VAMOS CAMINO DE GRECIA
 
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A BUENAS HORAS...
En cierto país que aún existe en Europa había dos sindicatos buenísimos. Buenísimos para con el poder; a los que en ellos confiaban me los entretenían con palabrería hueca y baladas marroquíes; en realidad, había más sindicatos pero eran morrallita y nada pintaban, pinchaban ni cortaban. A uno me lo dirigía don Filo Carapán; el otro estaba a las órdenes de don Toco Moxo; ambos coleguillas y muy amiguitos del Presidente del Gobierno de este país citado y cuyo nombre dejo al buen entendimiento de ustedes que, a no dudar, caerán en su identidad con suma facilidad cuando les diga que comienza por G y que a sus habitantes denominan helenos y, también, griegos (con Z de zapato y el que los arregla).

Bueno, pues érase que se era que don Filo y don Toco solían decirle a su amos y señor, el susodicho Presidente, solían decirle:

—No hay problema, jefe, no hay problema —uno; y el otro:

—Problema ninguno, jefe, problema ninguno.—A lo cual el uno precisaba aún más:

—Puedes seguir haciendo lo que te salga, jefe, lo que te salga —y el otro ajustaba en ubicación:

—De los cojones, jefe, de los cojones. —El uno:

—Es que eres mu listo, jefe, mu, mu listo —Decía mu en lugar de muy porque en cierta ocasión había asistido a una corrida de toros en España. El otro:

—Y muy guapo —porque éste no había ido.

El jefe, que aunque se sabía listo y guapo porque todos en su entorno no cesaban de decírselo, no las tenía todas consigo y de vez en vez así se lo hacía saber a don Filo y a don Toco:

—Que soy listo y guapo lo sé, porque... —Don Filo, interrumpiéndole:

—¡El que más sabe del mundo! —Don Toco:

—¡Entero! ¡Entero! —sonando a entusiasmado. El Presidente:

—Ya, ya. Eso no hace falta que me lo hagáis saber porque llevo siempre conmigo un espejito que me dio mi abuelito y cuando le pregunto, ¿quién es el que más sabe? o ¿quién es el más guapo? siempre me lo dice; así que no hace falta que vosotros me lo digáis también. Lo que yo sí os digo —añadía porque era hombre muy, pero que muy práctico— es, ¿está el pueblo contento?

Ellos. a compás los dos:

—¡Por completo, jefe, por completo! —El Presidente, como era tan cabal y tan rematado:

—¿Seguro? —Ellos, los líderes sindicales:

—¡Por supuesto, jefe, por supuesto! —El Presidente, anhelando cerciorarse:

—¿Seguro que está contento con cinco millones de parados? —Don Toco, escandalizado:

—¡Cómo que cinco millones! ¡Sólo son cuatro millones seiscientos mil! —Don Filo, tan alborotado como el otro:

—¡Además, la culpa no es tuya, jefe, sino del conde Ansur Aznares, que sólo pensaba en atajar la invasión del moro Almanzor! —El Presidente:

—Entonces, ¿cómo de contento está mi pueblo bajo mi docta dirección? —Don Toco Moxo, más avispadillo y rápido que el otro:

—¡Diez, jefe, diez! —Y don Filo:

—¡Más, más más! —Con lo cual el Presidente se ponía tan ancho y satisfecho como puta en portaaviones americano. Era el momento en que don Filo y don Toco solían aprovechar para exponerle sus justas reivindicaciones; primero don Toco, que siempre se adelantaba por ser más pequeño que el otro y, por consiguiente, más cuco:

—Con cincuenta millones de euros me bastan. —Don Filo:

—¿Y para mí cuántos? ¿Y para mí cuántos?

Pero el Presidente era tan bueno que no había ningún problema: no sólo se los daba sino que, después, ponía ante ellos la palma de su mano abierta y en ella unos granitos de algo bueno y les decía:

—¡Tomad y comed, hijitos, tomad y comed! —Oído lo cual ellos, los dos, don Filo y don Toco, inclinaban la cerviz y comían lo que allí había porque era bueno y su jefe se lo daba.

Una vez acabada ceremonia tan bonita, don Filo Carapán y don Toco Moxo salían a la calle y allí estaban sus respectivos palmeros, un grupito para cada uno de ellos. Preguntaban a don Toco, preguntaban:

—¿Va a haber huelga general? —y don Toco, con mucha cara de extrañado replicaba:

—¡Cómo se le ocurre decir tales disparates, amigo mío!

Don Filo, allí a su lado y desoyendo las acuciantes preguntas de su grupito, allá que se iba a echar una mano a su coleguilla:

—¿Huelga general? —Cara de pan extrañado—. ¿Huelga general, dices? —Cara de pan perplejo—.¡Pero cómo se te ocurre sugerir semejante idiotez? —Don Toco, mucho más calmado:

—¡Mira, amigo mío, nosotros vamos a movilizar a las masas porque así lo exige nuestra conciencia ante el ataque injustificado que las fuerzas reaccionarias han abierto en contra de nuestro amigo y lacayo el tío Baltasar! —Don Toco Moxo:

—¡Injusticia tremenda! —Don Filo Carapán:

—¡Clama a los cielos del socialismo! —Don Toco:

—¡Las Madres de Mayo, las Madres de Mayo! —Don Filo:

—¡Nuestros propios sentimientos! —Uno de los palmeros del grupo de don Filo:

—Entonces, ¿no va a haber huelga general? —Ambos líderes, al unísono:

—¡Claro que no! —Don Filo:

—No se dan las circunstancias precisas. —El mismo de antes:

—¿Cinco millones de parados no pueden denominarse circunstancias precisas? —Don Toco:

—Mira, amigo, si nosotros decimos que no se dan las circunstancias precisas, es que no se dan y punto y ya está. —Don Filo:

—Y aparte. ¿Alguna pregunta más? —Otro palmero:

—Y este tío Baltasar, ¿es consciente de la grave injusticia que se comete con él y de la solidaridad que los demás trabajadores van a mostrar hacia él? —Don Toco:

—Antes o después sabrá reconocer nuestra solidaridad y agradecérnosla como nos merecemos. —Don Filo, muy seguro él:

—El tío Baltasar es de los nuestros. —El palmero de antes, el primero:

—Entonces ¿no va a haber huelga general? —Don Filo se limita a mirarle, mover el cabezo amejillonado y barbienorme. Don Toco, más caliente ahora:

—¡Y dale! ¡Pero, vamos a ver, por qué organizaría usted una huelga general, eh, con qué pretexto? —El otro:

—¡Coño, por la mala administración! —Silencio. Todos miran expectantes a los líderes. Don Filo, paciente él:

—La administración del Estado es la mejor que hay de todas las posibles. —Don Toco, apuntando:

—¡Y el Presidente del Gobierno es guapísimo! —Don Filo:

—¡Y habla más bien! —Don Toco:

—¡Y es más bueno! —Don Filo:

—¡Y su mujer canta de bien! —Y pone los ojos en blanco recordando la última vez que tuvo oportunidad de escucharla.

Luego, mientras se toman unas copichuelas en el bar del Centro Aristocrático y Deportivo del Hípico, bien a cubierto de miradas y comentarios malintencionados, se desahogan:

—¡Ese jodido! —Y trago de whisky. El otro:

—¡Es que la tiene tomada con nosotros! —Y trago. El uno:

—Podemos mandar darle una paliza o comprarle un dúplex.

—Prefiero la paliza.

—No creas. A veces es mejor ir por las buenas.

—Con algunos es inútil. A éste se le ve venir. Paliza.

—Mira, déjame a mí. Si no lo enderezo y le hago ver las cosas como son, te paso la patata.

—¿Qué patata?

—Ninguna patata. Quiero decir que, entonces, le das tú la paliza.

—Vale.

—De acuerdo. Oye, ¿qué te parece Por enterrar demandas y desenterrar problemas?

—Que me parece ¿para qué?

—Como lema para la manifestación.

—¡Bah, cualquier tontería sirve! ¡El caso es dar la impresión de que nos movemos, entiendes? —El otro líder le mira con sorna:

—¿Estás de cachondeo?

Entre pitos y flautas, llegan los tiempos de las vacas flacas. Que tenían que llegar, claro: si te quedas sin perras y te aplicas a tirar la casa por la ventana, qué otra cosa puedes esperar? Pues, eso: llegan. La gente, por las calles, muy cabreada, no hace nada más que mirar por debajo de todas las alfombras y sólo sacan más basura pero no logran encontrar ni a don Filo ni a don Toco; llevan en las manos escobas, bastones y otros artilugios igual de útiles para calentar costillas en cuanto los encuentren.

No pueden dar con ellos. Don Toco está en Méjico; ha creado una Sociedad de Amiguísimos del Antiguo Régimen. Don Filo está por Rusia; ha fundado una Sociedad de Amiguísimos de don Din.

Ambos son muy felices.

 

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