:— Se las irán a llevar también. Y lo peor es que cuando cogen algo no lo sueltan ni con agua caliente. —Su mujer:

—El agua caliente es para los gatos. —Prieto:

—Y el agua hirviendo para estos cabrones. —Ella:

—¡SSSSSSsssss..., que te pueden oír!

En el salón acaba de estallar un griterío inconcebible; nada se entiende y todo se dice y se chilla, a juzgar por los gritos y risotadas. En medio, Natalia, con los ojos brillantes y los colores de arrebol, como gallinita recién montada, y Gabriel, su gallo favorito por el momento, acaban de hacer su aparición desde a saber dónde. Toco y Filo miran radiantes como la pareja simboliza la unión de ambas centrales.

—Si lo vieran nuestros abuelos... —acierta a murmurar, ensoñador él.

—Estarían en el séptimo cielo —concluye Filo. Una furtiva lágrima le resbala rostro abajo; tiempo tiene; camino, más. Toco, su corazoncito derramando vino a moco tendido:

—HJPS y NPI unidas por el amor. —Filo, suspira y:

—¡Ay...! —Entonces cae:— ¡Esto hay que decírselo al Presidente, una persona tan buena tiene que saber inmediatamente la gran confraternidad que se ha logrado entre las dos grandes centrales sindicales! —Toco:

—¡Inmediatamente!

 

Desde el fondo de esta miseria, cuatro millones y medio de desesperanzas os contemplan