INMUNIDAD O IMPUNIDAD
 
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INMUNIDAD PARLAMENTARIA FRENTE A IMPUNIDAD POLÍTICA

Nuestros políticos actuales cada vez más parece ser que confunden la validación en las urnas con la patente de corso: apenas se ven electos ya están avizorando desde aquí hacia allá por ver de encontrar dónde mejor clavar las zarpas de su egoísmo. Una vez que la han hecho (la faena digo) y con la pasta calentita en el bolsillo, no piensen vuesas mercedes que tiemblan o se avergüencen: ¡qué va! ¿Saben por qué? ¡Pues porque se saben ricos y con las espaldas bien cubiertas por el partido de turno y los riñones mejor aún por los caudales afanados!

Claro, el sentimiento corporativo en el estamento político es demasiado fuerte: el hoy por ti, mañana por mí es su seguro frente a situaciones no deseadas y pavores incontrolados (vg., la pillada con manos en masa, la difusión en los medios, la denuncia pública, etc.). Aparte el hecho de que a los actuales dirigentes de los partidos les repugna cualquier amenaza de escándalo: son votos que se restan, según ellos; y hay que entender que la calibración del voto es la meta primera de toda actividad pública para cualquiera de ellos.

¿Consecuencia?

Pues sencilla: la institucionalización de la malversación de caudales públicos a todo lo largo y ancho de la piel de toro.

Así hemos dado en ver casos en que se esgrimen las más ridículas excusas para tratar de explicar la razón de un enriquecimiento a todas luces ilícito: ¡No sabía que mi hija trabajaba allí! ¿Es que no puede ganarse la vida mi Ivanito? Aunque lo que en verdad raya en lo inmoral, ridículo y absurdo en tales casos es la técnica del empujón: descubierto el lodazal, se saca al causante, se le agita un poco para lavado de imagen, ¡y se le coloca en puesto de superior categoría! Ni que decir tiene que no se le despoja de lo afanado ni ¡mucho menos! se le afea públicamente su conducta.

Amigos, esto pasa. Está pasando.

Lo que nos trae como corolario el que se posibiliten situaciones tan escandalosas como la de los EREs, el saco de Marbella o el récord del Palma-Arena. O que personajes tan lamentables como el bachiller Montilla o el cara Carod se encuentren en disposición tal que les capacite dejar las arcas públicas (catalanas en este caso) en situación de boqueo pre-cascal; figuras que, encima, han llevado su incompetencia gestora hasta la locura de privar de los toros a los aficionados de aquellas tierras ¡en unos tiempos de agonía empresarial como éstos!

Son personas nefandas.

Ahora bien, si a usted se le ocurre decir algo, lo primero que te sueltan es eso de la responsabilidad política y tal.

¡Responsabilidad política!

¡Ja!, que diría Lili.

¿Y eso qué es?, que digo yo.

—Pues mire usted, eso es que las urnas castigarán al servidor público que traicione la confianza que el elector deposita en él, ¿entiende?

—¿Quiere eso decir, amable señor, que las urnas le obligarán a devolver lo afanado?

—Quiere decir que si los electores no le consideran idóneo para representarles, no le reelegirán, ¿está claro?

—O sea, que las urnas lo meterán en la cárcel por méritos propios, ¿no?

—¡Cómo van a meterlos en la cárcel unas urnas, que son unas cosas! ¡Ay, qué cosas tiene usted!

—Pues si no les hacen escupir lo mangado, ni los meten en el talego, para mí que eso de la responsabilidad política es un engañabobos, ¿sabe?

—Ésa es la grandeza de la Democracia.

—Ah, pues mire usted, NO.

—¿No?

—NO. Bien está que la Democracia provea de respaldo y cobijo a quienes la representan, que eso es la inmunidad parlamentaria; pero, ¡y con mayor celo aún!, ha de proveer castigo a quienes en su nombre desfalcan y se enriquecen por medio de una impunidad política que va creciendo a la sombra de nuestro analfabetismo democrático.

—¡Usted es un fascista y un hijo de tal!

—Que Dios esté con todos nosotros, hermano.

 

 
23-IX-11