EL HIJO DEL FALANGISTA

(justicia o venganza)

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Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, organismos, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto.

 

         Pues mire usted por dónde érase una vez que se era que había un pueblecito allá, por Jaén, en el que, entre hierbas y olivares, aparece un caballero al que con las izquierdas le va de put..., perdón, muy bien, le va muy bien. Se levanta por la mañana y en la taberna se pasa las horas muertas exponiendo lo que hay que hacer para que el país ande como él quiere, que no es como quiere Azaña, ¿eh?; después continua la faena bajo el roble de la plaza, adoctrinando viejecitos, a los que les da igual lo que les digas porque están todos medio sordos o dormidos del todo; luego, por las noches, vuelve a su querencia de la taberna en donde no suele faltar a quien pegarse. Pues de Juan, que tal es el nombre del caballero, se puede decir que no nada en la peseta. Más que nada, claro, porque no da un palo al agua:

         —Es que a mí el sudar me sienta fatal —explica a quien inquiere, porque tampoco es que él sea muy dado a sacar este tema, el del trabajo, digo.

         Bueno, pues y pese a ello, su hija tiene novio: un guapo mozo de la comarca. No es que a Juan el zagal le haga perder la cabeza, caso que sí es el de la niña, porque el chaval, José Antonio de nombre, es afiliado a Falange Española y cabeza cierta del partidito en la comarca. Juan, no; Juan es de izquierdas. Más de una vez y de dos, se lo ha intentado hacer ver a la chiquilla:

         —Con la de gente honrada que hay en el pueblo y tú vas y te fijas en este zángano.

         La niña:

         —¡De zángano, nada, que mi Pepe —que así llama a su José Antonio— es muy trabajador y muy cabal! —Entonces, enrabietada y como queriendo que-si-que-no que lo oiga su progenitor:— No como otros... —dejándolo así, en la indefinición pura y dura que es como más daño hacen estas cosas.

         Claro, Juan se pica y con razón:

         —¿Eso va con segundas?

         Ella, como de nuevas, pero sabiendo perfectamente de qué va la cosa:

         —¿El qué?

         Él, encalabrinado, sabiendo que ella sí sabe de qué va pero no pudiendo decírselo a las claras por la honrilla esa:

         —Eso de que si es muy trabajador y muy cabal y no como otros.

         Ella, que le conoce, simula que no sabe:

         —Sí. ¿Qué?

         Él, un tanto perdido el norte ya, que la noche en la taberna ha sido generosa:

         —Pues eso, ¿no?..., que lo dices.

         —¿Sí?

         —Vamos, digo yo que si tú lo dices, ¿no?, pues, eso.

         La nena, acosando ya y presta al derribo:

         —¿Pues qué?

         Finalmente, perdido del todo, sin recordar nada, y rabiando cama, Juan termina con faena de aliño, como él sabe:

         —A las buenas noches —masculla y, mientras, ya se está perdiendo camino de la alcoba.

         Llega la Guerra Civil, se despiertan todos los monstruos de la piel de toro y ¡vengan a embestirse los unos contra los otros corneando a más y mejor y dónde hacer más daño y cómo! Entre los disparates que se perpetran está la elección de Juan como alcalde del pueblo. Ahora, cuando llega a casa por la noche, dando más o menos traspiés, lo primero es llamar la atención a la descarada de la zagala: la muy tonta sigue emperrada en el zángano de Falange y el pueblo es mayoritariamente socialista, como lo demuestra el hecho de haber puesto a su frente al alcalde que más se lo merece, o sea, él:

         —Ojo con lo que me dices, que soy el alcalde. ¿Has roto con ese zángano?

         La niña, bueno, la moza ahora opta por callar: el miedo es el mejor amigo de la prudencia, y los tiempos son de temer.

         Juan sigue en lo suyo, dándole que te pego, e incluso se enfurece ante el silencio de la nena; de tal manera se crece y no para que, finalmente, ella salta hecha una leona en defensa de su macho:

         —¡Ni he roto ni voy a romper! —los brazos en jarras, los ojos de lumbre, la voz de basilisco—. ¡Y para que te enteres: me estoy acostando con él y nos vamos a casar! —Al ver el efecto causado, lo refrenda, pues de perdida al río:— ¡Con cura y por la Iglesia, además!

         Lo cual es ya demasiado para Juan que empieza a desbarrar y no para y sigue desbarrando mientras lo arrastran hacia la cama, mientras le despojan de la ropa, mientras lo tapan, y hasta que se duerme.

         —¿Qué vamos a hacerle, hija? —la consuela la madre—. Por lo menos el tuyo no bebe.

         —¡Ah, no, que de eso ya me cuido yo!

         Porque la zagala es brava y sabe lo que quiere y no deja que su Pepe se le desmande y tome el mal sendero.

         Juan, por otra parte, es apreciado por quienes le han votado: hace las asambleas en la plaza del pueblo

         —¡Para que se vea que hay claridad y limpieza! —según proclama.

         —Transparencia, Juan.

         —¡Pues eso, lo que digo: limpieza!

         Ha involucrado en la discusión pública a todos los sectores:

         —¡Los ricos —proclama a voz en grito—, a la horca! ¡Los curas, a la tapia del cementerio!

         —¡Los de Falange, al río con una piedra al cuello! —chilla alguien entusiasmado.

        —Bueno, bueno, todo se andará —más o menos conciliador. Porque, aunque no lo reconozca, sabe que su hija es brava y en el fondo está convencido de  ello y, por consiguiente y aunque de forma involuntaria, no conviene hacerle frente a lo descarado.

         También, y como alcalde, ha sabido encarrilar a la juventud por la senda productiva:

         —Esta noche salimos antes —les confía en la seguridad de la sede social—, porque mi mujer se ha empeñado en que mañana hagamos la matanza.

         Roque el Canijo, que con veinte años no mide más de uno cincuenta, no pierde ocasión de la chanza aguda y oportuna:

         —¿Entonces esta noche, la del antiguo alcalde, y mañana, la de tu cerdo?

         —Eso es, pero a la de mañana no estáis invitados.

         Pero claro, en todas partes cuecen habas; así que una tarde se presenta su zagala en la taberna, que desde hace meses oficia como sede municipal adjunta, llorando y clamando a grito pelado, hecha una de las furias aquellas que los helenos tanto temían:

         —¡Has mandado que lo encierren! ¡Los has mandado tú, so criminal! ¡Es que desde siempre se la has tenido jurada! ¡Es que no sabías cómo hacerme más daño! ¡Y yo te maldigo! ¡Y me cago en tu madre por hijo de la gran...!

         En fin, ya sabes, soltando prendas por aquella boca y sin parar ni para tomar aliento.

         Juan, por su parte, con la suya cada vez más abierta y sin saber ni cómo ni por qué ni de dónde ni con qué; hasta que al final se le van iluminando las entendederas:

         —Pero bueno, ¿es que han encerrado a José Antonio?

         Ella:

         —¡Como si no lo supieras, criminal! ¡Si los has mandado tú, so...!

         —Pero bueno, ¿es que se han llevado a José Antonio?

         Ella:

         —¡Pero cómo te atreves? ¡Pero si has sido tú quien los has mandado para que se lo lleven, canalla! ¡Pero si...!

         —Pero bueno, si lo que yo pregunto es que si se han llevado a José Antonio.

         Al final resulta que sí, en efecto, se lo han llevado; se han presentado en casa de Juan cuando los dos jóvenes se estaban aplicando al tradicional pelado de la pava, lo han detenido y se lo han llevado.

         —¡Y cuando les he dicho que soy tu hija, ellos me han dicho que eres tú el que los ha mandado!

         Sale Juan que se las pela y se llega hasta el Ayuntamiento. Allí, en efecto, se encuentra el zagalón retenido, más callado que muerto, más cagado que palo de gallinero; pálido como cadáver que se considera ya.

         —¡A ver —chilla Juan—, quién coño ha mandado que se detenga a este mozo?

         —Yo.

         —¡Claro —vocifera Juan a la cara sin afeitar del Zurdo—, tú lo único que quieres es detenerlo para joderme, eh? ¡Vamos, hombre, vamos, di, no es eso lo que andas persiguiendo?

         Que sabe que es así: los comunistas, con el Zurdo a la cabeza, le están echando el aliento en cogote, que sepa que están allí, prestos a tomar la iniciativa al menor fallo. Que es lo que parece que han encontrado ahora; y el Zurdo se lo suelta a voces también:

         —¡Aquí no jodemos a nadie, compañero! ¡Aquí no jodemos nada más que a los ricos, a los curas y a los fascistas pistoleros y asesinos de Falange! ¡Y éste es uno de ellos, el peor!

         “¡Tate —se dice Juan—, como no me ande con tiento..., éste viene a por mí!”; por lo que hace valer su autoridad:

         —¡Aquí no se detiene a nadie sin que lo diga yo!

         —¿Y tú quién eres? ¿Un protege-fascistas?

         La provocación se le encara en los ojos y el rostro del Zurdo alzado a menos de un palmo de la suya, galleando.

         Intervienen mediadores, algunas armas han aparecido pegadas a las paredes, otros miran con rabia a quienes quieren soslayarlos, son menos los que están al rescate del Zurdo y, finalmente, el preso queda detenido y en manos de su suegro (que aún está en ser porque todavía no se ha llevado a cabo la amenaza del casorio) y de los que le acompañan, amparan y escudan.

         Cuando el Zurdo y los suyos están saliendo, se oyen claramente las amenazas: si el preso queda libre, también quedará libre la potestad para hacer ellos lo que les parezca en defensa del pueblo y sus derechos. Entonces callan y se van; volverán por la mañana para asegurarse de que el preso lo sigue siendo.

         —Que como no esté... —Y lo dejan inconcluso, sin especificar, que es como más efectivas son las amenazas.

         Al rato toma Juan a dos amigotes y unas escopetas y sale también; nadie les ve porque la noche es oscura, como de finales de noviembre del año 36 del siglo pasado en Cazala la Chica.

         Dentro, en el Ayuntamiento, su niña queda alentando a su novio que, pese a lo que ella le susurra y acaricia, no termina de reunir los ánimos suficientes; convencido como está de que la muerte le tiene bien cogido por el cuello y no es fácil que le suelte.

         Llegan a una de las mejores casas del pueblo, llaman con la culata de los fusiles, vuelven a llamar, llaman otra vez y, finalmente, escuchan una voz de hembra.

         —¡Abre, Manuela soy Juanico, el alcalde!

         Dentro, en la cocina, un hombre joven está sentado a la mesa; es evidente que sus piernas no dan para más y tiembla como un conejo al verles entrar, por más que su mujer está delante.

         —Vamos, Joaquín, avía que te vienes con nosotros. —Los ojos del hombre están despavoridos, miran a su mujer y los sollozos estremecen su cuerpo; no tiene saliva ni para articular y el olor certifica que el cuerpo se le ha descompuesto.

         Unos cuantos ojuelos miran desde el quicio de la puerta. Ella, madre es:

         —¡Niños, idos a la cama ahora mismo!

         Una vocecita:

         —¿Qué pasa, mama?

         —¡Volved a la cama ahora mismo! —al tiempo que, como madre, va hacia ellos, los toma y los guía hacia dentro, hacia la seguridad del interior.

         Es el momento que aprovecha Juan: toma al padre por un brazo, el Loco por el otro, y medio arrastrándolo, medio en volandas, se dirigen hacia la calle.

         —¡Joaquín —chilla ella, soltando a sus hijos y abalanzándose hacia el Canijo que, escopeta en mano, cubre la retaguardia. Los lloros de los dos niños se suman a los de la madre; ella cae en el suelo de un empellón de una culata en pecho blando; la noche se abre sobre los que salen; las estrellas callan; el Canijo cierra la puerta.

         Luego, cuando se vuelve a abrir, los ojos semiciegos de lágrimas y angustia no le dejan ver nada: a su marido se lo ha tragado la noche; los niños se le aferran a su falda con desesperación. La acometen unas ansias incontenibles y arroja sobre el suelo ciego toda la angustia que la golpea en las oleadas irresistibles de una vomitera grotesca y tremenda.

         Joaquín no sabe ni por dónde lo están llevando, llorando como va y suplicando que lo dejen volver con los suyos. Los otros, ni caso; sino que, llegados a las tapias del cementerio, lo tiran contra el muro y le sueltan muchos tiros hasta que están seguros y cesan los estertores.

         Vueltos al Ayuntamiento, Juan arroja a José Antonio unas ropas empapadas en sangre:

         —Quítate la tuya, ponte ésta y desaparece de aquí.

         El chaval apenas si entiende y no cesa de hacer ascos a los harapos sangrientos que se mueven entre sus manos como sierpes vivas que fueran. No así la moza que, adivinando la salvación de él en la urgencia de todos, con manos diestras le ayuda, le acicala dentro de lo que tiene, le dirige a la puerta y, sin decir palabra a su padre pues todas son para el zagal, le manda en la noche hacia la huida y la libertad.

         Luego, a la mañana, todo es confusión. Juan jura y perjura que han tenido que disparar al preso:

         —Se lo estuve diciendo al Loco...,

         —Sí es verdad, me lo estuvo diciendo.

         —que se te va a escapar...,

         —Sí es verdad, que se me iba a escapar.

         —hasta que echó a correr...,

         —Sí es verdad, echó a correr.

         —y le tuvimos que pegar cuatro tiros.

         —O diez o más.

         —Sí.

         —Luego lo enterramos entre yo y éste —pues el Loco solía nombrarse él antes que los demás, siempre fue así.

         Juan, definitivo:

         —Ahí está enterrado —mirando el montón de tierra recién removida justo nada más entrar en el cementerio.

         El Loco:

         —Sí es verdad, ahí está enterrado.

         Luego resulta que viene la mujer de Joaquín y se empeña en que el que está enterrado allí es su marido. Incluso le escupe en la cara al pobre Juan, que no sabe qué decir, mientras chilla:

         —¡Asesino, tú te lo llevaste anoche, tú me lo mataste, tú...!

         Juan venga a mirar hacia aquí, hacia allá, y tampoco sabe qué hacer. Dice el Loco:

         —Aquí está enterrado José Antonio el de Falange, que le dieron el paseíllo los comunistas anoche.

         La mujer de Joaquín, viuda aunque ella no lo sabe con certeza aún:

         —¡Mentira, asesino, mentira, que has dejado a unos niños sin...!

         Tanto se empeña la dichosa mujer que, finalmente, Juan propone:

         —Mira, vamos a desenterrar a éste y verás que no es el Joaquín —pues Juan tiene la costumbre de anteponer “el” delante de los nombres; mal uso es éste, pero es así.

         De manera que va y empieza a cavar el sepulturero, el Gracitas que le dicen, y al poco se ve que, en efecto, allí hay enterrado un hombre, boca abajo; esto se nota en que aparece primero la culera del pantalón, que no la bragueta. Dice Juan:

         —¿Es ésa la ropa de tu marido?

         No lo es y, aunque condescendiente hasta cierto punto con el dolor de la mujer, Juan no está dispuesto a llevar la cosa hasta una profanación de cadáver. Como dice:

         —A los muertos hay que dejarlos descansar. ¿Qué sería de nosotros si no dejáramos descansar a los muertos?

         Todos aclaman su acuerdo y así queda la cosa; menos para la mujer de Joaquín, que todo el camino de vuelta va a la zaga del alcalde soltando sin parar:

         —¿Adónde lo llevasteis, Juan, adónde? —y:— ¡Dímelo, Juan, dímelo, para que pueda ir a rezarle! —y:— ¡Dímelo por tus hijos, Juan!

         Y Juan contestando, de vez en vez:

         —Pero si yo no tengo nada más que una hija.

         Luego, con el tiempo, la Guerra termina y las voces que hasta entonces han estado calladas claman y piden venganza, que ellas llaman justicia. Una de las que más se oye es la de la mujer de Joaquín, pues ella aún no tiene la certeza de ser en realidad su viuda. Flanqueada por dos criaturas, va y habla con el Gobernador Civil y con el Obispo, de Jaén ambos, y ambos le dan seguridades. Los primeros efectos de sus gestiones son muy pronto patentes: Juan es encarcelado y se provee un auto judicial para que se exhume el cadáver objeto de la discordia; puesto que ella todavía sigue empeñada en que allí es donde “echaron a mi marido cuando le dieron los cuatro tiros aquella noche”, como lo expone con labios prietos por el odio, bajo el velo negro con que oculta su juventud tronchada.

         A Juan se lo comunica su hija, la moza que ahora hace lo que ya no puede hacer su esposa, muerta por el tiempo, los vientos, las privaciones, los sustos y, sobre todo, los odios y la Guerra. Le dice, cuando la dejan que lo vea en la cárcel tras cuyos muros aguarda su sino, le dice, ella, le dice:

         —Han encontrado la alianza.

         Entonces es cuando Juan sabe que está muerto: sólo es cuestión de días. De semanas como mucho.

         En realidad, de meses. Dos. Antes, a las preguntas de un juez militar, seco y cortante como hoja de bayoneta, él especifica:

         —Porque Joaquín era un católico de mucho cuidado; lo teníamos en la lista.

         Una mañana radiante de primavera arrastran a Juan hasta la tapia y le sueltan una descarga de fusilería. Cae hecho un guiñapo y queda sobre el suelo como un montoncito de nada.

         Nuestra moza pasa privaciones para mantenerse ella y su recuerdo. Jamás supo nada más del guapo joven de Falange que desapareció en la noche camino del adiós eterno y del nunca jamás. Su recuerdo resultó ser un zagalito lloroncillo y pequeñajo y a quien pusieron por nombre Melchor (ya sabes, como el rey mago: Melchor, Gaspar y el otro), que fue creciendo en anchura y sabiduría hasta que, con el tiempo, vino en ser uno de los más conocidos gerifaltes del socialismo andaluz y, con más tiempo aún, del español.

         Dice, Melchor, dice:

         —Mi abuelito era muy bueno.

         Pues todos los socialistas de su época tienen un abuelito muy bueno a quien un Dictador malo, muy malo, muy realmente malo, fusiló. Así, con esta ayuda, les es más fácil subir en la escala y trepar hasta la cima. Una vez allí pueden, si quieren, dictar ellos todas las estupideces que les parezca y, si alguien se las echa en cara, ellos te sueltan:

         —Mi abuelito era muy bueno y un Dictador muy malo lo fusiló.

         Que es verdad que fue malo y que es verdad que lo fusiló; pero lo de que su abuelito era tan bueno...

         Bien, dejemos a los muertos que descansen en su paz para que nosotros podamos vivir en la nuestra. Y si acaso hay que hacer alguna ley al respecto, que ésta sea la del escarmiento, la del olvido, la del perdón, la del amor.

         La de las cosas bien hechas.

         Siquiera por una vez.