EL CORTIJO DE PAPI

 
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Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, organismos, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto.

 

         —¿Te diviertes, Juanito?

         —Mucho, papi, mucho.

         —Eso está bien, hijo. Ahora vas a venir un momento que te quiero presentar a un amigo mío.

         —¿Quién es, papi?

         —Un amigo.

         De manera que allá va el nene tras el gran cabezón de su papi, que es fama en la región por lo abundoso que lo tiene. Resulta que el amiguito de papi es tipejo graciosísimo; bigotes a lo gúrtel, ojos a lo Sandokán, sonrisa de plástico, corbatita roja como corresponde.

         —Aquí mi amigo —explica Manolo a su retoño— te va a dar un trabajito en su empresa.

         Juanito, más contento:

         —¿Un trabajito, papi?

         Mueve el cabezón papi:

         —Un trabajito, nene.

         El nene tiene treintipico ya, está de buen ver y gasta pinta moruna.

         —Bueno —dice al recién presentado, Rodrigo se llama—, a mí lo que me gusta no es el trabajo sino el ganar mucha pasta.

         Le ríe Manolo la gracia a su nene. Rodrigo, más; que dice:

         —Conmigo vas a ganar más pasta de lo que piensas.

         —Bueno, pero tú también, ¿eh? —subraya Manolo.

         Todos ríen. La fiesta sigue.

         Luego, se presenta Juanito en el negocio de Rodrigo, a quien, según se ha enterado, llaman el Aceitero; éste lo recibe como se merece y al poco ya están encerrados en su despacho. Cuando Juanito sale de allí es un hombre nuevo: camina sobre nubes, sonríe como idiota y sueña, sueña, ¡sueña en euros y más euros y todavía más que son pocos!

         De lo que aún no se ha enterado es de por qué. O sea, qué tiene él que hacer para ganarlos. No obstante, sea lo que sea no puede ser muy difícil: ya se ha encargado él de señalar que no piensa madrugar.

         —Es que yo, cuando madrugo —ha explicado a los oídos atentos y amables del Aceitero—, me pongo de muy mala leche. —Luego, al pensar que quizá no debería haber hecho uso del vocablo “leche”, más que nada por la mala impresión que a lo mejor puede dar en una primera entrevista con su futuro patrón, ha cuidado de añadir a renglón seguido:— Con perdón por lo de leche, claro.

         El Aceitero:

         —Claro. —Más receptivo, simpático, comprensivo. Hasta tal punto causa en Juanito una impresión favorable que, en un momento dado de la reunión, éste le confiesa que venía con miedo a la entrevista.

         —¿Por qué? —inquiere perplejo Rodrigo.

         —Porque como mi papi es medio moro. —Éste, más perplejo aún:

         —¿Y qué?

         —Pues que un tocayo tuyo la tenía tomada con ellos, con los moros digo, y yo pensé que a lo mejor tú también.

         Tarda un rato y la tira en caer el Aceitero y, cuando tal hace, se apresura en tranquilizar a Juanito:

         —¡Ah, ya entiendo! No, no, no. Verás, a lo que parece y si no recuerdo mal yo, el que la tenía tomada con los moros era un tal don Pelayo; no Rodrigo. Don Pelayo. Don Pelayo Díaz de Vivar. Yo no: yo, si tienen dólares o petroeuros, les beso su culo infiel si hace falta y a mucha honra. —Sonriente, reconfortante—. Y si me lo piden hasta les canto una sardana. —Reflexiona:— A dos voces si se empeñan, fíjate.

         Más tarde el Aceitero va por las dependencias de su negocio descojonado perdido; cuenta la ocurrencia de Juanito y las lágrimas le ruedan mejillas abajo por la risa que le acomete, cada vez más virulenta e incontenible.

         A su padre, cuando lo ve, no. Quiero decir que no le cuenta la ocurrencia del retoño. Muy al contrario, su conversación es ajena totalmente a moros y cristianos:

         —El siete por ciento —le suelta Manolo. Por el tono se intuye que es firme y que está hecho a los tratos de alto nivel.

         —¡Pero, hombre, Manolo, el siete por ciento es imposible! Cualquier cifra por encima del tres me hace perder dinero, por mucha recalificación del solarcito que te inventes con el cuento ese de la I más D más h.

         —Más h, no; más i, no la mayúscula, no, que esto es importante, sino la pequeñita, la romana: i romana.

         —No, romana no: será latina, que a la chiquitita le dicen latina; i latina. —Reflexiona un tanto y concede:— Bueno, pues i; pero pierdo dinero. —Que sabe que es mentira pues él, de perder, nada de nada.

         Al poco ya se han puesto de acuerdo como si gitanos fueran: el cinco para Juanito, dos millones por el solar para la Rejunta, y tan contenticos los tres. El que más, el nene, que, sin comerlo ni beberlo, se ha encontrado con un pedazo de comisión que está que revienta de contento. Su padre:

         —Pues será porque trabajas bien. —Juanito:

         —¡Pero si no hago nada, papi, nada! —que él dice “na”.

         —Algo harás cuando te da esa comisión.

         —Pues no sé, pero yo no hago nada —que él dice “na”. Maravillado. Y de ahí no hay quien le saque.

         Es que, como proclama Manolo:

         —¡El suelo tiene que ser para moverlo! —que quiere decir:— ¿Quieres construir? ¡Pues aquí tienes suelo! —que quiere decir:— ¡Mientras yo sea jefe de la Rejunta nadie se ha de quedar sin su cachico correspondiente! —que quiere decir:— Nadie de izquierdas, claro.

         Claro.

         Claro, todo el mundo es de izquierdas. El primero Rodrigo; que proclama:

         —¡El gallo es mi señor! —y por donde quiera que va, allá que va enseñando a Juanito como la octava maravilla que fuese. Juanito, más contento:

         —Yo quiero mucho a tite Rodrigo porque tite Rodrigo me da mucha pasta.

         Tite Rodrigo venga a reír. Observa, por entre las risas, observa:

         —Sí, es que es medio pariente de Julián Muñoz, que también tiene querencia por la pasta. —Y añade:— Debe de ser por algún ramalazo de sangre italiana. —Y explica, orgulloso:— Desde los tiempos de don Pelayo no se había visto tanta maravilla por aquesta campiña. —Se refiere a la sevillana; y hace uso del término aquesta para que se vea que él es así de instruido.

         El nene, esto es, Juanito, venga a mirarle con cierto recelo pues acaba de nombrar a la bicha en la casa del ahorcado:

         —Tite, no digas ese nombre, que me pongo triste...

         El Aceitero, cayendo al instante en que debe mimar y hacer objeto de obsequio y agasajo a la tierna fuente de su actual prosperidad:

         —¿Qué nombre? ¿Don Pelayo? ¡No temas, Juanito, que aquí está don Rodrigo que te sacará victorioso en esta batalla de Lepanto que juntos encaramos con ánimo alegre! —Hace ademán de mover una cimitarra de lado a lado como atajando crismas de Pelayos en una incierta batalla en la que, no obstante, gracias al poderío de su brazo, han de salir ganadores Juanito y él; mientras subraya a cada cuchillada:— ¿Ves? —cuchillada— ¿Ves? —cuchillada— ¿Ves? —y así.

         Juanito venga a aplaudir, entusiasmado perdido.

         —¡Ha matado por lo menos a treinta mil cristianos! —le cuenta luego a papi. Papi, en el fondo, orgulloso perdido también. Más que su retoño: ¡El no infiel, cabeza al saco!

         Así que cuando Rodrigo le indica que ya tiene un edificio de nada y menos que ha ido levantando en nada y menos en el solarcito de marras, Manolo reacciona como conviene, y le hace saber:

         —Pues mira, yo te voy a dar una subvencioncita a fondo perdido.

         Rodrigo, sorprendido gratísimamente:

         —¿Perdido?

         El cabezón, esto es, Manolo:

         —Del todo. —Añade a modo de esclarecimiento:— Es que te portas muy bien con mi Juanito.

         Rodrigo, sin acabar de creer aún lo que ha escuchado:

         —Pero... ¿perdido... perdido?

         Manolo, fachendoso:

         —Del todo, del todo. ¡Hala, diez millones!

         Como si fuera dinero suyo, en cuyo caso sí le dolerían; pero como son de la Rejunta, parte y reparte y no le duelen prendas. Pues tiene el convencimiento firme e interno de que este dinero no es de nadie; caso de ser de alguien, suyo, que para eso lo han votado.

         Luego, cuando entre varios que por allí pasan logran sacar a Rodrigo del telele (o bitango, que esto no te sé decir) en que ha caído de repente, éste no para de balbucear:

         —¿De euros? ¿De euros? ¿De euros?... —Así. Oye, ¡y que entre todos no son bastantes para sujetarlo! ¡El muy jodido se ha empeñado en besarle los pies al papá de Juanito. Fíjate cómo es que ni siquiera ceja en su propósito (ése del besuqueo pezuñero) ni cuando Manolo le indica que, como es lógico, Juanito espera su diez por ciento.

         —Como es lógico —subraya al acabar.

         —Como es lógico —corea el otro hecho un mar de gratitud. Gruesos lagrimones de reconocimiento, grandes como piojos reventones, le caen mejillas abajo.

         —¡Papi, papi, mira, mira, tela, tela! —chilla Juanito al llegar a casa aquella noche.

         Su papi ¡más contento! Más que nada, de ver a su hijo alegre.

         A la mañana siguiente llama Manolo a su secretario y ordena que le sea dispensada a Rodrigo subvención inmediata a fondo perdido por importe de diez millones de euros.

         —¿Lo llevamos a la cámara, jefe? —pregunta el subordinado en referencia al parlamento de la Rejunta; más que nada, por preguntar. Porque la respuesta ya sabe que va a ser la de costumbre:

         —¿Para qué? No tiene sentido: la oposición ni se entera de lo que pasa. Panolis alelados todos. El que más, el de la guitarra. ¡Menos mal que no llevan las cuentas ellos porque la región se iría al garete! —Risa coreada y bien recibida por unanimidad, según corresponde a graceta (o sea, gracia sin gracia que hay que reír) de jefe.

         No caen, como es lógico, en pedir a Rodrigo solicitud para la concesión de la subvención. ¿Para qué? Todos se conocen y, por consiguiente, ¿a qué tanta formalidad sin sentido? ¡La razón del gobierno regional es acercar la administración al pueblo, no? Pues, eso, agilidad, diligencia, operatividad.

         Entonces resulta que por la mañana ¡aparece todo el asunto en la prensa!

         —¡Maldita sea, quiénes son esos hijos de puta? —clama Manolo en su irritación; y llama a su jefe de gabinete de Prensa y Propaganda que se persone ante él ipso facto— ¡Que quiere decir ya! —añade, no muy seguro de que la pandilla de borricos que tiene comprendan la urgencia del asunto. Cuánto menos lo del ipso facto.

         —Ni idea, excelencia —le contesta éste apenas cesa Manolo en su griterío—. Todos los medios de comunicación los tenemos comiendo en la palma de la mano; a éste también —refiriéndose al medio en cuestión y cuya portada se le ocurre mostrarle con la noticia ominosa desplegada a toda pastilla. Se da en ese momento cuenta de que su jefe se empieza a poner abermellonado, y especula:— A lo mejor es un desesperado que va por libre o un despiste; tontos hay en todas partes. —Más que nada por decir algo.

         —¡Despiste? ¿Dices despiste? —a grito tan pelado que su jefe de gabinete teme que de ésta no salga.

         Más tarde, recuperado en algo el ánimo, Manolo telefonea al Aceitero y se lo hace saber y se lo explica:

         —Pues sí, te he tenido que hacer yo mismo a calzón quitado la solicitud para la subvención... —aunque las palabras de Rodrigo no parecen sino irlo encendiendo de nuevo:— ¡Pues hijos de su madre que hay en todas partes, quién va a ser! ¡Se creen que lo oficial es suyo y cuando menos te lo esperas te sueltan la coz!... ¡Sí, ha sido un idiota del que ya nos hemos ocupado!... ¡Cómo que dónde; pues donde tiene que estar: en la puta calle y sin peligro de que vuelva a meter la pluma!... ¿Cómo dices?... Bueno, sí, la pata... —Entonces se ve que el otro, Rodrigo, orienta ahora su preocupación por el asunto de la subvención en sí y su evolución en el futuro inmediato; de modo que lo tranquiliza:— No, no, respecto a eso no hay ningún problema... Pues sí, he hecho un garabato y ya está... ¡Yo qué sé cómo firmas tú! Pero, oye, que es igual; eso no lo va a ver nadie; es sólo por si acaso...

         Con lo cual acaban riendo ambos y, a la postre, todo el asunto queda en la consiguiente irritación y, más a la postre, en simple anécdota:

         —¿Para mí?

         Juanito asombrado totalmente. Rodrigo, en su papel de jefe de empresa responsable, como debe ser, confirma:

         —Para ti.

         Juanito, con los ojos perplejos clavados en la cantidad que le muestra el talón nominativo que le acaba de entregar tite Rodrigo:

         —¿Y qué he hecho esta vez?

         Tite Rodrigo ríe la gracia y acompaña hasta la puerta al nene con grandes muestras del mucho afecto y consideración que le dispensa:

         —Tu trabajo es tan bueno en calidad y cantidad que, a veces, me asustas, Juanito. Estoy de contento contigo; pero, ¡si es que eres hasta guapo! —lo cual es una exageración evidente y absolutamente falsa.

         En casa ya, el nene muestra el talón a papi. Pero éste, al contrario de otras veces, se va para el teléfono talón en mano, lumbre en la boca y un volcán en el pecho que empieza a echar fuego apenas al aparato Rodrigo:

         —¡Ni hablar, nada de talones: bolsas de basura!... ¡Ni hablar, nada de excusas: si no quieres que esta subvención sea la última, mi parte en contante y sonante! —Y cuelga con tanto brío que el teléfono queda pitando inexplicablemente hasta que, de repente y sin dar cuenta ni razón alguna, se para—. Ha sido un despiste de Rodrigo —aclara a su nene. Que al mediodía siguiente llega con una bolsa de basura colgada al hombro.

         —¡Papi, papi, mira, mira, me la ha dado tite Rodrigo!

         Que es con quien luego se las entiende:

         —Hombre, Manolo, un error lo puede tener cualquiera. Mala intención contigo yo, no. —Se lo repite una vez y otra y otra más de distinta manera y al final el Aceitero consigue aplacarle hasta cierto punto; entonces, para ver de rematar la faena, propone:— Si tu Rejunta me arrendara el local, no sería mal asunto.

         —¿Mal asunto para quién? —con las orejitas tiesas en su cabezón de concurso, pues el olor de la tela es algo para Manolo como la campanita aquella en el asuntillo de la comida y los perros.

         —¿Tú qué crees?

         —¡El siete por ciento!

         —¡Pero, hombre, Manolo, el siete por ciento es imposible! Cualquier cifra por encima del tres me hace perder dinero.

         —El siete por ciento y te recalifico la funcionalidad logística del local como I más D más i romana.

         —No, romana no: latina, que a la i chiquitita le dicen latina; i latina. —Reflexiona un tanto y concede:— Bueno, pues i; pero pierdo dinero. —Que sabe que no es verdad pues él, de perder, nada de nada.

         Al poco ya se han puesto de acuerdo como si gitanos fueran: el cinco para Juanito, dos millones y medio anuales en alquiler como sede de Obras Públicas y Transportes de la Rejunta, y tan contenticos los tres: alegre, Manolo, por el buen servicio prestado a la Hacienda Pública; más alegre, el Aceitero, que ha visto perplejo cómo su oferta inicial de dos millones año se la ha subido Manolo a la final de dos y medio; el que más, el nene, que, sin comerlo ni beberlo, se ha vuelto a encontrar con otro pedazo de comisión que está que revienta de contento. Y satisfecho a más no poder se lo dice a papi:

         —Pues yo no lo sé pero, según este dineral que me da tite Rodrigo, se ve que trabajo muy bien. —Y le explica por qué ha llegado a esa conclusión:— Si no, el tite no estaría así de contento conmigo y no me lo daría.

         Su padre:

         —Claro, hijo mío, claro, es eso, que trabajas muy bien.

         —¡Y el caso es que no sé ni cómo lo hago, papi, porque es que no hago nada, papi, nada, nada, nada! —que él dice “na”.

         —Algo tienes que hacer cuando está así de contento.

         —Claro, pero yo no hago nada —que él dice “na”. Maravillado. Y de ahí no hay quien le saque.

         El alquiler continúa durante cuatro años; o diez millones de euros que la Rejunta paga religiosamente, que es lo mismo. No más. Al quinto, Manolo, prudente hasta en los despilfarros:

         —Te he llamado porque el local se ha quedado pequeño para sede de Obras Públicas y Transportes.

         —¡Ah, sí?

         —Sí. —Deja que la nueva cale en el otro: palo en oveja, ablanda lana; entonces:— Así que ¡vamos a comprarlo!

         —¡No! ¡Comprarlo?

         —Comprarlo. —Rotundo, definitivo, tajante, rezumando autoridad por todos los poros.

         —¡Doce millones! —salta Rodrigo.

         Manolo, sombrío el rostro:

         —La Rejunta no paga ese disparate por un local de seis mil metros cuadrados.

         El Aceitero, desolado:

         —¡Ah, no?

         —No. —Pausa... y, alborozado:— ¡Pero sí por uno de 12.000! —con la cabezota riendo a más no poder.

         Cuando se lo explica, don Rodrigo entiende por qué aquella cabeza ha de ser tan grande: ¡es la de un genio! Y se lo dice; solemne, pero se lo dice:

         —La Rejunta puede estar orgullosa de la cabeza que tiene al frente.

         No sabe Manolo si tomárselo bien o mal; de manera que:

         —¡El diez por ciento!

         —¡Pero, cómo el diez si siempre has partido del siete!

         Manolo se lo razona:

         —Sí. Pero es lo que hay. —Y le da más detalles para que lo entienda mejor:— Esto es más complejo. —Incluso le ofrece detalles de la dificultad técnica de la operación:— Es que estirar un local de seis mil metros a doce mil, es muy delicado; asunto de mucha especialización. Sobre todo si la ampliación superficial se hace sólo sobre el papel, ¿comprendes? —risita.

         Lo comprende. Rodrigo lo comprende y aprecia en todo lo que vale la competencia profesional de Manolo. Aún así, el diez es demasiado y, a su vez, se lo razona:

         —¡Pero, hombre, Manolo, el diez por ciento es imposible! Cualquier cifra por encima del cinco me hace perder dinero.

         —El siete por ciento y te recalifico la funcionalidad logística del local dentro de la reconversión de actuación preferencial del I más D más i romana.

         —No, romana no: latina, que a la i chiquitita le dicen latina; i latina. —Reflexiona un tanto y concede:— Bueno, pues i; pero pierdo dinero. —Que sabe que no es verdad pues él, de perder, nada de nada.

         Al poco ya se han puesto de acuerdo como si gitanos fueran: el siete para Juanito y doce millones por el local destinado a sede de Obras Públicas y Transportes de la Rejunta. Juanito, loco de contento con su comisioncita.

         —Si es que soy muy listo, papi.

         —Claro, hijo, claro.

         —Me tienes que poner de jefe de los dineros de tu negocio. —“Tu negocio” es la Rejunta, que el nene se cree que es propiedad de papi; papi, también.

         —Todo se andará, hijo, todo se andará —mientras cae en la cuenta de que por qué no; más burros los hay en sitios de más responsabilidad. Sin ir más lejos, mira en el presidente del..., bueno, lo dejamos.

         El local es claramente insuficiente; la razón, el crecimiento mastodóntico de la administración andaluza, necesario a su vez para sustentar el nivel de votación. No obstante, como dice Manolo a su jefe de gabinete:

         —Mira, no puede ser insuficiente porque tiene el doble de superficie del otro.

         El jefe de gabinete, espantado:

         —¡Pero si es el mismo!

         Manolo:

         —¡Bah, tonterías! Mira, mira aquí —huronea por los cajones de su mesa y saca unos planos—, ¿qué pone, eh, qué pone?

         —Doce mil metros cuadrados. —Alza la vista y, empeñoso:— Ahí dirá lo que quiera, pero el local es el mismo en el que hemos estado cuatro años ya, metidos en cinco, y es insuficiente.

         Manolo, cerrando los planos de golpe:

         —¿Tú crees?

         Entonces es cuando el jefe de gabinete empieza a darse cuenta de que está equivocado. Del todo.

         Manolo:

         —¿Ves? ¡Si te lo decía yo: no puede faltarnos sitio porque la superficie es el doble de la otra! 

         El jefe de gabinete, resignado:

         “Que es la misma”, mientras asegura:

         —Sì, jefe, claro, es que no sé que me ha pasado.

         La voz, alegre, suelta, confianzuda, decidida.

         Proletaria. Joseantoniana, que se diría. Entusiasmada plenamente, que no para:

         —¡Pues desde esta perspectiva, jefe, no sólo es mucho más amplio, este local, digo, que el antiguo, sino que, además, la ubicación es muchísimo más idónea!

         El cabezón, papi de Juanito:

         —¿Y la luz, eh, qué me dices, eh?

         —¡Mucho más luminoso, jefe, dónde va a parar...!

         —¡Y las vistas, eh?

         —¡Sin punto de comparación, jefe! ¡Si parece que estamos en el paraíso!

         —¡Pero si es que lo estamos, Domínguez —que es como se llama—, si es que lo estamos! —Piensa unos instantes y:— ¡Oye, a ver si es que va a resultar verdad lo de los curas y todo eso?

         —¡Jefe!... —Los brazos abiertos, la cara complaciente, la risa a pique, como si dijera ¡Pero qué gracioso es usted, jefe!, pero sin decirlo.

         —¡No, verás —explica Manolo al Aceitero con ocasión de la fiestecita de inauguración de la nueva sede de Obras Públicas y Transportes dela Rejunta—, tu coges un terrenito cerca de la costa, plantamos césped, hacemos unos agujeritos, ponemos las banderolas y, ¿a que no sabes qué es lo que falta?

         Rodrigo hace como que piensa y vuelve a pensar y:

         —¡Ya está: una urbanización de lujo complementaria al campo de golf!

         Manolo:

         —¡Exacto!

         Rodrigo, embalado ya:

         —¡La hacemos!

         —¡Exacto!

         —¡Y nos forramos!

         —¡Alto, alto ahí, alto ahí! —corta Manolo, serio de repente:— No la podemos construir porque el terreno no es edificable!

         Rodrigo, desinflado de momento:

         —¡Ah!...

         Manolo y Rodrigo contemplan cómo se les acerca Juanito. Manolo da pequeño codazo a Rodrigo y espeta:

         —¡Pero si lo incluimos en el I más D más i romana, ya sí!

         Rodrigo, recuperado al instante:

         —¡Pues claro! —Se acerca a la cabeza enorme y masculla:— Es i latina, no romana.

         Juanito, llegado a su altura, notándolos tan alegres, ríe todavía más que ellos dos juntos; luego, cuando cae en qué no sabe el motivo:

         —¿Por qué os reís?