LA DESAPARICIÓN DE LAS RELIGIONES
 
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No creo que las religiones consigan superar el análisis racional que les aguarda a lo largo del presente siglo y futuros; claro, esto es una suposición mía tan sólo, pero intuida a partir de algunas señales que presiento apuntan hacia ahí, como es el descrédito que las acosa, la proliferación de pseudo-religiones, la caída de su influencia, el ansia de poder que anima a sus clases dirigentes, aparición de ideologías criticistas, desviación de sus finalidades y, sobre todo, los cambios en los llamados valores en los espacios culturales en que se asientan.

El fundamento racional común que sustenta las religiones históricas es, en general, endeble y de por sí no resiste un examen profundo; al instante derivan hacia una defensa enrocada y sin fundamento racional y en la que destacan cualidades ajenas a la lógica: la fe, o sea, la creencia per se, sin base cierta; la extensión en el tiempo o en el espacio, o sea, la afirmación de su esencia a partir de fenómenos ajenos a ella; la necesidad de una causa primera como única explicación del Universo e identificación de esta causa primera con una entidad de una cierta calificación humanoide y, por ende, la definición sui generis de la esencia y cualidades de esta causa; el convencimiento de nuestra propia inconsistencia.

La proliferación de la cantidad de religiones a lo largo de tiempos y de culturas es tan sólo una característica que no viene a confirmar sino una necesidad inherente al ser humano y común a cualquier entidad animada: el anhelo de supervivencia y, en el caso racional, su negativa a aceptar la muerte como la conclusión total y absoluta de la propia individualidad.Ha de llegar el momento en que todo ello venga en alumbrar la declaración de la existencia del Ser Humano por sí mismo, la proclamación de nuestra esencia como un mero fenómeno consecuente con el devenir del universo, la confesión de nuestra imposibilidad para sacar conclusiones de lo que no nos es dado saber en el estadio actual de nuestros medios.

Todo esto no quita el que las religiones, como una gran mayoría de las realizaciones humanas, hayan tenido y tengan unos efectos que, sin duda, son buenos y apetecibles para la mejor convivencia en esta duración que es la vida.

Hay religiones más establecidas, más extendidas, más antiguas, más evolucionadas que otras; hay sectas que desarrollan ciertas facetas de una religión; aparecen religiones que toman aspectos parciales de otras religiones y, tras mezclarlos debidamente, los adaptan a un espacio cultural concreto con mayor o menor ventura; por poner ejemplos distintivos, examínense cuidadosamente los paradigmas que en este sentido son el Opus Dei, la Masonería o la Cienciología. Hay para todos los gustos como productos que son de diferentes iniciativas del ser humano.

Sin dejarse influenciar por esto, en mi criterio las religiones han realizado una labor válida y positiva en su conjunto; lo que es más, en nuestra sociedad actual la siguen realizando. Han tenido y tienen muchos aspectos positivos al mismo tiempo que adolecen de ciertos y muy criticables defectos. Aquí, en este escrito, se intenta pergeñar algunas necesidades que, caso del futuro cese o falta de religiones, habrán de tenerse en cuenta para establecer respuestas que permitan el desarrollo de ámbitos de convivencia que faciliten la realización lo más óptima posible de cada individualidad.

Para ello me basaré en aquellos aspectos positivos de las religiones a los cuales, en mi criterio, habrá de atender el poder político cuando aquéllas falten. Pues una cosa sí tengo claro: no deben suprimirse de un plumazo las religiones sin recolectar los frutos que las mismas, en su conjunto, han dado en la forma citada de avances muy positivos en la convivencia; esto significaría un retroceso de siglos en la historia evolutiva de la Humanidad.

El primer gran avance que las religiones han posibilitado es la determinación y primacía del amor como base de convivencia.

Bueno, esto del amor cada vez suena más a romanticismo barato y devaluado en nuestra sociedad mercantilista; creo que la idea de amor en sentido religioso debe interpretarse como comprensión de la existencia del otro y entendimiento solidarizado de sus necesidades. Cada entidad humana tiene unas necesidades que a veces son satisfechas, a veces no; en mi concepto, amor es el conocimiento y entendimiento del grado de satisfacción de aquéllas en otro ser humano y la participación en las mismas mediante el acto de integrarlas conscientemente a la propia experiencia.

Tengo un gran respeto por algunas de las actividades que en este campo desarrolló en el pasado y desarrolla en el presente la Iglesia Católica (religión que conozco con mas detalle, aunque actividades similares a ésta supongo que podrán encontrarse en otras). Un amigo mío, F. M., acaba de regresar de un país subdesarrollado; ha ido con un grupo de españoles, entre los cuales estaba su señora, para llevar directamente dinero en metálico con el que construir casas para que los nativos puedan comer y atender a sus hijos en las necesidades más perentorias; han tenido que transportar el dinero de esta manera porque no hay otra que escape a la avaricia de los dirigentes del país en cuestión; se han jugado la vida, amenazados por las mafias locales que, al acecho de los extranjeros para apoderarse de cualquier objeto de valor, suelen actuar de forma expeditiva.

—¿Por qué lo habéis hecho?

—No lo sé. Vas allí y lo que ves te parece irreal. Niños comidos por el hambre; padres que entierran sobre la marcha al hijo que se les muere para volver al trabajo y mal alimentar a los que le quedan, pequeñajillos huérfanos atendidos por españoles allí, malviviendo con ellos, quitándose de su boca para dar a los demás. ¿Qué quieres que te diga?

Para mí, eso es amor en el sentido esencial de la palabra. No ya es el interesarse y compartir con persona a la que te ligan lazos de sangre o de convivencia, sino con quien no tienes ni siquiera conocimiento de quién puede ser (hecho, éste, aprovechado por desaprensivos de algunas ONGs para enriquecerse ellos y desprestigiar a todas, como actividad humana que es, claro).

Esto, esta comprensión de la necesidad y compartirla con el otro, esta implicación altruista, es lo que no debe ser anulado, extirpado, olvidado de la humanidad sino todo lo contrario, alentado o, como mínimo, aprovechado. Así, aunque se pierdan las religiones, evolucionen, aparezcan otras nuevas, el amor al prójimo, o como quiera que se le llame, ha de ir siempre in crescendo como uno de los grandes logros de la Humanidad. Logro, dicho sea, propiciado por las religiones.

Habrá quien querrá reducir esta actividad al mero proselitismo y enturbiarla con los intereses ajenos al amor: no es éste el tipo de sentimiento a ser alentado en el ser humano y al que desde aquí me refiero y defiendo. El hecho de que existen españoles que van realizar esa misma labor en Marruecos a sabiendas de que de los pobres de ese país nada van a sacar en lo que respecta a proselitismo religioso, el hecho de que muchos de ellos no son sino cristianos católicos no practicantes, abona mi creencia de que algo hay con raíces muy hondas en la esencia humana, algo descubierto por las religiones, y que ennoblece al ser humano. Algo cuyo ejercicio proporciona una satisfacción equiparable a la que puede engendrar el disfrute de los más elevados logros en otras parcelas de la actividad humana (Mozart, Cervantes, Shakespeare, Rafael, etc.) Digo descubierto por las religiones porque su vinculación con la iniciativa religiosa es indudable.

Nada que ver con la iniciativa política, por supuesto. Incluso muchas de las que ésta, la política, ha alumbrado a imagen y semejanza de las religiosas, han nacido con graves defectos que las han infectado, normalmente con los miasmas del egoísmo. Todo lo contrario de lo que soporta y anima a la que aquí describo, una de cuyas facetas definitorias es el altruismo, o sea, el amor por el amor, hacer el bien por el mero hecho de su ejercicio, o sea, comprender y ayudar al prójimo por el simple hecho de comprenderlo y ayudarlo.