CUENTO DEL GALLO QUE RESULTÓ NO SER GALLO
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Abre un ojo el gallo; hace día precioso, echa atrás pechuga, la llena a reventar, estira pescuezo y pico y, abriendo éste a lo más que puede, suelta el más airoso de los kikirikíes. Se abre la puerta del gallinero, entra el dueño zapatilla en mano la cual emplea con mucho arte y donaire mientras hace por razonar con el terco del bicho:

—¿Pues no ves que estoy durmiendo, jodido? —Zapatazo zapatillero—. ¡Pero es que te crees que son horas de despertarme, puñetero! —Zapatazo zapatillero—. ¿Pero es que te has propuesto hacerme trabajar a estas horas, mal nacido! —Zapatazo y eso. Así sigue hasta que me deja al pobre bicho con el pico abierto en agonía de puro baldado que está.

Luego, a la hora de comer, lo comenta con vecinos e invitados y les dice:

—Pues ahí donde lo veis —señalándolo, que está picoteando las migajas y miguillas—, le he dado una tunda esta mañana que nadie lo diría al verlo comer con tanta gracia y disposición. —Y para que sus invitados se hagan mejor idea, se levanta, se acerca al gallo por detrás y, aprovechando el descuido que le da la aplicación del animalito, todo abstraído él en la abundancia de migajas y la mucha falta que tiene, le arrea tal zapatazo en el culo descuidado que salen volando gallo y zapato.

Es recibida la hazaña como se merece y, deseando emular a su hospedero, allá que cada uno se aplica al gallo can tanto arte y tesón que, a los postres, éste está de nuevo con el pico abierto en pura agonía.

Entonces, una mañana, lanza su kikirikí el sufrido bicho, que no termina de aprender, se abre la puerta del gallinero y entra el amo, sólo que esta vez no trae zapatilla en mano sino en ambas los más ricos dones y viandas, las cuales enseña al gallo desde lejos:

—¡Ay, que lindo trinar tiene mi pollo! —Besito lanzado al gallo—. ¡Con lo que me desvelo por ti! —Besito lanzado al gallo— ¡Mañana, pollo mío, me votas! —Besito y eso.

Luego, el resto del día se lo pasa entero en el corral, pese a lo mucho que éste hiede y a lo poco que agrada a sus delicadas narices, alternando cariñosamente con el gallo y haciéndole comprender lo muy necesario que es que lleve a la práctica ese acto solemne que el voto es. Todo ello aunque el animalito, por más atención que pone, no entiende de qué va la cosa. Pasa así ése día. Y el siguiente. Y amén.

Más tarde, mientras entre ellos se comen las ricas viandas y los pretendidos dones, aún ríen y se compadrean, que dicen:

—¡Las promesas electorales se hacen para no cumplirse! —Y patada en el culo al gallo. Otro:

—¡Mañana le subo el IBI que le va a llegar al cuello! —Y ricas risas y así. Un tercero:

—¡Yo al mío le he prometido que le voy a arreglar el gallinero! —Para terminar:— ¡Y lo voy a hacer!

Todos le miran con silencio y pasmo de tal modo que se asusta este tercero y va y añade a todo correr:

—¡Pero lo voy a hacer con mi empresa y me llevo la mitad... —El resto casi no se oye entre las risas y algarabía, pero dice:— ...la otra mitad para los amigotes!

Entonces todos lo miran con el respeto reservado para los que abren nuevas vías hasta que uno se da cuenta:

—¡Ha cascao el gallo!

Y todos ríen y celebran el feliz suceso con una nueva ronda. Y colorín colorao, este cuento no ha pasao: sigue pasando.

Vale