23-VII-11

Queridos amigos, nuestros fieles opinadores:

¡Lo dicho: Lili es genial, es demasiado, es nuestra! Prueba de ello, hoy les ofrecemos otro espaldarazo suyo más en la dirección correcta. Que es, claro está, la de proporcionarles/nos material de reflexión de manera divertida a la vez que profunda: no es lo que nos dice; sino lo que entre frívola y jovial nos ofrece como alimento anímico en cada una de sus descripciones del mundo actual.

¡ Con todos ustedes, LILI en

Cestas y bolsos !

            ¡Madre mía! ¡Mi segundo día como L.D.P.S. (ya sabes, Lectora de Periódicos Serios) y la que se ha montado!

            ¡Camps ha dimitido!

            Estoy impresionadísima, y eso que hasta ayer casi no sabía de su existencia. No, no me juzgues de superficial tan a la ligera… Seguir las últimas tendencias exige mucho tiempo; no imaginas la cantidad de revistas de moda que hay que leer para estar al día. Y si a eso añadimos mi pequeña adicción a los cotilleos…

            Pero eso se ha acabado, ya sabes. Ahora paso de divorcios, peleas y separaciones de famosos (las bodas las mantengo; tampoco hay que ser extremista) y me voy a dedicar a las peleas, insultos, juicios y miserias varias de los políticos.

            Mucho más edificante, por supuesto. Donde va a parar.

            En mi horario de comida he ido al Vips y me he comprado El Mundo, La Razón y El País y ahora estoy en un banco del Parque de Berlín tomando un sándwich y leyendo.

            Imagino que tú estarás más acostumbrado que yo a estas cosas y no te causaran el mismo asombro que a mí, pero ya sólo los titulares me alucinan:

            La Razón: Camps se sacrifica.

            El Mundo: Rajoy sacrifica a Camps.

            Que me dices, ¿eh? O es un mártir que se ofrece como corderillo a ser sacrificado a pesar de su inocencia en pro de un bien mayor, o el bien mayor acaba con él de un plumazo antes de que el corderillo se quite la piel y se convierta en lobo que se trague al bien mayor de un bocado. Pero las dos cosas no.

            De El País hoy no voy a hacer comentarios; aún me dura el disgusto por lo que leí ayer del caso Faisán.

            ¿Cómo dices?

            ¿Qué porqué me lo he comprado?

            Hombre, no querrás que la cajera del Vips piense que soy de derechas… Que a lo mejor lo soy, o a lo mejor no… Aún no lo tengo claro. Quizás me incline un poco más por la…

            —Hola, Lili.

            ¡Que susto! Levanto la vista de la prensa con el corazón dando saltitos.

            —¡Ey, Andrea! ¿Qué tal?

            Buena chica, esta Andrea.

            —Hecha polvo —contesta al tiempo que se deja caer en el banco a mi lado.

            Sí que tiene mala cara, la pobre. Quizás sea por el asunto del nombre: desde que llegó a la empresa un par de graciosillos le pusieron el mote de “Andreitacometeelpollo” y ya no hay quien se lo borre. Llámame exagerada, pero a mí algo así me quitaría hasta las ganas de vivir.

            —A lo mejor puedes probar con la gestoría esa que sale en la tele —le sugiero. Lo cierto es que cuando vi el anuncio pensé en ella.

            —¿Qué gestoría? —me pregunta con los ojos vidriosos.

            —Ya sabes, la del cambio del nombre —le explico—. Podrías ponerte Claudia, o Martina…

            —¿Por qué? —me pregunta.

            —Porque son nombres de modelos, con glamour y eso, pero si prefieres un nombre de actriz…, Marilyn es un poco excesivo, pero tal vez Rita, o Gina… —contesto—. Yo optaría desde luego por una de las grandes. Sofía también está bien.

            Se seca las lágrimas que empiezan a caerle por las mejillas y me pregunta:

            —¿De qué hablas?

            Uy, uy… Solo hay una respuesta válida.

            —¿Y tú?

            —Me han despedido —dice con un hilillo de voz.

            —¡No! —grito cogiéndole la mano—. ¿Por qué?

            Desde luego que nuestra empresa no tiene corazón.

            —Por la tontería esa de las cestas de navidad —dice entre sollozos.

            Vaya… Pues no sé qué contestarle, la verdad.

            ¿Cómo dices? ¿Que qué asunto es ese?

            Bueeeno, es algo un poco raro, cuanto menos. Verás, resulta que Andrea es la secretaria de dirección y este año se ocupó de encargar las cestas de navidad de la empresa, que fueron normalillas tirando a cutres: nada de jamón, ni de embutido ibérico, ni de champán. Los empleados lo tomamos con filosofía: estamos en época de crisis y las peladillas salen más baratas.

            Pero resultó que no: el departamento de contabilidad puso el grito en el cielo porque se había superado el presupuesto previsto en no-sé-cuantos euros.    Y, habladuría por aquí, información de fuente fiable por allá, un bolso carísimo hizo acto de presencia. Bolso que al parecer la empresa de las cestas regaló a Andrea a cambio de que la eligiese, y bolso que ahora cuelga burlón de su hombro.

            —¡Uf! —le digo, para ganar tiempo.

            —Ya ves —añade entre hipos—. ¡Si no tienen pruebas ni nada!

            —¡Uf! —nada, no se me ocurre nada.

            —Y de todos modos —suspiro largo en un intento de calmarse—, es algo normal.

            Ahí lleva razón.

            —Lo habría hecho cualquiera —continúa.

            Desgraciadamente.

            —Que no quiere decir que yo lo haya hecho —concluye.

            Por supuesto. Claro que no. ¡No poco!

            —¿Y qué vas a hacer ahora? —En el fondo me da pena. Con la crisis, perder un puesto de trabajo es muy chungo.

            Se seca las lágrimas con un kleenex y una sonrisa asoma a sus labios.

            —Me voy a meter en política.

            Ya ves, me estoy quedando sorda. O puede que esté perdiendo la cabeza. ¿Creerás que he oído que se va a meter en política?

            —¿Qué?

            —En política. Mi tío es alcalde de … y me ha dicho que necesita un asesor, que le mande el currículum y que empiezo el lunes.

            ¡Ostras! Trago saliva y consigo murmurar:

            —Seguro que te va a ir fenomenal.

            Y se lo digo con todo el dolor de mi corazón.

 

20-VII-11

Queridos amigos, nuestros fieles opinadores:

¡Aleluya, amigos, nuestra página ha ganado un nuevo espacio: El Rincón! Sí, así como suena: Lili contribuye desde esta mítica fecha a dar contenido a un apartado enteramente suyo: Su Rincón, o sea, El Rincón de Lili!

¿Quién es Lili?, se preguntarán. Pues bien, no nos es permitido dar de ella los datos que podríamos y nos gustaría proporcionarles: ha optado por la colaboración habitual desde el pseudoincógnito infrecuente. Porque bien es cierto que tan pronto como empiecen a leer su Rincón, más de uno reconocerá la infalibilidad de su verbo, la calidad de su pluma.

Sin embargo, aprovechando que está en su diaria sesión de yoga y, por consiguiente, no sabe qué puñetas hacemos, sí les diremos que es escritora, abogada, economista y, hasta hoy, colaboradora eventual de este Opinionario.

Pues bien, a partir de esta fecha sólo tendrán que clicar en el vínculo adjunto a la cabecera e inmediatamente encima de la fecha, para saborear la ingenua y, ¡a la vez!, incisiva prosa de nuestro más reciente fichaje.

Con ello les animamos a que nos sigan honrando con su adhesión y fidelidad que, en verdad, es nuestra mejor recompensa.

¡Y, ahora, el inicio de El Rincón de Lili!:

 

Sopa de faisán

            Hoy empieza mi nueva vida como L.D.P.S. y estoy realmente emocionada; incluso antes de comenzar la enorme tarea que me he propuesto ya me siento más…, como decirlo…, intelectual, más madura, más culta, más …, en fin, ya me entiendes, mejor persona. Y eso sólo con imaginar lo que estoy a punto de hacer. Esto va a suponer un vuelco total en mi actitud frente al mundo.

            El impulsor de este gran cambio es mi novio JC, que ayer me hizo ver el abismo hacia el que me dirigía.

            —¿Qué opinas de lo de Víctor y Nacho? ­—le pregunté mientras cenábamos en una terraza—. Yo estaba clarísimamente de parte de Víctor, pero ayer no sé… Llevo toda la tarde dándole vueltas y…

            —¿De qué hablas? ¿Qué Víctor y Nacho? —me preguntó JC distraído mientras pinchaba con el tenedor cuatro patatas fritas del plato que estábamos compartiendo y las pasaba por el alioli.

            —De Nacho Polo y Víctor Sandoval —le aclaré con paciencia.

            —No me suenan —contestó pinchando de nuevo del plato.

            —Pues ahora resulta que Nacho es un santo y Víctor es una especie de… —me interrumpí porque JC había cogido cinco patatas fritas, y eso ya era demasiado. Hay cosas con las que no se juega y una de ellas son las patatas fritas. La más importante, diría yo. Puede incluso que la única. ¡Las patatas fritas son sagradas, por lo menos!

            —¡Eh! —exclamé al tiempo que le quitaba el tenedor—. ¡Eres un abusón! —le dije escandalizada—. De una en una o las cuento y la mitad para cada uno.

            JC me dirigió una mirada sorprendida y a continuación esbozó una sonrisa burloncilla.

            —¿Víctor y Nacho, dices? ¿Son amigos tuyos? —me preguntó con tono socarrón—. ¿Los conozco yo? —y añadió— ¿O tú?

            —No —contesté un poco a la defensiva.

            —¿Son políticos tal vez? ¿Diputados? ¿Senadores? ¿Economistas? ¿Escritores? —continuó—, ¿premios Nóbel? ¿Quiénes son que te tienen tan preocupada sin conocerlos? —y se llevó dos patatas fritas a la boca mirándome con aire retador.

            Opté por callar. He de reconocer que JC es un chico listo. Y pelín rencoroso.  Llámame intuitiva, pero estaba segura de qué sabía de quien le hablaba. Nos miramos y llegamos a una entente cordiale sin palabras. Le dejé coger las patatas fritas de dos en dos y él obvió el tema de Víctor y Nacho.

            Pero una y no más: allí, en aquella mesa llena de miguitas de pan y vasos de tinto de verano vacíos, juré que jamás volvería a poner en peligro mis patatas fritas por hablar de temas superficiales. Eso se había acabado.

            ¿Qué me importaba a mí si una pareja se peleaba y se insultaba? ¡Con la cantidad de cosas importantes que pasaban en el mundo y de las que no me estaba enterando!

            De modo que hoy he comenzado mi nueva y emocionante vida como Lectora de Periódicos Serios (L.D.P.S.), y aquí estoy, en una mesa en el Vips tomando café y leyendo El Mundo, El País y La Razón (La Gaceta y el ABC me han parecido demasiado duros para una novata como yo, y eso sólo con hojear las portadas; miedo me da pensar en el resto).

            Comienzo por El Mundo. Bueeeno, no es el Hola, pero no está mal; me indignan el caso Faisán (tremendo, y eso que no pillo algunas cosas), los trajes de Camps (me encantaría verlos, tienen que ser una pasada, con el dinero que dicen que han costado) y las escuchas del News of the World (no somos nadie, que diría mi buen amigo Joaquín). El panorama que dibujan los artículos de economía es tan desolador que me invade un profundo desasosiego y decido aplazar su lectura hasta dentro de una semana o dos, cuando ya lleve un cierto entrenamiento y esté más acostumbrada. Estos primeros días me limitaré a la política, que no me afecta tanto.

            A continuación cojo El País y me tranquiliza ver que las cosas no están tan mal. No te confundas, que bien no están, pero aún falta un poco para llegar a la hecatombe que anuncia El Mundo. Igual me atrevo incluso con las páginas de economía para quitarme el susto (después de leer El Mundo había decidido dejar los vaqueros de Diesel, que son maravillosos y se ajustan como ningunos y que necesito con desesperación, para el mes que viene; imagínate la impresión que me ha causado…). Pero…

            No lo entiendo… Voy a leerlo de nuevo… Supongo que no he pillado el sentido…

            Tres lecturas después dejo el periódico a un lado y trato de asimilarlo. Un periódico “serio” publica en sus páginas de opinión que el 4 de mayo de 2006 un policía alertó a un miembro de ETA de que se preparaba una redada ordenada por el juez. Los indicios incluidos en el auto dice que son convincentes al respecto, pero sin embargo su conclusión de que cometieron un delito de colaboración con banda armada es más cuestionable, pues lo que se intentó fue evitar dar a ETA un pretexto para romper el proceso de paz iniciado en marzo de aquel año y que atravesaba por momentos difíciles. Concluye que es absurdo considerar que intentar ganar tiempo de esa manera suponga cometer un delito, y menos aún de colaboración con banda armada. (*)

            ¡¡¡Será posible!!!

            Estoy más desconcertada que cuando veo a Lady Gaga en las páginas del Cuore. Si eso no es colaboración con banda armada, ¿qué es entonces? ¡Pues eso mismo, colaboración con banda armada! Yo al menos lo veo clarísimo. Debo tener una mente privilegiada… o completamente obtusa.

            Recorto la página del periódico y me la guardo en el bolso. Aún un poco flipada, pago el café y salgo a la calle.

            Camino de casa me compro el Vogue, pero ni por esas alejo el asunto de mi mente.

            Cuando JC llega de trabajar se lo pregunto; estoy tan ansiosa por comentar el asunto con él que casi no le dejo ni sacar la llave de la puerta.

            ­—¿Qué opinas del Faisán?

            —¿Del bicho? —se ríe—. ¿Eso quieres cenar? ¿Me da tiempo a ducharme? —añade mientras se va quitando el traje por el pasillo.

            —No, del Faisán político —respondo detrás de él.

            Se para y se da la vuelta, con el nudo de la corbata a medio deshacer.

            —Nada —responde—. Que es un asco, supongo.

            —Mira, lee esto —le digo, y le paso la hoja que he recortado.

            Espero ansiosa a que termine; necesito hablar sobre ello incluso más que sobre el nuevo doctor Bag que ha sacado Gucci.

            —Bah, eso es una tontá —y sin más me devuelve la hoja y entra en el baño.

            —¿Cómo que una tontá? —le grito a través de la puerta—. ¡Que es muy fuerte!

            Silencio.

            —¡Que dicen que el director general de la policía también estaba en el ajo! —(presuntamente, añado para mí).

            Más silencio.

            —Se insinúa que hasta el gobierno podría…

            Se abre al fin la puerta.

            —Lili, cálmate —me dice—. Todo está lleno de mentiras, chantajes, intereses, peleas, celos…

            —¡No! —le interrumpo, desesperada porque no me entiende—. ¡Pero yo no te estoy hablando ahora de cotilleos, sino de política!

            —Yo también —contesta.

            Vaya… No pensé que pudiese haber algo más absurdo y fuera de quicio que el divorcio de Víctor y Nacho… ¿Cómo he podido pasarlo por alto?

            Fijo que me engancho.  
           

(*) Publicado en el periódico El País del martes 19 de julio de 2011, página 26

 

20-VII-11

Mis queridos amigos:

Una vez paladeada esta joyita, a continuación os presento en primicia un nuevo cuento: ¡el famosísimo "Cuento del Deporte"! Antes de nada, una advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, estamentos, organismos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto. Y, una vez dicho esto, léanlo y disfruten, porque no es real como la vida misma.

 

         Llama Juan, a quien dicen el Veguero, a Telesforo, su segundo en el escalafón actual del socialismo municipal, y apenas lo tiene delante ya le está dando instrucciones muy concretas, conforme es uso en él por su mismo natural; le dice:

         —La Rejunta me ha comunicado que vamos a construir un Palacio Municipal de Deportes.

         Telesforo, hombre de comprensión rápida, o sea, capta la situación de manera intuitiva, casi milagrosa que se diría, va derecho al grano:

         —¿Un Palacio Municipal de Deportes?

         —Eso es. Nos dan la opción —precisa el Veguero— de que lo denominemos Palacio Municipal de Deportes o Pabellón Polideportivo Municipal.

         Telesforo, rápido como el rayo:

         —Palacio, no, jefe. —De seguido:— Suena a burgués. —Ahonda aún más en sus razones:— Me recuerda a príncipes, princesas, Caperucita Roja y todo eso. —Pausa brevísima y:— No, nada de Palacio. Pabellón, eso sí. Pabellón es palabra que anuncia la participación del pueblo, el sudor proletario corriendo a chorros frente abajo por el... —Se interrumpe porque acaba de caer en la cuenta de un problema:— Oye, ¿y para qué coño queremos un Pabellón Polideportivo en el pueblo?

         —¡Cómo que para qué? ¡Pues para qué va a ser? —Le contempla el Veguero con cierto desagrado durante unos segundos—. ¡Para hacer deporte! —Se le queda observando cómo medita su Mamporrerito, que es como a sus espaldas llaman a Telesforo y él lo sabe y el otro no. Bueno, cree que no.

         —Ah, ya,... ya caigo. Claro. Para hacer deporte. Naturalmente.

         —¡Por supuesto, para hacer deporte! ¿Para qué si no?

         Aún hay un silencio largo antes de que Telesforo lo suelte, porque si no revienta, curiosoncillo él, como es:

         —¿Y quién va a hacer deporte? Porque —arguye sin dar tiempo al alcalde a contestarle inconveniencia destemplada— aquí no quedan nada más que viejos.

         Se miran atentamente ambos. El Veguero, como alcalde que es, con la superioridad y el desagrado que ha de mostrar con frecuencia la primera autoridad municipal ante todos, aunque, como en este caso, se trate de su teniente de alcalde e íntimo amigo, además. Telesforo, listo como ardilla es, la perplejidad ha reemplazado a la sumisión perpetua ante el jefe. Aunque es Juan quien rompe el silencio y le espeta con desagrado:

         —¿Es que los viejos no tienen su derecho a hacer deporte o qué? ¿Es que no debemos velar nosotros por el bienestar de la tercera edad o qué? ¿Es que no tenemos la función de dirigirlos a mejorar su salud o qué? ¿Es que no es nuestra obligación hacer que los jodidos viejos hagan deporte o qué?

         Con lo cual todo queda aclarado, decidido y resuelto y hasta el mismo Telesforo percibe la estupidez mayúscula de la cuestión que él ha planteado.

         —¿Dónde? —inquiere entonces.

         —¿Cómo que dónde? ¡Aquí, en el pueblo! —Repentinamente se encalabrina, molesto ya por la cerrazón de su segundo, mayor que de costumbre:— Te lo he dicho: la Rejunta me lo acaba de comunicar, ¿es que no me escuchas o qué? Me ha llamado por teléfono el Jefe de Libranzas para Antojos y Chorrerías y me ha dado la buena nueva.

         —No, jefe, si lo que quiero decir es que dónde lo vamos a hacer; en qué parte del pueblo.

         En esto sí que no ha caído, él, siempre tan completo.

         —Un momento, un momento... —En realidad, ya está marcando el número correspondiente y, segundos después, su voz se vuelca tan almibarada como el almíbar y más en el teléfono, jovial encima, que dice:— ¡Hola, compañero, hola, hola, aquí Juan..., eso es, sí, no hace ni cinco minutos hemos hablado, sí! Verás, es que acabo de caer en un punto que no hemos especificado y que debo llevar al pleno: ¿en qué sitio concreto ha de construirse el nuevo Pabellón Polideportivo Municipal?... Si, es que hemos decidido que se llame así, que no Palacio; es más proletario, ¿comprendes?... ¡Por supuesto que a mí, claro; a quién si no!... —Tras un largo intervalo de chisporroteos procedentes del otro extremo de la línea:— ¡Ah, ya! —Y:— ¡Siempre a tu disposición, compañero, para coplacerte en lo que..., adiós! —aunque Telesforo ha escuchado perfectamente como el otro ha colgado hace rato ya.

         Le mira Juan y está perplejo:

         —Ha dicho que lo quiere justo al lado del chalé de Iván.

         —¿El chalé de Iván? ¿El nuevo? ¡Pero si eso está a más de dos kilómetros del pueblo cerro arriba por la carretera de Estepa!

         —Ya —concede el Veguero—; pues lo quieren allí. Dice que han verificado que allí hay un terrenillo ideal para un Polideportivo; que lo han investigado y que lo podemos expropiar por nada y menos. Además, según él, subir cuesta arriba les servirá de calentamiento a los viejos y llegan ya con la mitad del deporte hecho.

         —¡Pero si está a más de dos...!

         —¡Ya, ya, pues ahí es donde va a ir!

         —¡Pero si...!

         —¡Y amén, coño!

         Telesforo nunca ha visto a su jefe y alcalde tan decidido como ahora; tampoco tan furiosamente contenido. De modo que recoge velas a toda prisa:

         —¡Es el mejor sitio, jefe! ¡Justo junto al chalé nuevo de Iván! —Cae entonces:—Efectivamente, hay un terrenito que habría que expropiar y que, si no recuerdo mal, pertenece al tío Rogelio el de...

         —¿El tío Rogelio? —interrumpe el Veguero—. ¡Vota derechas! —exclama—. ¡Hay que expropiar! —ratifica—. ¡Le vamos a dar nada, menos de nada y nunca jamás! —cae—. ¡Se joda! —Sentencia rotundo y final; lo ameniza todo con una risita cuca y ufana.

         Con lo cual ambos se ponen con ánimo alegre y espíritu constructivo a planificar la mejor manera de operativizar la bendición (es un decir) que supone esta ingente inyección de millones que se adivina en lontananza, debida, claro, a la política social de la Rejunta.

         —¡Se jodan los fascistas! —se dicen.

         —¡Si es que tenemos una Rejunta que no nos la merecemos de puro buena que es! —arguyen en las brevísimas pausas de la tarea en que están inmersos.

         Y con ello se reconfortan y su espíritu crece en vigor socialista y eso.

         —¡Un disparate! —salta el Micián cuando Juan expone en el pleno la buena nueva de que ha sido conocedor todavía no hace ni un par de días. A continuación, como jefe de la oposición municipal que es:— ¡Un atraco!

         —¡Alto ahí —chilla Telesforo a lo que da—, eso es una falta de patriotismo! ¡Eso es no querer arrimar el hombro cuando hace falta! ¡Y el que tal dice es un hijo de la gran...!

         —¡Silencio, silencio! —grita el Veguero a grandes voces por ver que no se entienda del todo lo que su Mamporrerito argumenta; para ello se acompaña de puñetazos sobre la mesa del salón de plenos y gritos airados reclamando silencio a todas las partes.

         —¡Nos ha llamado hijos de puta! —denuncia a chillido limpio Aureliano que, como figurón de segunda fila del grupo de la oposición, quiere hacerse notar y no suelta bocado; además, está de malas debido a cierta cerrazón de su mujer que le tiene más de una semana en el dique seco.

         —¡No, no, nada de eso! —media el Veguero—. ¡Nadie ha expelido aquí ofensa alguna hacia la madre de otro alguien! —Hace uso de tal vocablo, ése de expeler, porque sabe y entiende que debe, como alcalde que es.

         Telesforo, a grito pelado:

         —¡Eso es mentira, no es ninguna ofensa, yo lo único que he dicho es que sois todos unos hijos de la gran...!

         Luego, cuando por fin Juan logra poner la votación en marcha, aún se intercambian recriminaciones y amenazas; pues has de saber que pocas cosas hay que engendre más odios y hiera con mayor encono el corazón de los humanos que la política. Bueno, la religión también, si a eso vamos.

         —¡Se aprueba la expropiación del terreno en cuestión! —anuncia Juan al tiempo que se levanta de su poltrona, dando a entender con ello que la sesión ha llegado a su fin. Como así hace notar cuando cae en que es lo que procede en tal instante:— Se levanta la sesión.

         Que nadie oye pues todos están aullando y gesticulando como si la vida les fuese en ello.

         Cuando Rogelio es conocedor de que su terrenillo, el que linda con el espléndido chalé nuevo que Iván se ha construido, va a ser objeto de expropiación, no duda en poner sus chillidos por las alturas siderales:

         —¡Pero qué leches de Pabellón de Deportes? ¡Pero si en este pueblo nunca se ha hecho otro deporte que dominó y barra de bar!

         —Pues por eso —le explica Juan en la audiencia que se ha visto forzado a concederle por el mucho apremio, ruido y exigencia del otro—; ya va siendo hora de que se empiecen a practicar otros deportes más sanos y que los hagan fuertes de cuerpo tanto como de espíritu.

         —¡Pero si aquí no hay más que viejos, si en el pueblo no hay jóvenes porque todos se han ido a la capital! —E inquiere a grito pelado:— ¿Qué deporte podemos hacer los viejos que no sea el de dejarnos morir en paz?

         —Claro —rebate Juan—, ¿es que quieres decir que los viejos no tienen derecho a hacer deporte? —Recompone figura al alza, eleva estampa sobre tacones y, mirando desde las alturas, le lanza:— ¿No te das cuenta de la paciencia que estoy teniendo contigo y de la buena voluntad que te muestro?

         El otro, Rogelio, cada vez más encalabrinado:

         —¿Paciencia? ¿Buena voluntad? —rebate:— ¡Me cago en todo! ¡Me quieres robar mi tierra y encima pretendes que me trague que me muestras cariño?

         —¡Y paciencia y buena voluntad, además, que lo sepas! —Sin pausa ni espera alguna, pasa a darle las causas que lo razonan:— ¡Y que sepas también que estás infringiendo la ley de Igualdad y no Discriminación en el Trato! —Ante la perplejidad y confusión que observa en el rostro de Rogelio, no vacila en aclarárselo:— ¡Con tus palabras y actitud muestras postergación y parcialidad hacia la tercera edad, la estás discriminando al declararla no apta para el ejercicio físico y, además, añades...!

         Al final, tan arrinconado y acosado se ve Rogelio que pierde formas y papeles y suelta por aquella su boca lo que no debería; que dice:

         —¡Lo que pasa es que con nuestro dinero le queréis hacer un Pabellón de Deportes al Iván, el hijo del Manolo!

         Con ello se lía la de Dios es Cristo ya que tal malicia sí que duele en personas tan responsables y miradas por lo ajeno como son el Veguero y Telesforo; y lo dicho cabe extenderlo a todo el personal que conforma el bloque socialista. Por lo que, todos a una, le afean sus palabras y no hacen caso de razones hasta ponerlo a empellones fuera del Ayuntamiento y en la puta calle, donde lo dejan con sus gritos y lamentos.

         Incluso Arfonsito, uno de los más destacados, se lo suelta al poco cuando se cruza con él, con Rogelio, por la plaza:

         —¡Lo primero es la familia, so desgrasiados! ¡Si es que no sabéis perder todavía, a pesar de que lleváis toda la vida perdiendo elessiones!

         A lo que Rogelio, de conocidas simpatías derechistas, no se calla:

         —¡Sí, el jodido se ha hecho un pedazo de chalé a base de comisiones porque su papaíto es un gerifalte de la Rejunta, y ahora, encima, le queréis construir un gimnasio particular y que se lo paguemos todos! —Y apunta a tiro fijo:— ¿Es esa la familia?

         Arfonsito, furioso por la mala intención de tales y tan infundadas acusaciones, se las refuta con argumentos sólidos y adobados con aquel gracejo tan suyo:

         —¡Fassista, más que fassista!

         A lo que Rogelio no se calla y con sus gritos hace aumentar aún más el corro de mirones:

         —¿Sí? ¿Pues entonces por qué no hacéis un centro de la tercera edad que es lo que en realidad necesitamos aquí, so ladrones?

         Luego, como suele suceder en múltiples ocasiones, todo sigue su curso y de nada sirven los reniegos, demandas y reproches: se procede a la expropiación, sale a subasta por la vía de urgencia, y en un dos por tres, como acostumbra hacer nuestra divina Rejunta cuando así conviene a sus intereses, el antiguo terrenito de Rogelio es un continuo bullir de hormiguero pleno de afanosas hormiguitas obreras, sudorosas como ellas solas, negras como el tarquín por el sol, el polvo, el trajín y los materiales de construcción. Que ya en su día señaló el poeta: Negra de polvo y sudor, bajo el ciego sol de Estepa, la Rejunta entera cabalga con la bolsa en costillar; o algo así

Dice Manolo, el gerifalte, dice:

       —Ez que a mi chiquillo le guzta el deporte a rabiar. —Leopoldo, su hermano y, por consiguiente, tío de Iván:

—Zí que ez verdá que le guzta. —Melchor:

—Claro. —Manolo, profundizando:

         —Horrorozo, ez algo horrorozo lo que le guzta. —Leopoldo, a quien llaman Leo y que es hombre trabajador como pocos (en la Rejunta es Director General de Construcciones Deportivas, y en la actividad privada es Director Gerente de Construspor S.A., la compañía que tantas contratas está obteniendo últimamente de la Rejunta):

         —Pero horrorozo der too. —Melchor:

         —¿Y lo que tú trabajas? ¿Es que eso no cuenta? —Manolo, con los ojuelos ya húmedos en su cabezón de orca:

         —Ademáz, ez que ez de bueno, el crío... —El crío tiene treinta y pico largos, está arrejuntado por enésima vez y ya pintaría canas de no ser por la calva. Leo, conmovido:

         —Un peazo pan ez er joío. —Melchor:

         —Es lo menos que la comunidad puede hacer por ti, que de tanto trabajar te vas a dejar el lomo más jodido que el conejo de la Bernarda.

         Lleva razón y lo dice desde el convencimiento: rico él, Melchor, está a raíz y consecuencia de su afortunado trato con Manolo. Que llama a su hijo, a su Iván y le dice:

         —Anda, Vanico, dale las graciaz al tite y al Melchor. —El niño, mozo en realidad, no es de entendederas saltonas sino que ha menester su tiempo; y lo expresa:

         —¿Por qué, papa?

         —¡Puez por qué va a zer, nene? ¡Por el gimnazio que te eztán haciendo! —Conocedor de las posibilidades de su retoño, se asegura:— El gimnazio de tu cazita de fin de zemana. —Se reasegura:— Ez que ze lez ocurrió a loz doz.

         Mira el nene la figurilla atiplada, regordeta y cabezoncita de Melchor:

         —Quiero que la piscina sea climatizada.

         Con lo cual los tres mayores se descojonan de risa por ocurrencia tan evidente.

         —Pizcina cubierta y climatizá a tres aguaz —logra articular por fin tite Leo.

         —¿Con el dinero del contribuyente? —pregunta incrédulo el Defensor del Votante y Pagano.

         —Sí, señor.

         —¿Un gimnasio particular? —más incrédulo todavía.

         —Exacto.

         —¿Cerca de Estepa? —más aún.

         —Eso es, en la cuna del bandolerismo histórico.

         —¡Pero..., pero eso es imposible!

         Se queda mirando a Rogelio. Totalmente perplejo. Una cosa así no puede decirse en voz alta; no en el siglo XXI; no en nuestra tierra. Sin embargo, eso es lo que está voceando este tío al que ha tenido que conceder una entrevista porque el muy jodido ha armado la de San Quintín con ayuda de la prensa. De derechas, claro. Y porque le han forzado a ello ciertos hilillos, eso también. De derechas, claro.

         De manera que recompone figura y, con muy buenas palabras y mejores razones, hace todo lo que está en su mano para convencerlo de que va a dedicar todos sus desvelos para aclarar lo de la expropiación del terrenillo en el que, según asegura, la Rejunta ha construido un gimnasio de puta madre al Iván, el hijo del Manolo:

         —¡Ésa es la razón de la existencia de esta función mía —le asegura—, evitar el abuso del fuerte, del poderoso, sobre el débil y desvalido! —Pausa de efecto, continúa:— A esta función se consagran la totalidad de mis esfuerzos y mis...

         Así sigue, se alarga y eterniza.

         Rogelio, a quien no gusta ni un pelo la barba de contrabandista que luce el pájaro y, menos aún, las referencias que le han llegado acerca de sus técnicas laborales, no deja de mirarlo y remirarlo con más desconfianza a cada instante.

         —Todo eso está muy bien, pero como no me devuelvan mi terrenillo ya, te aseguro que aquí va a salir polvo de lo mojado. —El barbas se emperra en tranquilizarlo y asegurarle esto, lo otro y lo de más allá. Rogelio:— Ya, ya pero si no me devuelven mi terrenillo, mañana agarro la escopeta y no dejo títere con cabeza completa, ¿te enteras? —Se le queda con los ojos fijos en los del otro y de pronto especifica:— ¡La primera, la tuya! —El barbas, que no está acostumbrado a que se le trate así, se acojona; a consecuencia de ello se almibara y humilla tal y como está acostumbrado a que los negritos hagan ante él.

         —¡Pero, mi estimado votante y pagano, por qué la mía?

         Rogelio, emperrado:

         —¡La primera!

         Luego, desahogándose con el Micián, que, por haberla propiciado, se interesa por el discurso de la entrevista, Rogelio se lo hace saber:

         —¡Si el jodido me tiene que defender, por que no me defiende? —Todavía profundiza más en la causa de su enfado:— ¡Se me ha puesto a hablar y hablar de lo que tiene que hacer, todo para justificarse de que no va a hacer nada! —Por último, resume:— ¡Nada más echarle la vista encima lo calé!

         A todo esto el Defensor del Votante y Pagano se ha puesto en contacto urgente con Melchor, que es quien está detrás de todo el asuntillo del gimnasio para Iván, según el conocimiento oficioso que de todo el asunto tiene.

         —¿Una escopeta? —inquiere aterrado Melchor.

         —¡A tiro limpio! —le ratifica el Defensor.

         —¿A la barriga? —quiere saber el retaquito calvito y cabezón con bigotito a lo Hítler.

         —¡No, no, no! —le tranquiliza el Defensor—. A la cabeza.

         —¡Ah, menos mal!

         —¡La primera, la mía!

         —Vaya por Dios. —Que es una de las pocas veces que el Defensor ha escuchado tal vocablo en los labios ateos del triponcito.

         Más tarde, Rogelio, metido ya en el calabozo, se lamenta:

         —Me está bien empleado. —El policía de puertas:

         —Seguro. —Rogelio:

         —Tenía que haber hecho antes de hablar. —El otro:

         —Seguro. —Rogelio:

         —Me apuesto a que el jodido de las barbas lo sabía. —El de puertas:

         —Seguro. —Todo el rato sin levantar cabeza de un novelón gordo como chinche reventón.

         El día de la inauguración del Pabellón Municipal de Deportes está en el pueblo toda la plana mayor socialista. A la cabeza, el cabezón, o sea, Manolo.

         —¿Qué cómo van a subir hasta el Pabellón? —Se extraña de la pregunta—. ¡Pues cómo van a subir: Andando!

         Juan, que, como sus vecinos que son, les tiene en cierta estima:

         —Pero es que todos son viejos. —Manolo:

         —Andando.

         Juan, por esa bondad de corazón que te digo, incide pese a que sabe que se juega el puesto en las próximas:

         —Pero es que hace un calor criminal. —El otro:

         —Andando.

         Pausa y Juan:

         —Pero es que son dos kilómetros largos y cuesta arriba. —Manolo:

         —Andando. —Luego, cuando Juan ya se ha ido, lo comenta con su niñito, con su Iván, allí mismo a su lado:— Este tío es tonto; no se da cuenta de que los viejos tienen que saber desde el primer instante lo que cuesta llegar al gimnasio; si no, no te dejan en paz.

         —Claro.

         Lo que Manolo desconoce es que Juan, en el fondo, es un alcaldazo que vela por el bienestar de sus feligreses: junto a la puerta trasera del Ayuntamiento ha instalado un tenderete en el que el Poli, el municipal más borrico de la parroquia, da un bocadillo de arenques y queso a cada uno de los viejecitos que van a acudir a la inauguración del maravilloso Pabellón Municipal de Deportes. Ello como muestra de la benevolencia de su edil y constatación de cómo de bien vela por sus intereses.

         —¡Ni hablar! —les aclara el Poli a los que preguntan—. ¡Te lo comes aquí! —Como borrico que es, detalla:— Mientras te quede una miga en la boca te estás ahí sentado hasta que te la tragues —pues no es cosa de que tanta bondad del alcalde trascienda hasta donde no debe. A los que hacen por llevarse el bocata sin preguntar:— ¡Oye, tú, so espabilao de mierda, siéntate ahí y hasta que no te lo hayas comío too no levantas el culo del escay! —Y en un aparte bien alto, para que se le oiga:— No te joe, el mierda de los...

         Hasta el mismísimo calabozo en donde aún se desespera Rogelio llegan nuevas de cómo de bien han ido los fastos de inauguración del Pabellón Polideportivo Municipal, así como del despliegue que el Partido ha hecho para darle rumbo y calidad con la presencia de sus más destacados dirigentes.

         —Se ha quedado tu terrenillo que no lo conoce ni la madre que lo parió —explica en el calabozo el de puertas; que sigue hablando sin hacer caso de los gemidos y lamentos de Rogelio:— Se les ha olvidado poner puerta de acceso, creo, de manera que hay que entrar por una que sí han dejado por el chalé del Iván. Un despiste, seguro. En principio no se puede utilizar nada más que cuando está el Iván en su chalé, que hasta ahora no está. O si está, no abre. Pero es igual, porque no va nadie: como aquí todos somos viejos pues no queremos que nos pase como al Toribio y al Anastasio el día de la inauguración. —Como Rogelio con sus lamentos no parece dispuesto a preguntar qué es lo que pasó y el puertas sí está dispuesto a decirlo, se lo suelta:— Cascaron de la insolación. —Luego, al rato, sin levantar la vista del chinche reventón:— O del bocata arenques y queso. A saber.

         Durante un brevísimo instante Rogelio detiene su rosario gimiente: una risita totalmente desequilibrada se ha encalabrinado por entre la mugre y la oscuridad del siniestro recinto.

 

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