BÁRCENAS
 
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Vaya por Dios, y qué mal ejemplo ha dado!

Dijo Matas, dijo: No son los políticos los corruptos, es la sociedad la que está enferma.

Que se lo diga ahora a ese par de hermanas agobiadas a más no poder por un banco que les exige el pago de un préstamo que les fue concedido para obras en casa de una de ellas, con tan mala suerte que su marido murió un par de meses después y ella quedó con dos niños de corta edad; su hermana, avalista del préstamo, tiene el sueldo embargado por los pagos mensuales, su marido la ha abandonado por la crispación y la penuria repentina e insostenible, pero, eso sí, le ha dejado unos zagalillos por los que no le pasa dinero alguno.

Que se lo diga, que vaya y se lo diga al Presidente del banco en cuya sucursal se lo concedieron.

Y, ya de paso, que se lo diga también al taxista que amplía su jornada más de lo que puede por ver de salir a flote mes tras mes; al pescador que ha de hacer frente a la mar con el agua al cuello siempre por los impuestos para que los políticos se los administren; al maestro que pierde voz, paciencia, nervios, dignidad sufriendo cada día la humillación que le infieren la incomprensión pública azuzada por quienes debieran protegerlos; al operario de una imprenta, al electricista de una empresita, al mecánico, al repartidor, al dependiente, al ama de casa cuando compra, al que ve sus derechos pisoteados por la soberbia de las grandes compañías y los políticos en sus retiros dorados.

Al que sabe los privilegios de que gozan los políticos en activo.

Veamos un caso: Invita el señor Jaime Matas al señor R, lo agasaja y despliega ante él toda la capacidad de gasto de que es capaz; y es capaz de mucha.

Muchísima.

—Qué amable eres conmigo, Jaimito —dice el señor R complacido. Además, le está muy agradecido por asuntillos de poca monta y menos aireo—. Te quiero un huevo. —Con esto último quiere significar que lo quiere un huevo.

Se pone Jaimito más ancho que largo. Entonces va y me lo agasaja aún más.

El señor R:

—Qué amable eres conmigo, Jaimito. Te quiero otro huevo. —Con esto último R quiere significar que lo quiere otro huevo.

¡Jaimito, más contento!

Coge a R y me lo lleva a la mar de pesca y excursión: su yate, su baba, su gracia, sus risas de pelotillero, la exquisitez de su señora.

R está que se sale:

—Qué amable eres conmigo, Jaimito. Te quiero otro huevo más.

¡Jaimito, más, más contento!

A todo esto, al buenazo de R no se le ocurre preguntar de dónde saca Jaimito, pa tanto como destaca; sino que calla y otorga.

Una de dos: o el señor R es tontucio perdido, porque se cree que el dinero cae del cielo a sus elegidos; el señor R es un cobarde que nada dice porque no quiere “extralimitarse” y deja hacer y deshacer de mangas capirotes al señor Matas; o ambas a la vez. (me parece que me han salido tres, pero es que no soy tan bueno con los números como el ilustrísimo señor Bárcenas).

Sea como sea, desde aquí se demanda la dimisión del señor X/R; por tontucio, por cobarde, por ambas razones. ¿Cómo va a confiar el ciudadano en alguien que no ve o no quiere ver como se roba la cosa pública en sus mismas narices?

Y, ¡ojo!, que no es suyo lo robado: es de todos los que se lo confiamos para que lo administrara.

—Es que el dinero de los partidos políticos es de los partidos políticos —puede argüir R por ver de salir de rositas.

—Pues mire usted, no. No es de los partidos políticos. Es de los contribuyentes ya que ustedes mismos no han querido hacer una legislación correcta que deslinde convenientemente los límites entre lo público y lo privado. Los partidos políticos, en tanto no se cambie la ley, son entes públicos y sus economías están bajo la supervisión de la administración.

Claro, que ¡qué administración! ¡En manos de las partidos políticos!

Pero, si a ello vamos, ¿qué no está hoy día en manos de los partidos políticos?, ¿la hacienda?, ¿la justicia? En todo nos vamos cada vez más asemejando a una dictadura solapada y platanera; los que vivimos en Andalucía sabemos de esto más que los que tienen la suerte de no hacerlo.

Y, por si éramos pocos, ahí tenemos a los nacionalismos: pero, hombre, si sois cuatro gatos y estáis haciendo chantaje a una nación con una historia que, como mínimo, os gana a todas por antigüedad, categoría y abolengo.

¡Ay, Dios, y cuánto me gustaría que existieses!

Vale