LA DEMOCRACIA PROSTITUIDA
 
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Lo que es un principio básico de una democracia, o sea, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, se vicia desde el momento en que el poder judicial pierde su independencia. Cuando esto sucede, como en muchísimos planteamientos, teorías y actividades del ser humano, sus consecuencias suelen ser regresivas y contrarias al bien comunal; en este caso en concreto, la ley se ve sometida al antojo de fuerzas exteriores y dicho principio de igualdad es, en mayor o menor medida, vulnerado.

Esto es lo que ha ocurrido en la presunta democracia española: el poder judicial ha caído bajo las apetencias egoístas de políticos que, disfrazados con la piel de cordero del servicio al pueblo, han ido moldeando unas leyes con un bajo continuo de servicio a sus intereses partidistas y, aún diré más, particulares.

La situación ha llegado todavía más lejos: no contentos con edificar una legislación lenitiva, y en casos hasta impunitiva y a medida de sus desmanes, los políticos de turno han tenido y tienen el descaro suficiente como para luchar a cara descubierta por el control del poder judicial. Esto, claro, clamando que lo hacen por el bien del conjunto de la nación, lo cual es manifiestamente falso: la lógica y el interés común piden la igualdad de todos y se opone a la impunidad de algunos. Lo contrario nos llevará antes o más antes a la dictadura.

Dictadura de una persona, o dictadura de un partido; pero, por supuesto, dictadura.

Buena prueba de ello, por ejemplo, la obtenemos en un examen atento de la situación en la comunidad andaluza: el Sevilla dixit es justificación suficiente para cualquier desmán contra el ciudadano andaluz y en pro del egoísmo o la apetencia de quien está en el poder. Por supuesto que este sufrido ciudadano tiene a su servicio medios que, teóricamente, amparan sus derechos inviolables, y así lo proclaman a los cuatro vientos los servidores de la Junta; pero ¿acaso estos medios no están creados, propuestos, mantenidos y escrupulosamente fiscalizados por la misma Junta.

Que, dicho sea de paso, desde su última creación en los albores de la democracia esta, está en manos del Partido Socialista Español, quiero decir, Obrero Español, quiero decir, Obrero Andaluz.

Todo ello al amparo de una compilación legislativa emergente basada en los huecos dejados y atentamente buscados por entre las generalidades de una Constitución que, desde el principio, ha adolecido de la falta de regulación efectiva y expresa que limite y ponga freno a la focalización del poder político. A su auto-propulsada impunidad. Negada por ellos, existente de facto.

Nuestra Constitución fue obra de una coyuntura histórica en un país que había sufrido una guerra fratricida, criminal, y cuarenta años de dictadura dura. Durísima. Imperdonable. En esta coyuntura sólo alzaron sus voces los políticos, como si ellos solos hubieran sido las auténticos protagonistas del sufrimiento colectivo; cuando en la realidad cada uno tuvo que arrastrar la cruz que cada otro, u otros, le construían a diario y al cobijo del Régimen.

Por supuesto, alguien tenía que acometer la magna obra de una Constitución en tales circunstancias, bajo la amenaza de distintos poderes establecidos; a mi entender, se hizo lo mejor que se pudo en ese momento. Incluso aprovecho la ocasión para manifestar mi admiración por la obra y ejemplo de un gran hombre que surgió y, con mano diestra, dio una lección de buen hacer político en una situación harto complicada: don Adolfo Suárez.

Sin embargo, pronto se notaron las primeras deficiencias: el gobierno de Felipe González tuvo un quehacer positivo contrabalanceado por lo negativo de su desgobierno. Hacían y deshacían, urdían y tramaban sólo para la satisfacción de sus intereses particulares bajo la apariencia de que trabajaban para EL PARTIDO. Mentira: trabajaban para sí mismos y su enriquecimiento personal.

Lo más desmoralizador de todo esto es que gozaban de práctica impunidad: quienes eran sorprendidos con las manos en la masa del dinero público, sólo tenían que responder a las responsabilidades políticas; no a las penales. Y ya está. Claro: allá que se iban ellos tan contentos, la sonrisita en los labios, el mercedes en la puerta, el dinerito en el banco y a disfrutarlo y a reírse de una legislación que tal les permitía hacer. Porque de responsabilidades penales, nada de nada. Salvo muy poquitos casos, ¿eh?, ya que hasta esta urdimbre es producto del ingenio humano y, como tal, imperfecta.

Claro, cuando los órganos máximos del poder judicial deben sus puestos a los políticos que los eligen ¿qué independencia pueden tener? Ergo, si tú me dices ven, lo dejo todo y acudo en tu auxilio. De modo que por muchos desmanes que cometa un político, no irá a la cárcel. Y si va, será por poco tiempo y no devolverá lo apropiado indebidamente. Y lo que es peor: la sensación de impunidad de los políticos se extiende en ambas vertientes, gobernantes y gobernados.

En los gobernantes, ¿qué legislatura no ha tenido sus líos y corruptelas? En los gobernados, cada vez es mayor la conciencia de
que todos los políticos son iguales, van a lo suyo y sanseacabó. Se dicen, ellos, los gobernados, se dicen: Si mis jefes lo hacen, ¿por qué no voy a hacerlo yo?

Porque, naturalmente, ellos, los que están en los puntos de mira de todo el país, son los que deben dar ejemplo.

Pero, ¿qué ejemplo están dando al país? Veamos:

¿Es su trabajo ejemplar? Más bien que no; hay leyes que los gobernados claman por que se cambien, y pasa el tiempo. Hay leyes
que el sentido común exige que se cambien, y pasa el tiempo. Hay leyes que los tiempos y nuevas necesidades piden que aparezcan, y pasa el tiempo.

¿Es su asistencia ejemplar? Pues basta con que se mire el hemiciclo en muchas de las sesiones, o que se recuerden anécdotas de tal o cual ley que fue / no fue aprobada por falta de quórum. ¿No recibirán encima dietas por acudir a su puesto de trabajo, no? Vamos, digo yo.

Miren, mientras que la ley siga permitiendo que el primer deber de quien roba no sea el de restituir lo robado más intereses, y el segundo no sea el de cumplir una pena acorde a la tropelía, este será el país del cachondeo; el de Juanito Guerra; el de Mario el Conde de A-M; el de Julián Muñoz y la Junta de Andalucía; el de las familias Franco-Bordiú / Gil&Gil y sus herencias incólumes por
deceso del pajarraco; o las Boyer/Preysler y sus ganancias incólumes por X. El de Miguel Carcaño; el de Mariluz; el de las órdenes de alejamiento y crimen al día siguiente; el de gastarse los dineros públicos en saber si un pirata que atentó contra la vida de unos compatriotas que estaban trabajando debe ser tratado con la suavidad de la ley del menor o saldrá a los cuatro años aproximadamente, más o menos. El de El Ejido y la inopia de los demás políticos almerienses; el del Palacio de la Música Catalana y
las bodas de balde; el de Estepona y Coslada; el de Camps y Costa; el de Marbella y las Pajinas; Aguirras y Gallardones, Pujoles y el 100 %, Aranas y los asesinos de la patria española, los criminales e instigadores del 11-M, mister X de los gal, los trepas cabalgando el corcel del progresismo, la Maleni y los..., ¡ay, Alá mio, que me da un algo!

En los gobernantes debe primar el sentido público antes de cualquier otro; ejemplo: fulanito ha errado en el uso de su competencia, pues ¡fulanito a la puta calle! ¿Qué no quiere dimitir?
¡Pues más a la puta calle y con mayor motivo! ¿Qué va a tirar de la manta? ¡Pues que tire y todos a la puta calle y yo el primero! Si es que la manta así lo determina.

¿Que por qué? ¡Pues porque lo comunal de los españoles debe primar sobre partidos, personalidades e ideas! Y quien no lo quiera
entender así, ¡pues a la puta calle porque no nos sirve!

¡No se asusten, no se asusten! Sólo estoy soñando en voz alta.

Por supuesto, continuaré votando cada cuatro años. Convencido totalmente por un verbo fácil, o totalmente convencido de que todo lo oído es mentira. Convencido de que mi voto es una gota que cada cuatro años puedo tirar en un océano de intereses ajenos a mí.

Porque ellos viven en su mundo de coches oficiales, sueldos despendolados, tarjetas oro, comisiones sub-manga y tropelías constantes.

Pero bueno, dirán ustedes, ¿y qué esperanza nos queda?

¡Ah, ahí sí —les puedo contestar totalmente optimista—, en esto sí que no cabe duda: NINGUNA.

La Aguirre, menos.

 

Vale.


P.S.- Salvo que hagamos algo.