LA MANÍA
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Bueno, pues llega alguien y lo primero que hace es deshacer lo que su predecesor hizo; no mira si costó esto o aquello, si es bueno o malo, si bonito o feo, no: a deshacerlo. O echarlo abajo o derruirlo.

A continuación, claro, venga a construir, edificar o hacer. Seguramente para que el que venga después tenga en qué emplearse. A fondo. También, hay que decirlo, para que algo se vaya quedando entre las uñas en el trapicheo consecuente.

Cuando, en verdad, todo debería ir quedando, conservándose; todo forma parte de la Historia de un pueblo, un país. Lo bueno, para que sea ejemplo a seguir; lo malo, para que lo sea a evitar.

Sin embargo, ¡a echar abajo principios educativos, porque son los heredados de otra época!

¿El principio de autoridad? ¡No, por Dios! ¡Perdón, quiero decir, no por el Dios de los ateos! ¡Todo eso son resabios de la Dictadurísima!

¿Religión? ¡No, por Dios! El opio del pueblo y tal.

¿Latín? ¡Pero qué dice usted? ¡Pero si eso ya no se habla! Mire usted, hasta los romanos de las pelis hablan en nuestra lengua, ¿a que sí? Mejor, que aprendan catalán. Que lo habla hasta el intérprete traductor de la Cámara Alta.

¿Filosofía? ¡Eso qué es? ¡Pero si eso es de los griegos y fíjate cómo les va! Además, ¿para qué sirve?

Claro.

Bueno, pues se lo voy a decir: todo esto sirve para no ir en el furgón que va después del furgón de cola del tren del progreso. Que es donde nos han metido esta panda de impresentables que últimamente se han hecho cargo de las directrices pedagógicas del país. O del disparate de las autonomías, que es peor.

Las lumbreras autollamadas progresistas se empeñaron, hace ya de esto unos cuantos años, que los zagales no deberían lograr las cosas con esfuerzo. Se pedrían traumatizar, los pobrecitos. ¡Son tan sensibles! Entonces, desde los comisarios políticos, se nos machacaba para que procurásemos que fuesen felices en las escuelas. No se les hiciese trabajar demasiado. ¿Deberes? ¡Pero, está usted loco?

Claro, los jodidos zagalitos aprendieron, lo primero de lo primero, que no hay que esforzarse. O sea: hacer, ¡ni el huevecillo! A la escuela se va a ligar y a jugar con el móvil.

A continuación descubrieron que se podían subir a las barbas del educador y, en caso de legítima defensa (que eran todos), arrearle una patada en los cataplines y echarle encima a progenitor y, además, a su comisario político para que rematara la faena.

Mientras, las cabezas pensantes, o lumbreras progresistas, a seguir chupando del bote.

Hoy día el panorama es desolador: la generación ni-ni. O sea, ni come, ni deja comer.

Pero, esto sí, las lumbreras alti-parlantes siguen. Cada vez más numerosas. Cada vez más votantes del pensamiento progresista. Cada vez más fugitivas de la tiza.

¡Si hasta sé de uno que, sin tener ni el primero de conservatorio elemental, es de los que parten el bacalao musical en mi tierra, esta Andalucía bendita! Eso sí, el zagalón tiene una lengua que se la pisa. Se las pinta sola.

Vaya por Dios.

Vale.

 

     
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