EL LUJO DE LOS POBRES TRABAJADORES
 
19
 

 

Ayer me encontré con mi amigo Manolo. No iba, en contra de su costumbre, rajando del gobierno Aznar.

—¡Qué va! —me decía—. Ahora lo tengo en el salón de mi casa. He tenido que hacer obra porque no cabía por la puerta —me explicaba, ahondando en el asunto—. Y subirlo hasta el octavo piso me ha costado un huevo. —Yo, de broma, claro, le pinché un poco, como de costumbre:

—O sea, que te has quedado deshuevado.

—¿Cómo? —se extrañó él, sin entenderme.

—Sí, hombre, sí. Tu siempre has sido hombre de pocos huevos. Para mí que sólo tenías uno. Si lo empeñas o vendes o cedes al banco o algo, sólo te quedan cero huevos, ¿no?

Luego, resultó que no: tenía dos; y, al parecer, según me hizo comprender, lo del huevo lo había dicho en sentido figurado. Es que a Manolo desde siempre le ha gustado hablar en sentido figurado. Creo, aunque esto no se lo he dicho a nadie, que tiene su puntito de poeta; y la prueba la tienes aquí, en el asuntillo este del huevo. Pero, bueno, siguiendo con lo de ayer:

—Y no fue eso lo peor, o sea, la obra y el coste de subirlo hasta el octavo, sino la cabezonería de la parienta.

—¿De tu mujer?

—Vaya que si de mi mujer; no quería, la muy jodida —moviendo la cabeza, maravillado aunque pesaroso todavía—. Además, para estas cosas, la decoración de la casa, ya sabes, lo primero que hace siempre es buscarse de aliadas a las niñas.

—¿A las dos?

—Que, con ella, son tres. ¡Tres fieras contra mí sólo! Al Gary Cùper ese lo querría yo haber visto ahí, que se iba a enterar. —Me lo imaginaba y me compadecía de él:

—Pobrecillo. —Y:— ¡Joder! —Él:

—Y que lo digas. Esto sólo lo sabe el que lo sufre. Las tres chillando y llamándome de idiota para arriba. Tú sabes lo que son las mujeres cuando se ponen bravas y cabezonas.

—Pues, ¿y tus yernos? ¿No fueron ellos para echarte una mano? Quiero decir que si no salió de ellos, ¿eh?

—¿Mis yernos? ¡Unos cagados los dos! —Furioso aún al recordarlo, que se le notaba, incluso rencoroso:—. Ahora que, ¡arrieros somos...! Ya les tocará a ellos, ya.

—¿Entonces, en qué quedó todo?

—Pues en que me salí con la mía. Además, esta misma mañana los he sentado a los cinco y se lo he enseñado. Y les he expuesto las normas: comida, media hora mirando; cena, un cuarto de hora, que siempre conviene que la cena sea más liviana; los sábados, toque de pito en almuerzo; los domingos y festivos, lo arranco durante dos minutos. Mi mujer no me habla. Mis hijas, como su madre. Mis yernos, callados como putas. —Ahora también se calló él.

La vida es dura a veces; otras, más aún. Esta era una de ellas.

—¿Qué les dijiste?

—¡Pues qué les iba a decir! Que por el jodido coche tengo que pagar la gasolina, el impuesto de circulación, la ITV, el seguro, el aparcamiento cuando bajo al centro, el aparcamiento cuando voy al aeropuerto o a la estación, el aparcamiento cuando voy a la Plaza del Mercado, ¡cada uno de ellos a más de un euro la hora!, las averías, las revisiones y, para colmo, ahora también tengo que comprarme una plaza de aparcamiento por otro huevo o pagar el último huevo por aparcar en donde antes lo hacía gratis, o sea, en la puerta de mi casa. Todo eso sin contar las multas. Si lo intento vender, me dan nada y menos. Si lo conservo, es el artículo de lujo más caro que tenemos. Entonces, por lo menos, lo trataremos como lo que es. De manera que el piano a la mierda, el coche al salón y yo al paro, ya que sin coche no puedo trabajar. Con perdón, ¿eh? Ahora están dando los pintores los últimos retoquillos a las paredes.

—¿No me digas que van a hacer otro aparcamiento en la Avenida de Vilches?

—No lo van a hacer.

—¡Ah, menos mal Por un momento pensé que se les había ido la cabeza todavía más a estos gobernantes tan maravillosos que tenemos.

—No, es que lo están haciendo ya.

—¡Qué dices? ¿Qué lo están haciendo! —Él:

—Ya han empezado. En cuatro o cinco años, listo. En lugar de echar abajo las casas de los maestros y en ese solar hacer unas viviendas para que los jóvenes puedan acceder a un piso, ¡hala, aparcamiento que te crió! Claro, como lo de las viviendas no les da dinero para vivir ellos la gran vida y el aparcamiento sí...

—Oye, que tampoco están tan caros los pisos como para que nuestro ayuntamiento se tenga que pringar en echar a unos ocupas, ¿entiendes?

—Bueno, en eso sí que llevas toda la razón. —Se le notaba la ironía más amarga hasta en la punta de las uñas—. La mayor de las mías estuvo viendo ayer un quinto sin ascensor en Los Molinos; dos dormitorios, cocina y baño. Veintidós millones de pesetas. ¡Habrá mayor locura? De modo que, más de lo mismo y, de lo mismo, más. —Yo, que, sin embargo, siempre he sido más ecuánime, se lo tuve que hacer ver:

—Eso te pasa por pensar el precio en pesetas. Míralo como euros: veintidós millones son... unos ciento treinta mil euros. —Él, pasmado:

—¿Qué dices? ¿Ciento treinta mil? ¿Nada más?

—Más o menos. —No se lo creía:

—¿Ciento treinta mil eurillos tan sólo?

—Pues, sí.

—¡Pero si yo me creía que era más!

—Pues, no.

Perplejo quedó el pobre. Por lo poco que costaba, claro. Si es que en euros no es lo mismo que en pesetas, eso está claro.

—Entonces, con razón no se empringan con los ocupas de las casas de los maestros. Con toda la razón: es mucho mejor cortar la Avenida de Vilches tres o cuatro años, achicharrar a los vecinos y hacer el aparcamiento. Sacan dinero y encima castigan a una zona que, según las encuestas que se hagan y eso, no les votará en las próximas.

—¿Próximas?

—Elecciones, ya sabes.

—Ah, ya. ¿Y a ellos qué más les da? ¡Ya se las apañarán de alguna manera u otra!

—Sí. Aquí ya llevamos veinte años al máximo del máximo de lo mismo.

—Sí. Y lo que nos queda, que lo pasado ya no duele.

—¡Ay! Menos mal que con la democracia vino a esta comunidad la alternancia en el poder.

—Sí. Y lo que nos queda, que lo pasado ya me duele.

Vale