ASISTENCIA Y PUNTUALIDAD
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Has desayunado bien, no es sábado pero como si lo hubiera sido, has encontrado aparcamiento a la primera, de modo que entras en clase dispuesto a comerte el mundo y a enseñar a tus alumnos más de lo que les va a hacer falta para el día de mañana y hasta para el de pasado mañana. Sólo, que no hay alumnos. Bueno, unos pocos, pero ni se enteran de que has entrado: siguen comentando sus cosillas, o sea, los niños el último o el próximo partido del Madrid o del Barsa; las niñas, más espabiladas, lo bueno que estaba aquél o aquélla. Tú, venga a insistir en que presten atención o, al menos, contesten cuando pasas lista para averiguar quiénes son los que se han dignado venir.

Mientras vas nombrando y preguntando que por qué no ha contestado y él/ella exigiendo que estaba allí y que le quites la falta o se lo dice a su padre y tú que vale, vale y él que ya, ya, el goteo no cesa de fluir lento pero seguro; de uno en uno, de dos en dos, abriendo la puerta, entrando sin dejar de hablar de sus cosillas cuando en pareja, llegando a sus sitios y siguiendo el parloteo como si en el trabajo estuvieran, que no lo están pues están en el cole. En primero de eso, para más detalle.

De modo que, cuando has acabado de pasar lista y pretendes comenzar la clase, la mitad o más, es decir, los recién llegados y con su falta en la lista, comienzan a centrarse en la labor escolar, que es para lo que han venido; lo primero que hacen los que aún no lo han hecho, lógico, es exigir que les quites su falta pues es evidente que están allí; además, si no se la quitas se lo dicen a sus padres, eso te lo dejan bien claro. Entonces tú recuerdas los consejos de tu CIPOTE (Comisario de Inspección Política en Orientación Técnico Escolar), que no cesa de repetirte cada vez que tiene ocasión ¡Déjelos que se le suban a la parra, don Pedro, déjelos que se le suban a la parra, don Pedro: lo importante es que sean felices aquí!; de manera que tragas bilis, te acuerdas de los muertos de tu CIPOTE (me perdonen y amén) y te aplicas a atender las demandas en cuestión.

En ese instante, para tu mala suerte, reparas en que uno de los angelitos, gitanillo él, tiene la tira de faltas; se te ocurre preguntarle que por qué y él te dice que porque está ayudando a su padre en el mercadillo y escucha éste. Lo del escucha éste, adobado con una mirada transversal-estilo-tema y despreciativa a lo Clin Isbu, sólo que con la boca abierta al final y sin el pitillo ni los guiños de ojos por el humo. Tú le dices que no le quitas las faltas porque ésa no es excusa, a lo que él alega que se lo va a decir a su padre; tú opinas que muy bien pero que no le quitas las faltas; y él exclama, con enfado justificado, por supuesto, que quién me creo yo que soy; yo, miajita harto ya, le explico que el maestro; él, que escucha éste, escucha éste, y te vas a enterar cuando se lo diga a mi padre. Todo esto, eso sí, arropado por el murmullo cada vez más unánime de los asistentes, decantados por el bando no del más débil, que soy yo, sino por el suyo.

Así hasta que, harto, a grito limpio, logro que se restablezca el orden. A punto estoy de comenzar mi labor didáctica, que era a lo que venía dispuesto y a lo que hasta ahora no he podido aplicarme por la impuntualidad e indisciplina, cuando, en el repentino silencio, el timbre anuncia que ha acabado el tiempo de clase: una barahúnda de sillas arrastradas, comentarios de lo más distinto, revuelo de manos, carteras, libros y la biblia en pasta estalla de repente. En el alboroto, mis gritos diciendo que la clase no acaba hasta que el maestro, que soy yo, lo diga, pasan totalmente desapercibidos para casi todos, concentrados, embelesados, entusiasmados en sus intercambios de final de clase; sólo unos pocos parecen oírlos y ni caso; uno de ellos, el gitanillo de marras, incluso me lanza una mirada al pasar ante mi mesa de ésas que, a grito pelado, dicen te vas a enterar, so capullo de mierda.

Dos o tres días después me llama la Directora y me indica que mi CIPOTE quiere hablar conmigo. Bueno, pues resulta que el papá del nene gitanillo del baratillo, que es presidente de no sé qué asociación, ha hablado con el Delegado de Gobierno, que le teme más que a voto-a-la-derecha; éste se ha puesto en contacto con el de Educación, colegas ambos de partido; y en comandita los dos han decidido que se me pidan explicaciones y para ello delegan en el CIPOTE correspondiente. Y aquí lo tengo:

—Pero si le tengo dicho, don Pedro, que les deje que se le suban a la parra. ¿Por qué no me ha hecho caso? —Antes de que pueda aducir que el nene en cuestión está faltando porque ayuda a su papá en la venta ambulante en mercadillos de barrio:— Mire, mire, don Pedro, déjeles que se le suban a la parra, hágame caso, hombre de Dios, hágame caso. —Antes de que pueda alegar siquiera que el niño en cuestión es un completo hijo de la Gran Bretaña que no tiene ni idea de lo más elemental de los rudimentos de mi asignatura y, como consecuencia, me revoluciona la clase por entretenerse:— ¿Que no aprende? Pues que no aprenda. ¿A usted qué más le da? —Y antes de que pueda decirle que eso va en contra de lo más profundo de mi profesionalidad:— ¡Hala, hala, don Pedro, a ver si entra en vereda de una vez! —y— Adiós, hombre de Dios, adiós.

Ya se ha ido y yo no he podido decir ni pío. Ahora sí, o sea, ahora sí puedo. Y me lo digo:

—Soy un gilipollas. —Y me lo repito:— Soy un gilipollas. —Y me lo repito:— Soy un gilipollas. —Y estoy por repetírmelo una vez más cuando llama el conserje:

—Maestro, visita pa ti. —Cuando le digo que mi hora de visitas de padres es tal y tal, él:— Yo no sé na. —Se echa a un lado y entran dos gitanos gordos como piojos reventones. Él:

—¿Ezuté er que l’atomao con er nene? —Ella:

—¡Anzima de que ze mata a trabajá, er probe! —Él:

—Poh yole digo que no la tome má con er, ¿m’antendío? —Ella:

—¡Y ojito, ¿eh?, ojito! —Él:

—Ezoé, ohíto, ¿eh? —Ella:

—¡C’aquí noh conozemoh tooh y antabía no habemos matao a naide! —Revoleo de faldas, última mirada, silenciosa ella, detrás él, los pulgares en la correa, y ya se han ido.

Cuando acudo a la Directora a denunciar lo que yo entiendo que es amenaza, ella, con buen criterio, me aconseja, como compañera que es, directora además:

—¡Hombre, Paco, si es que te pasas! ¿Cómo se te ocurre amenazar a un alumno? —Me aclara:— Encima, gitano.

Salgo hecho un mar de confusiones.

1) ¿no es igual que el alumno sea gitano o castellano?
2) ¿es una amenaza decirles que las faltas han de justificarse?
3) ¿y la puntualidad, no es exigible en todos los trabajos, incluido el docente, tanto a los maestros como a los alumnos?
4) ¿no tienen los niños el deber de acudir al colegio?
5) ¿no tienen los padres el deber de hacer que acudan?
6) ¿para qué están las autoridades, para hacer que las leyes se cumplan, facilitar su cumplimiento y cumplirlas ellos en primer lugar?
7) ¿para que sirve un CIPOTE, para asesorar a los maestros o para no perder votos?
8) ¿cómo me llamo yo, Pedro o Paco?

y la última y preincipal:

9) ¿EN QUÉ PAÍS VIVIMOS?

Vale