POLÍTICOS (II)
 
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El responsable de un partido político ha de ser el espejo en el que los ciudadanos, todos, se vean reflejados. Deben dar ejemplo de a lo que han de aspirar los que forman esa comunidad. Entre tras cualidades, ser fiables, honrados, listos, fieles a la comunidad, respetuosos con las leyes. Tienen la obligación de tener los ojos avizor a la búsqueda incansable de cualquier sinvergüenza que quiera aprovecharse de los intereses que la comunidad ha confiado en sus manos; debe escoger con sumo cuidado a sus colaboradores y, una vez hecha la elección, estar alerta y al menor indicio de golfería, a la puta calle. Aunque sea su hermano: la comunidad es lo primero.

Bueno, pues de los actuales más bien poquitos cumplen estos requisitos que cierta lógica avala:

¿Vas a confiar el bien de la comunidad a un golfo que lo único que busca es eternizarse en el poder recurriendo para ello a todas las triquiñuelas habidas y por haber, a un semi-dictadorcillo de tres al cuarto? Bien, pues en Andalucía viene sucediendo; llevan años en el poder y han tejido una tela de araña de intereses dirigidos sólo a un fin: eternizarse en una poltrona dictatorial a la que me han vestido de democracia prostituida.

¿Vas a confiar el bien de la comunidad a un individuo que asegura desconocer lo que su mano derecha ha venido urdiendo en los últimos años? Si dice verdad y, por consiguiente, lo desconocía, no conviene confiarle nada porque a la más mínima me lo van a llevar a la higuera. Si no lo desconocía y, por consiguiente, lo permitía, idem de lo mismo porque es tan golfo como la susodicha mano. O más.

¿Vas a confiar el bien de la comunidad a un pajarito que, como primera providencia, ha cuidado de vacunarse contra la ley con el objeto de hacerse auto-inmune? Y digo yo, ¿vacunarse?, ¿seguro? ¿Y cómo? Eso no puede ser: falso; sí que lo es. Perdón, eso no debe ser: cierto; pero lo es. Cogiéndome a Montesquieu y estirándole por aquí, encongiéndole por allá, forzándole por acullá hasta que al final cuadra en los ropajes de sus intereses. Y digo yo, ¿quién es el que tal hace? Y me respondo yo: véase la puesta en la calle del hijoputa ese de eta (25 asesinatos a sus espaldas, que no en su conciencia) y cuyo nombre no quiero poner aquí para que no huelas mal; véase la trayectoria vital de don Mario Conde (no el famoso financiero, ¡por Dios!, sino el Conde de Alcalá-Meco) y sus recursos actuales; véanse el pantojerío y el alcalde Guinnes de causas pendientes y las no tan ocultas y sí lógicas relaciones con la Junta de Andalucía (dadora de los permisos en última instancia y primera responsabilidad) y las bolsas de basura, asaltos a juzgados, etc; véanse los bienes dejados por un tal y tal, muerto y muerto pero ricos y ricos sus herederos; véanse los francos recursos de cierta familia heredera, entre otras cosillas, de una victoria civil; véase lo que se vea, no se ve sino lo que quieras ver porque para ver hay tres toneladas de basura en hechos y recuerdos y aún me quedo corto.

Otra: ¿Vas a confiar el bien de la comunidad a quien no respeta las leyes porque se considera instaurado en su poltrona, no por el voto de unos cuantos cientos de miles de mal-informados o pseudo-pagados, sino por la gracia de Dios? Vamos, digo yo que las leyes nos obligan a todos, incluso hasta al mismo Presidente de los EEUU. Claro está, esto último en los EEUU. O al de Italia. Claro está, esto último en Italia, que también tiene pan y miga con que comérselo. Chaves (o Chávez, que no recuerdo bien y para el caso es igual); Castro (no aquel heroico portero del Sporting que dio su vida por salvar la ajena, sino el que hunde en la miseria cubana las ajenas para salvarlas y, de paso, vivirla él a lo grande); también el Tamagochi ese que fue a reinar en Perú; y otras egregias figuras del santoral y en los infiernos ya (Videla, Hítler, Truman e incluso algunas más cercanas a nosotros) sí se saben o sabían fuera del bien y del mal, iluminados por los dioses, salvadores del universo entero y de su bolsillo lo primero. Lo están o estaban, por supuesto. Pero es que ellos se lo merecen. O merecían, ya sabes.

¡Vaya por Dios! Y, ¿qué hacer?

Y yo qué sé. Busque, compare y, si encuentra algo mejor, vótelo. Algo es algo; menos es nada.

Votamos cada cuatro años, tiempo más que suficiente para hundirnos en el pozo del tercermundismo más insalvable. Votamos lo que nos dicen que nos interesa; ya lo confesó, creo, aquel profesor de tan triste memoria: las promesas electorales se hacen para no cumplirlas.

Votamos un voto, o sea, una gota de agua en el mar océano; el resto de las gotas ¿son de riego, o sea, compradas, o de lluvia, o sea, del cielo divino?

Tenemos, al menos, una Constitución. Sí. Pero a la que atacan beneficios interesados. Desgastándola van con la permisividad debida a las coacciones de los mini-partidos nacionalistas. A los que las leyes, es decir, los políticos conscientes deberían haber parado sus piececitos hace ya.

Tenemos un Rey. También. Pero al que atacan personajes, personajillos, piojuelos que quieren hacernos creer que un Presidente de república nos resultaría más barato y sería remedio más eficaz para los males que asolan España. ¿No les suena esto último? A mí, sí: a canto sirénico (con permiso de la Real Academia de la Gandulería Hablada) que ya se escuchó en el siglo pasado, justo en el decenio anterior a nuestra famosísima Guerra Civil (que tantas pelis ha propiciado, antes de buenos y malos, ahora de malos y buenos).

Vaya, ¡ea!, pues sí que lo digo: en defensa de nuestra Familia Real he de quitarme el sombrero y rendirle pleitesía. Viven y dejan vivir. ¿Qué más queremos? Lo que se gasten o no se gasten más que ganado lo tienen con el buen hacer de una noche de febrero. Mucho más y mejor de lo que algunos hicieron, hacen o harán en toda una vida de política rastrera.


Vale