EXCELENTÍSIMO SEÑOR
 
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Ayer llamaron lo que, a mi parecer, no debió importarle mucho al excelentísimo señor: le pusieron de chupa de dómine. Ladrón, chorizo, sinvergüenza fueron algunos de los títulos que añadieron al honorable historial de don Jaime. Para ser más exactos, Matas, ¿saben? Y de balde, además. Quiero decir que no les costó ni un real a los que así le llamaron. Todo por unos eurillos de nada que, presuntísimamente, don Jaime había desviado a su bolsillo cuando no lo veía ni su Dios ni su rey.

Su partido, tampoco.

Por consiguiente, que diría Felipe, su partido, ni pío; lo cual es ya de agradecer: al menos no cerraron filas a su alrededor, ni echaron mano de la confabulación judeo-masónica para su abrigo y defensa. No hay que olvidar que en el partido de marras hay un señor excelentísimamente vestido; otro que no logró arreglar el país pero sí su particular y azaplanada economía, en situación exexcelentísima ahora; un mozuelo que dio un excelentísimo ejemplo de cómo conducir estando excelentísimamente bebido. Por poner sólo unos excelentísimos ejemplos.

Hay más y dónde escoger.

Lo cual no quiere decir que no haya excelentísimos ejemplos en la casa de enfrente: más y más lamentables, si me apuran; más lamentables y más, si no me apuran.

En todos, un factor común: Santa Rita, Rita, lo robado no se quita.

En muchos, otro factor común: Se paga la fianza con pizcas de la mangancia.

En la inmensa mayoría, uno más: Santa Paula, santa Paula, ¡a vivir con todo lujo cuando salgas de la jaula! O sea: Una vez fuera del trullo, ¡a vivir de tu chanchullo! O dicho de otro modo: Tras un poquito de sombra, a pisar sobre la alfombra. Que quiere decir: Una chispa de prisión y después a disfrutar como el negrito zumbón (aquél del ya viene el negro zumbón, bailando alegre el baión, protagonista de cierto libro de memorias desde la cárcel o la celda o similar).

—¡Pero, bueno, es que la codicia de esta gentuza no tiene riendas que la domeñen? —Respuesta:

—Por supuesto. —Usted, aliviado:

—¡Ah, menos mal! —De seguido:— Llegué a pensar que no. —De seguido:— ¿Y por qué el gobierno no hace uso de ellas? —Respuesta:

—No, si lo que le he querido decir es: Por supuesto que no. Que no tiene riendas. —Usted:

—¡Ay, que me da un algo!

Y le da. Porque no es para menos: ¿Cómo es posible que los que hacen las leyes, sus señorías, no pongan coto y remedio a los increíbles desfalcos que asolan al país?

El político de turno:

—¡Bah, sólo son casos puntuales que los enemigos de la democracia no dudan en airear para intentar derribar el sistema!

—¡Qué leche de casos puntuales: Uno solo que hubiera, ya debería ser investigado, juzgado y castigado con el máximo rigor puesto que quien lo hace, por ocupar puesto de responsabilidad, es máximo representante de eso que llamáis democracia! —El susodicho de turno:

—No conviene legislar en caliente. Hay que dejar que el alma se serene y entonces, con la calma debida y el talante adecuado, tomar las medidas que aporten una solución sostenible dentro del marco de una problemática consensuada porque lo contrario es dejarse llevar por la demagogia y se puede conseguir lo que no estaba en la intencionalidad legislativa del electo por el electorado ni en los propósitos de...

—¡Un momento, un momento! —El de turno, interrumpiéndose y alzando las cejas:

—¿Sí?

—¿Podría —con toda humildad, claro—, podría repetir desde eso del alma que se serena? —Incluso se disculpa:— Es que me he perdido y el resto no lo he acabado de pillar.

Porque, digo yo, ¿qué hacen los miembros de una familia que ven como el cabeza de la misma se gasta los recursos en otra familia que no es la suya?

—¿Otra qué?

—Mire, amigo mío, supóngase que el cabeza de familia cobra, porque tiene la suerte de estar trabajando. Toma el sobre en que están los billetes y sale, con ánimo alegre y talante de ése, camino de su casa; llama a la puerta de su vecino y, cuando éste le abre, le da la mitad de su sueldo; llama a la puerta de su otro vecino y, cuando este otro le abre, le da la otra mitad. Entonces llega a su casa en donde le está esperando su mujer ansiosa por tener dinero para sus hijos y las necesidades de la casa. “¿Dónde está el dinero?”, le pregunta a su marido cuando le entrega el sobre y ella ve que viene vacío. “Se lo he dado a nuestros vecinos”, responde él, radiante y regocijado como debe estar. Su mujer, creyendo que ha oído mal: “¿Vecinos? —queriendo asegurarse— ¿A los rumanos?”. Su amantísimo esposo: “No, tonta, a los rumanos no; a los negritos que vinieron del sur, los de la casa de al lado, ¿sabes?, les he dado la mitad”. La mujer, admirada y atónita: “¿La mitad?”. Él: “Claro, tonta, ¡no se lo iba a dar todo!”; y se le ve un tanto dolido por la dureza de meollo de su media costilla que, sin pausa, inquiere con ese espíritu práctico que tienen las hembras: “Bueno, ¿y la otra mitad?”. “¡Ah, sí, claro, —contesta él—, ésa se la he donado a nuestros vecinos del otro lado!”. La señora, creyendo haber escuchado lo que no quiere: “¿A los moritos?”. Él, más satisfecho que un pavo de largo alcance: “¡Sí! —como esperando la aprobación entusiasta de su ama—. A los moritos que vinieron del sur”. —A todo esto, usted, amigo mío, preguntará, sin duda:

—Pero, bueno, ¿qué ha dejado para subvenir a las necesidades de su casa?

—Sencillo: el muy imbécil se cree que la solución a sus necesidades caerá del cielo. Hay que ser felices, como él. Como lo son, ahora también, moros y negritos. —Usted, que es persona sensata y sin connotaciones políticas hacia ningún lado:

—¡Pero y si sus hijos se ponen enfermos?

—¡Hombre, por favor! —Y se lo explico:— Toma nuestro hombre a su hijo, o hijos, y se los lleva corriendo al centro de salud más próximo. Al llegar, le dan la vez: “Le toca después de aquellos quince negritos, titantos moritos, doce lituanos y etcitantos rumanos”. Él, espantado porque su niño se muere y el sistema sanitario lo heredó de sus mayores, ya felizmente muertos gracias a Dios y a las condiciones actuales de dicho sistema, chilla: “¡Pero si yo he pagado toda mi vida laboral con mi dinero para el sostenimiento de este sistema!”. La gorda de turno, implacable y sorda: “Tiene el tetentitantos”. Una morita gorda y reventona: “¡Tú no colarte! ¡Mí antes que tú, no colarte! ¡Morita no tonta! ¡Tú esperar!”. La gorda de turno: “¡Ya lo está oyendo, de modo que o se sienta y espera o el guarda de seguridad lo echará a la calle, so racista!” —Usted, sensato y discreto, como es, además de impresionable, no duda en inquirir ansioso:

—Pero, bueno, ¿se murió el hijo del muchachillo o no?

—No sufra usted, amigo mío de mi alma, no sufra: se murió y no tuvo que aguantar la de tonterías que su padre está aguantando. —Usted:

—¡Ah, menos mal —confiesa aliviado—, menos mal que el chavalito cascó y no tuvo que aguantar lo que su padre sí! —A renglón seguido:— Porque esto no hay quien lo aguante.

—Bueno —le consuelo—, tenga en cuenta que nuestro amado presidente de gobierno actual llegó a la poltrona por encima de 200 cadáveres..., ¿entiende?

—¿Quiere decir que les salió bien la jugada?

—¿A quién? ¿A los moritos?

—¿A quién va a ser si no?

—¡Por Alá, amigo mío, qué mal pensado es usted!

 

Vale

 

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