FELIPITO
 
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Quiere aparecer Felipe González hoy día como un gobernante serio, sensato, competente, responsable y ejemplar, capaz de dar consejos y puntos de vista sobre los más diversos temas y, lo que es más, de que sean escuchados y, lógico, tienen que ser seguidos a rajatabla: ¡lo manda Dios! No digo que no la haya sido, todo eso y puede que más; sin embargo, no creo que pueda dar asesoramiento sobre cómo conducir un país a los que hemos tenido la suerte dudosa de padecer su mandato.

Tomó en sus manos la España más ilusionada de, posiblemente, toda su historia; seguro, del último siglo. Quince años después le hicieron soltar una España resabiada, desilusionada, frustrada, engañada, deshonesta y medio arruinada. ¿Es éste un logro del que alguien deba sentirse dignamente satisfecho?

Una persona sensata y ecuánime, por supuesto que no. ¡Ni mucho menos!

Entonces, ¿de qué presumes, picha?

La primera obligación que ha de tener un gobernante salido de las urnas es entender que el dictamen de éstas no le da permiso para hacer y deshacer a su antojo como si fuese un nuevo virrey. La segunda, que es el gobernante de ambos, vencedores y vencidos.

Bueno, pues venga usted a convencer a nuestro buen amiguito de que éste debía ser su caso: según mi creencia, él entendía que gobernaba sobre títeres desnaturalizados que, indefectiblemente, se tornaban, antes o después, en sus enemigos.

¡Hasta su Arfonsito de su arma!

¿Tú entamién, hiho mío?

Y si todo se hubiera hecho por el bien común aún tendría un pase; no obstante, ¿qué excusa puede tener la serie de escándalos que jalonaron su mandato? Y si excusa no tienen, un factor común, sí: la motivación económica. Y otro: la filiación política: el baño exterior, de izquierdas (¿) sólo encubría un cuerpo de egoísmo y falta de escrúpulos.

Mariano Rubio, gobernador del Banco de España, distribuidor de préstamos a empresas insolventes que, ¡oh, casualidad de las casualidades!, eran, además, suyas; Mario Conde, el domador de Antena 3 Televisión, la que más dentelladas daba a Isidorito; los fondos reservados de Interior, con Vera, Corcuera y Barrionuevo al frente; la papeleta del papel del BOE; RENFE, con una apetencia y deligencia urbanística de la que carecía en las vías; las sevillanas del Guerra, la faena más inspirada de cierto barbero de la Alameda; don Luis, el escapado de la Guardia Civil y capturado en Laos por el intrépido capitán Tan (por cierto, esta semana expiran los suavizados restos de su condena; en realidad, tan sólo falta el equivalente a unos 10 millones de euros de nada; ahora ¡a disfrutarlos, Juanito!); el Museo del Prado y sus extrañas ausencias; la habilidad de Perote y sus conejitos; el GAL, con Otilio Amedo y Gotera Domínguez, dirigidos por, ¡tatatachán!,

don X

El tiempo habrá de ser quien deje a cada cual en su lugar. Con sus bolsillos al descubierto. Con sus vergüenzas al aire.

Ése es tu verdadero enemigo, Felipito: el tiempo. Contra él, nada puedes; por muy Dios que seas. Ni engañarle ni engañarte. La culpa la tiene esta época en que te ha tocado vivir: con sus ventajas para ti, tus media; pero, también, con demasiadas cámaras y taquígrafos como para que puedas esperar, con tranquilidad de ánimo, tu indudable, meticulosa y definitiva exhumación.