EL CUENTO DE LA SALUD
 
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Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto.
 

 

Aneurisma de aorta —dice Pedro.

—¿Años?

—Setenta y uno.

Locas se queda pensativo, pero sólo unos instantes:

—No —decide.

Pedro, sin esbozar el más mínimo gesto:

—No —repite; y deposita la carpeta en el montón que, durante los últimos minutos, ha ido creciendo a ojos vistas. Locas:

—Otro. —Aunque Pedro ya ha tomado otra carpeta del montoncito menguante que va quedando ante él y la abre. Lee:

—Bypass en paciente con aterosclerosis coronaria. —Locas:

—¿Años?

—Sesenta y cuatro.

Locas piensa unos instantes y decide:

—No.

Pedro, en lo suyo:

—No.

Locas:

—No. —Entonces, a saber por qué, explica, innecesariamente:— Porque, aunque tiene sólo sesenta y cuatro, un bypass es sólo una medida paliativa.

Pedro, a quien le da igual, ya ha depositado la carpetita en el consabido montón y coge la siguiente del montoncito que conforman las pocas que van quedando ante él; la abre y va a comenzar a leer cuando suena la melodía dulzona, que tan bien conoce, del móvil de Locas.

—¿Sí? —Al momento ve como el jefe se yergue involuntariamente en el sillón; con lo cual, como buen subordinado, intuye que quien llama es algún pez gordo de Sevilla—. Hola, sí, soy yo… —Esto, lo del pez gordo, se lo viene a indicar, además, el tinte de diligencia sumisa y conveniente que Locas ha deslizado en su voz. Que sigue:— Sí, sí, estoy en ello. Ahora mismo estamos terminando, quiero decir, estoy terminando… —También por la inquietud de conejo atrapado muy bien patente a los ojos expertos de Pedro: ha comprobado esa misma mirada en anteriores Delegados de Salud de la Junta; todos, todos, todos cortados por el mismo patrón; el que más, éste, Teddy Locas. Que sigue:— ¡Cuántos? —Los ojos de Locas se desmelenan en puro terror mientras recorren la mesa con desesperación sin dar con nada; entonces cae en la cuenta, tapa el receptor con la mano, sudorosa de repente, e inquiere con apremio:— ¡Cuántos? ¡Cuántos han quedado?

—Doce y… —responde un Pedro solícito en apariencia a la vez que señala el mínimo montón de los que aún están por decidir.

—¡Doce —suelta Locas por el teléfono—, sólo doce!

Pedro le sigue mirando con toda atención: ésta es la pequeña venganza que obtiene a cambio del nulo reconocimiento por la totalidad del trabajo:

“¡Se joda!” —decide satisfecho descubriendo con gozo repentino las múltiples gotitas de sudor que han aparecido en la frente de Locas. Que sigue:

—¿Muchos? ¡Pero si son sólo doce!... —En el labio superior también—. ¡No, no, si yo también lo creo así: doce son muchos! ¡Sí, claro que sí!... ¡No, no hay ningún problema!... ¡Por supuesto, se hará así! —afirma Locas con convencimiento cada vez más total: se nota que pone todo su empeño en persuadir a su interlocutor telefónico—. Adiós. —Termina la comunicación y mira a Pedro con desconcierto—. Sevilla dice que hay que bajar a diez —anuncia.

Un par de horas más tarde, cuando Pedro sale del despacho, lleva en la mano derecha sólo las diez carpetitas correspondientes a los historiales clínicos que han recibido la luz verde. Bajo el sobaco derecho, también, ayudándose con la mano izquierda, acarrea el montón de expedientes para los que ya no hay que buscar una solución paliativa.

—Piérdelos —le ha instruido Locas cuando él, Pedro, se lo ha preguntado—. Mételos en la trituradora de papel y, a partir de ahí, se han perdido. —Ya está a punto de cerrar la puerta Pedro, cuando escucha que Locas amplía:— No aparecen, ¿comprendes? —Y todavía le sugiere más a la puerta que se cierra:— Que comiencen de nuevo todo el proceso… —y, cuando cerrada, remata:—, a ver si se mueren mientras.

Lo cual Pedro, como persona precavida, no piensa hacer, claro; con esconderlos bien, basta. Los historiales, digo. Y a Locas como que le da igual: enganchado ya al teléfono está como loco por ver de establecer comunicación con el pez gordo.

Luego, más tarde, en Sevilla, el pez gordo está hablando por teléfono interior: da cuenta al otro pez más gordo de cómo de bien ha resuelto todo el asunto.

—Lo que oyes —explica—; el muy idiota no había metido ni un solo inmigrante… —Ruiditos desagradables por el receptor—. ¡Sí, sí, ni uno!... —Más ruiditos—. Por supuesto que sí, ahora sí: tres; dos negritos para cambio de sexo y un morito por un problema de parálisis facial que le impedía hacer vida normal… Sí, va a ser algo caro; pero es que el pobrecito no podía ni reírse… Sí, todos en patera y no tienen papeles… El morito, islamista, por supuesto, pero caso de conciencia como la copa de un pino… Sí, he mandado que los redacten; además, dos entrevistas con los maricones y otra más con el moro de la risa para Canal Nuestro…  Sí, negritos, sí: van a quedar de puta madre, ¡imagínate: maricones y negros, sí! ¡Qué te parece? Y el moro con la parálisis facial va a causar impacto, ya verás… Por supuesto, comunicados de agencia para distribuir por el grupo…

Así sigue.

—No, señor —explica la administrativa con toda la paciencia del mundo—. Mire —mueve el monitor último modelo para que Eliseo vea que su nombre no aparece en la relación de intervenciones previstas para el corriente mes de marzo—, ni un Eliseo, ¿ve? —Lo cual es verdad y así ha de convenirlo Eliseo. A su lado Amparo, su mujer, con la mirada ansiosa clavada en la administrativa, se lo explica:

—Si es que es muy despistado: seguro que la operación se había puesto en otra fecha y ya ha pasado. Si es que no presta atención a lo que se le dice. —Se vuelve a mirar a Eliseo y, como es lógico, le riñe con toda su alma:— ¡Si es que eres tonto, un desastre, si es que no te fijas, si es que estos señores te dirían una fecha para la dichosa operación y tú, como eres tonto, ni te enteraste! —Eliseo venga a tratar de explicar que le anunciaron que su operación de aneurisma de aorta iba a ser en este mes de marzo a más tardar.

—No, no tiene que venir por aquí —le habían dicho por teléfono (una señorita, según creía recordar)—. Nosotros nos podremos en contacto con usted una semana antes… —había asegurado la voz—. Claro que tenemos su teléfono: le estamos llamando a él, ¿no? … ¡Ah, ya: sí, también tenemos su móvil!... Sí, el de su vecino también para caso de que no nos coja el suyo. —La voz por teléfono, firme, responsable:— Usted no se tiene que preocupar por nada: nosotros velamos por usted. Su salud es nuestra única preocupación. —De pronto se había vuelto comprensiva para endosarle:— Para eso ha estado cotizando toda su vida, ¿no? —Y el consejo simpático:— Usted, sólo, relájese y espere.

—Pues tiene que empezar de nuevo todo el proceso —le explica la administrativa—. Desde el principio —le aclara, porque ya es evidente que este tal Eliseo es medio tonto: su mujer lo dice; ¿quién mejor que ella va a saberlo?

—¿Quiere decir que tengo que empezar de nuevo? —repite Eliseo desconcertado— ¿Todo? —No se lo puede creer—. Pero si tienen aquí todas las pruebas y todo, ¿para qué...?

—¿Sí? —espeta la administrativa un poco harta de este viejo medio chocho—. Pues entonces —y la lógica aplastante—, a ver, ¿dónde están?

Señalándole el monitor en el que sigue sin verse ningún Eliseo por ninguna parte.

—¿Ves? ¿Ves? ¡Si es que eres tonto! —ratifica la mujer, un tanto violenta ya la pobre al ver lo pesado que es él y la mucha paciencia que tiene la mujer, paciencia que, por supuesto, no va a durar siempre. Que ya no dura, claro, porque la administrativa ha vuelto a reorientar el monitor y mira ya más allá de ellos, al siguiente en la fila:

—¿A quién le toca?

A todo esto Locas está que arde; y tiene sus motivos: en la prensa ha salido un artículo en el que se denuncia la incompatibilidad entre su labor docente y su cargo como Delegado Provincial de Salud:

—¡Envidia! —le chilla a Pedro—. ¡Eso es lo que tienen: envidia! ¡Y sabes por qué? —Pedro lo sabe pero no lo quiere saber; incluso así, lo aprende:— ¡Pues porque me han dado el premio Palante a la innovación científica por mi labor pedagógica! ¡Por eso, sí señor! —Muestra entonces la consideración que le merece la ley, de incompatibilidades, digo:— ¡Ley de Incompatibilidades, bah!

Pedro mira hacia acá, mira hacia allá, más allá de Locas, interiormente divertido:

“¡Se joda!” —piensa.

Interiormente divertido, sí. Muy, muy, muy divertido. Sí.

Porque no es para menos, por supuesto.