FORMAR Y DEFORMAR
 
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Cada vez más y con mayor frecuencia se les van viendo los rasgos de autoritarismo. Es normal. Es lógico. Lo llevan en la misma esencia de su pensamiento: todo para el pueblo pero con el pueblo. Sólo que... en la práctica, alguien ha de ser el intérprete de esa gestión que el pueblo ha de llevar sobre su propio destino. ¿Quién? Eso sí que lo tienen muy claro: la dictadura socialista. O sea, quien se mueva y la foto y eso. Porque, por supuesto, alguien tiene que velar para que todo el pueblo sea igualitario. Pero quien vela, o los que velan, no se meten en la igualdad de marras. Ni mucho menos.

Ellos son los elegidos.

La élite.

Este es uno de los contrasentidos del socialismo en sus diversas formas y sistemas. En mi entendimiento, claro está.

Dicho en otras palabras, hay que alcanzar la igualdad, de bienestar, de educación, de consumo, de recompensa, o sea, de todo; alguien ha de cuidar de que esto se lleve a cabo. Quién? Alguien que está fuera de la igualdad y que goza de los privilegios. Alguien que no es una persona única, naturalmente. Alguien que es una pluralidad de engranajes y que operativamente se actualiza en una clase de privilegio.

Lo cual va en contra de su misma definición como sistema.

Socialismo.

Lo cual lleva en sí el germen de su propia irrealidad práctica.

Todo lo contrario ha de suceder en un sistema que, como punto de partida reconozca la existencia de la desigualdad per se. Una estructuración en la que se admita la diferencia de oportunidades, de principios, de realidades y la aceptación de las mismas.

Esta aceptación lleva implícita la necesidad de alguien que garantice la realidad del sistema y su perdurabilidad. Un alguien plural y estructurado a su vez.

Claro, esa naturaleza humana que forzosamente participa en la esencia de esta clase directiva, tiene todas las papeletas para degenerar en la dictadura o el absolutismo, formas de gobierno que la experiencia ya nos ha demostrado como tan indeseables o más que la dictadura social.

Como ejemplos de lo hasta aquí recapitulado, la Historia nos ofrece muchos: los avatares caprichosos de los emperadores romanos, el egocentrismo de muchísimos reyes, o los genocidios de Stalin, Hítler, Mao, e incluso el que Mohamed VI en estos momentos presumiblemente efectúa en los pobladores indígenas del antiguo territorio español de Sidi Ifni.

Ante esta negación disyuntiva de la naturaleza gobernable de un país, cabe esperar que la solución deba de estar en un punto medio, en una reoca conjuntiva planetaria e intersideral que amalgame ambos sistemas.

En ello estamos.

Va costando, pero la parida va saliendo.

Así llegamos a ¡la participación del pueblo en la determinación de quién ha de ser su guía!

¡El sistema perfecto!

¡Aquí tenemos la conjunción planetaria que va a resolver todas nuestras cuitas!

¡La democracia!

Sí. Pero... a continuación aparecen los fantasmas que acechan a la puesta en práctica de tal sistema.

Veamos:

¿Quiénes tienen derecho a elegir?

¿El sexo como factor determinante?

No; determinante, no. En absoluto. Ni siquiera como factor. ¿De acuerdo? De acuerdo. Es un avance.

¿La edad como factor determinante?

Bueno, está claro que sí. Ha de serlo. Un recién nacido no tiene conocimiento para votar; por consiguiente, que diría mister X, hay que establecerlo como determinante. Es un avance. Sólo que hay viejos que tienen el seso de un mosquito, y jóvenes y jóvenas que tienen peso específico por encima de las espectativas que sus pocos años presuponen. No obstante, fijemos un límite: ¡la mayoría de edad! Ya está. Arreglado. ¿La demencia senil también? ¡No, qué horror! ¡Un hombre, un voto! ¡Un ser humano, un voto! Ni hablar, lo llevamos en camilla y le ponemos la papeleta en la mano y, si hace falta, hasta se la metemos en la urna. ¡Pero...! Ni pero, ni nada y punto. La mayoría de edad y no hay más que hablar.

Bueno, qué vamos a hacer. Paciencia y barajar, que diría Durandarte.

¿La formación como factor determinante?

¡Está usted loco, amigo? ¿Qué quiere?, ¿que sólo voten los tontos?

Pues, mire usted, no; más bien preferiría que sólo votaran los listos.

¡Pero qué me dice? ¡Quiénes son esos listos? ¡Espere, ya sé: los de siempre! ¡Los que se ponen las botas a base de los votos!

Bueno, amigo mío, pues, entonces, que voten nada más que los tontos.

¡Ah, eso ya es hablar! ¡Así, sí! Pero, mire usted, para eso no hay que reformar nada.

¿No? ¿Qué me dice?

¡No, qué va! Lo que le digo: para eso no hay que reformar nada. Mire, usted, mire, mire: un voto no es más que el resultado final de una decisión fundamentada en un proceso informativo la cual se actualiza en un trocito de papel que una mano mete en una urna. Como la mano no hace sino obedecer al cerebro, y éste no hace sino lo que la información que recibe le obliga a hacer, pues se le da la información que nos interesa y ya está. Es, ni más ni menos, como decirle a un tonto que haga lo que uno quiere que haga. Entonces va y lo hace y ya está.

¿Ya está? ¿Así de fácil?

Así se fácil, sí señor. Sólo que, por supuesto, hay que decirle lo que hay que decirle aunque luego hagamos lo que nos dé la gana. ¡Eso es política!

¡Ande uste, hombre! ¿No me dirá que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas.

Claro que sí. No sólo las promesas electorales. ¡Todo se hace según me dé la gana! ¡Y si me lleva la contraria, lo mando a la puta calle y pongo a otro!

¡Así? ¡Así como así?

¡Así como así, sí señor! Tenga usted en cuenta, amigo, que haga lo que haga siempre me va a quedar mi paguita vitalicia y mi inmunidad de por vida, ¿comprende? Así que, ¡me se importa, que dicen en mi pueblo!

¡Otra cosa sería si se le fiscalizara su actuación por un Consejo de Ancianos Independientes, no de Sabios, ¿eh?, que de ésos hay cada uno.

¡Calle, calle, por Dios! ¡Ni lo miente!

Bueno, pero al menos, dé información veraz y objetiva al pueblo para que sepa lo que le conviene, ¿no? Porque la información que le llega es tan diferente como las fuentes de las que bebe: si de El País, sale la hostia; si de La Gaceta, sale la rehostia. ¿Cómo puede llamar información a dos falsedades tan contrapuestas. tan manifiestas, tan indigestas?

Eso, señor mío, es así. Se llama pluralidad informativa y sirve para que las grandes fortunas se hagan más grandes aún.

¡Y los pobres, más pobres aún, no? ¡Mire, si no, lo que están haciendo las eléctricas! ¡Y LOS BANCOS? Ayer recibí una comunicación de La Caixa en la que me informaban de que me subían los gastos de mantenimiento de mi cuenta, el cargo por cualquier movimiento en la misma (salvo los diez primeros de cada mes) y el cobro del correo que reciba de ellos, aunque sea SU propaganda. ¿Es ésa la manera de agradecer al gobierno los dineros que le ha dado de los recauda de nosotros?

¡Hombre, es que si no, cómo va la banca a dar a los partidos en el gobierno el dinero necesario para hacer lo que le dé la gana a la banca?

Claro. Vale.