¡ARRE, BORRICO!
 
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Voy y cuelgo la llave de mi casa en la alcayata que hay fuera, en la pared junto a la puerta, y les digo, a mis vecinos, les digo:

—Cuidad de mi casa mientras estoy fuera. —Y ellos:

—Vete tranquilo que yo te la cuido —el uno, Chau; y el otro, Arre:

—Si alguien quiere entrar en tu casa habrá de pasar primero por encima de mí. —Y yo, no muy confiado pues sé qué clase de pájaros tengo por vecinos, me voy porque me tengo que ir.

No he hecho nada más que desaparecer de su vista cuando Chau se levanta, coge la llave, entra en mi casa, abre el frigo (que algunos, entre ellos Santi, mal-llaman federico) y, tomando lo que más le gusta de lo que allí hay, vuelve a su puerta y se pone a comer a dos carrillos, sentado él como un rey y disfrutando de mi comida más que un obispo de los de Franco. Termina lo que ha tomado, vuelve a levantarse y a repetir, aunque esta vez cuida de proveerse, además, de bebida y la saca y la pone en el suelo mientras con la boca no para el tío. Aún le da para dialogar con Arre, que no hace otra cosa que mirar, y a quien comenta:

—Estos choricillos están riquísimos. —Arre:

—No me extraña: tienen buena pinta. —Chau:

—Oye —sugiere—, ¿por qué no traes la guitarra y me tocas mientras como? —Lo cual hace Arre, que se levanta y entra en mi casa, coge mi guitarra y, mientras Chau come a dos carrillos y bebe con toda su ansia y eructa como moro sin ley ni empacho y no para, él toca las famosísimas sevillanas de las Arenas y de esta manera alegra el banquete de Chau.

Regreso a mi casa y entro y veo el estropicio que ha sufrido mi frigo y mis lloros y lamentos parten el corazón de las piedras que por doquier hay. Pregunta Arre, sentado aún en la puerta:

—Oye, ¿tú oyes algo? —Y Chau:

—Yo no. ¿Y tú? —Y responde Arre:

—Yo tampoco. —Añadiendo luego para puntualizar:— Con este viento no se oye nada. —Cuando la realidad es que no hace viento alguno y la brisa es calma y el sol radiante.

Viene el día siguiente y, como no tengo otro remedio que salir, vuelvo a dejar la llave en la alcayata y las recomendaciones en los oídos de mis dos mismos vecinos. Y me voy.

Apenas he dado la vuelta a la esquina me sale al paso La Gaceta, que es la alcahueta del barrio, y me dice:

—¡Pero hombre, ¿cómo es que dejas la llave de tu casa al cuidado de dos personas de tan poco fiar? —Aunque con prisa aún tengo tiempo para hacerle notar:

—¿Qué quieres que haga? No puedo quedarme en casa porque he de salir a ganar mi sustento. —Con esto de mi sustento quiero decir mi comida, que guardo en el frigo, y dinero con el que comprar mis caprichos, como mi guitarra. Y va y me dice La Gaceta, dice:

—¡Pero si es que apenas has desaparecido de su vista cuando ya han liado ellos la gran juerga a tu costa! —Como yo no digo nada sino que la miro y ya está, La Gaceta sigue:— Uno te roba la comida esa que tanto te cuesta comprar; y el otro se dedica a cantar mientras el uno come para que su comida sea tranquila y provechosa. —Como yo sigo sin decir pío, él:— ¡Pero, bueno, es que no piensas hacer nada? —A lo que le contesto:

—¿Qué puedo hacer? Si afeo su conducta a Chau, éste me pega una paliza mientras Arre toca la guitarra para que la paliza me sea tranquila y provechosa; ¿acaso no has visto lo alto y fuerte que es Chau y el enorme cabezón que tiene? Si se la afeo a Arre, éste no hará otra cosa que asegurarme que con el viento que hace no se puede oír nada. Y tú ves que no hace viento, ¿verdad?

—Nada de nada.

—Pues lo hace —le aseguro—. Por otra parte, si no voy a trabajar no gano euros; y si no gano euros me moriré de hambre. Dime tú, ¿qué puedo hacer?

Allí me la dejo: mirándome, la pobre.

Sólo que aquella tarde, al regreso del trabajo, veo que mi frigo está más vacío que nunca, Arre más contento que jamás le viera, y Chau con dos: un siervo híbrido de negro y moro (perdón, he querido decir de sujeto de color negro y de individuo de religión islámica y origen magrebí) y una sierva de ésas a las que los votantes de etnia calé (perdón, por si acaso el vocablo calé es presuntamente racista, que no es mi intención) denominan poney-paya. Ahora son ellos los encargados de tomar mi llave, abrir puerta, hurgar en el frigo y sacar a Chau lo que ellos saben que le gusta más: los bocadillos de votos.

Arre, más contento que nunca.

Yo, más cabreado que mono batido a caña y azote. Y a impuestos. Y dice Chau:

—Recuerda que, a partir de ahora, y mientras tú estés trabajando, tus hijos irán a la escuela sólo si hay plazas después de que hayamos adjudicado las suyas a mis siervos. —Y me aclara:— Es que son ellos los que me preparan los bocadillos esos que tanto agrado y goce causan a mi paladar. —A lo que yo, casi sin darme cuenta, he observado:

—Esclavos. —Él:

—¿Cómo? —Yo, sin pensar sensatamente aún, me reafirmo:

—Tus esclavos. —Se le pone el cabezón como punta de pene previa a la acción; chilla:

—¡Eso es racismo, maledicencia, usurpación de funciones, nepotismo, soborno, blanqueo, malversación, falsedad documental y cohecho con el agravante de nocturnidad! —Yo:

—¡Pero si es de día! —El juez:

—¡Pues como si es de noche!

De manera que allí me tienes, sin un duro, sin un voto y sin un siervo. Pero, eso sí, mi compañero de celda, tal Roca (bueno como él solo, humilde como rata), no cesa de animarme y hace todo lo que está en su mano para que no me venga abajo:

—Mira, en esta misma celda estuvo Mario el Conde de Alcala-Meco. —Y yo:

—¿El famosísimo escritor? —Roca:

—El mismo. Y los cagaderos de la primera planta son los que recibieron los dones corporales de Enciso el Eximio. —Yo, atónito:

—¡El alcalde de Añés! —Roca:

—El mismo. —Sobrecogido por lo impresionante del momento, no acierto a describir mis sentimientos. Lloro y río y hago palmas y doy gracias y corro como loco a sentarme en sitial tan emblemático.

—¡Ésta por el Chau! —Fuerzas y:— ¡Ésta por el Arre! —Fuerzas y estoy a punto de estallar en puro gozo místico cuando el del cagadero a mi derecha, un tal Campos (elegante como él solo y vestido a la última, se ve que de confección) se solivianta:

—¡Oye, y qué es lo que te ha hecho mi amigo Arre para que tal hagas y digas con tantos bríos y arrestos? —A lo que yo:

—¡Pues ha hecho como el novio de la ratita: dormir y callar! —Y, loco perdido ya, a gritos de desvarío, sin saber qué me digo en realidad:— ¡Pues entigo me he de cagar, pues entigo me he de cagar, pues...! —Así, sin parar.

A los chillidos, allá que acuden y me agarran y no saben qué hacer conmigo; pues yo sigo en automático y no paro con el asunto del entigo y eso. Salta un Bermejo, sabiondo él y muy cristiano:

—¡Dadle un tiro de escopeta de caza, coño, que nos va a alborotar todo el gallinero! —Sin embargo, y para mi suerte, allá que está el rey Gaspar, sabio y astuto (como de Jaén que es) y da con la solución:

—Vamos a darle una plaza de funcionario de la Junta y veréis como se calla y nada más dice y esto es mejor que los métodos trasnochados de Stalin, Chaves y Castro juntos.

Lo hacen y aquí estoy: feliz y contento y comiendo sopa y votando a to meter y colorín, colorado lo que se da ni santa Rita te lo quita.

Vale