CUENTO DEL PATO QUE MURIÓ POR CULPA QUE NO ERA SUYA
 
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Pues estaba nuestro pato en la acera y esperaba ansioso a que la luz cambiase a verde, la luz del semáforo, claro. Hacía esto porque era un pato obediente y educado, instruido en las leyes y buenas costumbres y muy, pero que muy observador de ambas. “Así, así, hijo mío —solía decirle mamá pata antes de cascar, de cascar ella de resultas de cierto cuchillo que se cruzó por el camino en que su pescuezo estaba—, conserva esto en tu memoria y tenlo siempre muy presente para que puedas gozar de vida larga y venturosa: cruza sólo cuando el semáforo esté en verde para ti”. Al soltar tales graznidos a su hijo bien amado, a mamá pata se le habían humedecido también siempre los ojos, posados éstos amorosamente en el tierno infantito salido de su huevo.

De manera que allá estaba nuestro buen pato esperando. Esperó y esperó y, por fin, la luz se puso verde. Que fue cuando él echó a andar camino de la acera de enfrente, en sentido no erróneo. A medias estaba cuando, sin previo aviso ni señal alguna que lo hiciese prever, un flamante automóvil se le vino encima y, en un tris-tras me lo dejó trasformado en fosfatina tierna de pato sobre una masa de pizza sanguinolenta. De pato también.

Bueno, pues por más que las autoridades competentes hicieron por averiguar quién había sido el malvado que había atropellado de manera tan alevosa a nuestro pobre patito no había forma de dar con él. “Es que se dio a la fuga”, decían en su defensa; lo cual no era comprendido por nadie y, de manera muy especial, por doña Pata, su señora y recién viuda de hijo.

Un buen día, de tanta y tanta matraca cómo viuda Pata les dio, se pusieron de verdad a buscar quién podía haber sido el malvado y, claro, en otro tris-tras ya habían dado con él: había sido un nenito muy farruco a quien, para mejor entendernos, llamaremos en adelante Farruquito. Bien, pues respondía este Farruquito, respondía: “No lo tengo. —cuando le pidieron el carnet de conducir, añadiendo a renglón seguido:— Además, el coche lo conducía mi hermano el chequitillo”; y lo expresaba así, chequitillo, en vez de chiquitillo, que habría sido lo correcto. Esperaba con ello, con esta defensa, que nadie tuviera que pagar el pato, quiero decir, el atropello del pato.

Sin embargo, las autoridades son muy competentes y en otro tris-tras ya había puesto en evidencia su mala conciencia y la saña demostrada evidentemente con esta treta. O artimaña.

Era usted —le decía el juez cuando le juzgaban— el que conducía cuando el atropello de marras”. El atropello de marras había sido el del pato, por supuesto, y el señor juez se lo decía muy en serio y muy, pero que muy cabreado. Jurídicamente cabreado, que se dice.

A esto que va Farruquito y, arrancándose en un Zapateado muy airoso, declaró, palmas de las manos abiertas artísticamente hacia el cielo, quiero decir, el techo de la habitación en que tenía lugar el juicio, ojos valientes y retadores, chaquetilla ajustada, declaró: “¡Y olé!”. El señor juez, entendiendo con toda nobleza, le miró a los ojos y, en turno de repreguntado, con tono severo, le repreguntó: “¿Se arrepiente el acusado?”, que era Farruquito. Claro está, éste se arrepentía y así se lo comunicó al señor juez. Dijo: “¡Y olé!”.

Entonces, el Barbas, cuyo era el turno ahora, se dirigió al señor juez y le expuso, con toda cortesía de que era capaz el Barbas, expuso: “¡Es que se va a casar, señoría”. El juez, que era andaluz y, por consiguiente, dado a la celebración y a la alegría y final feliz y al quenofartedená, se unió a la fiesta y sentenció: “ Pos que seáis mu felices y comáis munchas, munchas perdices”; y arremangándose la toga, que a él le sentaba mejor que el traje de faralaes a la Pantoja de Marbella, se arrancó con rumbo de bulería, que era lo que mejor se le daba.

Aquí es donde debería decirse eso del colorín, colorado, este cuento se ha acabado; no obstante, y muy a mi pesar, debo añadir que en ese instante apareció un rubalco (bicho que en el argot de los patos quiere decir pájaro de mucho cuidado) y, en medio de la celebración de tanta ventura, anunció: “Patitos y patos todos: anuncio que voy a subir las multas. —Como algunos le afearan proceder tan vulgar y pesetero, él se defendía diciendo:— ¡Que no, repatos, que no, no es para recaudar más sino para evitar que ocurran accidentes!”.

Al escuchar esto, todos respiraron aliviados y cantaban el loor al ministro bueno. Que dice así:

¡Loor al ministro bueno
que tanto y tanto nos quiere,
que cuida nuestro dinero
y piensa en nosotros siempre!


¡Los novios, Farruquito y compañía, estaban de contentos...! El Barbas, también. Recién Viuda Mamá Pata cloqueaba con indignación; pero todos se lo recriminaban: “¡Ya ha pagado su culpa!”. Y para que viera que decían verdad, le señalaban la fiesta; de modo que ella no tuvo más remedio que acomodarse y llorar. De pura felicidad.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Vale