COSAS DE LA DEMOCRACIA
 
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Pues sí que lo dejaron atado y bien atado. Me refiero al asunto de las vacaciones de sus señorías. Resulta que para poder reducir en dos meses sus vacaciones teóricas hay que cambiar la Constitución. No está mal; nada, nada, nada mal.

—¿Es que se quiere usted cargar la democracia, amigo? —Yo, atónito:

—¿Cargarme la democracia yo? ¿Yo? —Él, o sea, su señoría:

—¡Sí, sí, usted! —Yo, más incrédulo a cada momento ante la violencia de su ataque verbal:

—¡Pero, hombre, por Dios, si yo fui de los que...!

—¡No me llame hombre! ¡Llámeme su señoría, que he sido elegido por el pueblo en unas elecciones libres y democráticas! —Yo, más y más perplejo, conciliador incluso:

—De acuerdo, de acuerdo, su señoría. Le decía que yo fui de los que celebraron como Dios manda la aprobación de la Constitución. —Él:

—¡Pues si la aprobó en su momento, a qué viene quejarse ahora, so inconsecuente? —Me apunta con el índice en el pecho y:— ¡Y me he quedado con tu cara, ¿eh?, me he quedado con tu cara, así que ándate con ojo!

Luego, mientras se aleja como pavo real muy ofendido, le comento en un susurro a mi amigo:

—¿Qué ha querido decir? —Y mi amigo me lo aclara:

—Que te andes con ojo, que se ha quedado con tu cara. —A lo que yo me justifico:

—Pero si yo sólo he dicho que sus señorías son los españoles con más vacaciones al año después de los parados.

—Pues por eso.

—Tenía que haberle dicho también que tienen la jubilación más alta con la cotización más corta. —Mi amigo:

—Si haces eso, a estas horas estaría buscando a la GESTAPO para que te empapelara.

Me entran los sudores pues, aunque yo no he llegado a disfrutar de la GESTAPO, sí lo hice con el método del generalito chiquitajo, amariconado y de voz de pito que reinó durante cuarenta años por sobre más de un millón de muertos y veinte años de hambre y horrores. Él, en sus palacios y con la bendición eclesiástica y el palio sobre su cabeza. Mi amigo:

—Lo que más me jode es que van por ahí como si estuviesen derramando las bendiciones de la cornucopia a toda pastilla sobre el país. Fíjate, por tomar una, el asuntillo del aborto: ¿a qué viene facilitarlo todavía más? ¡Si aquí la que se queda embarazada es porque es tonta o está rabiando por quedarse! Hay medios anticonceptivos al alcance de todas y la publicidad que así lo proclama hasta por el último rincón. Entonces, si estamos en el furgón de cola de la tasa de natalidad, ¿qué quieren?, ¿bajarla todavía más?

—Bueno, creo que es su forma de hacer responsables y sensatas a las personas. —Mi amigo:

—Pues te lo venden como si fuera el logro del siglo.

—Gilipollas.

—El no va más del progresismo.

—Hacia atrás.

—Sí.

—Yo entiendo que una obligación del gobierno sería proteger a la que se quede embarazada y no pueda hacer frente a su estado, o sea, alojarla en instalaciones adecuadas, velar por su estatus para que luego lo recobre y, al final de la gestación, presentarle soluciones: darlo en adopción a los que lo adoptarían con cariño y amor, ayudarle en su crianza con medidas lógicas, y eso.

—Es más progre cargarse a los fetos y, los que quieran adoptar, que se joan, como decía mi amiga Lola.

—¿Lola Lolita la Piconera?

—No, Lola Flores.

—Otro ejemplo: tienes una segunda casa; llegan unos ocupas, puntapié en la puerta y te has quedado sin casa. Te ha costado la tira y sudores hacerte con ella; a los ocupas, entrar y ya está. Luego, el sacarlos ya es harina de otro costal. Lo primero que te dice la ley es que el derecho a la vivienda predomina sobre el de la propiedad. Pero, señor mío, ¿de quien es el deber de dar una vivienda digna?, ¿del gobierno, no? ¡Pues que se la dé él! ¡Que no nos haga caer sus deberes sobre los hombros de los ciudadanos por su dejadez y mala administración! Eso es dejación de funciones, a mi entender.

—Pues te lo venden como si fuera el logro del siglo.

—Gilipollas.

—El no va más del progresismo.

—Hacia atrás.

—Sí.

—Para mí que los peores males del país, los más gordos, son la baja natalidad, la inmigración incontrolada del papelespatós, los nacionalismos disfrazados de autonomías, el sometimiento del poder judicial al político, el sector público mastodóntico y, por último, la degradación moral consecuencia de la pésima enseñanza.

—O sea, la natalidad baja.

—Resultado de muchos factores, todos solucionables; los principales: a) incorporación de la mujer al mercado laboral: medidas de efectividad real durante el embarazo; b) crianza: disposiciones serias en apoyo de la familia.

—O sea, la inmigración papelespatós:

—La irresponsabilidad gubernamental ha logrado que se nos haya colado lo peorcito de cada casa. Ahora, visto que España ya no es lo era en el significado laboral, se ha ido la mano de obra y sensata, pero como sigue siendo el paraíso del amparo al delincuente, se nos ha quedado la mano que roba, atraca, trafica, etc.

—O sea, los nacionalismos.

—Han servido para hacer emerger una fauna que carece de formación y rebosa ambición. Pájaros tan lamentables como Carod Rovira, monsignore Ardanza, el insigne Touriño y otros vienen a avalar la inconsistencia de la teoría nacionalista: en un tiempo en que todo apunta a la unión, vienen estos artistas y defienden con uñas y dientes el egoísmo de sus intereses particulares. Es de poco espabilado amparar los intereses individuales antes del bien común, ¿no?

—O sea, el sometimiento judicial.

—No es sino un sistema para garantizar la impunidad del estamento político. La excusa: Lo hago por el bien del partido. La realidad: Me forro lo más que puedo. Lo penoso: Lo tengo calentito y esperándome. Que quiere decir, que no devuelvo nada pues pago en especie: la responsabilidad política es una consigna muy socorrida por estos irresponsables. Amén de los daños colaterales, tipo “si ellos lo hacen, yo más”, “ponedme donde lo haya, del resto me ocupo yo”, “yo soy mi ley, la ley soy yo”, etc.

—O sea, el gigantismo del sector público.

—Antes había ministerios y delegaciones; cortes, diputaciones y ayuntamientos. Ahora se han sumado las autonomías y los partidos políticos, o sea, se han multiplicado por cuatro, como mínimo. Y como reyezuelos-nuevos-ricos, todos han tirado con pólvora del rey, haciendo proliferar hasta extremos absurdos sus chiringuitos y legaciones, dentro y fuera de España, para colocar a la morralla oportunista y justificar sus más que dudosos presupuestos.

—O sea, la degradación moral.

—¡Ah, amigo mío, este es la mayor consecución del progresismo: quitamos la enseñanza de la religión y, en su lugar, ponemos la del parchís! ¡Genial!

—¿Qué tienes contra la religión?

—¡Hombre, la religión representa el oscurantismo medieval, el machismo eclesiástico, la superstición y la superchería! Vivió en connivencia con el antiguo régimen y es obvio que persigue la continuidad de la servidumbre de la clase obrera al capital.

—Y más cosas, por ejemplo, ¿por qué la tierra prometida, por qué el pueblo de Dos, por qué la aparición de Jesús en un momento histórico determinado, por qué Lázaro volvió a morirse de nuevo, por qué etc.?

—¡Exacto!, Y mucho más.

—Y entre ese mucho más, también tienes la práctica del amor, la caridad, el altruismo, las buenas obras, el respeto, el sentido de justicia, del deber, y un sin fin de conceptos que son mucho, muchísimo más necesarios para la convivencia que el aprendizaje del parchís. A la lumbrera que se le ocurrió tal ofensa al sentido común tendríamos que haberla echado a los cerdos para que pastara junto a ellos. En buena compañía habría estado y algo de buen comportamiento y responsabilidad habría adquirido.

—¡Oiga, usted, es que se quiere cargar la democracia?

—Pues seguro. Será eso. ¿Qué mejor democracia que la que sabe respetar, que la que tiene unos dirigentes con sentido de la justicia, de la caridad, de la moral, en fin? De modo que si eso es cargarme esta democracia para instaurar una en la que los partidos se apliquen a alcanzar utopías tales como el bien de la comunidad en lugar de su propia perpetuación en el poder, sí. Eso es lo que pretendo.

—¿Acaso no es eso lo que pretenden los que en este momento son?

—No.

—¡Hereje!

Vale

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