PUNTUALIZACIONES
 
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Estimado señor J.S.N.:


A lo que me parece, no está usted de acuerdo conmigo en ciertos aspectos de las cuestiones tratadas en mis Artículos y De Senectute; a esa sensación llego, no por el hecho de que me llame “irresponsable de los cojones” y “estúpido engreído y desconocedor de la realidad actual española”, sino por esa especie de intuición o sexto sentido que a lo largo de mi vida me ha ido acompañando y al que tanto respeto y en tanto tengo.

Ni que decir tiene que yo tampoco estoy de acuerdo con usted; sin embargo, no le voy a llamar irresponsable de los cojones ni estúpido engreído, que es lo que más me ha molestado, por si es usted más alto, más fuerte y más dado a la violencia que yo; cosa, por otra parte, fácil. Pero sí le voy a enumerar aquellos puntos que yo, de buena fe creo que sí, y usted, de mala leche cree que no, son viables en esa “realidad actual española” a la que alude con tanta constancia en su atento comentario de fecha 2-XII-09:

A)
Los cambios que se deberían efectuar en el sistema legislativo vigente chocarían, según su criterio, con la Constitución actual; sin embargo, y pese a lo que usted acertadamente deduce de mis escritos, yo no soy partidario de cambiarla. Ni siquiera de reformarla; pero sí de seguirla y adecuarla a la realidad en cuestión dentro de las posibilidades que su interpretación nos ofrece. Por ejemplo: ¿Sabe usted a cuánto asciende el montante de lo desaparecido por entre las uñas políticas en los años que llevamos de democracia? Pues infórmese, señor J.S.; y, de paso, infórmese también a cuánto asciende el montante aparecido de dicho montante desaparecido. Luego, si es que es capaz de llegar con objetividad a unas conclusiones aceptablemente sensatas y realistas, reste de la primera cantidad la segunda y le dará un tercer montante: ése es el beneficio neto, en euros, de una interpretación maligna de las leyes actuales. Leyes, dicho sea, que pueden cambiarse sin perjuicio de la Constitución en el sentido de que el primer objetivo en la lucha contra los delitos de malversación de caudales públicos, cohecho, soborno, etc. con implicaciones políticas ha de ser la recuperación de lo desaparecido. Y en este país hay juristas honrados de sobra y lúcidos a no dudar para que se les confíe la redacción de un articulado que cumpla con ambos requisitos, o sea, que se atenga a los límites de la Constitución y, por ende, que posibilite dicha recuperación. Y mire, para muestra un botón: si se pueden efectuar estos delitos con plena impunidad constitucional, ¿no va a ser posible evitarlos igualmente con plena impunidad constitucional? Sólo hace falta la voluntad de hacerlo, en mi opinión.

B)
Coge usted y me mete en prisión a un político que ha robado 500 millones de euros; entonces va y le impone una fianza de 1 millón de euros. La prensa: ¡La mayor fianza impuesta hasta la fecha! ¡Un millón de euros de fianza al alcalde de X! Y venga a echarse las manos a la cabeza por la magnitud de la fianza. Al día siguiente, nuevamente la prensa desinforma: ¡El alcalde de X en libertad tras pagar la fianza de un millón de euros! ¡Sólo le llevó una mañana al alcalde de X reunir el dinero de su fianza! Luego, el editorial: Con la ayuda de familiares, amigos, y alguna aportación anónima, el alcalde de X había reunido la fianza de etc., etc., etc. La guinda es el descaro de esa aportación anónima: el cachondeo a la ley, a los ciudadanos despojados, y al sentido común. ¿Quién va a creer que el bueno del alcalde de X no tiene, escondidos en donde no lo dice, unos milloncitos, quinientos o así?, ¿quién se va a creer que el bueno del alcalde de X sí tiene unos amigos aún más buenos que él, más desprendidos, más ilusos? Por lo que a mí respecta, ninguno de mis amigos podría, y dudo que quisieran, aportar cantidad alguna en estos tiempos para evitar que yo fuera a la cárcel; se hincharían de reír, irían a visitarme, los que fueran, y los que no, no dejarían de parlotear sobre mi inconsciencia y mala suerte durante los chatillos de los viernes noche. Claro es que yo no soy tan bueno como el alcalde de X. ¿Y usted, mi estimado J. S.? ¿No piensa que habría, quizás, que investigar con más ahínco aún de dónde vienen esas aportaciones para poner en libertad bajo fianza de un millón de euros a un señor que ha hecho desaparecer quinientos millones? Además, ¿en dónde está el disparate de la fianza de un millón de euros si el pajarito se ha apropiado de quinientos? ¡Mil habría que exigirle y, aún así, no sería disparate! Al menos, en mi criterio!

C)
Respecto a la necesidad de una reforma constitucional para poder llevar a la práctica la anulación de la figura del “insolvente” en estos casos, creo sinceramente que no es necesaria. Si el alcalde de X ha robado quinientos millones de euros, si la población X se ha visto despojada de los beneficios que esa cantidad le aseguraba, lo lógico es que una justicia que ODIA EL DELITO; COMPADECE A LA VÍCTIMA; Y EL DELINCUENTE, ¡AL TALEGO CON ÉL!, como reza la sentencia justa, preventiva, reparadora que es la misma esencia del ejercicio fiscal, acuda a su rescate. Si para ello hay que reducir euros a días de cárcel, ¿no encuentra lógico e impoluto que se divida la cantidad no devuelta por “insolvencia” entre el salario básico interprofesional? ¿Se le ocurre a usted, señor J.S.N., otro sistema mejor?

D)
Me achaca usted el cargar la culpa de la situación actual a los políticos actuales. Hombre, mire usted: yo no la tengo. Creo que usted tampoco, a no ser que sea cabeza de un partido político con voz lo suficientemente alta como para que se le oiga. Por supuesto que un líder de una tal organización no tiene las manos libres para hacer su santa voluntad; pero sí creo que con la suficiente entereza, con la seguridad de trabajar para quien debe y se debe, o sea, el pueblo, y con las dosis de prudencia, diplomacia y seguridad de estar en el sentido correcto, podría hacer mucho más que usted y yo juntos. Mire, si la dirección de un partido político aceptase como ley indiscutible la prohibición total y absoluta de aceptar regalos de ningún tipo, ¿no cree usted que se acabaría con el cohecho, soborno, etc., en dicho partido? ¡Hombre, pues sí que es usted exagerado! ¡Ningún regalo! ¡Qué disparate! ¡Usted está loco! Y, digo yo: ¿Loco? ¿Por qué? En los trabajos corrientes y molientes no se suelen hacer regalos. Entre particulares, sí; por ejemplo, una chica que quiere conquistar a un chico y va y le regala un abrigo de pieles, o un jefe del departamento de atención al cliente que le hace un regalo a una tía fea y más desagradable que Rita la Cantaora porque le da la gana, o cosas así. Pero si no, no. ¿Por qué, entonces se ha instituido el regalo como obligación y prebenda entre la clase gobernante? ¡Pues no, señor: ¡fuera regalos, aunque sea una cestita de fresas, una latita de angulas, o un cucuruchito de cagarrutas! Esto último lo que yo, de buena gana, regalaría a unos cuantos pájaros de la calaña política; para todos, según ganas tengo, no habría ovejas bastantes a cagar con tanto brío. Porque ha de recordar usted, amigo mío, que en estas fechas los jefes y jefecillos se vuelven locos con eso de los regalitos. En mi criterio, y me reafirmo, todo el que, estando en puesto de responsabilidad, acepta un regalo, es un sinvergüenza apto para la venta, es decir, para ser comprado; y repito: en mi criterio. CREO QUE, PARA LOS POLÍTICOS, LA NO-ACEPTACIÓN DE REGALOS HA DE IR IMPLÍCITA EN EL SUELDO.

E)
Si en vez de permanecer inmersos en la mezquindad de sus propias pequeñeces, se entregasen a la resolución efectiva y sensata de la terrible problemática que a tantas familias aplasta en la coyuntura actual, aquéllos que tienen la responsabilidad presente seguro que se enfrentarían al juicio del futuro con algo más de posibilidades de benevolencia hacia sus errores. Como dijo aquel ministro de triste memoria: Los experimentos se deben hacer en casa y con gaseosa. Con esto sí que estoy de acuerdo: ¿quiere usted abrir las puertas de su casa a ver qué pasa?; pues, ábralas; pero, no las del vecino, señor presi. ¿Quiere usted aplicar su dinero en lograr que estén sanos los vecinos antes que los de su casa?; pues hágalo, señor presi. Pero no obligue a los vecinos a pagar las facturas del médico de los marroquíes antes que las propias. Ya le digo: los experimentos, etc. El buen presi de un país ha de pensar, primero, en los ciudadanos de ese país, que para eso lo han elegido. Por un periodo temporal limitado, pero que da para hacer la mar de tonterías. ¿Por qué no indica a estos vecinos marroquíes, por ejemplo, que sus reivindicaciones deben plantearlas a su rey, ya que tienen una monarquía, aunque no como la nuestra? Además, su rey es riquísimo y, a no dudar, sabe cuidar de sus ciudadanos tan bien como usted, señor presi, lo hace de los suyos. Fíjese si me los cuida bien, señor presi, que, en muchos de nuestros servicios (sanidad, educación, etc.) van por delante de nosotros, es decir, los locales, es decir, la fauna que le ha elegido a usted, señor, presi.

F)
Me afea usted, señor J.S.N., que en todas mis Hojas y artículos me limite a la crítica negativa y en ello lleva razón, sí señor. También es cierto que, al tiempo que lo hago, ofrezco de forma más o menos encubierta lo que estimo como soluciones. Nuestros políticos hacen cosas buenas, algunas muy buenas; ya tienen quienes les loan sus alabanzas: en mi ciudad tenemos La Voz, El Ideal, El Diario y dos o tres más. ¿Qué quiere que le diga? Todas han vetado artículos que les he mandado. ¿Por qué? Pues no lo sé. En realidad, tampoco es que me importe demasiado: he vivido la mitad de mi vida bajo la férula tremenda de la dictadura franquista; ¿por qué no iba a poder sobrevivir la otra mitad bajo la férula de otra dictadura disfrazada de democracia prostituida? Ya me he acostumbrado y, en el fondo, pienso que la función de quienes aplicamos la crítica a lo que debemos es algo más digna que la de quienes aplican la lengua a lamer lo que no debieran.

Un atento saludo, mi estimado señor.

Vale