DOS HOMBRES, DOS SILLONES
 
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O sea, hay un hombre sentado en un sillón. En un hemiciclo, ¿eh?, que es como un teatrillo en cuyo fondo se encuentra sentado otro hombre en una especie de sitial y dando cara a los demás; ante el sitial se extienden las gradas dispuestas de manera que quienes se acomodan en ellas encaran al hombre del sitial, que es, como si dijéramos, quien preside todo el cotarro.

Pues bien, el primer hombre, llamado Adolfo, oye un gran alboroto que se acerca por uno de los pasillos que conducen al teatrillo; se escuchan gritos destemplados y ruidos extraños al lugar de marras; entonces entran varios guardias civiles con uniforme y metralletas. Uno de ellos, pistola en mano y bigote en rostro, se dirige al estrado desde el que los que tienen derecho a ello hablan para los demás.

—¡Quieto todo el mundo! —Uno o dos de los guardias civiles disparan ráfagas de metralleta para silenciar y amedrentar la algarabía y agitación que ha estallado en las gradas; el del bigote y pistola en mano vuelve a gritar:— ¡Al suelo todo el mundo! —y dispara cuatro o cinco o más, que no sé exactamente cuántos, tiros al techo del teatrillo.

Otro hombre que está al lado de Adolfo se levanta, gallito él como teniente general que es y acostumbrado, por tanto, a que su palabra sea ley, e intenta reducir a la obediencia al del bigote, identificado ya como el cabecilla de los intrusos; creo, otra suposición, que se ha dado cuenta de que el del bigote y pistola no tiene galones superiores a los suyos y, por consiguiente, le debe obediencia y le va a obedecer; que no es el caso, claro.

A todo esto las gradas han empezado a mostrar el vacío de valor de quienes las ocupaban: apenas quedan quienes asoman unos ojillos asustados por tratar de ver de qué va la cosa; todos los demás están agachados y hundidos los rostros en la humillación y el miedo.

Una nueva ráfaga de metralleta y unos cuantos disparos más y no quedan sino el teniente general, Mellado de apellido, en un tira y afloja con el del bigote y un par de guardias civiles que intentan reducirlo, y Adolfo que se ha levantado y trata de evitar que los intrusos, y en especial el del bigote, le metan un tiro en el cuerpo al teniente general.

Al poco ya reina la calma: el teniente general ha retornado a su sitio y, como los demás, se ha ocultado muy por debajo del valor que se le supone. Los guardias civiles, el del bigote al frente, se han hecho dueños de la situación. El hemiciclo entero está aparentemente vacío.

Salvo dos sitiales:

Santiago Carrillo, con aparente indiferencia. fuma desde uno de ellos, allá, en los escaños de arriba. En todo el rato se ha movido. Él, que ha visto a la muerte tan de cerca en su juventud, que tantas y tantas órdenes a la muerte ha dado, no parece que esta representación vaya con él: cigarrillo tras cigarrillo espera que lo que sea, sea. Ya es un viejo y, supongo, tiene tanto apego a la vida como los viejos solemos tener; pero, pese a ello, allí está: llamando la atención en el desierto y sin dejar que el miedo le haga no llamarla.

Adolfo Suárez se ha acomodado mejor en su sillón: los hombros erguidos, la cabeza alta, parece lamentar no tener más altura para mostrar que su valor corre paralelo a su firmeza y dignidad. No importa: podrá ser escurrido de cuerpo, su cuerpo es de gloria y honor para las mujeres y hombres a quienes representa. Allí queda, allí está; y allí estará siempre en el recuerdo: imponente, impertérrito, soberbio y ejemplar, orgullo de la raza que engendró Pizarros y Corteses, pundonor y prez nuestros.

Por los suelos andan tantas y tantas hormigas y hormiguitas que le tildaron de eso o aquello o lo de más allá: todos olvidados en el olvido de lo común y ordinario. Por el cielo anda ya él, ajeno a ello, Adolfo, por ese cielo que cada país escoge y adorna de la manera galana que sus personas de bien, sus héroes merecen. Sentado permaneció, sentado allí estará en reconocimiento agradecido del pueblo que con tanto tino como valor guió.


O sea, hay un hombre sentado en un sillón. En un desfile, ¿eh?, y van pasando soldados y eso. Bueno, pues pasa la bandera americana y nuestro hombre, cabeza de la izquierda y, por ende, de la sensatez y dignidad, no se levanta. No, señor. No se levanta; como sí lo hacen todos los que alrededor de él representan a los habitantes de este país. Él, no; no se levanta. Allí sigue, culo pegado al sillón, cejas acetapeadas, sonrisa tensa, tersa, ahí, para que se enteren de algo que él sabe lo que es y por eso es por lo que lo hace y todos le miran y admiran, piensa él.

Bueno, pues viene la muerte y se lleva cerca de doscientos inocentes, segados como mieses por cimitarra enorme y cruel, amén de traicionera.

A partir de entonces nuestro hombre se hace pedazos por serle agradable al de la bandera americana porque acaba de caer en la cuenta de cuánto cuenta en la cuenta total de sus cuentas, que él sabe cuáles son. El de la bandera americana: “Holla, amijo, qué tol” y ni puto caso. Él venga a sonreír a lo tonto tontarrón y a correr tras el otro para que le dé la mano al menos y poderse hacer una fotillo con él. El otro, ni puto caso, ya te digo.

—Más valdría que dijera que él no nos representa a todos, sino sólo a los que lo eligieron —mascullan entre sí muchos de los que vieron el detalle del desfile.

—Es que él rinde su orgullo ante el interés del país —mascullan aquéllos a quienes sí representa y por ello le disculpan.

Se va el de la bandera y viene uno nuevo, uno negrito. O casi.

El de las cejas acetapeadas la ha emprendido ahora con los que él entiende que no representa y, como Ali Kan contra el Guerrero del Antifaz o como Largo Caballero contra Franco, allá que se mete a meterlos en vereda: y les quita sus crucifijos y se lanza a vengar a su abuelito (no al franquista, ¿eh?, sino al otro); a todo esto, y en su empeño, deshace buena parte de la buena obra de Adolfo, y siembra semillas de una inquina que ya estaba casi superada.

Lo que no abandona es su empeño en lo de la foto con el de la bandera americana, es decir, el negrito o casi; de manera que allá que se va, a rezar y que vean cómo es que él entiende y defiende lo que tanto persigue y crucifica en su país que es el nuestro, o sea, aquí.

—Nunca estuvo en mis intenciones —le dice el de la bandera, que ahora es un negrito como ya sabes, haciendo referencia a que no piensa venir por acá en justa correspondencia por su gentileza de ir a rezar allá.

Y él, el de las cejas acetapeadas, dale que te pego y venga a humillarse. Y a hacer sentirse a tanto compatriota (perdón por si esta palabra es ilegal) francamente (perdón por si esta palabra es ilegal) abochornado de vergüenza ajena. Que es la suya. Que, a juzgar por los hechos, no tiene. Y perdón por si esto suena como lo que no es, o sea, que éranse que se eran dos hombres sentados en sendos sillones desde los que y la dignidad, todo lo cual quiere decir lo mismo pero no es indiferente ni disgustado. Y aún me quedo corto para todo lo que se debería decir. Por si acaso.