LA ENSEÑANZA NUESTRA DE CADA DÍA
 
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Entró en las escuelas españolas la democracia esta que tenemos, si no me equivoco, coincidiendo con la emisión por la televisión oficial la serie aquella, norteamericana, por supuesto, que se llamaba “La casa de la pradera”; en los estertores de la Dictadurísima era; alguno de los gerifaltes que por entonces teníamos en lo que se llamaba Ministerio de Educación, seguramente debió de ver algún capítulo del engendro y allí comenzó el caos. En la serie en cuestión se nos mostraba a unas niñas empalagosas y medio tontucias que asistían a una escuela en la que eran los padres quienes hacían y deshacían como sus luces les daban a entender a los guionistas de los seriales de entonces; esto, claro, se supone que sucedía en la América salvaje del Far West y en tiempos de Maricastaña. La lumbrera, la nuestra, se debió de decir:

—¡Esto es! —totalmente entusiasmado, y:— ¡Éste es el camino!

Descubierto que había sido, arreó por él y el rebaño detrás.

Como primera providencia, metieron a los padres en los órganos rectores de las escuelas con la connivencia de sindicatos y el silencio de sus paniaguados líderes. No vayan, vuestras mercedes, a pensar que les dieron asiento de espectadores a los padres, no; qué va: les dieron asientos de primera fila con voz y grito a placer, y voto más que suficiente. Entonces muchos padres, por su afán de destacar con vistas políticas, en muchos casos, o simplemente egoístas y de satisfacción personal, en otros, hicieron uso de este inesperado estrado para dar rienda suelta a sus apetencias.

La tónica general, y hablo a toro pasado y basado en lo que la experiencia me mostró, fue que no ayudaron a los docentes en sus tareas y sí las entorpecieron bastante: dieron lugar a rencillas de diversa y profusa índole, se entrometieron en asuntos puramente pedagógicos mostrando hasta qué punto no tenían ni idea y pretendiendo imponer sus criterios, trataron de favorecer a sus allegados en todo lo que ocurría, intentaron por todos los medios subordinar al profesorado para ocupar ellos el papel estelar, pretendieron la politización de los claustros y en muchos casos lo lograron, crearon focos de poder interno al servicio de sus intereses particularistas. Éstas son sólo algunas de entre un mar de mejoras que trajo la jodida casita de la puñetera pradera.

A todo esto, los sindicatos, siempre ojo avizor, también pusieron su tonelada de arena a la hora de defender a los docentes: les enseñaron a hacer huelgas con las que iban a lograr el oro y el moro y, cuando a ellos (a los sindicatos de enseñanza) les convino por intereses ajenos a los de los huelguistas, allá que nos dejaron con el culo al aire y varios miles de pesetas menos en los bolsillos. También nos enseñaron a estar callados mientras nos iban mermando nuestros derechos porque eran ellos los encargados de defendernos y ¡lo hacían de bien!; en este sentido sería delito no mencionar al menos uno de ellos, el de los concursos de traslados: hasta entonces, de una transparencia impoluta; desde entonces, de una oscuridad en la que las únicas luces son las que portan los líderes sindicales y sus amos que les pagan, los delegados de educación.

Por supuesto, abogaron por la transparencia y se les llenaba la boca hablando de la calidad de la enseñanza; y ¿saben en qué vino a parar la dichosa transparencia y la cacareada calidad de la enseñanza? Pues se lo voy a decir: en que empezaron a crear puestos de asesores especializados en los que iban encontrando acomodo a sus amigotes; en el ambiente laboral a éstos se les conocía, y conoce, como los fugitivos de la tiza; y tenían, y tienen, una característica casi común a todos ellos: un desconocimiento supino de la materia concreta e inútil sobre la que versaba su chiringuito, nombre éste con el que se conocía la ubicación especifica del chanchullo. Antes había un 3% de enchufados, ahora hay un 22%; cada uno de ellos con su sillón blandito, mesaza de directivo, aire acondicionado, ordenador completo, horario de a qué pides boca y, lo que es más importante de todo, ¡sin alumnos! Claro, luego va un docente, se pone malo y los niños o se reparten entre los demás o a la puta calle, que son dos días; porque no van a permitir que un fugitivo de la tiza cese en su graciosa, ligera, voluble y llevadera huida: es un hecho probado que en este cambio (como en el asunto del mariconeo) quien pasa de una acera a otra, rara vez vuelve a la primera.

A todo esto, ¿y los inspectores? Pues muy sencillo: había que reconvertirlos en comisarios políticos; al menos es lo que he visto en mi andadura profesional. En la época franquista estaban los inspectores de Falange, que eran los de marcado carácter político e iban por las claras; y los otros. Éstos tenían que hacer una licenciatura, tener dos años de prácticas y aprobar unas oposiciones; los que lograban alcanzar plaza eran vistos por maestros y profesores como técnicos que, si no perfectos y, por supuesto, sí desconocedores absolutos de qué iba la cosa de la enseñanza, al menos se lo habían currado y eran, por consiguiente, merecedores de cierta consideración. Ya no eran los tiempos en los que algunos maestros habían sido elevados al inspectorato por su mucha afinidad al régimen dictadurísimo: éstos habían cascado o se habían jubilado.

Entonces es cuando aparece el florido pensil de florecitas del que ahora disfrutamos: los de siempre aplicados a lo de siempre, con el común denominador de la incompetencia y la soberbia. Y, eso sí, defensores acérrimos y obtusos del Sevilla dixit, pues en ello les va el puesto; y esto es antes que cualquier otra consideración de cualquier otro tipo. Me supongo, es un suponer, que también habrá sus excepciones; yo no las he visto por mucho que sí los he tratado. Eso sí: lo que manda la voz de su amo es ley y se hace; aunque sea ir en contra de toda lógica pedagógica, que es lo que normalmente manda la voz de su amo. Por ejemplo: si se les manda que hay que implantar el uso del ordenador como instrumento sine qua non en la enseñanza, allá que se lanzan y amenazan con defenestrar, y defenestran, a cualquiera que se oponga a ello; como si desde siempre hubiera habido ordenadores en las escuelas; como si lo de los ordenadores no fuese un negocio de Dios sabe quién; como si el pésimo índice de calidad en la enseñanza española se debiese a que no se nos ha ocurrido hacer uso del ordenador hasta ahora; como si no estuviéramos en plena crisis. Como si fuésemos tontos.

¿Y los alumnos? ¡Ah, amigo mío, eso es agua de otro cántaro!

Éstos son los instrumentos de todo el tejemaneje, las primeras e ignorantes víctimas y, sobre todo, la materia prima de los experimentos más disparatados. Aún recuerdo cuando a una lumbrera a quien colocaron de ministro del ramo, por los setenta y pico o así sería, se le ocurrió cambiar las vacaciones de verano y ¡colocarlas en invierno porque lo había visto en países sudamericanos!; así, decía, también se haría coincidir el comienzo del curso con el año nuevo, más o menos; no entiendo por qué al filigrana le buscaron corriendo otra poltrona cuando es notorio que mostraba maneras inconfundibles y prometía la tira en el puesto este.

Se extendió como norma que la libertad impide el ejercicio de cualquier autoridad; a ello se focalizaron los esfuerzos de toda una época: la Dictadurísima ha muerto, ¡viva el libertinaje! Y a practicarlo. Como primera providencia, anunciar y proclamar y defender y ensalzar los sacrosantos derechos de los alumnos. LOS DERECHOS DE LOS ALUMNOS. No los deberes, ¿eh?, que eso se silenciaba porque nadie lo decía; y si alguno lo intentaba, se le tachaba de facha, carca, pancista, fascista y la Biblia en pasta. De manera que los alumnos aprendieron a conocer y exigir sus derechos. Los papás, más. Que el niño no estudiaba, el maestro que no enseñaba lo que el niño tenía derecho a aprender. Si suspendía a un niño, ¡lo traumatizaba psicológicamente!; porque cada niño, todo niño, ¡es más sensible... Ay, mi madre, qué sensible es! Y los maestros venga a tratar a los niños cada vez con más respeto porque si no éstos se iban con sus papás al comisario político de su zona y éste le ponía cara a la pared y le echaba un rapapolvo y, como se terciara, hasta le amenazaba con un expediente de ésos.

El niño, bicho borde y listísimo, aprendió rápido: entre sus derechos está el de no trabajar. Una vez proclamado éste, allá que vienen legiones de hago-méritos para huir de la tiza y se ponen a defender que el niño aprende más cuando no hace nada. La razón pedagógica de esto es que cuanto más feliz es un zagal, más aprende; y cuanto menos hace, más feliz es; por consiguiente, cuanto más racanea, más jode al maestro. Pura lógica. Pura pedagogía. Así se fue imponiendo la costumbre de enviar al nene al colegio para que no hiciera nada más que joer al maestro; y el maestro al que se le ocurría exigir en su materia, al instante adquiría mala fama y las denuncias al comisario político eran sonadas y menudas. De manera que si quien nos paga ordena que no les exijamos, quien paga manda y amén.

Así iban cayendo los niveles: lo que enseñé en mi materia a mi paso por 8º de EGB en el Colegio Los Millares (Almería, por los 80) era más y con más aprovechamiento que lo que quince años después enseñaba en 2º de Bachillerato en el IES Galileo (Almería). En ambos casos sin ordenadores. Pero con una diferencia esencial, según creo: en EGB sabían que les podría suspender si no estudiaban; en el IES se lo pasaban por el arco: Suspéndeme si quieres; de todas formas voy a pasar de curso.

Llevaban razón: era de tontos estudiar y éstos, si estudiaban, era lo mismo. Luego, otra cosa: en mis tiempos de estudiante nada me regalaban; si quería aprobar una asignatura tenía que estudiar como un cabrito; si quería tener libros los tenía que comprar y mis padres (que los habían pagado) tenían buen cuidado de obligarme a que su compra no descansara ni un día sin provecho: ¿No querías tener los libros, no tenías tanta prisa, eh? Pues ahí los tienes. Quien tenía una beca se la quitaban si suspendía una asignatura o si su nota bajaba de notable, si no recuerdo mal. Hoy día, los libros se maltratan, rompen, pierden o venden porque no les ha costado nada a los papás; a las clases se asiste, o no, porque se permite la entrada a cualquier hora, no les importa lo que allí se trata (el aprobado o pase ya lo tienen) y, para colmo, a los padres les da igual tres que treinta; las calificaciones del profesor carecen de importancia porque ¿para qué las quieren?; el respeto al profesor es una antigualla de cuando los cristianos mataban moros, porque ahora los moros matan 200 cristianos de una tacada y no pasa nada. ¿Qué más da? El profe es un colega y yo paso de este coleguilla. La sociedad me lo permite; mi papá me respalda y, si el maestro me dice que soy un gandul, le arreo una hostia; o mi papa, dos.

La pedagogía del esfuerzo ha sido sustituida por la pedagogía del PORQUE TÚ TE LO MERECES. ¿Y por qué te lo mereces?

¡Ah...!

Vale