EL DÍA DEL DOLOR
 
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Pues, señores, cada veinte de noviembre, con la fresquita, ya estábamos los flechas hechos un manojo de nervios y zascandileando en grupúsculos por los alrededores de la Cruz de los Caídos, chirriando como hormiguitas tensas y medio alocadas, riendo por la excitación, embutidos en nuestros uniformes: las botas, relucientes; camisas azules, netas, limpitas, recién planchadas, proletarias a más no poder; boina al hombro, como corresponde a quienes han de tener las manos libres para así poder servir mejor a la Patria; cabellos peinaditos y orejas que nuestras madres habían cuidado que aparecieran sin rastro de materia ajena.

Pillaba la Cruz de los Caídos junto al Ayuntamiento, o sea, la Plaza Vieja, ¿no?, pues al lado mismo; como un ataúd miaja ancho de más y recogidito entre los cuatro muros de piedra y verja, de suelo limpio por recién barrido, serenamente asentado a los pies de la inmensa cruz de mármol aneja a la iglesia de las Claras. Éste era, tal día, el centro de toda actividad; no ya del barrio: de la ciudad entera.

Ya bien temprano había pasado por mi casa Gordiano; hijo, él, de padres más o menos adictos al régimen, eran éstos gente de bien y no cuidaban lo más mínimo por la catadura ideológica de las amistades de su hijo, entre los que estaba yo. Desde allí, pertrechados con las advertencias y acompañados por el temor de mi madre, siempre espantada ella por el horror a cualquier indiscreción mía que nos acarreara a todos la desgracia y el rechazo eternos, pasábamos a por Jesús.

Gordiano pertenecía a la centuria "Santa María"; Jesús y yo, a la "Matías Montero"; la primera tenía por jefe a Diego; la segunda, a Antonio (o al revés, que esto no lo recuerdo con la fiabilidad necesaria, aunque creo que sí era como dejo dicho). Diego, hijo de un barnizador bastante reputado de la calle Nuestra Señora del Carmen, por el día ayudaba a su padre en el taller que les ocupaba la habitación delantera de la estrecha vivienda familiar; del otro, de Antonio, poco te puedo decir sino que con el tiempo vinimos en ser buenos amigos, aún lo somos.

Ellos eran la señal de salida para los actos, solemnes y fascinantes, que iban a tener lugar a lo largo del día: adivinábamos cuándo comenzaban a bajar las escaleras del piso superior de la casa que se encontraba y se encuentra justo frente por frente al recinto severo, grave, impresionante y ritual donde iba a tener lugar la celebración. No sé cómo era, pero era siempre así: un instante estabas corriendo detrás de tus amigos, o delante, para darles la peste o similar, y al instante siguiente estabas luchando a brazo partido por ver de lograr puesto más avanzado en las columnas que se formaban a toda prisa entre empujones, risas y codazos. Un segundo después, allí estaban, Diego y Antonio, a la cabeza de las dos centurias, acallándolas con su mirada censora; reteniéndolas con su mera presencia; imponiendo su autoridad tremenda. Relamiéndose aún.

A partir de entonces todo era silencio. Silencio mientras se gritaban los partes unos a otros, de la escuadra a la sección, de la sección a la centuria. Silencio mientras iban llegando peces a cada momento más gordos, más empingorotados, algunos uniformados y todo. Silencio mayor aún cuando hacía su aparición otro pollo bien cebado y de colores abermellonados entre gallinas oscuras y que, al parecer, era quien repartía el bacalao en aquella suntuosa representación. Sobre todo, en la misa.

Silencios rotos de vez en cuando por voces recias, viriles; por la campanilla de la consagración; por el murmullo recogido del pollo bien cebado, por los cacareos acallados de sus gallinitas coreadoras y bien enseñadas. Por el alivio final.

Entonces, idas ya las autoridades (hoy supongo que a regalarse el pico, claro), allí quedábamos nosotros, atentos a los turnos, pendientes de las instrucciones, clavados por dos horas (¿o era media hora?) ante la cruz de mármol que, a lo largo de todos los años que hice guardia en este Día del Dolor, jamás dijo ni pío. Con los ojos, nosotros, con los ojos clavados en la lejanía suprema, el corazoncillo latiendo por si te veía quien fuera, revestidos por la importancia de la tarea que la Patria te encomendaba. ¡Dos horas sin moverte!... ¿O era media hora? Bien, ¡una eternidad!

Las manos cruzadas por delante; un puño asido al antebrazo opuesto; la frente altiva clavada en el horizonte de esperanza. Y todos los Caídos allí delante, serios ellos también, silenciosos ellos también, imbuidos, ellos también, de la inmensa gloria de lo que quiera que fuese. Sin verlos, tú, pero allí, ellos.

Las risas y carreras de aquellos de tus amigos que no hacían turno corrían a tu espalda; y tú, ¡fija la mirada, impasible el ademán! ¡Los luceros, contigo!

Los platitos y cervezas procedentes de Casa Joaquín y del Garrote, los dos bares más reputaputados de cercanías, subían llenos y bajaban vacíos con una alegría totalmente improcedente con la trascendentalidad del día; incluso, si me apuras, ciertas tarantelas y cancioncillas que se escapaban de por entre los balcones cerrados a cal y canto donde, allá dentro, los altos mandos provinciales del Movimiento hacían jornada de reflexión, semejaban estar pizca fuera de lugar.

Pero nosotros, en las dos horas que estábamos de guardia ante la gloriosa Cruz, ¡ni un parpadeo fuera de lugar, ni una sonrisa que hiciese alzar las cejas a ningún Caído, ni un movimiento para rascarte por donde más te picara!

Hoy día, medio siglo después de todo aquello, igual me parece que me siguen tomando el pelo. O sea, el ataúd de los caídos es hoy un solar abandonado entre los mismos muros de piedra y reja, reino de grillos vocingleros en verano, cagones en invierno, de gatos sucios y enmierdados que sólo hacen uso de él para sus orgías impúdicas y de desenfreno; de chillidos de gallos en los amaneceres de alrededor, de ladridos de perros en los anocheceres de la lejanía.

Tumba de recuerdos y chifladuras interesadas.

¿Yo? A votar voy. No, si lo sé: pero, ¿qué quieres que haga?

Es que en el fondo, ¿sabes?, creo que sigo siendo el mismo niño que hacía guardia cada Día del Dolor junto a Gordiano (q.e.p.d.), mi amigo, y Jesús, a Dios gracias, otro de mis amigos. Un abrazo, Jesús.

 

 
20-XI-11