¡YA TENEMOS PALACIO!
 
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¡Ay, Alá mío, pero qué gracioso es!

Este Pepe, digo.

No, no, no Pepiño, no: ése es otro; al que me refiero es a Pepe Griñán, el actual presidente de la Junta de Andalucía, sí... ¡Noooo, qué va! Es él el que quiere que se le llame Pepe. Sí

Bueno, pues no va Pepe, va y le pregunta a Javier, Javier Arenas, ya sabes, ése del PP, sí, le pregunta:

—¿De qué vais a llenar el museo entonces?, ¿de figuritas de porcelana...? ¡Así como lo oyen! ¡Ay, es que me troncho! ¡Es que tiene una gracia que no se puede aguantar! ¡Figuritas de porcelana! ¿Lo han pillado ustedes? ¡Llenarlo de figuritas de porcelana! ¡El Palacio de San Telmo lleno de figuritas de porcelana, ay, qué bueno...! Bueno. Bueno... Bueno, y ahora que lo pienso, ¿por qué no? Si lo llenamos de figuritas de porcelana hasta los topicos —(aumentativo no consensuado de tope, en su acepción equivalente a bordes o límites)—, entonces tendremos que poner en la puta calle a los irresponsables a los que se les ocurrió y a los que han permitido esta faraonada, ¿no? O, por lo menos, dejarlos sin su sitio favorito para su acostumbrada apología activa al disparate y sus prolegómenos a la puesta en práctica del despropósito más nefasto.

No es que en esta ocasión haya sido una insensatez muy cara: en principio iba a ser de SÓLO 34’2 millones de eurillos; al final han sido NADA MÁS que 46’6 millones de euros del ala. O sea, en el momento en que la Junta de Andalucía y NADIE MÁS QUE ELLA es responsable de una tasa paro superior al 27%, se permite gastarse una millonada en una obra de autobombo y platillo: la consejera de Presidencia recibe las llaves del Palacio de San Telmo una vez finalizadas las obras de rehabilitación.

Pues, ¡qué bien!

¡Pero es que no sabe esta mujer que en su comunidad o región hay millones de personas que se están muriendo de hambre?

¡Pero en qué país vivimos cuando una oposición no ha puesto el grito en el cielo ante tamaño disparate?

—¡Oiga usted, señor alarmista, es que no sabe usted con quién está hablando?

—¡Claro que lo sé: Con los que se han adjudicado la representación de una región totalmente sumida en la ignorancia y las subvenciones!

—¡No, señor: con la región que va a la cabeza del mundo civilizado!

Claro, ante argumentos así no se puede decir nada; mucho menos, discrepar.

Porque es cierto que vamos a la cabeza del mundo civilizado en todas esas cosas que usted está pensando ahora mismo.

¡Y en muchas más!

Ahora, también, en el derroche más innecesario en el momento más impropio.

Pero, ¿es que se cree usted, doña Mar Moreno, que lo que ahora mismo necesita el pueblo andaluz es que sus representantes, ¡los que han logrado que la tasa de paro llegue a un escalofriante 27 %!, tengan un palacio más lujoso para jugar a sus politiquitiquerías?

¡Vamos es de ser idiota!

O de tener muy mala leche, que es peor.

Si yo empiezo una obra en mi casa en un momento de pujanza económica (que no es el caso de Andalucía, ¿eh?, ¡ojo ahí!) y las circunstancias se me tornan desfavorables, lo primero que hago es cancelar la obra y ponerme a ahorrar todo lo que pueda en previsión de que los tiempos malos puedan empeorar. ¡Qué es lo que han hecho ustedes?, ¿alumbrar a Andalucía?

Seguro. Con 100 lámparas suecas de 8.000 euros la pieza.

Bueno, eso es el precio que ha llegado a mis oídos y que yo, hablo en sentido estrictamente personal, no me creo. Sinceramente pienso que las lámparas de marras nos han salido muchísimo más caras a los andaluces; opinión personal, ¿eh?

Me supongo que las lámparas de marras, suecas para más inri porque aquí no sabemos fabricarlas, funcionarán con bombillas sebastianas, o sea, de las de bajo consumo, ¿eh, Pepe?; porque, con ser ya una pena que no se hayan comprado las lámparas en la industria andaluza, al menos que nos quede el consuelo de saber que la energía que consuman será la mínima.

—¿Cómo puede usted decir eso?

—¿El qué, vida?

—Eso de que las lámparas no son andaluzas?

—¿Es que lo son?

—No, pero no tiene por qué decirlo.

—¡Ah, ya: no conviene que sepamos que no son de aquí sino de fuera, verdad?

—¡Exacto! Eso que se quede bien claro: de fuera de nuestras fronteras. Son de Europa.

—Ya. Veamos: Europa, continente que contiene, entre otros, los siguientes países: Suiza, Luxemburg...

—¡No hace falta que detalle más!

No.

Claro.

Como el agua.

—Por cierto, ¿sabe que en nuestra comunidad tenemos una pujante industria del mármol?

—¿Sí? ¡No me diga!

—Sí, se lo digo. Está en Macael, en Almería. Algún consejero ha habido recientemente que procedía de la zona.

—Ah, pues..., ¡oiga, es que quiere decirme algo?

—Hombre, pues ya puesto, sí. Eso que tanto repiten ustedes: consuma productos andaluces.

—¿Y?

—Que Carrara está en Italia.

—¿Y?

—Que el mármol de Macael está luchando por sacar cabeza en este mundo.

—¿Y?

—Su calidad es superior a la del mármol de Carrara.

—¿Y?

—¿Cómo no se le cae la cara de vergüenza al que dio el contrato a la industria italiana en vez de a la almeriense?

—Bueno, hay dos buenas razones. La primera, para Sevilla, Almería no es Andalucía.

—Ya.

—La segunda, Italia está en Europa.

—¡Espere, espere! ¿Ese continente que contiene, entre otros, los siguientes países: Suiza, Lux...!

—¡Ése!

—Ya.

—¡Además, tenemos un mensaje claro de optimismo para ese millón de parados que hay en Andalucía: Amigos, los sindicatos están con vosotros!

—Ya.

—Sí. Y otro para las 300.000 mil familias andaluzas sin ingresos.

—Ya.

—Sí: ¡Venid a Sevilla, ¡a Sevillilla!, la tierra de María Santísima y del que no farte de ná!

—Ya. Y, ¿a qué?

—¿Cómo que a qué? ¡Pues a qué va a ser: a ver el palacio de San Telmo!

—Ya. Oiga, ¿y qué hora estima como la más apropiada, señá consejera?

—Eso es fácil: ¡la de comer!

 

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