¡DOS PATAS ENTERAS!
 
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Vaya, vaya, vaya, ¡ea!, pues sí, señor, ¡lo han vuelto a hacer! Una vez más. Y van... la tira de la tira del tirón, que te va’a quedar soltera.

Meteduras de pata. De las buenas. De las que nos hacen ver qué somos para ellos.

Primero, Rajoy.

El cual, confundiendo la velocidad con el chorizo (no quiero decir tocino por respeto al Islam y no ofender a nuestros queridos inmigrantes que tantos derechos tienen; más aún, a partir del 11-m), bueno, pues confundiendo el agradecimiento con el deber, o el bien de uno antes que el del total de los que confían en él, va y se deja caer con unas palabras que traen a la memoria aquellas otras de un ex-presidente del gobierno y el enunciado en voz alta de que si él conducía o que si conducía otro o si no se sabe muy bien quién conducía; liado todo, aunque se saca en claro que alguien conducía algo, un coche debía de ser, digo yo, o algo así. Venía, fíjense, de darse un garbeo por cierto sitio en el que se suele beber muy buen vino.

Bueno, pues nuestro Marianito, igualico, igualico, igualico.

Supongo que expresaría en voz alta, digo yo, su convencimiento de que los que creen que el pilar básico de país es la Justicia son, ni más ni menos, que un hatajo de simples ilusos sin voz ni voto y:

—Camps repetirá —afirmó, más o menos— diga lo que diga la Justicia, porque confío en él.

“Más que en la Justicia”, le faltó decir.

Para completar el desatino, ahondó y se puso a explicarnos que unos simples trajecitos a medida de unos cuantos milecillos de euros cada uno no tienen importancia.

En mi pueblo había dos putas: una cobraba a cinco duros la pieza; la otra, a quinientas. A una iban los que siempre estábamos a la que salta; a la otra, los ricos.

Las dos eran putas.

Muy honradas, se proclamaban ellas; pero putas.

Buenas como ellas solas; pero putas.

Trabajadoras, que daba gloria verlas cómo se aplicaban en sus quehaceres laborales. Putas.

Y eso que ni tenían sindicatos ni nada de nada.

Ellas, a lo suyo. Putas perdidas.

Entonces vienen los excelentísimos señores Padres de la Patria, ya saben, esos señores (excelentísimos por cierto) que nos guían por la senda del bien y del deber y con sus vidas nos dan ejemplo en que mirarnos para ver de ir conformando las nuestras a su imagen y semejanza, ¿saben?, que es la honradez y el bien hacer. Nuestras vidas, digo, copiarlas de las de ellos, sí.

Bueno, pues, ésos.

Resulta que uno de ellos se ha empeñado en que no le ha tocado la lotería. Los otros, venga a preguntarle que de dónde saca pa’ tanto como destaca y él, venga a lo mismo. Entonces este señor, no me acuerdo cómo se llama, se pone a explicar que si él es cristiano y los otros venga a reír. Como ve que eso no cuela, va y se arranca por rancheras y canta aquello de que si “la cucaracha, la cucaracha, ya no quiere caminar”, ¿recuerdan?, ¿sí? Bono, quiero decir bueno, sólo que él le cambia la letra y dice así, con la música, ya saben, de La cucaracha, canta así:

Francisco Franco, Francisco Franco
me está tratando muy mal
porque me quiere, porque me quiere
quitar todo mi caudal.

Por caudal, claro, significa un montón de pisos, áticos, chalets, fincas y la tira y el tirón, que te va’a quedar soltera. Bono, digo, bueno, pues entra nuestro hombre de cuyo nombre no me acuerdo y van todos y se levantan, no los que caminan por la senda de la derecha (que es la que lleva a can Gúrtel después de pasar por can Matas y can Camps, ¿comprenden?) sino los de enfrente, y se ponen a corearlo y a gritar vivas a la madre que lo parió. Al padre, no. Que dicen:

Honor y gloria a ti, casero de mi alma,
loor eterno a ti, casero de mi amor.


Y prorrumpen en aplauso estruendoso. Se levanta la hija de la traidora del pueblo de Zaplana y exclama:

—¡Fiera, que eres una fiera, el orgullo de nuestra raza calé eres! —No porque ellos sean gitanos; no lo son. Bonos, quiero decir, buenos comerciantes, sí. Ricos podridos, eso también; aunque ellos no lo pretenden sino que lo cogen porque está allí y su ideología se lo manda:

—¡No lo dejéis para que lo coja otro! —dijo su profeta—. ¡Cogedlo vosotros y dad y se os dará! —en clara alusión a Jesucristo y a nuestro padre Escrivá de Balaguer. Entonces vino a terminar de tal manera:— ¡Tovarich! —que quiere decir que al que sea malo se le mandará al infierno (que ellos llaman gulag). Por eso.

Bono, quiero decir, bueno, pues el hombre de cuyo nombre no me acuerdo estaba empeñado en explicarse y venga a gritar:

—¡Eggg...! ¡Egggg...! —Así. Sin parar.

En esto que se abre la puerta y entra brioso corcel y sobre él moza muy galana y rica. Al verla, todos rompen en más aplausos y chillan como locos:

—¡Hola, hola, hola, caracola, ola, ola! —porque las segundas eran de las del mar.

Un idiota sale de una esquina y, vestido todo él de idiota perdido, dice así:

—¡Queremos a España porque no nos gusta! —Al momento todos corean:

—¡Fascistón al paredón! ¡Fascistón al paredón! ¡Fasc...! —Así, sin parar. Quieren con ello indicar que no ha sido de su agrado lo que el idiota ha dicho; mayormente porque no es de buen gusto y, además, no es progresivo sino infiltrado.

Ahora sale una madre con su hija de la mano. La pequeña es muy joven, una niña, y ella le señala el retrato de la pared y la alecciona de esta manera:

—Es tu Presidente, hijita, míralo bien porque es lo único que tenemos para comer. —Al rato la niña dice, aburrida como está, dice:

—Mama, yo ya no quiero comer más porque tengo muncha hambre. —Ella dice comer a mirar el retrato del presidente colgado allí, cabeza abajo, en la pared, como su mamá le ha enseñado.

—¿No quieres comer más, hijita? —pregunta su mamá inquieta y preocupada. La nena:

—No, mama; quiero ir a dormir porque tengo muncha hambre. —La nena dice muncha y no mucha, como debería, porque la pobre es de la ESO y por ESO no sabe ni pum. Pero a su mama no le inquieta gran cosa el asunto porque al ser también ella de la ESO, pues no lo sabe.

Por el foro entra una de la banda de Enciso y desplegando la casa entera ante ti explica, muy orgullosa:

—Esta es mi tierra. —Luego se vuelve y toma el avión privado y se va a París ya que esa noche ha quedado con unas putillas conocidas suyas para ir de compras y vuelta al día siguiente. Todas estas prisas vienen motivadas porque al ser señora tan bien mirada y respetada en el municipio de El Ejido, que es donde sus maridos se aplican a sus negocios, ha de pasear con su coche y fardar por el Paseo del Generalísimo de la capital.

Una de ellas se ha comprado un chalet en Almerimar y desde la ventana de su dormitorio puede salir directamente al mar, como si fuera una piscina, vamos. Todo ello con el dinero de los contribuyentes, claro, porque no van a ser tan tontos como para devolverlo cuando les pillen, si es que les pillan, y, por supuesto, tampoco lo van a devolver motu proprio.

—He visto un modelito de Balenciaga que me sienta como un guante.

Antes de desayunar ha de aplicarse un baño de leche de borrica que le traen ex-profeso desde San Juan de Letrán, porque está enchufada con los de la Iglesia por las obras de caridad, que ellas llaman bienaventuranzas:

—Bienaventurados los que son despojados de lo suyo porque son tontos y se dejan, ya que me permiten este tren de vida. —Que es lo primero y principal.

Luego vendrá el demonio de la zeta y dirá:

—Cinco millones de euros para subvencionar el estudio de la evolución de la agalla producida por el quermes en el coscojo de la falsa encina endémica en Bosnia-Bostwana meridional —De los cincuenta millones, veinte salen para una cuenta numerada en cierto país; otros veinte son desviados hacia una fundación del partido, cinco son para las juventudes afines y los otros cinco son para viajes, protocolo y entrega en efectivo a los amiguetes de donde sea.

Todo esta medido y contado.

Pero no todo es oro, ¡ni mucho menos! Veamos, si tú me dices que dos y dos son cuatro yo te he de hacer ver tu error porque ése es mi deber y obligación; y te lo explico así:

—¿Cómo quieres que no atienda a los ingleses ricos que vienen a operarse aquí de balde? ¡Si hago eso también tendré que dejar sin atender a los millones de negritos y moritos que vienen porque si no, se mueren?

Y digo yo, digo:

—¿Y por qué no los atienden en su casa?

—Nos hemos de ocupar de la casa del vecino porque él no lo hace. —Con lo que me he de callar cuando ordena:— Ahora te rebajo el sueldo porque el vecino no tiene dinero. —Y callarme más todavía cuando me dice a continuación:— Como me vuelvas a llamar cabrón te encierro en la cárcel. —Así que no digo ni pío y él, como ve que no le pasa nada, pues me encierra. Esa noche sale de serenata y, bajo el balcón de la monstrua canta:

—¡Ay, José Luis, José Luis, que todos los niños no vienen de París! —Yo:

—Amén, amén.

Conclusión: putas todas. La que más, la del bigotillo.

 

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