ANTIAPOLOGÍA DEL ROBO
 
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Si alguien que se apropia de lo que no es suyo se viera obligado, teniendo esto como premisa primera, a restituir la totalidad de lo robado, es muy probable, si no seguro, que la corrupción generalizada que se extiende como un hedor asqueroso sobre España, desaparecería.

Claro, no desaparecerá mientras que las cantidades defraudadas estén esperando, normalmente no mucho tiempo, a que el ladrón de turno salga y las disfrute como justa recompensa a su comportamiento y premio debido a la estupidez del espacio cultural en que esto suceda.

En mi criterio, los pasos a seguir en juicio público para tales fechorías deberían ser los siguientes:

1 ) determinación a la alta, en euros, del total de la cantidad defraudada, es decir, robada;

2 ) determinación a la baja, en euros, de la cantidad devuelta;

3) restar de lo robado, lo devuelto;

4) dividir esta última cantidad por el salario mínimo inter-profesional de un día;

5) el cociente nos dará el número, en días, que el ladrón debe pasar en la cárcel;

6) aplicarse a otra cosa mariposa, el ladrón a la puta cárcel y las reclamaciones al maestro armero.

7) A partir de la condena se le podrían recortar los días correspondientes a las cantidades que vayan apareciendo para ser restituidas, divididas por dos. Pa que se joa, que diría mi amiga Lola.


Por supuesto, si se dice cárcel, es cárcel. Nada de “si te portas bien, te doy un caramelito y te quito diecinueve de los veinte años que te quedan. ¡Ni hablar! Como en alguna ocasión ya he tenido a bien señalar:

 

ODIA EL DELITO Y COMPADECE A LA VÍCTIMA;

EL DELINCUENTE, ¡AL TALEGO CON ÉL, QUE PARA ESO ESTÁ!


Para que esto se haga realidad, las leyes han de hacerlas personas justas y que tengan como fin de ser de dichas leyes la convivencia en armonía y evitación de la expoliación del débil por el fuerte; no aquéllas que, como la experiencia nos muestra, se ven acusadas de los delitos cuyo castigo ellas mismas han determinado; eso es como poner a los zorros a construir el gallinero.

O sea, es necesario un poder legislativo independiente del ejecutivo. Y no el mismo, como pasa aquí.

Y, por supuesto, el poder judicial debe adquirir una independencia que actualmente tampoco tiene. Sometido a las presiones de quienes los han puesto en sus poltronas. Amén de la objetividad, pues ésta es otra. Fíjense:


En una ciudad muy, muy, muy lejana, de una comunidad muy, muy, muy lejana, de un país muy, muy, muy lejano había un señor, juez para más señas, muy querido y tenido en alta consideración por los emigrantes del Magreb que allí acudían y, por algún desmán, acababan en su presencia. Tal estima se debía a la comprensión que mostraba hacia dichos emigrantes en las sentencias que emanaban de su sabiduría y prudencia.

—¡No, qué va! —le respondían cuando éste les preguntaba, como si un padre amantísimo y no un juez fuera, si iban a cometer el mismo delito otra vez.

Entonces, satisfecho y contento, nuestro buen juez les reprendía con todo cariño y les sentenciaba a lo que él escatimaba que debía sentenciarles. Que era por lo que tales emigrantes tantísimo le querían.

No le querían tanto, ni estimaban igualmente su profesionalidad, los otros malhechores que ante él venían a dar, ya que era fama entre ellos que el tal juez era de lo más severo que le permitían las leyes.

La diferencia entre ambas consideraciones, en que nuestro buen juez era tenido, equivalía, claro, a la horquilla que la aplicación de las leyes le permitía en esta lejana ciudad de esta lejana comunidad de este lejano país. Esto era llamado subjetivismo profesional.

Llegó incluso a darse el caso de algún bandido que se quiso hacer pasar por magrebí buscando de esta manera la lenidad de Su Señoría a la hora de ajustar cuentas.

—¿Seguro que eres de Marruecos? —preguntaba a uno de éstos. El hombretón que tenía delante:

—Yes. —Nuestro buen juez:

—¿Y ese pelo rubio? —El hombretón:

—Tientado. —Su abogado defensor, allí mismo, a su lado:

—Quiere decir tintado, Su Señoría. — El juez bueno:

—Claro, claro. —El hombretón rubio:

—Yes, eso ser. Yo decir eso. Yo, Morocco. —El buen juez, cada vez más animado:

—¡Ah, ya! ¡Que eres de Marruecos! —Y mirándole con la mayor de las amabilidades:

—¿Tú ser marroquí? —El hombretón bandido y rubio, viendo que el juez había comprendido:

—¡Eso, eso! ¡Yo, moro, yes! —Con lo que le quedaba garantizado un trato justo.


Bien. Pues tenía nuestro buen juez una hija y paseaba una noche por un parque que tiene esta ciudad que te digo. Iba con su novio, chiquillos los dos. A esto que salen de entre los árboles unos hombres, arrojan al novio a suelo, la colocan a ella convenientemente sobre él y, de esta suerte, la violan consecutivamente los cuatro y por todos los orificios que en su quehacer malvado encuentran.


—¿Seguro que eran marroquíes? —preguntaba el padre atribulado e incrédulo.

Ella, claro, no podía contestar ocupada, como estaba, en llorar en los hombros de su madre y sometida a las atenciones de varios especialistas en el hospital al que la habían llevado. Sin embargo, el novio sí que podía y así se lo explicó con todo lujo de detalles. Los cuales nosotros nos vamos a ahorrar aquí porque no vienen al caso.

Después, detenidos que fueron los pajaritos de marras, resultó que sí que eran marroquíes. Los cuatro. Pero marroquíes de Marruecos, ¿eh?

Bien, pues ¿pueden ustedes creerse que a partir de ese instante nuestro buen juez comenzó a perder aquel carisma y buena fama de los que hasta entonces había gozado entre los malhechores marroquíes? Pues créanselo porque así fue: llegaba un hombretón rubio, desconocedor del cambio él, ante Su Señoría y se emperraba:

—Yes, yes, yo marrico, yes, de Marocco. —Su abogado defensor, allí a su lado:

—Mi cliente quiere decir que él es de Sandías, en La Coruña, que está en la otra punta de España. —El hombretón:

—Yes, yes, yo marrico, yes, sandío, yes. —Su abogado, bien consciente él:

—¿Ve, Su Señoría? De la misma Coruña, nacido en Sandías y criado en la Plaza de María Pita, ¿ve cómo sí? —El buen juez, amoscado un tanto pues no era tonto:

—¡Cuarenta años en la trena! —Y cuando el abogado defensor le preguntaba con toda cortesía por la causa, el buen juez, solía responder:

—¡Por si acaso! ¡Por eso!


De modo que entiendo que, en evitación de situaciones similares a ésta y a otras, que las hay, teniendo en cuenta que, como consecuencia de la fragilidad humana, la administración de las leyes deja de ser con suma frecuencia todo lo aséptica y objetiva que sería deseable, de modo recurrente en los hechos en que están afectados altos personajes del más variopinto plumaje, y abundando en la circunstancia de que los tales políticos no son los más adecuados para..., o sea, concluyendo:

a) las leyes las deben redactar quienes tengan independencia, sabiduría, conocimiento de la realidad, y objetivismo.

b) el cumplimiento de las leyes debe estar en manos de quien tenga independencia, conocimiento de las leyes, poder para llegar al conocimiento más exacto de lo sucedido, y objetivismo.

c) los poderes políticos deben dejar en paz a los dos anteriores y aplicarse al desarrollo de sus competencias: gobernar.


Pero, claro, lo primero que los políticos clamarán al cielo será: Eso no puede ser así porque ¿qué diferencias habrá entre la política de derechas y la mía que es de izquierdas pura? Pues, señores míos, organicen ustedes el cotarro de tal manera que vayan presentando a los legisladores una summa
orgánica a lo largo de su cuatrienio; en ella se irán reflejando sus intereses políticos; basándose en esta summa, los legisladores, independiente y objetivamente, de acuerdo con los intereses comunes y no sólo con los de los políticos, elaborarán y promulgarán las leyes a cumplir por TODOS LOS CIUDADANOS DEL PAÍS, incluyéndoles en este "todos" a ustedes también, señores políticos. Incluso puede que, con el tiempo y la capacidad de olvido que le ha sido concedida al Hombre, hasta se lleguen a perdonar todos estos colmos que afloran por aquí y por allá como si mierdas de perro fuesen.

También yo podría argüirles que cuando es una persona sola la que reúne en sí todos los poderes, como sucede en una dictadura, no hay ninguna clase de garantía de derecho. Miren, si se quieren convencer de la veracidad de esta afirmación, algunos ejemplos: Chávez (el Bocazas de Venezuela), ¿eh?, Pinochetito, (el generalísimo chileno),¿eh?, Castro (no el valiente portero del Sporting que dio su vida por salvar la ajena, hermano de Quini era, me parece, sino el sinvergüenza de las Antillas), ¿eh?, Franquito (el hacedor de la fortuna que hoy permite a sus herederos vivir mejor que los centenares de muertos habidos en su guerra canalla), ¿eh?, Hítler (el famoso inventor del asesinato masificado como producción en cadena), ¿eh?, Stalin (el guapo protagonista de la peli “Destino Gulag”), etc., etc., etc. ¿Qué? ¿Prefieren lo que la experiencia ya ha desestimado como poco saludable?

Hombre, esto es tan sólo un sitio en la web. En él expongo lo que he aprendido por viejo. Una de las cosas que sí tenía bien clara cuando joven es que es preferible un mal demócrata a un buen dictador. Ahora lo dudo: he aprendido que un mal demócrata puede hacer de la democracia una mala dictadura. Con ello logra:

a) servirse de la cosa pública con todas las prebendas de un dictador;

b) reírse de los que le oyen a cada momento la palabra democracia en su boca.


Vale.