EL CUENTO DEL I+D+i
 
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Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, organismos, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto.
 

 

         Pues bien, este hombre que te digo, don Antonio (Antoñito para casi todos los de izquierdas o que dicen serlo), cuelga el teléfono y, entusiasmado, llama a voces:

         —¡Arfonsito, Arfonsito!

         Apenas ha terminado y ya se está abriendo a lo que da la puerta del despacho y, asomando por ella, la jeta de Arfonsito, el Perales que le llaman, curiosona, obsequiosa, anhelante:

         —¿Me has llamado, jefe?

         Que sí que le ha llamado y por eso entra y, según costumbre, se sienta ante su jefe; al otro lado de la mesa él. Mesa, dicho sea, tallada en madera de caoba y con incrustaciones de marfil viejo, según en su momento detalló don Antonio al artesano en cuyo taller se gestó durante nueve meses esta maravilla de la aplicación, el detallismo y la paciencia andaluzas. Por desgracia, todo ello para que haga juego con las arañas del techo, modelo Classic Marvel de Ikea, a 80.000 euros cada una de las dos que hay.

         —Sí —ha seguido el otro mientras, lleno de euforia—, fíjate, ¿a que no sabes lo que me acaban de proponer? —No lo sabe, claro, y así mueve la cabeza; aunque don Antonio apenas si le ha dejado tiempo pues está ardiendo en deseos de contárselo:— ¡Es lo mejor que se me ha propuesto hasta ahora! ¡La solución para Andalucía! ¡De ésta sí que salimos del dichoso bachecillo de la crisis esa de la puñeta! —Tras lo cual, y unos instantes dirigidos a crear mayor expectación aún, se lo suelta:— ¡Jaulas para grillos!

         La voz, grave; el semblante, serio; la actitud, noble. Arfonsito:

         —¿Grillos?

       —¡Grillos, sí! ¡Producción en cadena de montaje! ¡Multiproducción! ¡Pluriempleo! ¡La rehostia! ¡Andalucía trabajando viva a chorro tieso! ¡Se acabó el paro!

         Arfonsito:

         —¿Grillos?

         —¡Sí, hombre, sí: grillos! —Extrañado ahora, claro, de que su subordinado y mano derecha muestre tan poco entusiasmo ante la genialidad; es como si no lo hubiese entendido y, consecuentemente, no hubiese captado las inmensas posibilidades del proyecto. Por eso se lo desmenuza, conocedor, como es, de que esto es a veces necesario con Arfonsito; buena gente, eso sí, socialista como el que más, pero miaja..., ¿cómo te lo diría?, pues eso: miaja—. Grillos, esos bichitos que están por todos lados jodiéndonos la siesta y haciendo cri-cri y eso, grillos, vamos, seguro que sabes lo que es un grillo.

         Aunque Arfonsito es miaja, no lo es tanto como para no saber cuando hace falta dar el cante: se palmotea la frente, pone cara de subordinado al límite del frenesí y:

         —¡Ah, grillos, claro, grillos, pues, naturalmente, grillos, sí, ya entiendo, jefe, ya sí!

         Complacido ahora ya, don Antonio pasa a plantearle el asunto en toda su magnitud y excelencia:

         —Pues mira, como aquí abundan tanto, no tenemos más que cogerlos, meterlos en la jaula y ya está, ¿te das cuenta? —Arfonsito está cabeceando briosamente, aunque perplejo en el fondo—. Entonces si quieres, lo único que tienes que hacer es darles su miajita de lechuga, día sí, día no, y dejarlos allí y ya está. —Pasan los segundos, pocos pero suficientes:— Ni se mueren ni nada. —Y lo evidente:— ¡Pero, claro, para eso hacen falta jaulas, comprendes?

         Al final, más que nada por la mirada de su jefe, que empieza a gestar aquel brillo que a Arfonsito no le gusta:

         —¿Y dónde están las jaulas?

         Gestación que, siendo don Antonio hombre de genio vivo, como conviene a todo buen gestor, ahora revienta en todo su esplendor:

         —¡Pero bueno, tú estás en Babia o qué? —con la ira asomándole a borbotones y derramándosele sobre el pobre de Arfonsito—, ¡Pero es que no me escuchas? —cada vez más encogido en la silla frontera a él—. ¡Pues si te lo acabo de decir: ése es el negocio! —Hasta que se lo suelta de una vez, con todas sus palabras y todo:— ¡Eso es lo que vamos a fabricar, so idiota: jaulas para grillos! ¡A miles! ¡A millones! ¡El pleno empleo!

         Luego, resulta que Arfonsito sí que lo ha comprendido todo; sólo ha habido un pequeño malentendido de esos tan comunes entre jefe y subordinado:

         —Es que tenías que haber empezado por ahí, jefe —le aclara—. Si tú me dices que se les ha ocurrido a los del Blas Infante de Alcalá, yo lo entiendo de momento. Y te puedo decir que es la idea más fabulosa que se nos ha presentado desde que don José Antonio Primo de Riv..., ¡perdón!, digo, Pepe Gruñón constituyó nuestra agencia.

         La agencia en cuestión es la Sociedad para la Promoción y Reconversión Económica de Andalucía y su Región S.A.; su función, complementar a la Fundación Andalucía Imparable para el logro de sus objetivos; su dependencia organigrámica, emparentada con el Patronato Andalucía Emprende. Todo ello, claro, bajo el auspicio y la benevolencia de la Rejunta.

         Don Antonio frunce el ceño; hace una pausa pensativa, según conviene a todo buen gestor; y decide:

         —¡Pues, ea, a trabajar! ¡A trabajar duro y bien! —Como Arfonsito sigue sentado en la silla y con la perplejidad por la cara a manos llenas:— ¿Qué pasa?

         —¿Qué hay que hacer, jefe?

         Al poco ya va todo sobre ruedas, como una maquinaria bien engrasada: se les ha enviado a los de Alcalá el modelo pertinente de solicitud de Subvención a Fondo Perdido para Nuevo Proyecto Empresarial. Porque a su, de don Antonio, legítima pretensión de que le enviaran la solicitud en el modelo pertinente, los de Alcalá han pretendido y logrado escabullir el bulto; que van y le sueltan:

         —¿Y eso, esa solicitú, aónde está? —Don Antonio:

         —¡Pues dónde va a estar, en el BORA! —Ellos:

         —¿Pero es que quieres que nos leamos el BORA, mi arma? ¡Pero estás loco, creatura? —Simulan significar con ello la dificultad que entraña la lectura del Boletín Oficial de la Rejunta de Andalucía—. ¿Tú sabes el peñazo que es eso, vidica?

         Arfonsito, todavía en la silla frontera, venga a mirar. Que es por lo que don Antonio claudica e informa:

         —Ahora os lo mando por fax. —Cuando va a colgar el teléfono le asalta la duda:— ¡Oye, el fax sí lo sabéis usar, no? —De cachondeo, claro, para que entiendan que no se chupa el dedo.

         De manera que dispone que Arfonsito se lo mande; el modelo SPREAR-33 es.

         Con lo cual pasan al segundo estadio: el del estudio y dictamen técnico del proyecto presentado. Realizado, por supuesto, con la inmediatez que reclaman tales proyectos empresariales, o sea, esa misma tarde, apenas recibido de vuelta el fax con la solicitud rellena a medias, o medio rellena, pero que en primera valoración se estima que puede servir. De manera que se aplican al análisis documental hasta que él, como jefe, ve el fallo:

         —¡Pero, pero, qué hacen estos idiotas? —chilla.

         —¿Qué pasa jefe? —inquiere, solícito todo él, Arfonsito, que junto con don Antonio forma la comisión técnica.

         Don Antonio casi le mete el fax  por los ojos:

         —¡Dios mío de mi alma, fíjate, fíjate! —Lee Arfonsito y no ve nada que esté erróneo o que falte a la verdad o algo; vuelve la vista perpleja hacia su jefe—. ¡Sí, hombre, sí, aquí, mira, lee!

         —Si no me lo apartas un poco, jefe, no puedo leerlo.

         Luego, cuando por fin cae, ve que la furia de su jefe es más que justificada.

         —¡Es que hay que guardar las formas! —reniega éste mientras Arfonsito ultima la nueva conexión telefónica con los de Alcalá—. ¿Sí?... ¡Oye, eres tú, Borrego?... ¡Cómo que quién soy! ¡Soy yo, coño, Antoñito!... Sí, bueno, mira, te llamo por un detalle importante, verás, en la solicitud que me habéis mandado ahora mismo por fax leo que..., ¡Cómo que qué solicitud? ¡Pues la solicitud de Subvención a Fondo Perdido para Nuevo Proyecto Empresarial, coño, lo del asunto de las jaulas de grillos..., ¡eso es! Bueno, pues me habéis puesto que el dinero os lo vais a repartir en cuanto lo recibáis, así, de buenas a primeras..., ¡Pues claro que está mal!... ¡No, no, eso no se puede poner!... Ya, eso ya lo sé; pero no se puede poner, ¿comprendes?... ¡Pues porque hay que guardar las maneras!... ¡Claro que no son formas!...

         Luego, cuando al rato cuelga y se echa hacia atrás en el sillón modelo Executive.069, no puede menos que pasarse un pañuelo por la frente: está exhausto ante la cerrazón de algunos. En este caso concreto, ante la de muchos.

         —¿Qué hago, jefe?

         Le mira. Los ojuelos de Arfonsito brillan en pura fe socialista.

         “Aunque sólo sea por esto, nada más que por esto —se repite—, ¡merece la pena ser socialista!” piensa conmovido. Y es cierto: esa lealtad de perro que le muestra Arfonsito es lo que más le llega a los adentros y le satisface en su ardor socialista.

         Con todo esto, y habiendo tenido que mandar nueva solicitud, la vieja al cesto de los papeles, el proyecto ya lleva retraso.

         —Con el perjuicio que ello acarrea, ¿comprendes? —le explica a su subordinado—, pues en el mundo empresarial es prioritaria la rapidez y la decisión.

         —Rapidez y decisión, jefe.

        —Y arrojo, Arfonsito, y arrojo, hijo. Porque, mira, a lo mejor tienes rapidez de reflejos, ¿comprendes?, que eso es lo que quiere decir rapidez; y a lo mejor tienes las ideas claras, ¿comprendes?, que eso es lo que significa decisión; pero si te falta la suerte, hijo mío, ¡si te falta la suerte, ay, malo! ¡Malo, malo, malo! —enfatiza— ¡Te hundes!

        —Arrojo, jefe.

         —¿Que arrojas qué, pequeño? —Y— ¡Pero de qué hablas?

         Luego, al ver que Arfonsito no quiere tirar nada y se lo niega de mil maneras, entiende que lo que ha querido expresar no ha sido sino otra más de las manifestaciones de la miaja; de modo que, como está de buen humor y es el jefe, lo obvia. En cambio, le instruye:— Ahora que lo pienso, creo que ésta es una ocasión que se presenta estupenda para que nosotros cooperemos al desarrollo de Andalucía, ¿eh?, ¿Qué te parece?

         —¡Sí, jefe! ¿Cómo, jefe?

         —Pues verás, pequeño... —Entonces le hace ver que siendo ellos, como lo son, el timón de proa del desarrollo económico andaluz, no termina de dar buena imagen que no aporten su granito de arena en forma de confianza “co-postural” hacia los proyectos que respalda la administración a través de ellos—, ¿comprendes?

         —No.

         —Pero, vamos a ver, pequeño, mira, lo que te quiero decir es que... —Como don Antonio está de buenas y en el fondo siente más cariño que aprecio hacia Arfonsito, no duda en ofrecerle otra explicación en la que, desde un punto de vista más elemental, repite básicamente lo que ya ha dicho; y acaba:— ¿comprendes?

         —No.

         —¡Cómo que no! ¡Cómo que no, so jodido!

         —Es que no entiendo qué cosa sea eso de “co-postural”.

         —¡Ah, ya, hombre, pues dilo! Bueno, mira, esto quiere decir que no está bien que las ganancias se las lleven sólo los del Blas Infante de Alcalá. La idea es de ellos, vale; ¡pero el dinero con que se posibilita es nuestro, comprendes? —Rápidamente rectifica:— Quiero decir, la capitalización la aportamos nosotros. De manera que, ¡vamos a entrar nosotros también!

         Permanece unos segundos mirándole, callado y como ausente. Arfonsito, pizca mosca pues don Antonio no suele ser de estar así. Lo cual le intranquiliza:

         —¿Pasa algo, jefe?

         Nada pasa, sino que está de buenas y por ello da instrucciones a Arfonsito para que, en el bloque de los solicitantes y sobre la marcha, haga unas leves rectificaciones en forma de añadidos:

         —Nos metemos nosotros. Le dejamos el cincuenta por ciento a los de Alcalá, ¿te parece? —va desgranando al tiempo que Arfonsito toma nota mental—; el otro cincuenta es nuestra participación. Ahora bien —continúa desgranando don Antonio—, de esta participación, tú te quedas con el cinco; para mí, sólo el cuarenta y cinco, ¿comprendes?

         —Sí, jefe.

        —De esto, ni pío —alerta—. Más que nada porque hay que guardar las formas y, por mucho que se lo explicaras, no entenderían que nos estamos matando a trabajar por Andalucía. De modo que esto no es sino tomar una chispa de lo que Andalucía nos debe por nuestra dedicación.

         —Claro, jefe, ¿quiénes, jefe?

         —¿Quiénes qué?

         —Que quiénes son los tontos esos que no entienden.

         —¿Cómo que quiénes? ¡Pues quienes iban a ser! —Se lo hace ver en toda su claridad diáfana:— ¡La derecha, hijo: la derechona! —Se echa hacia delante y, confianzudo, expone la táctica:— Por ello, más que nada para prevenir pero no porque estemos haciendo algo mal, que no lo estamos haciendo, claro, por ello, digo, tu cinco por ciento de la capitalización lo vamos a colocar a nombre de tu mujer; así los malpensados se joden: ven Josefa Estévez de la Borbolla y no tienen ni idea de quién pueda ser.

         Arfonsito, riendo risa plastosa y tontuna:

         —¡Ahí a, pero si ésa es mi mujer, jefe!

         El otro, en automático, impertérrito, embebido como está en sus cuentas y cálculos:

         —Ya, ya, si lo sé, tu mujer, claro. Y mi cuarenta y cinco por ciento lo vamos a colocar en dos de mis sociedades: veinticinco en Promociones Caral Sol S.A.; y el veinte restante en Habibí Questosná S.A.

         Cuando llega la noticia a Alcalá éstos se ponen que se los llevan los demonios:

         —¿Cómo queréis que levantemos una producción tan colosal con una miseria, que eso es lo que nos va a llegar de la subvención inicial?

         Don Antonio, poniendo cara de circunstancias aunque está hablando por teléfono y el Borrego de Alcalá no puede verlo:

         —¿Sabes lo que os ha pasado? ¡Pues que no habéis leído la addenda de la convocatoria! —Hasta donde está sentado Arfonsito llega el cascajo airado de la voz de Borrego por el receptor; y lo oye:

         —¡Pero qué coño de convocatoria? —Don Antonio:

         —¿Ves? ¿Ves? ¡Así va Andalucía como va! ¡Pues qué convocatoria va a ser? ¡La que se adjunta al modelo SPREAR-33! ¡La SPREAR-33-bis-1! ¡Si es que esto os pasa porque no leéis! ¡Y os lo dijimos: leed el BORA, leed el BORA, y vosotros que si era un peñazo y tal! —Se vuelve hacia Arfonsito en busca de confirmación:— ¡Se lo dijimos, no Arfonsito? ¡Anda, hijo, anda, díselo tú mismo! —Acerca el teléfono a su subordinado que asegura con toda la convicción del mundo cómo fue así como se lo dijeron.

         Como los de Alcalá no parecen atenerse a razones, que pocas cosas hay que engendren tanta mala sangre como el dinero, don Antonio cuelga y les deja con la palabra puesta en amenazas; lo último que escucha:

         —¡Esto no va quedar así, so ladrones! ¡Esto...!

        Tras dejar el chisme chirriante y enojado en su horquilla, don Antonio adoctrina a Arfonsito en pura teoría socialista andaluza:

         —Son unos peseteros, hijo. —Y no satisfecho con ello, añade:— Unos jodidos peseteros. —Para acabar lamentándose con desdén soberbio:— ¡Ponerse así por unas pesetas de nada! —En lo cual está equivocado pues no se trata de pesetas sino de euros; y no de unos pocos sino de una subvención de la Rejunta.

         Luego, cuando Pizarro lo llama, no acude soberbio y desdeñoso, sino tembloroso y acobardado: ¡jamás pensó que a los jodidos de Alcalá se les ocurriera meter en el ajo a pájaro tan alto en la perspectiva rejuntera!

         —¡No, no, no —le rebate Pizarro—, no estoy preguntando eso! ¡Lo que quiero saber, y saber ya, es con cuánto te vas a quedar tú, comprendes? —Y ante los balbuceos miserables, deslavazados e incoherentes de don Antonio— ¡Coño, Antoñito, no me vengas con leches! ¡Cuánto! —Y ante:— ¡Joder, cuánto? —Entonces, cuando se lo soltado, hace como que se asombra y repite:— ¡El cuarenta y cinco por ciento!

         Es ya casi de noche cuando don Antoñito se reintegra a su despacho. Lo primero que hace es pasarse el consabido pañuelo por la frente sudorosa aún; luego expele ventosidad que le ha venido acosando a lo largo de casi toda la entrevista con Pizarro; por último, llama:

         —¡Arfonsito! ¡Arfonsito! —Apenas ha acabado cuando ya lo tiene delante, acomodado en la silla frontera a la suya, la boca abierta, la lengua fuera, el aliento anhelante—. Novedades, hijo. —El otro venga a mirar—. Te has quedado sin tu cinco por ciento.

         Entonces se lo explica: ha llegado la onda a Pizarro y el muy sinvergüenza se ha metido de lleno él también. Se lamenta:

         —¡Y se ha llevado la parte del león, el puñetero! ¡Se ha quedado con el treinta por ciento! —Le observa con cuidado para ver qué efecto le causa una injusticia tan grande; pero su subordinado no hace nada sino mirar con aquellos ojuelos tan agradecidos y callar con aquella boquita suya y ya está—. ¡Es que hay que tener caradura, aprovecharse así del cargo que ostenta! —Tras una breve pausa reflexiva:— Bueno, el caso es que ahora se lo reparten todo entre los de Alcalá y él. Ya sabes —añade a modo de explicación— que son de la misma familia; el Borrego de Alcalá está casado con una prima segunda de Pizarro. —Abre las manos en una muestra irrefutable de sencillez y franqueza—. Ante la familia, no hay nada que hacer. —Aún se sincera más:— Si ya lo dijo tu tocayo: la familia es lo primero; lo segundo, la familia.

         Luego, ya a solas en la inmensa soledad del despacho, abre el cajón que tiene para tales ocasiones y se sirve una copita de oloroso, su debilidad.

         Un veinticinco por ciento es un veinticinco por ciento. No es un cuarenta y cinco, por supuesto; pero, aún así, es un buen bocado. De modo que saca la nueva solicitud que han redactado en el despacho de Pizarro y, con ánimo confortable, se apresta a darle curso personalmente.

         “No entiendo por qué tienen que salir en el BORA estas cosas —reflexiona—; con ello lo único que se logra es darle alas a los enemigos de la patria andaluza. ¡Que no cierran sus ojos! ¡Siempre en vigilia sempiterna al acecho de cómo hacer más daño! Causar más dolor”.

         En la primera reunión tras la aprobación por la Rejunta de una subvención de 647.834’58 euros, se establece por unanimidad refrendar los estatutos de la sociedad:

         a) la inscripción en el registro mercantil de Huelva con el nombre comercial de ALTA  TECNOLOGÍA ANDALUZA SA (ATASA).

         b) fijar como domicilio social la oficina sita en la c/ General Queipo de Llano, nº 25, 1º (en realidad, la vivienda de Arfonsito, a quien por ello abonarán la cantidad de 300 euros mensuales;

         c) tramitar el anexo h-1 de solicitud de ampliación de subvención para facturar a la Rejunta la cantidad de 3849’33 euros mensuales correspondientes al alquiler del local-domicilio social, lo cual se acreditará mediante factura debidamente compulsada por la Gerencia de Promoción e Innovación;

         d) fijar como ubicación del local-ente de producción el local sito en la c/ General Queipo de Llano, nº 25, bajo (en realidad, la cochera de Arfonsito, a quien por ello abonarán la cantidad de 700 euros mensuales).

         e) tramitar el anexo h-3 de solicitud de ampliación de subvención para facturar a la Rejunta la cantidad de 27.327’05 euros mensuales correspondientes al alquiler del local-ente de producción, lo cual se acreditará mediante factura debidamente compulsada por la Gerencia de Promoción e Innovación;

           f) fijar las retribuciones mensuales a cobrar por cada uno de los directivos:           
                            Director Gerente............ 5.000 euros/mes
                            Presidente Consejo......... 4.000 euros/mes
                            Representante Sindical... 4.000 eurs/mes
                            Secretario....................... 3.500 euros/mes
                            Vocal.............................. 3.000 euros/mes

         Una vez acabada la sesión de trabajo, repartidos a destajo cargos y carguillos, se aprovecha que ésta ha tenido lugar en el afamado bar El Brindis al Sol para prolongarla con una comida de hermandad que se alarga en el tiempo hasta altas horas de la madrugada.

         —Para mí que la rubia es un tío —confía en voz baja don Antonio a Borrego.

         —¡Y una leche!

         —Oye —le indica don Antonio—, que hay travestis de ésos que están mejor que una tía de verdad.

         —¡Y una leche! —Se nota que está molesto Borrego, y se lo expone:— A mí no me van los maricones.

         —Hombre, ni a mí tampoco. Lo que digo es...

         —¡Que no me van los maricones, coño! ¡Si por mí fuera, los mandaba a todos a tomar por culo a Ibiza y luego hundo la isla y se jodan!

         Advierte don Antonio que Borrego se está calentando y, como resulta que es el Presidente del Consejo de Administración en esta primera andadura de ATASA y, por consiguiente, pájaro a respetar, enmienda sobre la marcha:

         —¡Oye, y a las tortilleras también!

         Con lo cual disiente el recién nombrado presidente que, con voz un tanto aguardentosa ya por el trasiego y el trasvase:

         —¡A las tijeretas ni tocarlas, eh! —Entonces aclara conciliador:— Es que son tías.

         Durante los tres primeros meses el proyecto empresarial avanza con paso firme: se ha desplazado una comisión evaluadora a China y Japón, en donde es fama que se trabajan las mejores jaulas de grillos a nivel mundial; hay que estudiar su proceso de elaboración. A tal efecto viaja toda la flamante directiva, a qué pides boca y gastos pagados por la Rejunta.

         El viaje resulta sumamente instructivo: habiendo sido previamente aleccionados por Esteban Telesforo (que realizó viaje similar a Chile para estudiar sobre el terreno materia de similar importancia), la comisión no repara en gastos: todo sea por el sacrificio que se exige de ellos. Por consiguiente es por consiguiente y ya está.

         Hay incidentes, sí; pero, ¿en qué situación de estrés no se presenta alguna incidencia? Más cuando, como es el caso, gran parte del trabajo se desarrolla en horario nocturno. Así pues, en tal apartado cabe catalogar el sucedido en la visita a la casa de las Geishas, que Borrego tomó por putas y hasta hubo de intervenir la embajada, convocada apresuradamente por Pizarro cuando entendió que se lo llevaban, para sacarlo de la comisaría tras mil y una dificultades.

         También como tal cabe incluir cierta discusión entre don Antonio (siempre tan caballero) y un estúpido taxista que quería cobrar lo que no está escrito.      El Vocal de Utillaje y Ferralla, negándose bravamente a abonar una factura que todos consideraron desorbitada, arremetió contra el sujeto en cuestión y hasta hubo de intervenir la embajada, convocada apresuradamente por Pizarro cuando entendió que se lo llevaban, para sacarlo de la comisaría tras mil y una dificultades.

         —Que dice que es que él es así —tradujo Martín, que era el único que lo entendía cuando la tenía bien cogida.

         —Dile que si otra vez tiene que pagar lo que sea, que lo pague —instruía un enfurecido Pizarro—; al fin y al cabo, el dinero es de la Rejunta; y al momento:— ¿Qué ha dicho?

         —Que dice que él es así —tradujo Martín.

         Pizarro:

         —¡Maldita sea!

         Pizarro, por lo medio bajo, furioso perdido:

         —¡Un tonto de los malditos cojones!

         Martín, empezando a traducir algo que había tartajeado Antoñito:

         —Que dice que él es...

         Pizarro:

         —¡Ya, ya, ya, pero maldita sea!...

         Después a la mañana siguiente, cuando le cuentan lo que había pasado, don Antonio aún intenta justificarse:

         —Es que si hubiera sido mi dinero, me callo; pero siendo el de la Rejunta, ¡me subleva!

         —Claro.

         —Sí, porque es que yo soy así...

         Aunque nadie parece interesado en averiguar cómo es, semidormidos en el avión que los trae de vuelta, rendidos, derrotados por tan exasperante ajetreo y tan cansina faena: que no saben los ciudadanitos de a pie lo dura que puede ser la labor del político.

         No han pasado tres meses y Pizarro, como Director General comunica la necesidad de una urgentísima refinanciación; les dice:

         —Ni un puto real. —Y amplia su memoria económica:— Vamos, que no queda ni la telita de araña. —Sin embargo, brillante gestor que es, les presenta la solución:— Por eso vamos a solicitar una refinanciación a la Rejunta.

         Todos saben que se les concederá por dos motivos: 1) la fabricación de jaulas para grillos sigue siendo un valor en alza dentro de la perspectiva de reconversión empresarial andaluza; 2) el organismo rejuntero que concede las mencionadas refinanciaciones es la Consejería de Progreso, Sabiduría y Empresa, precisamente la que hace lo que Pizarro les indica.

         Dice don Antonio:

         —Yo quiero hacer notar que sólo participo con el veinticinco por ciento.

         Le mira Pizarro y no comprende:

         —Sí. ¿Y qué?

         —Pues que es mi departamento el que abrió las puertas de la Rejunta a esta empresa que tan floreciente se ha mostrado y tantos beneficios ha dado a nuestra región.

         —Sí. ¿Y qué?

         —Pues que deseo que se me amplíe este porcentaje.

         Le mira Pizarro largo rato. Luego pregunta:

         —A costa, claro, de rebajarnos el nuestro, ¿no?

         Don Antonio, que no lo ha pensado desde este punto de vista, titubea por primera vez:

         —Bueno, tal vez, sí, o no. Pero lo cierto —les hace notar en un intento desesperado por recobrarse— es que si no es por mi perspicacia comercial no estaríamos aquí.

         Todos callan y miran a Pizarro.

         —Estás en la puta calle —sentencia éste al fin.

         Todos quedan espantados por la crueldad y sencillez de la maniobra y hacen esfuerzos por ver de hacer cambiar la decisión del Director Gerente; al cabo:

         —Mira —decide el gerifalte por fin—, te voy a hacer un favor y hasta puede que me arrepienta luego; pero te lo voy a hacer. —Entonces le espeta que va a ser sometido a un ERE.

         Don Antonio, que aún no sabe lo que es esto pues es la primera vez que lo oye de boca de alguien, en este caso de Pizarro, queda perplejo. Hasta que éste lo explica a la asamblea:

         —Este tío —señala despreciativamente hacia don Antonio, a cada instante más Antoñito— piensa en él más que en Andalucía. Consecuencia, no merece estar con nosotros tirando del carro de la economía regional. —Todos callan despavoridos en la pausa expectante—. Sin embargo, sin embargo, el partido no abandona a quienes lo abandonaron. Por eso le hago el beneficio de u ERE.

         —¿Y eso qué es, primo?

         —Pues eso es, Borrego, que le hago objeto de un Expediente de Regulación de Empleo: lo echamos a la puta calle, le damos un dinero que nos proporciona la Rejunta para estos casos, y nosotros seguimos adelante con nuestro propósito, con nuestro programa, con nuestra tarea de redención de la economía y del... —Etc., etc.

         Antoñito, que ha empezado a vislumbrar alguna de las ventajillas de su nuevo status:

         —¿Puedo hacer una pregunta?

         Así se entera de que ya no pertenece a la empresa ATASA por jubilación anticipada; de que cobrará una retribución mensual por dicha jubilación; que, por supuesto, seguirá desempeñando y cobrando su cargo actual “mientras no píe y no joda”, en palabras de Pizarro.

         Luego, ya en su despacho, Antoñito se lamenta con Arfonsito:

         —¡Ay, hijo mío! ¡Y qué ingrato es el servicio a la patria!

         Arfonsito:

         —Jefe, ahí fuera está uno que dice que tiene algo sensacional.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe. Dice que va a quitar el paro del todo.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe. Del todo, del todo.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe.

         —¿Y cómo, hijo mío?

         —Con una fábrica, jefe.

         —¿Cómo?

         —Destripando conejos para hacer panderetas.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe. Zambombas también, jefe.

         Se oye la risita idiota. El pueblo llora de hambre y frustración. Telón y final.