CONSEJOS A LOS PADRES
 
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Ha salido Bono, ya saben, el presidente del Congreso de los Diputados, en defensa de los sueldos y prebendas de los padres de la Patria. Como político que es, y en mi criterio, de los que poseen un colmillo no muy derecho precisamente así como, aunque lo disimula, una frente con no alcanza distancia lejana, ha pedido que los pajaritos de la prensa tengan tacto cuando se ocupen del asuntillo de marras, o sea, del asuntillo de los sueldos y prebendas de los políticos, ¿saben?

Lo que él mismo es.

Lo cual, a la petición en concreto me refiero, me parece una estupidez, una imposición encubierta, e incluso me pregunto si es que no ha de tomarse como una amenaza.

Digo, ¿por qué hemos de ser melindrosos a la hora de hablar de lo que cobran los cargos PÚBLICOS y de la calidad y cantidad del trabajo que hacen?; ¿por qué no podemos compararlos con los de otros TRABAJADORES de la nación?; ¿por qué no podemos denunciar los abusos que continuamente cometen? ¿O es que hasta el mismo Bono, no el cantante sino el otro, ése del que nos estamos ocupando, considera ya de por sí una inmoralidad que en tiempo de austeridades un señor cobre 12.000 euros por un trabajo que no entraña riesgo vital alguno y que sí lleva agregadas una serie de prebendas vergonzosas por ser el mismo que las disfruta quien ha colaborado a establecerlas?

Además, y para mejor reforzar sus razones (!), lanza un panegírico increíble sobre la dureza laboral que conlleva el desempeño profesional de sus bicocas: ¡de lunes a viernes, nada menos! Por ende, no duda en señalar cómo los parlamentarios autonómicos de seis regiones sufren mejores condiciones labor/salariales que ellos. Encima eso. Recochineo.

Me dan una lástima, los pobreticos. ¡Tanto trabajo! ¡Tan bien hecho!

¡Ay, Dios!

Ahí me tienes a los pescadores jugándose la vida por cuatro reales; ahí me tienes a los basureros recogiendo basuras hasta en noches de tormenta; ahí me tienes a los taxistas dejándose la espalda pegada al asiento, la vista en la carretera, la vida en casa.

Ahí me tienes el hemiciclo casi vacío la mayor parte de los días del año.

Ahí están miles de TRABAJADORES apurando hasta donde ya más no pueden, para cotizar por una pensión de hambre; ahí están viudas y huérfanos de servidores del Estado mal-muriendo con una pensión de vergüenza desde que sus maridos y padres dieron su vida al servicio de aquél; ahí están los carroñeros de los contenedores rebuscando un sustento que Cáritas se ve desbordada para dar.

Ahí están los señoritos congresistas y senadores recibiendo la pensión que...

—¡Alto ahí, so liante, que lo que quieres es cargarte la democracia!

—¿Cómo?

—¡Sí, sí, liante, embustero; y fascista, encima!

—Pero...

—¡Ni pero ni narices! ¡Lo que cobramos no es una pensión, so demagogo, más que demagogo!

—¡Cómo dice?

—¡No, no lo es, ni mucho menos, caradura! ¡Nosotros cobramos un complemento vitalicio para quienes tengamos más de siete años de antigüedad!

¿Qué voy a replicarle si tiene razón?

Toda la razón, ¿verdad?

Ante esta argumentación no me queda más remedio que retirarme con mi rabito entre mis patitas. ¿Cómo no lo habré pensado antes? ¡Si la cosa está clara como el agua clara! ¡Ay, Dios mío de mi alma, qué vergüenza estoy pasando!

Sólo me resta expresar mis más sinceras disculpas y, como desagravio y contrapartida, en reconocimiento a la bondad de su labor y prueba de mi buena voluntad, les proporciono las siguientes sugerencias como complemento a las que Bono ya ha distribuido, para que hagan de ellas uso habitual y les ayuden a gestionar un acercamiento todavía mayor al alma del pueblo al que con tanto tino dirigen:

que cuando tomen el metro a horas punta se hagan acompañar de sus cuatro o cinco guardaespaldas para que, en la intimidad de las apreturas, susurren a los de alrededor: “¡Ése señor de ahí es un Diputado!”, y otro añada: “¡Fíjate, fíjate, si utiliza el metro, como nosotros!”, con expresión de arrobo y admiración profundas;

que cuando alguna viejecica o embarazada se levante espantada y le ceda el asiento al ser conocedora de la calidad de tal señoría, él grite con mucho brío: “¡No, no, señora, gracias, gracias, pero los padres de la Patria hemos de sacrificarnos por el pueblo al que servimos!”, y rehúsen hasta tres veces; a la cuarta, acepten;

que si es un caballero de edad el que tal hace, o sea, cederles el asiento, él acepte a la primera añadiendo en voz muy alta “¡Gracias, gracias, voy a aceptárselo porque vengo mortalmente exánime! —añadiendo, más fuerte aún:— ¡No se puede hacer una idea de cómo trabajamos los padres de la Patria, pero no nos pesa porque es por el bien de todos los españoles!”, resoplando mientras se sienta;

que si es un viejo el que despierta a un trabajador para hacerle saber la gloriosa compaña de que gozan y, consecuentemente, éste actúe como de él es de esperar, haga como que no oye cuando el obrero en cuestión se cague con todas sus ganas en los señores padres de su señoría;

que siga actuando de manera similar, o sea, como que no oye, cuando el citado obrero, agotado el tema de la cagada, pase a dar un repaso a la señora madre de su señoría y a expresar serias dudas acerca de la identidad de su señor padre;

que en este caso, y sin consideración por la estación de destino de su señoría, se apee en la primera parada que haga el metro y lo abandone con la mayor dignidad que pueda;

que si por mala suerte algún malintencionado y anti-demócrata hace alusión a que su señoría no está en el paro y él sí, su señoría haga saber con gran energía y dirigiéndose al insurrecto: “¡Estamos trabajando para que el paro disminuya, y esto es un hecho!”; a continuación, y sin caer en el grave error de escuchar las invectivas del sujeto ni, ¡mucho menos!, intentar rebatirlas, repita con gran arrojo: “¡Arremangados estamos sacando al pueblo del pozo de la ignorancia y la desidia!” en tanto se cobija tras los guardaespaldas hasta la primera estación, en la cual se apeará;

que si todo el vagón del metro se pone a cantar el “Himno de gloria a los padres de la Patria”, él agache humilde y consecuentemente la cabeza hasta la nota final, dada la cual alzará el rostro radiante para agradecerlo, con lágrimas en los ojos si puede ser;

que si todo el vagón se pone a dar vítores tipo “¡Vivan la señoría que tanto trabaja por nuestro bienestar!", él actúe de forma similar a la del punto anterior y aguante, aunque se pase varias estaciones de la suya de destino, hasta que el coro comience a menguar;

que si se escucha jolgorio del tipo “¡Que viva su puta madre!” actúe según su recto criterio le dicte ya que el lema objeto de clamor se puede decantar en su interpretación hacia ambas vertientes.

que tales comportamientos son igualmente aplicables a los autobuses públicos, para cuya identificación se adjuntan fotografías del modelo vigente en la ciudad al objeto de que Sus Señorías no se armen un lío para identificarlos, así como de las paradas habituales de los mismos.

De nada.


Vale.