VALENCIA
 
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         Si uno quiere tener una opinión, lo primero es informarse: acudir a las fuentes y beber en ellas hasta reunir datos suficientes, procesarlos entonces y, por último, extraer conclusiones y decidir. Sucede que en nuestra época lo primero es relativa y presuntamente fácil: entras en internet y allí lo tienes todo. Sin embargo, amigo mío, ahí también está la dificultad: ¿cómo separar el grano de la paja?

         Por ejemplo, tomemos el aeropuerto de Castellón, en la Comunidad Valenciana. Me pregunto yo, me pregunto, ¿para qué quieren un aeropuerto en Castellón si tienen uno al lado, en Manises, y otro al otro lado, en Reus?

         Como quiero proceder con entera objetividad, allá que me meto en internet en busca de información: ¿para qué será, para qué será?

         Bien, pues apenas he empezado a googlear cuando ya me han puesto a un tal Fabra a caer de un burro; dentro de un lodazal; bien espeso y abundoso y lleno de cosa no rica; aunque rico este pollo, eso sí. Por supuesto, no voy a desmenuzar aquí todas las presuntas alabanzas que le dedican al ex-Presidente de la Diputación de Castellón; allí están y el que quiera que se tome su tiempo (le va a hacer falta) y las lea. Sólo diré que lo que allí se le atribuye es ominoso, execrable, vergonzoso y lamentable para atribuir a cualquiera, cuánto más a un gobernante. ¡Cuánto, mucho más, si la mitad de ello es cierto!

         Quienes seguramente no las han leído han sido los valencianos. O eso o es que son tan masocas como los andaluces con Chaves (antes) y con José Antonio (ahora), pero al derecho. Y otro que tampoco las ha leído ha sido Rajoy: si lo hubiera hecho no le habría promocionado a Presidente de aquella autonomía.

         ¿O sí? Porque también puede que estas alabanzas sean la paja en el grano, ¿no?

         No. Lo que hace que me replantee seriamente mi convicción de que aún no estoy en república bananera, pero sí a pique, es la intención (de no quiero saber quién aunque ustedes se lo pueden imaginar) de erigirse estatua triunfal para presidir este desaguisado desde rotonda egregia. De manera que no. Algo así como las de Sadam Husseín, Hítler o Mao. Claro que la broma sólo parece que nos va a costar unos 300.000 eurillos: ¡ni Chaves llegó a tanto! Ni siquiera el bachiller Montilla: por su fotografía pagamos, si no recuerdo mal, unos 8.000 euros nada más. Rotundamente no. No obstante, si pese a todo se empeñan en llevar a buen aeropuerto el proyecto ya en marcha, un consejo al señor Juan Ripollés (el artista): mejor realizar toda la escultura en barro a excepción de la cara del personaje; ésta, de bronce.

         Veamos, la CAM ha hecho y deshecho como le ha dado la gana; quienes hayan sido los que han sido, nos han desplumado como a pollos: ha habido que “inyectar” y el coste de la inyección lo hemos abonado los borregos de siempre. Ahora bien, ¿quiénes han cometido el latrocinio?

         ¡Ah, ya sé: los mismos de cuyas madres nos acordaremos cuando nos veamos enGreciados?

       ¡Efectivamente! Ahí, en internet, se proveen muchas pistas que hacen referencia al territorio, necesidades de entidades políticas e, incluso, apetencias curales de un curita por el euro, tal y como Alí Babá y sus huates solía: Costas y costados, unos; Matas y matados, otros; EREados y jodidos, los demás. Luego, al final, sí que he encontrado una pregunta: Blanco y en botella, ¿qué es? La respuesta, claro está, acude rápida a los labios: ¡gasolina de la gasolinera!

         ¿No hay esperanza?

         ¡Y a pesar de todo, amigos, tengo confianza en que este hombre nos va a sacar del pozo Zapatero! A Rajoy me refiero. Soy optimista y sé que en España hay más regiones que Valencia. Y Andalucía. Bueno, y Mallorca, y Madrid, y Cataluña (la del Palau, ya saben), y Galicia, y Castilla La Nueva, y La Vieja también, sí señor. Además, para que lo sepan: en Valencia hay más políticos que los que hogaño asoman la coronilla por encima a entrambos lados de la tapia.

         Esto, sí: sea como sea, amigos, estoy convencido de que ni unos ni otros se van a poder llevar nada con ellos. Cuando casquen, digo. Sólo su fama que, como manto mortuorio, irá cubriendo su recuerdo y amparando a los descendientes-disfrutantes de sus tropelías. ¡Porque aquí no se devuelven ni los buenos días!

Vale

 

 
30-X-11