¡AY, MI MADRE!
 
07
 

 

Dios mío, la que se nos ha venido encima con el asuntillo del Padre de la Patria Andaluza!

Tanto es así que hasta han pasado a segundo plano las rencillas y turbulencias que, como es del conocimiento de todos ustedes, republiquean por esta santa casa, que es la suya. Y, por supuesto, no es para tanto ni muchísimo menos. De manera que vaya dedicado el día de hoy a ciertas puntualizaciones acerca de nuestro asunto que tal polémica ha suscitado.

Antes de nada, presentar nuestras excusas a los descendientes directos del señor Infante Pérez (q.e.p.d.); ni que decir tiene que la denominación Beni Infante en referencia al los componentes del patronímico Infante de Casares se hizo sin ninguna intención de molestar ni menospreciar a tan ilustre casa; sólo lo utilizamos como medio para acentuar la tendencia islámica de don Blas, tan evidente en su vida y en su obra. Sólo eso. Y, desde luego, no creemos que tal calificativo habría engendrado la menor suspicacia en quien en tanto tenía todo lo relativo al Islam. O casi todo.

Lejos, pues, de nuestro ánimo cualquier intención peyorativa y así ha de entenderse.

Otro punto hace referencia a nuestra negativa, en este punto felizmente de acuerdo todo el consejo de redacción, a la aceptación de don Blas como Padre de la Patria Andaluza. Bueno, veamos: este posicionamiento tiene que ver, al menos en parte, con el hecho de que entendemos que una religión que aboga por el uso de la fuerza para su aceptación antes que apelar al más cabal y democrático de la razón, nos causa ya de por sí una crítica rigurosa y con ciertos reparos y reservas. Muchos menos, reparos y reservas, queremos decir, que si se hubiera escogido como Padre de la Patria Andaluza a un santo de la Iglesia Católica, la cual ha sido la que desde nuestro interior atávico hemos venido arrastrando.

Claro, si éste hubiese sido el caso se habría encontrado igualmente con nuestra reprobación en el supuesto de que la principal o única motivación fuese su raigambre católica.

Que es también lo que pasa aquí: hay más objeciones.

A) Su mentalidad de izquierdas. Ninguna objeción a que sea considerado el Padre de la Izquierda Andaluza. Ninguna. En absoluto.

Pero, señores míos y amables amigos que con tanto cariño nos dedicáis toda clase de improperios, hay que señalar que, les guste o no, Andalucía es bastante más que la izquierda. Falla no era de izquierdas; tampoco, a juzgar por su vida y obra, Don Diego Velázquez. O don Bartolomé Esteban Murillo. Ni, creo, que lo fuese mucho más don Antonio Machado de lo que lo fue fray Leopoldo de Alpandeire, cada uno en su concepto particular y su práctica diferente de concienciar y ayudar al débil.

Tampoco lo es don Julián Muñoz (andaluz por adopción y capacidad) ni doña Isabel, su querida. Ex, queremos decir.

Y creo que, les guste o no a los que tienen el posicionamiento de estas izquierdas tan sui generis de la actualidad, como los señores Escuredo, Guerra, Borbolla, Chaves y, ahora, Griñán y otros muchos usuarios del coche público, la gasolina ajena y el palacio antiguo, Andalucía es algo más que lo que ellos predican, son y se esfuerzan en imponernos.

Andalucía somos también quienes ni comulgamos con ellos ni con la Iglesia.

Ni con el enriquecimiento rápido y generalizado que se ha instaurado en ciertas esferas de nuestra tierra andaluza y en ella reina como gallo en corral que considera eterno y de su propiedad por derecho de pernada sobre jornalero.

¿Quieren que la figura de don Blas Infante Pérez sea conocida, alabada, adorada?

Bien, pues que lo sea entre los que así lo acepten gustosamente. Pero que no nos sea forzada a quienes no comulgamos con su hacer ni con su pensar. Por muy ejemplar que parezca a quienes ahora detentan el poder en esta ¿democracia? nuestra.


B) La poca relación que don Blas mantuvo en vida con esta parte muy importante de Andalucía que siente, cree y acepta que no forma parte de Sevilla. Nos hemos explicado mal: queremos decir que no nos sentimos reconocidos en quienes identifican Andalucía con Sevilla.

Por el contrario pensamos que Andalucía es muchísimo más que Sevilla y los sevillanos.

Es más, en muchas ocasiones nos hemos sentido vejados, lastimados, heridos por la forma en que nos ha tratado el centralismo sevillano.

Sí, no nos duelen prendas en proclamar que Sevilla y el Sevilla dixit nos ha menospreciado sin ofrecernos la más mínima explicación; y para muestra un botón: ¿Cómo es que teniendo una industria del mármol tan floreciente y de tan alta calidad, como es la de Macael y Olula, la Junta se va a comprar el mármol en Carrara para la rehabilitación de SU Palacio de San Telmo, eh? ¿Es ésta la forma que la Junta tiene de hacer que nos sintamos andaluces?

¿Es esta la manera de practicar el consuma-productos-andaluces predicado por la Junta?

¡Vamos, vamos, vamos!

Pues que sepan los sevillanos que Andalucía, les guste o no, está formada por ocho provincias históricas. Una es Almería. La que la autovía del 92 unió al resto de la comunidad el año de gracia de 2002.

La que clama sin defensa gallarda y sentida por un soterramiento que no es el que se nos está haciendo tragar.

Madrastra eres, Sevilla,
madrastra y no buena eres.

 

No queremos acabar esta reivindicación sin enumerar que, ideología aparte, coincidimos plenamente con alguno de los puntos que defendió en vida don Blas; por ejemplo, solución al caciquismo. Sin embargo, nuestra concepción de cacique es algo más amplia que la de don Ahmad Infante: cacique es toda persona que oprime a los que trabajan; un mal cacique es el que hace uso de los medios que le otorga el gobierno para dicha opresión; el peor de los caciques es el que ha trepado a la cúpula caciquil recurriendo a la opresión por medio del engaño, la injusticia u otro tipo de delito.

Y, para acabar, no se eche en olvido que en la reunión de Córdoba que tuvo lugar en el año 1933 y en la que se aprobó el Anteproyecto de Bases para el Estatuto de Autonomía de Andalucía para que fuese sometido a un referéndum que no llegó a celebrarse, la mayoría de los asambleístas de Granada, Jaén y Almería se retiraron en medio de un gran malestar. ¿Por qué?

Vale