OLOT
 
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Queridos amigos:

Anoche escuché la noticia en la tele; quedé horrorizado.

Cinco muertos.

No sé cómo habrá sido. Pero sí sé imaginármelo:

El director de la sucursal que sale, bien de mañana, a la calle helada de Olot. Atrás, en su casa, han quedado sus dos niños, piando como pollitos; y su señora, tierna y madre como mujer más o menos realizada. Él, que sigue camino de la sucursal de la CAM en el último paseo de su vida.

Cada vez más cerca, una muchacha en la flor de la vida: tiene sus esperanzas repletas y un trabajo que le espera. En la sucursal a la que no cesa de acercarse a cada paso. A cada paso, más cerca de la muerte. Tras la ventanilla de la CAM.

Los dos constructores, padre e hijo, desayunando en el bar. ¿Por qué han coincidido en esta su Última Cena mañanera? Creo, en mi entender, que las penas y quebrantos les han unido: buscan en su compañía consuelo mutuo.

Y el último.

Entra en el bar, escopeta en mano, odio en él entero, loco por la rabia y la desesperación.

Suelta los tiros.

Entra en la sucursal, escopeta en mano, más odio todavía, ciego de sangre y locura.

Suelta los tiros.

Bueno. Ya está.

Padre e hijo, que vomitan muerte por el suelo.

Director y empleada, que van quedando ciegos a la vida.

Y el último, el asesino: nada en él tampoco. Aquél que cuidaba del canario como de su amigo más querido; aquél que le abrió la jaula antes de agarrar la escopeta. Aquél que se angustiaba por la hipoteca.

Aquél que ya no tiene la casa de sus padres.

Ahora sólo hay un nuevo hijo de Caín, nacido al odio en una fría mañana de diciembre.

Dios tenga compasión de todos nosotros. Amén.

     
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