EL EFECTO RUBALCO, según el SIS
 
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Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, organismos, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto.
 

 

         Es que lo estoy viendo: el Director del Servicio de Investigaciones Sociológicas (SIS) al teléfono, sentado en su despacho, firme como una vara él, y venga a decir “Sí, señor, Sí, señor, Sí, señor...”, así, sin parar. Con breves intervalos. Luego, tras colgar, llama a su secretario y le da las instrucciones que le acaban de dar a él:

         —Hay que publicar los resultados de la última investigación...

         —¿Investigación o encuesta, jefe? —el secretario, puntilloso él como conviene a su puesto.

         —Encuesta, mejor encuesta.

         —¿Los resultados, jefe?

         —Eso es, los resultados.

         —Primero hay que hacerla, jefe.

         —¿Hacer qué?

        —La encuesta, jefe. —Entonces se lo explica:— El procedimiento, jefe, es que primero se hace la encuesta y después se publican los resultados.

         —¡Pero, hombre, Nicanor, no hay que ser tan puntilloso! —Le guiña un ojo—. Nosotros vamos a invertir el procedimiento, ¿comprendes?

         —No, jefe.

         —¡Ah, no? Me parece que no haces nada más que poner pegas...

         Hasta el mismo Nicanor percibe cierto tonillo amenazador por lo que recoge velas al instante, al fin y al cabo su misión no es dictar el procedimiento sino aplicar el que le digan y amén.

         —¿Campo, jefe?

         —Amplio, muy extenso.

         —¿Dos millones de encuestados, jefe?

         —¡No seas desvergonzado, Nicanor! Pon... dieciséis mil, por ejemplo.

         —Dieciséis mil. ¿Espectro?

         —¿Y eso qué es, Nicanor? —un tanto molesto.

         —Pues viejos o jóvenes.

         —De todos. —Viendo en el rostro de su subordinado que la siguiente cuestión está al caer, esto es, “¿Tanto por ciento de cada?”, se adelanta:— A tajo parejo.

         —Eso quiere decir que se...

         —Exacto, eso quiere decir eso. —Es la ventaja de ser el jefe: puedes cortar por donde quieras y dejar a cualquier marisabidillo con dos palmos de narices. Es lo que hace ahora:— Mira, no hace falta que me des la castaña con los detalles técnicos; yo sólo quiero una encuesta que tenga la apariencia de ser lo más fiable posible, ¿entiendes?

         —O sea, que parezca de verdad, ¿no?

         —O sea. Como tú dices.

         —O sea...

         —¡O sea que la gente se la crea, coño!

         Con esto, con el coño, deja sin argumentos a Nicanor que, simulando estar herido en su amor propio, adopta la pose del subordinado competente pero ofendido en su orgullo y amor propio profesional.

         “¡Enteradillo de los cojones!” —casi articula el Director. Le fastidia que un técnico se crea que sabe del asunto más que él por el simple hecho de que a él lo ha puesto en el sillón y despacho el dedo de un político; al subordinado, unas oposiciones, ¡que, a lo mejor y seguramente, hasta están amañadas y todo! ¡Engreídos de mierda todos, eso es lo que son!

         Dominándose, que por ello es también político, le suelta:

         —Los resultados te los doy yo ya, toma nota.

         Saca Nicanor un libretita de su maletín y se queda mirando a su jefe.

         —Uno: Rubalco es más guapo que Marlon Brando.

         El subordinado, asomando una pizca de lengua por la comisura de los labios y entre dientes, repite mientras pasa al papel los resultados de la encuesta:

         —...que Marlon Brando.

         —Eso es. Dos: Rajao es más feo que Picio.

         Levanta la cabeza Nicanor:

         —¿Rajao? —le mira perplejo.

         —¡Sí, hombre, sí, Rajao!

         —¿Y qué tiene que ver el señor Rajao aquí, jefe?

         —¡Pues tiene que ver porque te lo digo yo y basta! —Le mira un instante con todo el desagrado del mundo:— ¿O es que no es bastante?

         Nicanor, la cabeza nuevamente agachada, el lápiz atareado afanosamente sobre el papel, la pizca de lengua a lo suyo:

         —Don Rajao es un hijoputa.

         —¡No, hombre, no; un hijoputa, no! ¡Más feo que Picio! —Ahora es cuando ya no puede más y le grita:— Y además, no le llames don Rajao. Rajao a secas y ya está. —Entonces cae en la cuenta de que a Rubalco no le ha puesto don delante y al Rajao sí: la sangre socialista le hace ver todo rojo y se descontrola, ahora sí:— ¡Bueno, pero es que no me escuchas, so tonto de la leche!

         Nicanor, sin cesar en su escritura, sigue con su rezadera entre dientes:

         —...so tonto de la...

         —¡Para, para, para! —Al instante, como el otro continúa en lo suyo, totalmente absorto, incrementa la calidad de los gritos:— ¡Nicanor, leche, para de una vez! —Lo que Nicanor hace y se le queda mirando de hito en hito, perplejo, expectante.

         El Director, sabedor de que la mejor manera de hacer algo es hacerlo uno mismo, arrebata lápiz y libreta a Nicanor, que queda de mero espectador, y se aplica él mismo a redactar los resultados de la encuesta. Cuando, tras mucho leer, mirar, escribir, tachar, remirar, considerar, lamer la punta, estimar, tachar, escribir y eso, queda satisfecho, entrega la libretita a Nicanor y ordena tajante:

         —Lee.

         Nicanor:

         —Resultados de la encuesta del 31 de julio de 2011 efectuada sobre una panzada de gente lista y totalmente imparcial de este país. Uno: Rubalco es más guapo que Marlon Brando; Rajao es más feo que Picio. Dos: Rubalco se ríe de corazón; Rajao se ríe de dientes para fuera. Tres: Rubalco es calvo de tanto pensar en el bien del país; Rajao no sólo no es calvo sino que, además... —Levanta Nicanor la cabeza:— Jefe, esto no se lo cree nadie.

         El Director:

         —¡Ah, no? ¿Y me puedes decir por qué no, so enteradillo?

         —Sí, jefe. Lo primero es que en una encuesta no se puede utilizar la expresión “una panzada de gente de este país”.

         —¡No me digas! ¡El señor dice que no se puede decir, mira ahí! —Le mira con toda su idea:— Vaya, ¿y por qué no, señor sabelotodo?

         —Pues porque hay que indicar la cantidad de gente a la que se ha aplicado la encuesta.

         —¿Eres tonto o qué? ¡Pero si lo digo: una panzada! —Le señala el papel:— Míralo, lo pongo ahí.

         —Pero una panzada no es una cifra determinada, jefe, como dieciséis mil trescientas, por ejemplo, sino una cantidad indeterm...

         —¡Ay, ay, ay! ¡Que me parece que ya te estoy calando: a ver si es que resulta que vas a ser una especie de infiltradillo de las derechas! —Mira al techo—. ¡Ay, Dios mío —sin acordarse en su tribulación de que es ateo—, pero si es que es que no sabéis qué hacer para que las encuestas os resulten favorables! —Mirada intensa, preñada, alevosa. Explosión final:— ¿Por qué no os ponéis a trabajar por el bien del país en lugar de infiltraros a tración, so jodidos?

          Le cuesta a Nicanor el oro y el moro convencer a su jefe que no es éste el caso, que él es un fiel servidor de la administración y que, por supuesto, está de acuerdo con él en que una panzada es una cantidad. Dos panzadas, el doble. Punto.

         Al cabo, y pese a la desconfianza semioculta del Director, éste, aunque no convencido del todo, consiente en que Nicanor reemprenda la lectura; cosa que el subordinado hace y arranca desde el punto en que la abandonó minutos antes:

         —Tres: Rubalco es calvo de tanto pensar en el bien del país; Rajao no sólo no es calvo sino que, además, no se cepilla los dientes. —Levanta Nicanor unos ojos suplicantes, mira a su jefe, nadie dice nada y, tragando la poca saliva que tiene en la boca, observa:— Jefe, ¿no le parece que estaría mejor si pusiéramos los tantos por ciento?

         —¿Y eso qué es?

         Inseguro, pues conoce los riesgos que encara con cualquier iniciativa que plantee a persona de tal talante, Nicanor se arriesga por el buen nombre del SIS:

         —Pues, por poner un ejemplo, aquí, en el tres se especificaría: el sesenta y tres por ciento piensa que Rubalco es calvo perdido de tanto pensar en el bien del país, mientras que el quince coma siete por ciento...

         —¡Cómo que piensa! ¿Has dicho que piensa? ¡No, señor! ¡Sabe! ¡Sabe que Rubalco que Rubalco está calvo de tanto pensar...!

         Sigue así y Nicanor arrepentido ya no vuelve a abrir el pico sino que a todo asiente y hasta alaba ocasionalmente el gracejo y donaire con que se ha efectuado la encuesta así como la competencia e idoneidad de los puntos sobre los que se ha elaborado la misma.

         Con tal aval, o sea, el del técnico, va nuestro buen Director y telefonea al Rubalco; le dice:

         —Tenemos la encuesta elaborada, aplicada, estudiada y a punto de caramelo.

         —Tráemela —dispone éste, candidato es. Y allá que sale a calzón quitado nuestro buen Director del SIS hacia su despacho para presentársela.

         —No puedes poner una panzada —es lo primero que Rubalco le hace ver—. Ya sé que una panzada de gente es una panzada de gente; pero en una encuesta no se debe poner. No queda bien —sentencia.

         El Director:

         —Se lo dije, mira que se lo dije.

         Rubalco, ahonda:

         —No queda científico.

         —La misma palabra que yo usé.

         —Es mejor utilizar un número, por ejemplo, dieciséis mil trescientas personas...

         —¡Jesús, el mismo número que le dije! —Se explica:— Es que tengo un secretario de Servicio que no sabe dónde tiene su mano derecha; le digo, palabras textuales, “no me pongas una panzada de gente, no me pongas una panzada de gente porque no es científico”, me doy la vuelta y, ¡cataplún!, allá que me lo pone, el muy jodido aprovechando que yo me estoy anudando la corbata para venir aquí.

         Rubalco:

         —Eso es porque es pájaro de derechas.

         —¡Justo lo que le dije!

         —Échalo.

         El Director, lamentoso:

         —No puedo, es funcionario.

         —Bueno, pues ármale un expediente.

         —No puedo, se me va al sindicato.

         Rubalco:

         —¡Y qué si va al sindicato? ¿Para que estamos pagando a los sindicalistas sino es para que hagan lo que les decimos? —Siendo candidato, como es, aprovecha el momento para exponer un punto de alta política al Director:— Mira, nosotros pagamos a los sindicatos, les damos dinero a sus jefes, a manos llenas, ¿eh?, a sus jefecillos, a manos llenas. ¿Para qué? ¡Ah, pues para que cuando les digamos come aquí —extiende la mano con la palma hacia arriba—, pues coman, ¿comprendes? ¡Dame, dame el nombre del pájaro este que hoy mismo se va a cagar por las patas abajo!

         El Director hace lo posible por disuadir a Rubalco, sabedor en el fondo de que el culpable de la masacre no ha sido Nicanor sino él, pero Rubalco ha olido a derechas y no cede. De manera que al final se ve obligado a mascullar:

         —Nicanor.

         —Bien, antes de irte dale a mi secretario los datos y filiación completa de este pajarito, que hoy mismo nos lo comemos frito.

         Entonces pretende seguir con la lectura de los resultados de la encuesta; de hecho empieza a seguir con ellos pero apenas ha leído un par de frases cuando ya está de nuevo negando con la cabecita pelada y chasqueando su descontento con la lengua:

         —No, no, no. Otra vez tu secretario. Seguro. Mira, no puedes decir que la gente a la que aplicas la encuesta es gente lista e imparcial.

         —¿Ah, no?

         —No. —Se explica:— Para empezar, tú no sabes si la gente a la que aplicas la encuesta es lista o tonta, espabilada o cristiana, ¿comprendes? —Le deja unos segundos para que cale en el Director del SIS la teoría—. Tú sabes si es rubia o morena, negra o blanca, alta o baja y eso, o sea, su apariencia física; pero cómo es por dentro, no; eso no lo sabes, no. Seguro. —Le mira con aquellos ojuelos de víbora resabiada:— ¿Tu secretario, no?

         Claro. ¿Quién si no? El Director se lo hizo notar en su momento una y otra vez, pero luego se dio la vuelta y, ¡cataplún!, allá que se la jugó, el muy jodido.

         Por supuesto. Pero es que, además, hay otro punto que le salta al ojo agudo del candidato Rubalco y casi se lo salta; que dice:

         —¿Imparcial?

         —Sí. —Como los ojuelos le taladran en silencio, el Director:— Es para que la gente vea que no hacemos trampa con la encuesta y vamos por ahí consultando sólo a los nuestros, o sea, a los de izquierdas.

         —¡Ah, ya! Quítalo.

         —¿Que lo quite?

         —Eso es: lo quitas. —Entonces, con una pizca de cachondeíto, a lo que se le antoja, el Director escucha como Rubalco le pregunta:— No te lo habrá indicado también tu secretario, ¿no?

         Desde entonces en adelante la reunión con el Rubalco va de mal en peor; cuanto más se empeña el Director en rebajarse ante él, más fuerte le arrea el otro con el pie en el culo agachado. Todo figuradamente, claro. De modo que cuando más tarde regresa a la sede del SIS va con la moral por los suelos y un nuevo papel en la mano.

         En el papel está, tachada, casi toda su primera redacción; validadas sobre las tachaduras, la mayoría de las observaciones y peros de Nicanor por mano de Rubalco. Lo peor de todo, las últimas palabras de Rubalco cuando ya el Director salía de su despacho:

         —¡Ah, y felicita a tu secretario de mi parte! Dile que, ¡buen trabajo! Por cierto, no hace falta que dejes el nombre a mi secretario, creo que lo sé ya.

         Apenas nuestro Director se ha sentado en su poltrona y se ha secado el sudor, manda llamar a Nicanor:

         —Pues claro que te he llamado. —Entonces:— Pues claro que es por el asunto de la encuesta. —Entonces:— Mal, muy mal; por suerte nos hemos dado cuenta de unos cuantos detalles que se te han pasado inadvertidos y los hemos podido arreglar. —Entonces:— Ten, ésta es la redacción definitiva de los resultados de la encuesta.

         Le hace entrega del papel que Rubalco ha escrito. Nicanor lee:

         —Resultados de la encuesta aplicada sobre un horizonte aleatorio de dieciséis mil trescientas personas entre los días 26 y 28 de julio de 2011: uno) un ochenta y cuatro coma veinticinco por ciento de los encuestados creen que Rubalco es más guapo que Rajao; dos) un setenta y siete coma cincuenta y ocho por ciento de los encuestados creen que Rubalco es más alto que Rajao; tres) un noventa y siete coma cuarenta y nueve de los encuestados creen que Rubalco sabe cantar mejor que Rajao; cuatro) un ochenta y cinco coma siete por ciento de los..., etc.

         Cuando acaba, Nicanor levanta la vista:

         —¿Distribución normal?

         —Intensiva —especifica el Director.

         —¿Y eso qué es?

         Aquí es donde estalla toda la ira frustrada del Director y, al mismo tiempo, su temor ante alguna velada amenaza de no sabe dónde, caso muy usual en los regímenes dictatoriales socialistas tipo los Castro, Stalin, Chávez, Chaves, etc.

         —¡Eso es lo que a mí me da la gana que sea! —Extiende la mano como Colón en las alturas y— ¡Fuera! —chilla.

         Absolutamente fuera de sí.

         Esa misma noche ya se ve en los hogares de todo el país los resultados de una encuesta realizada por el SIS. En ella se destaca la belleza, voz, presencia, etc., de Rubalco sobre los mismos parámetros en Rajao. La gente comenta y habla sin cesar de ello:

         —Oye, ¿a uno de estos no le dicen el avutarda? —Otro:

         —¡No es el avutarda, es el gallina! —Otro:

         —¡Sí, el gallina y el ave del paraíso! —Otro:

         —¡No es el ave del paraíso, es el avestruz!

         —¡Eso es, el avestruz, el pájaro que esconde la cabeza y no quiere saber nada de nada en cuanto ve peligro!

         —El cagao le llamamos a ése en mi tierra.

         —Pues el SIS dice que canta muy bien.

         —¡Pues ya podía empezar a cantar de una vez, a ver si nos enteramos de todo el asunto!

         Otro, en otro sitio:

         —¡Es que no hay derecho! ¿Cómo van a echar a éstos a la calle, los pobres, si no saben hacer otra cosa que engañar?

         —Es que se creen que sólo ellos lo saben hacer.

         —Pues sí que saben: cogen al país con pleno empleo, casi, y lo sueltan con pleno desempleo, casi.

         —¡Oye, pues no parece que quieren darte la impresión de que nos vayamos a la ruina si los sacamos del gobierno!

         —¡No, si a la ruina nos vamos si no los sacamos!

         Rubalco, en su despacho:

         —Dime, espejito, ¿hay otro más guapo que yo?

         —¡No, no, que me romperás!

         Rubalco:

         —Llámame Al, vida.

         Nicanor, a su mujer:

         —Pandilla de sinvergüenzas.

         Su mujer a Nicanor:

         —Come y calla.