01-VIII-11

Queridos amigos, nuestros fieles opinadores:

a) Nueva joya en nuestro Rincón de Lili: "¡Cosas de M...¡"

b) Nuevo cuento: "El efecto Rubalco, según el SIS"

Veamos, primero, lo bueno: ¡Lili y sus cosas!

¡Cosas de M...¡

            —¡Lili, tienes el móvil desconectado! —me dice JC desde el dormitorio mientras se cambia—. ¡Llevo toda la tarde tratando de hablar contigo!

            —Mmmm —contesto desde el salón, dando un trago culpable a la copa de chardonnay.

            —¿Lo tienes sin batería? —me pregunta.

            —Mmmm —insisto.

            —¿Lili? —la desconfianza aparece en su voz—. No lo habrás vuelto a hacer, ¿verdad?

            —Mmmm —regla básica en cualquier interrogatorio: mantener la misma versión desde el principio.

            —¿Otra vez? —JC aparece de pronto en la puerta del salón con el rostro desencajado—. ¿En serio?

            Decido no mirarlo; clavo la vista en la tarima. Esa marquita cerca de la mesa no me suena; ni las de la derecha del sofá; y eso de ahí…, ¡madre mía, si es un hoyo!

            ¡Esta tarima tan blanda me va a quitar la salud! JC lleva razón, deberíamos cambiarla por acera de la calle…

            —Lili, mírame —me pide mi novio con firmeza—. ¿Ha pasado de nuevo?

            Lentamente levanto la vista y…

            Me derrumbo. Sus ojos son como dos focos que me deslumbran y me nublan la razón. Mis nervios crispados ceden a la presión. No estoy hecha para estás cosas.

            —Sí —murmuro casi para mí.

            JC se sienta a mi lado y se tapa la cara con las manos.

            —No me lo puedo creer.

            —Pero esta vez ha sido diferente, en serio —trato de justificarme—. Iba todo bien hasta el final…

            ¿Cómo dices? ¿Qué de que hablo?

            ¡No, nada de cleptómana! ¿Pero qué opinión tienes de mí?

            Vale, vale, no me ofendo, pero mira que pensar que yo sería capaz de…

            Mejor te lo cuento. Ya verás cómo me das la razón.

            Este mediodía me he dirigido a mi banco de siempre en el parque de Berlín, armada con El Mundo, El País y el Instyle. Hacía un tiempo perfecto, con una ligera brisilla incluida, y me sentía en paz con el mundo.

            Después de dudar un par de segundos he cogido el Instyle: tanto periódico serio me está mustiando. Hoy casi salgo de casa vestida de negro y gris, ¡en pleno mes de julio!

            Estaba haciendo una lista mental de las cosas que necesito de forma inmediata y urgente (unas hawaianas rojas, unos shorts celestes con hondas en el bajo, un vestidito coral de volantes, una laca de uñas celeste de Dior, unas cuñas de tiras fabulosas de Nine West, un bolso bandolera color chocolate, unas…) cuando he recibido un mensaje en el móvil.

            Publicidad de M…, bueno, de mi compañía telefónica (sólo diré que no es Vodafone ni Orange; no, no insistas, no te diré cual es…)

            Paso de leerlo, lo borro y sigo con mi lista. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí, por las…

            Oh, oh, otro mensaje. Mentalmente deseo que no sea…, pero sí lo es: más publicidad de M… Lo borro rápidamente, respiro hondo y trato de calmarme. Retomo la revista y…

            ¡Pero bueno! ¡Otro mensaje! Como sea de nuevo de M…

            ¡Es que no me lo puedo creer! ¿Me quieren dejar en paz? Que me están buscando…

            ¡Otro mensaje! ¿Pero que pretenden? ¿Qué me dé un síncope?

            Entenderás que ante eso sólo podía hacer una cosa: llamar al 609 y…, bueno, lo que surgiese.

            —M…, buenos días, me llamo lo-digo-superrapido-para-que-no-te-enteres y voy a hacer todo lo posible por usted.

            Empezamos mal.

            —Perdone, pero no he entendido su nombre —le digo a la chica que me contesta, después de pasar al menos diez minutos de contestador en contestador. ¡Hasta he tenido que soltar un taco para que me pongan con un comercial!

            —Que-te-crees-tú-que-te-lo-voy-a-decir —responde de carrerilla. Me ha parecido entender Florinda Chico, pero no podría jurarlo.

            Lo dejo pasar.

            —Querría dejar de recibir mensajes de publicidad en mi móvil —le digo con una educación exquisita.

            —¿Me dice su nombre? —contesta. Uy, uy, uy, que mal vamos…

            —¿Me dice usted el suyo? —replico, ya un poco mosqueada. Muy mosqueada, de hecho. Casi al borde del abismo.

            —Ya se lo he dicho —responde con superioridad la voz al otro lado de la línea.

            —¿Me lo puede deletrear? ¡O aprende a vocalizar o…

            —Pi, pi, pi, pi, pi.

            Sí, es lo que imaginas: ¡me ha colgado!

            Vuelvo a llamar. Mientras hago de nuevo el camino de los contestadores trato de tomarme el pulso, no me vaya a dar un infarto.

            —M…, buenos días, me llamo es-imposible-que-me-entiendas y voy a hacer todo lo que pueda por atenderle.

            Inspiro, expiro, inspiro, expiro.

            —No he entendido como se llama, pero no importa —le digo, más tranquila—. Sólo quiero dejar de recibir mensajes de publicidad en mi móvil —eso es, me centro en lo que quiero y me olvido del resto.

            —¿Me dice su nombre?

            Se lo digo.

            —Muy bien, señora Díaz, ¿qué puedo hacer por usted? —me pregunta la teleoperadora mientras se lima las uñas. No, no la estoy viendo, pero lo sé.

            —Quiero dejar de recibir mensajes de publicidad en mi móvil —petición clara.

            —Eso no es posible, el ordenador no me permite esa opción. ¿Puedo hacer algo más por usted?

            —¿Cómo que no es posible? —grito histérica— ¡Que no me manden más mensajes! ¡Le juro que como me llegue otro mensaje…!

            —Pi, pi, pi, pi, pi.

            ¡Otra vez! ¡La tía me ha colgado! ¡Esto es inaudito! ¿Pero qué hago? ¿Me voy a la comisaría de Chamartín y la denuncio por intento de homicidio? ¡Porque están tratando de matarme de un ataque de nervios!

            En plena desesperación mi móvil suena y…

            ¡Otro mensaje!

            No puedo más. No sé qué le he hecho a M… pero ha tenido que ser algo terrible para que me traten así.

            No, no, no, no soy yo. ¡Son ellos! ¡Se van a enterar!

            Llamo de nuevo. Sé que es un error, que JC me ha pedido miles de veces que no lo haga, pero no me puedo controlar. Mi demonio interior está totalmente desatado.

            Esta vez el operador es un chico.

            —M…, buenos días, me llamo Hugo Sánchezy voy a hacer todo lo que pueda por atenderle.

            ­—¿Ha dicho usted que se llama Hugo Sánchez? —le pregunto incrédula.

            —Sí, señora. ¿En qué puedo ayudarla?

            —¿Pero se piensa que soy tonta? —es que es muy fuerte…—. ¡Quiero poner una reclamación! ¡Y no quiero recibir más mensajes, ni de M… ni de nadie! ¡Y quiero darme de baja! —grito con toda mi alma—. ¡Y váyanse todos a hacer puñetas!

            Miro el móvil con ojos asesinos y lo estampo contra el suelo. No hay forma de dominarme. Lo recojo y lo vuelvo a tirar. El corazón me va a mil por hora. Me acerco despacio y lo observo.

            Increíble: casi no se ha roto. Se le ha salido la batería y poco más. Es como el malo de una peli de terror, que nunca muere. Le doy una patadita.

            Mmmm, parece inofensivo, pero nunca se sabe. Mejor lo pisoteo.

            ¡Sí! Después de clavarle el tacón un par de veces y darle una patada me siento mucho mejor.

            ¡Se acabaron los mensajes de publicidad! ¡A tomar viento!

            Más calmada, me siento en el banco.

            Lo único malo es JC: no sé cómo voy a decirle que se me ha vuelto a caer el móvil.

            Por quinta vez.

            En lo que va de año…

 

Ahora, amig@s, con el ánimo bien dispuesto gracias a LILI, juzguen nuestro cuento con benevolencia:

EL EFECTO RUBALCO, según el SIS

Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, organismos, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto.

         Es que lo estoy viendo: el Director del Servicio de Investigaciones Sociológicas (SIS) al teléfono, sentado en su despacho, firme como una vara él, y venga a decir “Sí, señor, Sí, señor, Sí, señor...”, así, sin parar. Con breves intervalos. Luego, tras colgar, llama a su secretario y le da las instrucciones que le acaban de dar a él:

         —Hay que publicar los resultados de la última investigación...

         —¿Investigación o encuesta, jefe? —el secretario, puntilloso él como conviene a su puesto.

         —Encuesta, mejor encuesta.

         —¿Los resultados, jefe?

         —Eso es, los resultados.

         —Primero hay que hacerla, jefe.

         —¿Hacer qué?

        —La encuesta, jefe. —Entonces se lo explica:— El procedimiento, jefe, es que primero se hace la encuesta y después se publican los resultados.

         —¡Pero, hombre, Nicanor, no hay que ser tan puntilloso! —Le guiña un ojo—. Nosotros vamos a invertir el procedimiento, ¿comprendes?

         —No, jefe.

         —¡Ah, no? Me parece que no haces nada más que poner pegas...

         Hasta el mismo Nicanor percibe cierto tonillo amenazador por lo que recoge velas al instante, al fin y al cabo su misión no es dictar el procedimiento sino aplicar el que le digan y amén.

         —¿Campo, jefe?

         —Amplio, muy extenso.

         —¿Dos millones de encuestados, jefe?

         —¡No seas desvergonzado, Nicanor! Pon... dieciséis mil, por ejemplo.

         —Dieciséis mil. ¿Espectro?

         —¿Y eso qué es, Nicanor? —un tanto molesto.

         —Pues viejos o jóvenes.

         —De todos. —Viendo en el rostro de su subordinado que la siguiente cuestión está al caer, esto es, “¿Tanto por ciento de cada?”, se adelanta:— A tajo parejo.

         —Eso quiere decir que se...

         —Exacto, eso quiere decir eso. —Es la ventaja de ser el jefe: puedes cortar por donde quieras y dejar a cualquier marisabidillo con dos palmos de narices. Es lo que hace ahora:— Mira, no hace falta que me des la castaña con los detalles técnicos; yo sólo quiero una encuesta que tenga la apariencia de ser lo más fiable posible, ¿entiendes?

         —O sea, que parezca de verdad, ¿no?

         —O sea. Como tú dices.

         —O sea...

         —¡O sea que la gente se la crea, coño!

         Con esto, con el coño, deja sin argumentos a Nicanor que, simulando estar herido en su amor propio, adopta la pose del subordinado competente pero ofendido en su orgullo y amor propio profesional.

         “¡Enteradillo de los cojones!” —casi articula el Director. Le fastidia que un técnico se crea que sabe del asunto más que él por el simple hecho de que a él lo ha puesto en el sillón y despacho el dedo de un político; al subordinado, unas oposiciones, ¡que, a lo mejor y seguramente, hasta están amañadas y todo! ¡Engreídos de mierda todos, eso es lo que son!

         Dominándose, que por ello es también político, le suelta:

         —Los resultados te los doy yo ya, toma nota.

         Saca Nicanor un libretita de su maletín y se queda mirando a su jefe.

         —Uno: Rubalco es más guapo que Marlon Brando.

         El subordinado, asomando una pizca de lengua por la comisura de los labios y entre dientes, repite mientras pasa al papel los resultados de la encuesta:

         —...que Marlon Brando.

         —Eso es. Dos: Rajao es más feo que Picio.

         Levanta la cabeza Nicanor:

         —¿Rajao? —le mira perplejo.

         —¡Sí, hombre, sí, Rajao!

         —¿Y qué tiene que ver el señor Rajao aquí, jefe?

         —¡Pues tiene que ver porque te lo digo yo y basta! —Le mira un instante con todo el desagrado del mundo:— ¿O es que no es bastante?

         Nicanor, la cabeza nuevamente agachada, el lápiz atareado afanosamente sobre el papel, la pizca de lengua a lo suyo:

         —Don Rajao es un hijoputa.

         —¡No, hombre, no; un hijoputa, no! ¡Más feo que Picio! —Ahora es cuando ya no puede más y le grita:— Y además, no le llames don Rajao. Rajao a secas y ya está. —Entonces cae en la cuenta de que a Rubalco no le ha puesto don delante y al Rajao sí: la sangre socialista le hace ver todo rojo y se descontrola, ahora sí:— ¡Bueno, pero es que no me escuchas, so tonto de la leche!

         Nicanor, sin cesar en su escritura, sigue con su rezadera entre dientes:

         —...so tonto de la...

         —¡Para, para, para! —Al instante, como el otro continúa en lo suyo, totalmente absorto, incrementa la calidad de los gritos:— ¡Nicanor, leche, para de una vez! —Lo que Nicanor hace y se le queda mirando de hito en hito, perplejo, expectante.

         El Director, sabedor de que la mejor manera de hacer algo es hacerlo uno mismo, arrebata lápiz y libreta a Nicanor, que queda de mero espectador, y se aplica él mismo a redactar los resultados de la encuesta. Cuando, tras mucho leer, mirar, escribir, tachar, remirar, considerar, lamer la punta, estimar, tachar, escribir y eso, queda satisfecho, entrega la libretita a Nicanor y ordena tajante:

         —Lee.

         Nicanor:

         —Resultados de la encuesta del 31 de julio de 2011 efectuada sobre una panzada de gente lista y totalmente imparcial de este país. Uno: Rubalco es más guapo que Marlon Brando; Rajao es más feo que Picio. Dos: Rubalco se ríe de corazón; Rajao se ríe de dientes para fuera. Tres: Rubalco es calvo de tanto pensar en el bien del país; Rajao no sólo no es calvo sino que, además... —Levanta Nicanor la cabeza:— Jefe, esto no se lo cree nadie.

         El Director:

         —¡Ah, no? ¿Y me puedes decir por qué no, so enteradillo?

         —Sí, jefe. Lo primero es que en una encuesta no se puede utilizar la expresión “una panzada de gente de este país”.

         —¡No me digas! ¡El señor dice que no se puede decir, mira ahí! —Le mira con toda su idea:— Vaya, ¿y por qué no, señor sabelotodo?

         —Pues porque hay que indicar la cantidad de gente a la que se ha aplicado la encuesta.

         —¿Eres tonto o qué? ¡Pero si lo digo: una panzada! —Le señala el papel:— Míralo, lo pongo ahí.

         —Pero una panzada no es una cifra determinada, jefe, como dieciséis mil trescientas, por ejemplo, sino una cantidad indeterm...

         —¡Ay, ay, ay! ¡Que me parece que ya te estoy calando: a ver si es que resulta que vas a ser una especie de infiltradillo de las derechas! —Mira al techo—. ¡Ay, Dios mío —sin acordarse en su tribulación de que es ateo—, pero si es que es que no sabéis qué hacer para que las encuestas os resulten favorables! —Mirada intensa, preñada, alevosa. Explosión final:— ¿Por qué no os ponéis a trabajar por el bien del país en lugar de infiltraros a tración, so jodidos?

          Le cuesta a Nicanor el oro y el moro convencer a su jefe que no es éste el caso, que él es un fiel servidor de la administración y que, por supuesto, está de acuerdo con él en que una panzada es una cantidad. Dos panzadas, el doble. Punto.

         Al cabo, y pese a la desconfianza semioculta del Director, éste, aunque no convencido del todo, consiente en que Nicanor reemprenda la lectura; cosa que el subordinado hace y arranca desde el punto en que la abandonó minutos antes:

         —Tres: Rubalco es calvo de tanto pensar en el bien del país; Rajao no sólo no es calvo sino que, además, no se cepilla los dientes. —Levanta Nicanor unos ojos suplicantes, mira a su jefe, nadie dice nada y, tragando la poca saliva que tiene en la boca, observa:— Jefe, ¿no le parece que estaría mejor si pusiéramos los tantos por ciento?

         —¿Y eso qué es?

         Inseguro, pues conoce los riesgos que encara con cualquier iniciativa que plantee a persona de tal talante, Nicanor se arriesga por el buen nombre del SIS:

         —Pues, por poner un ejemplo, aquí, en el tres se especificaría: el sesenta y tres por ciento piensa que Rubalco es calvo perdido de tanto pensar en el bien del país, mientras que el quince coma siete por ciento...

         —¡Cómo que piensa! ¿Has dicho que piensa? ¡No, señor! ¡Sabe! ¡Sabe que Rubalco que Rubalco está calvo de tanto pensar...!

         Sigue así y Nicanor arrepentido ya no vuelve a abrir el pico sino que a todo asiente y hasta alaba ocasionalmente el gracejo y donaire con que se ha efectuado la encuesta así como la competencia e idoneidad de los puntos sobre los que se ha elaborado la misma.

         Con tal aval, o sea, el del técnico, va nuestro buen Director y telefonea al Rubalco; le dice:

         —Tenemos la encuesta elaborada, aplicada, estudiada y a punto de caramelo.

         —Tráemela —dispone éste, candidato es. Y allá que sale a calzón quitado nuestro buen Director del SIS hacia su despacho para presentársela.

         —No puedes poner una panzada —es lo primero que Rubalco le hace ver—. Ya sé que una panzada de gente es una panzada de gente; pero en una encuesta no se debe poner. No queda bien —sentencia.

         El Director:

         —Se lo dije, mira que se lo dije.

         Rubalco, ahonda:

         —No queda científico.

         —La misma palabra que yo usé.

         —Es mejor utilizar un número, por ejemplo, dieciséis mil trescientas personas...

         —¡Jesús, el mismo número que le dije! —Se explica:— Es que tengo un secretario de Servicio que no sabe dónde tiene su mano derecha; le digo, palabras textuales, “no me pongas una panzada de gente, no me pongas una panzada de gente porque no es científico”, me doy la vuelta y, ¡cataplún!, allá que me lo pone, el muy jodido aprovechando que yo me estoy anudando la corbata para venir aquí.

         Rubalco:

         —Eso es porque es pájaro de derechas.

         —¡Justo lo que le dije!

         —Échalo.

         El Director, lamentoso:

         —No puedo, es funcionario.

         —Bueno, pues ármale un expediente.

         —No puedo, se me va al sindicato.

         Rubalco:

         —¡Y qué si va al sindicato? ¿Para que estamos pagando a los sindicalistas sino es para que hagan lo que les decimos? —Siendo candidato, como es, aprovecha el momento para exponer un punto de alta política al Director:— Mira, nosotros pagamos a los sindicatos, les damos dinero a sus jefes, a manos llenas, ¿eh?, a sus jefecillos, a manos llenas. ¿Para qué? ¡Ah, pues para que cuando les digamos come aquí —extiende la mano con la palma hacia arriba—, pues coman, ¿comprendes? ¡Dame, dame el nombre del pájaro este que hoy mismo se va a cagar por las patas abajo!

         El Director hace lo posible por disuadir a Rubalco, sabedor en el fondo de que el culpable de la masacre no ha sido Nicanor sino él, pero Rubalco ha olido a derechas y no cede. De manera que al final se ve obligado a mascullar:

         —Nicanor.

         —Bien, antes de irte dale a mi secretario los datos y filiación completa de este pajarito, que hoy mismo nos lo comemos frito.

         Entonces pretende seguir con la lectura de los resultados de la encuesta; de hecho empieza a seguir con ellos pero apenas ha leído un par de frases cuando ya está de nuevo negando con la cabecita pelada y chasqueando su descontento con la lengua:

         —No, no, no. Otra vez tu secretario. Seguro. Mira, no puedes decir que la gente a la que aplicas la encuesta es gente lista e imparcial.

         —¿Ah, no?

         —No. —Se explica:— Para empezar, tú no sabes si la gente a la que aplicas la encuesta es lista o tonta, espabilada o cristiana, ¿comprendes? —Le deja unos segundos para que cale en el Director del SIS la teoría—. Tú sabes si es rubia o morena, negra o blanca, alta o baja y eso, o sea, su apariencia física; pero cómo es por dentro, no; eso no lo sabes, no. Seguro. —Le mira con aquellos ojuelos de víbora resabiada:— ¿Tu secretario, no?

         Claro. ¿Quién si no? El Director se lo hizo notar en su momento una y otra vez, pero luego se dio la vuelta y, ¡cataplún!, allá que se la jugó, el muy jodido.

         Por supuesto. Pero es que, además, hay otro punto que le salta al ojo agudo del candidato Rubalco y casi se lo salta; que dice:

         —¿Imparcial?

         —Sí. —Como los ojuelos le taladran en silencio, el Director:— Es para que la gente vea que no hacemos trampa con la encuesta y vamos por ahí consultando sólo a los nuestros, o sea, a los de izquierdas.

         —¡Ah, ya! Quítalo.

         —¿Que lo quite?

         —Eso es: lo quitas. —Entonces, con una pizca de cachondeíto, a lo que se le antoja, el Director escucha como Rubalco le pregunta:— No te lo habrá indicado también tu secretario, ¿no?

         Desde entonces en adelante la reunión con el Rubalco va de mal en peor; cuanto más se empeña el Director en rebajarse ante él, más fuerte le arrea el otro con el pie en el culo agachado. Todo figuradamente, claro. De modo que cuando más tarde regresa a la sede del SIS va con la moral por los suelos y un nuevo papel en la mano.

         En el papel está, tachada, casi toda su primera redacción; validadas sobre las tachaduras, la mayoría de las observaciones y peros de Nicanor por mano de Rubalco. Lo peor de todo, las últimas palabras de Rubalco cuando ya el Director salía de su despacho:

         —¡Ah, y felicita a tu secretario de mi parte! Dile que, ¡buen trabajo! Por cierto, no hace falta que dejes el nombre a mi secretario, creo que lo sé ya.

         Apenas nuestro Director se ha sentado en su poltrona y se ha secado el sudor, manda llamar a Nicanor:

         —Pues claro que te he llamado. —Entonces:— Pues claro que es por el asunto de la encuesta. —Entonces:— Mal, muy mal; por suerte nos hemos dado cuenta de unos cuantos detalles que se te han pasado inadvertidos y los hemos podido arreglar. —Entonces:— Ten, ésta es la redacción definitiva de los resultados de la encuesta.

         Le hace entrega del papel que Rubalco ha escrito. Nicanor lee:

         —Resultados de la encuesta aplicada sobre un horizonte aleatorio de dieciséis mil trescientas personas entre los días 26 y 28 de julio de 2011: uno) un ochenta y cuatro coma veinticinco por ciento de los encuestados creen que Rubalco es más guapo que Rajao; dos) un setenta y siete coma cincuenta y ocho por ciento de los encuestados creen que Rubalco es más alto que Rajao; tres) un noventa y siete coma cuarenta y nueve de los encuestados creen que Rubalco sabe cantar mejor que Rajao; cuatro) un ochenta y cinco coma siete por ciento de los..., etc.

         Cuando acaba, Nicanor levanta la vista:

         —¿Distribución normal?

         —Intensiva —especifica el Director.

         —¿Y eso qué es?

         Aquí es donde estalla toda la ira frustrada del Director y, al mismo tiempo, su temor ante alguna velada amenaza de no sabe dónde, caso muy usual en los regímenes dictatoriales socialistas tipo los Castro, Stalin, Chávez, Chaves, etc.

         —¡Eso es lo que a mí me da la gana que sea! —Extiende la mano como Colón en las alturas y— ¡Fuera! —chilla.

         Absolutamente fuera de sí.

         Esa misma noche ya se ve en los hogares de todo el país los resultados de una encuesta realizada por el SIS. En ella se destaca la belleza, voz, presencia, etc., de Rubalco sobre los mismos parámetros en Rajao. La gente comenta y habla sin cesar de ello:

         —Oye, ¿a uno de estos no le dicen el avutarda? —Otro:

         —¡No es el avutarda, es el gallina! —Otro:

         —¡Sí, el gallina y el ave del paraíso! —Otro:

         —¡No es el ave del paraíso, es el avestruz!

         —¡Eso es, el avestruz, el pájaro que esconde la cabeza y no quiere saber nada de nada en cuanto ve peligro!

         —El cagao le llamamos a ése en mi tierra.

         —Pues el SIS dice que canta muy bien.

         —¡Pues ya podía empezar a cantar de una vez, a ver si nos enteramos de todo el asunto!

         Otro, en otro sitio:

         —¡Es que no hay derecho! ¿Cómo van a echar a éstos a la calle, los pobres, si no saben hacer otra cosa que engañar?

         —Es que se creen que sólo ellos lo saben hacer.

         —Pues sí que saben: cogen al país con pleno empleo, casi, y lo sueltan con pleno desempleo, casi.

         —¡Oye, pues no parece que quieren darte la impresión de que nos vayamos a la ruina si los sacamos del gobierno!

         —¡No, si a la ruina nos vamos si no los sacamos!

         Rubalco, en su despacho:

         —Dime, espejito, ¿hay otro más guapo que yo?

         —¡No, no, que me romperás!

         Rubalco:

         —Llámame Al, vida.

         Nicanor, a su mujer:

         —Pandilla de sinvergüenzas.

         Su mujer a Nicanor:

         —Come y calla.

 

26-VII-11

Pues bien: comenzamos esta hoja incluyendo tres piezas:

1) el artículo editorial, "¡Qué caras más duras!"

2) otra joyita de Lili en su Rincón: "¡Cosas de cajón!"

3) un nuevo cuento, "El cuento del I+D+i"

¡Agárrense, amigos!

¡Empezamos!

¡QUE CARAS MÁS DURAS!

         Tienen una cara que se la pisan. Nos toman por tontos y no lo ocultan.

         ¿Qué es más repugnante, aceptar unos trajes por valor de unos 50.000 euros, o avisar a unos terroristas de que los van a detener?

         Juzguen ustedes.

         Otra: ¿Qué es más repugnante, aceptar unos trajes por valor de unos 50.000 euros, o meter la mano en la caja y repartir entre los amigotes unos 800 millones de euros?

         Juzguen ustedes.

         Otra: ¿Qué es más antidemocrático, aceptar unos trajes por valor de unos 50.000 euros, u obstruir a la Justicia para que no ponga entre rejas al pajarito que alerta a terroristas o al que mete la mano en la caja y se lleva 800 millones de euros?

         Juzguen ustedes.

         Por otra parte, el señorito de los trajes ha dimitido. El sinvergüenza (que es como yo llamo a quien se aprovecha del puesto que ocupa para mejorar innoblemente su calidad de vida) afirma que es inocente. Digan lo que digan las leyes, para mí no lo es: está más que demostrado que ha aceptado regalos que un indeseable le ha hecho por el cargo que ostenta. Ahora bien, si este tío quiere afirmar tal cosa, o sea, que es inocente, pues está en su derecho: al fin y al cabo todo imputado es inocente hasta que se demuestra lo contrario y tal.

         Andan otros haciendo boca y no paran sobre la calidad excelsa del individuo en cuestión. Bueno, en principio, su calidad excelsa la mostró y demostró cuando aceptó los trajes de marras. Quienes ahora le alaban, por el mero hecho de que ha dimitido forzado por las circunstancias y no motu proprio, harían mejor y parecerían más bonicos guardando sus requiebros y practicando silencio de monje de clausura, que también los ha de haber.

         Peor, mucho peor es quien se empeña en mantenerse cobardemente contra viento y marea conculcando los principios de la democracia, de la ley, de la moral. Haciendo uso para ello del poder que el pueblo le ha confiado. A ése hay que deshonrarlo, escupirle al rostro y denunciar sus perversos designios. Por necesidad. Por nosotros y nuestros descendientes. Por nuestro buen nombre y memoria cuando ya no estemos.

         Varios meses lleva ya el señor José Antonio Primo de Riv.., perdón (¡en qué estaría yo pensando!), el señor José Antonio Griñán, ya saben, el Presidente de la Junta andaluza, afirmando contra viento, marea y muestras que está colaborando con la Justicia en esclarecer el sangrante caso de los EREs. Los mismos que lleva la juez Alaya pidiéndole las dichosas actas de la Junta, sin las cuales no le es posible aclarar el casito de marras. ¿Ustedes creen que tal conducta muestra respeto democrático o, por el contrario, muestra actitud que presenta similitudes a las que practicó José Antonio Primo de Rivera allá por los años treinta?

         Pero, bueno, o sea, ¿pero por quién nos tomas, José Antonio?, anda, di, ¿por quién nos tomas?, ¿en tan poco nos tienes?, ¿tan mínimo respeto te merecemos?

         En fin.

         Juzguen ustedes.

         Por otra parte, no es que sea mucho lo que hay que aclarar; está todo claro como el agua: se lo han llevado crudito. Unos 800 millones de eurillos de nada, cosa menuda. Y conste que no entiendo por qué la mencionada juez no ha metido ya entre rejas y por tal motivo, obstrucción a la Justicia, al que ostenta la máxima representación del gobierno de la Junta a la que así no honra.

         O, ¿es que quizá no somos todos iguales ante la Ley?

         Porque, en mi criterio, tiempo ha tenido y medios también para haber llegado hasta el fondo del asunto y limpiado los sillones en los que se sientan aquellos que han de ser ejemplo para el resto de la ciudadanía andaluza. Y si no es así, que lo denuncie. En rueda de prensa. Con taquígrafos, grabadoras y gallardía: hay ocasiones en que el bien común exige echar mano de todo el valor y estima propios para olvidarse de las consecuencias: gentes desconocidas cada día lo hacen con su trabajo, su honradez.

         Otra: Tenemos a un individuo que lleva desde los tiempos de Felipe González ocupando cargos importantes en los sucesivos gobiernos socialistas. Los últimos siete años se los ha raspado siendo la sombra de este incompetente que no tiene las más leves nociones de economía de alto nivel, pero que, ¡eso sí!, ¡no hace ni caso de lo que le dicen los múltiples y bien pagados expertos que con nuestro dinero se ha asignado! Él sabrá por qué y para qué los tiene.

         Bueno, pues este su segundo, éste que apenas muerto Franco ya andaba con las riendas del poder en las manos, este tal Rubalcaba, va y nos dice ahora que ¡tiene la fórmula mágica que nos va a sacar de la profunda sima en que él mismo tanto ha contribuido a meternos! Sima, claro, en la que el paro campea como renovado jinete del Apocalipsis sobre las yermas y descuartizadas tierras de España, con eñe.

         Bueno, figura, y si tanto sabía el remedio ¿por qué no lo has aplicado en los muchos años en que has podido hacerlo?

         Sí, amigo, sí, juzgue. Juzgue. Porque el pueblo que trabaja y sufre con honradez, ¡ya debería haberlos juzgado!

         Y dictado sentencia.

         En firme.

         Amén.

¡EL RINCÓN DE LILI!

¡COSAS DE CAJÓN!

            Hay tres cosas que como L.D.P.S. me preocupan muchísimo.

            La primera es el asunto de la tinta: ¿no podrían hacer algo para que cada vez que leo un periódico no se me queden los dedos negros? Echarle un esmalte a las páginas o algo parecido. O quizás un poco de laca… Si hasta la revista Sálvame lo hace, no puede ser tan difícil: ahí la tienes, páginas suaves con letras que no se te quedan pegadas.

            Está claro que la tecnología existe, ¿por qué no la aplican entonces a los periódicos? ¿Eh?

            Esta tarde me he llevado un susto tremendo por este motivo. La primera señal de alarma me ha llegado de Manolo, el portero:

            —Pero chica, ¿vienes de la mina o qué?

            Le he dedicado una sonrisa un poco forzada y me he escabullido escaleras arriba hasta la oficina, mientras me contorsionaba para tratar de olerme la camisa sin soltar los periódicos y el bolso, no fuese a ser que el desodorante me hubiese abandonado.

            Mmmm…, no, un repasillo olfativo por encima me ha tranquilizado. ¡Si huelo fenomenal! Desde que me tomo un sándwich en el parque ya ni tan siquiera se me pega el olor a fritanga del bar. No sé yo si Manolo no se estará pasando con los chatos de vino…

            Al entrar en la oficina Luisma me ha mirado de una forma rara.

            No, no en plan…, ya sabes, guay, sino en plan… que-le-pasa-a-Lili-con-lo-mona-que-va-siempre. Ya me entiendes…, o no, porque me estoy explicando fatal. Pero me estaba cogiendo un mosqueo tremendo.

            Mónica me ha echado un repaso de arriba abajo con un descaro que rozaba la mala educación (mal bicho, esta Mónica; algún día te hablaré de ella), y Rocío se ha quedado con la boca abierta.

            Vale, ahí ha sido cuando he visto con claridad que algo iba realmente mal, porque Rocío es buena chica, de modo que he soltado todo encima de mi mesa y me he ido al baño.

            ¡Madre mía!

            ¡Venga ya! ¿Qué le pasa al espejo?

            De acuerdo, al espejo no le pasa nada. ¡Era yo!

            ¡Parecía un indio!

            No, no una india al estilo de Pocahontas, con trenzas brillantes y un trajecito hecho de retales que me queda fantástico (¿cómo se te ocurre algo así?). Hablo de un indio, con la cara pintada de negro por debajo de los ojos y churretes hasta en la frente.

            ¿Cómo dices? ¿Qué los indios no van así?

            Pues en las pelis del oeste que yo he visto sí. Y además, eso es lo de menos; estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.

            ¿Qué demonios era eso? Todas las desgracias posibles han pasado por mi mente en un segundo, desde la lepra hasta un brote terrible de acné tardío; pero me he dado con un dedo en la mejilla y se ha puesto más negra. Entonces me he mirado las manos y…

            ¡Ahí estaba! ¡La tinta de El Mundo, El País y el ABC! ¿Será posible?

            Sí, el ABC también. Lo que me lleva a la segunda cosa de la que te hablaba al principio: ¿por qué hacen los periódicos con un tamaño tan incómodo y sin una grapa? ¿Para qué así te resulten más difíciles de leer, aumentando tu autoestima si lo consigues sin que ninguna hoja se te escape y salga volando?

            Menos el ABC, que tiene un formato perfecto, con sus grapitas, páginas de un  tamaño normal, fotos de Letizia… La verdad es que no está nada mal. De hecho, en estos momentos me gusta más que El País (que sólo me lo compro porque tengo un ramalazo masoquista de lo más curioso).

            Y el tercer tema que me tiene preocupada es el de Rubalcaba.

            —No lo entiendo —le he dicho a JC esta mañana en el desayuno.

            —Aha —ha musitado mi novio, tratando de verme con los ojos aún adormilados a través del vaso de colacao.

            —Lo de Rubalcaba —añado.

            —Ya —entre sorbito y sorbito.

            —Es que si ya está en el gobierno y tiene un montón de medidas geniales para salir de la crisis, no sé a qué espera.

            —Pues no sé.

            —Lo de Rajoy lo veo claro; no puede hacer mucho en este momento, salvo no meter la pata (mentalmente cruzo los dedos para que no hable de niñas, ni de chuches ni de cosas raras). Pero lo de Rubalcaba es que no lo pillo.

            JC me mira despistado.

            —Digo yo que si tiene un puñado de medidas que pueden ser la clave y que llevará a cabo si gana el PSOE, como el PSOE está gobernando ahora, ¿no puede adoptar esas medidas… —le doy un trago al café con leche para tratar de calmarme— y ahorrarnos más sufrimiento a los españoles? ¿Por qué nos vamos a creer que va a hacer las cosas mejor si gana las elecciones?

            —Pues sí —responde JC metiéndose una galleta de chocolate en la boca.

            —¿Por qué no las hace mejor ya? ¡Que lo importante no es que ganen ellos, es que ganemos todos! —exclamo, con el corazón encogido.

            JC me mira preocupado.

            —Lili, no te puedes tomar esto tan en serio. Tienes que dejar de darle vueltas todo el tiempo, porque si estás así a las ocho de la mañana, no sé yo…

            Lleva razón; desde que leo los periódicos soy al menos un diez por ciento menos feliz que cuando no los leía.

            —Lo sé —admito, cabizbaja—. Pero es tan grave todo… Ya ni tan siquiera me importan los cotilleos; son tan poca cosa, comparados con la realidad…

            —Bueno, siguen teniendo su gracia —contesta JC—. ¿Quieres que te cuente uno?

            —Claro —susurra mi antiguo yo, con los ojos tratando de recuperar el brillo pasado.

            —¿Te acuerdas de Edu, mi compañero de despacho?

            Mmmmm…, no.

            —Pues él y su novia han roto.

            Lo miro sorprendida. ¿Y? ¡Vaya asco de chisme!

            —Pero eso no es lo peor —bueeeno, me digo, si hay algo peor…—. Llevan siete años de novios y ahora que él le pide que se casen, resulta que ella está con otro.

            —¡Vaya! —finalmente, la bestia cotilla comienza a despertar—. ¿Y eso?

            —Las mujeres, que no hay quien os entienda —dice negando con la cabeza—. Se pasa ella dos o tres años diciéndole que si tiene que cambiar, que las tareas de la casa son cosa de los dos, que no puede salir todos los sábados con los amigotes…, ya sabes, lo típico.

            Yo no lo veo muy típico…

            —Y de pronto va ella y le dice que se acabó, que está harta y que se larga.

            ¡Olé por ella!

            —Y él le ha pedido que se lo piense, que va a cambiar, que todo será diferente, que se casen…—continúa JC, al tiempo que rebaña con una cucharilla los restos del chocolate de su taza—. Incluso se lo ha suplicado; el pobre está hecho polvo.

            —¡Pero ya es muy tarde!—exclamo, indignada—. ¿Por qué no ha hecho todo eso mientras estaban juntos? —le pregunto—. ¿Por qué va a creer ella que va a hacer todas cosas que no ha hecho durante los siete años anteriores?

            JC suelta la cucharilla y me mira alucinado.

            —¿Ves lo que te digo? ¿Por qué nos vamos a creer a Rubalcaba?

            Le miro con los ojos como platos: ¡Con esos cotilleos tan cutres, no sé cómo quiere que deje de pensar en política!

EL CUENTO DEL DÍA

Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, organismos, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto.

EL CUENTO DEL I+D+i

         Pues bien, este hombre que te digo, don Antonio (Antoñito para casi todos los de izquierdas o que dicen serlo), cuelga el teléfono y, entusiasmado, llama a voces:

         —¡Arfonsito, Arfonsito!

         Apenas ha terminado y ya se está abriendo a lo que da la puerta del despacho y, asomando por ella, la jeta de Arfonsito, el Perales que le llaman, curiosona, obsequiosa, anhelante:

         —¿Me has llamado, jefe?

         Que sí que le ha llamado y por eso entra y, según costumbre, se sienta ante su jefe; al otro lado de la mesa él. Mesa, dicho sea, tallada en madera de caoba y con incrustaciones de marfil viejo, según en su momento detalló don Antonio al artesano en cuyo taller se gestó durante nueve meses esta maravilla de la aplicación, el detallismo y la paciencia andaluzas. Por desgracia, todo ello para que haga juego con las arañas del techo, modelo Classic Marvel de Ikea, a 80.000 euros cada una de las dos que hay.

         —Sí —ha seguido el otro mientras, lleno de euforia—, fíjate, ¿a que no sabes lo que me acaban de proponer? —No lo sabe, claro, y así mueve la cabeza; aunque don Antonio apenas si le ha dejado tiempo pues está ardiendo en deseos de contárselo:— ¡Es lo mejor que se me ha propuesto hasta ahora! ¡La solución para Andalucía! ¡De ésta sí que salimos del dichoso bachecillo de la crisis esa de la puñeta! —Tras lo cual, y unos instantes dirigidos a crear mayor expectación aún, se lo suelta:— ¡Jaulas para grillos!

         La voz, grave; el semblante, serio; la actitud, noble. Arfonsito:

         —¿Grillos?

       —¡Grillos, sí! ¡Producción en cadena de montaje! ¡Multiproducción! ¡Pluriempleo! ¡La rehostia! ¡Andalucía trabajando viva a chorro tieso! ¡Se acabó el paro!

         Arfonsito:

         —¿Grillos?

         —¡Sí, hombre, sí: grillos! —Extrañado ahora, claro, de que su subordinado y mano derecha muestre tan poco entusiasmo ante la genialidad; es como si no lo hubiese entendido y, consecuentemente, no hubiese captado las inmensas posibilidades del proyecto. Por eso se lo desmenuza, conocedor, como es, de que esto es a veces necesario con Arfonsito; buena gente, eso sí, socialista como el que más, pero miaja..., ¿cómo te lo diría?, pues eso: miaja—. Grillos, esos bichitos que están por todos lados jodiéndonos la siesta y haciendo cri-cri y eso, grillos, vamos, seguro que sabes lo que es un grillo.

         Aunque Arfonsito es miaja, no lo es tanto como para no saber cuando hace falta dar el cante: se palmotea la frente, pone cara de subordinado al límite del frenesí y:

         —¡Ah, grillos, claro, grillos, pues, naturalmente, grillos, sí, ya entiendo, jefe, ya sí!

         Complacido ahora ya, don Antonio pasa a plantearle el asunto en toda su magnitud y excelencia:

         —Pues mira, como aquí abundan tanto, no tenemos más que cogerlos, meterlos en la jaula y ya está, ¿te das cuenta? —Arfonsito está cabeceando briosamente, aunque perplejo en el fondo—. Entonces si quieres, lo único que tienes que hacer es darles su miajita de lechuga, día sí, día no, y dejarlos allí y ya está. —Pasan los segundos, pocos pero suficientes:— Ni se mueren ni nada. —Y lo evidente:— ¡Pero, claro, para eso hacen falta jaulas, comprendes?

         Al final, más que nada por la mirada de su jefe, que empieza a gestar aquel brillo que a Arfonsito no le gusta:

         —¿Y dónde están las jaulas?

         Gestación que, siendo don Antonio hombre de genio vivo, como conviene a todo buen gestor, ahora revienta en todo su esplendor:

         —¡Pero bueno, tú estás en Babia o qué? —con la ira asomándole a borbotones y derramándosele sobre el pobre de Arfonsito—, ¡Pero es que no me escuchas? —cada vez más encogido en la silla frontera a él—. ¡Pues si te lo acabo de decir: ése es el negocio! —Hasta que se lo suelta de una vez, con todas sus palabras y todo:— ¡Eso es lo que vamos a fabricar, so idiota: jaulas para grillos! ¡A miles! ¡A millones! ¡El pleno empleo!

         Luego, resulta que Arfonsito sí que lo ha comprendido todo; sólo ha habido un pequeño malentendido de esos tan comunes entre jefe y subordinado:

         —Es que tenías que haber empezado por ahí, jefe —le aclara—. Si tú me dices que se les ha ocurrido a los del Blas Infante de Alcalá, yo lo entiendo de momento. Y te puedo decir que es la idea más fabulosa que se nos ha presentado desde que don José Antonio Primo de Riv..., ¡perdón!, digo, Pepe Gruñón constituyó nuestra agencia.

         La agencia en cuestión es la Sociedad para la Promoción y Reconversión Económica de Andalucía y su Región S.A.; su función, complementar a la Fundación Andalucía Imparable para el logro de sus objetivos; su dependencia organigrámica, emparentada con el Patronato Andalucía Emprende. Todo ello, claro, bajo el auspicio y la benevolencia de la Rejunta.

         Don Antonio frunce el ceño; hace una pausa pensativa, según conviene a todo buen gestor; y decide:

         —¡Pues, ea, a trabajar! ¡A trabajar duro y bien! —Como Arfonsito sigue sentado en la silla y con la perplejidad por la cara a manos llenas:— ¿Qué pasa?

         —¿Qué hay que hacer, jefe?

         Al poco ya va todo sobre ruedas, como una maquinaria bien engrasada: se les ha enviado a los de Alcalá el modelo pertinente de solicitud de Subvención a Fondo Perdido para Nuevo Proyecto Empresarial. Porque a su, de don Antonio, legítima pretensión de que le enviaran la solicitud en el modelo pertinente, los de Alcalá han pretendido y logrado escabullir el bulto; que van y le sueltan:

         —¿Y eso, esa solicitú, aónde está? —Don Antonio:

         —¡Pues dónde va a estar, en el BORA! —Ellos:

         —¿Pero es que quieres que nos leamos el BORA, mi arma? ¡Pero estás loco, creatura? —Simulan significar con ello la dificultad que entraña la lectura del Boletín Oficial de la Rejunta de Andalucía—. ¿Tú sabes el peñazo que es eso, vidica?

         Arfonsito, todavía en la silla frontera, venga a mirar. Que es por lo que don Antonio claudica e informa:

         —Ahora os lo mando por fax. —Cuando va a colgar el teléfono le asalta la duda:— ¡Oye, el fax sí lo sabéis usar, no? —De cachondeo, claro, para que entiendan que no se chupa el dedo.

         De manera que dispone que Arfonsito se lo mande; el modelo SPREAR-33 es.

         Con lo cual pasan al segundo estadio: el del estudio y dictamen técnico del proyecto presentado. Realizado, por supuesto, con la inmediatez que reclaman tales proyectos empresariales, o sea, esa misma tarde, apenas recibido de vuelta el fax con la solicitud rellena a medias, o medio rellena, pero que en primera valoración se estima que puede servir. De manera que se aplican al análisis documental hasta que él, como jefe, ve el fallo:

         —¡Pero, pero, qué hacen estos idiotas? —chilla.

         —¿Qué pasa jefe? —inquiere, solícito todo él, Arfonsito, que junto con don Antonio forma la comisión técnica.

         Don Antonio casi le mete el fax  por los ojos:

         —¡Dios mío de mi alma, fíjate, fíjate! —Lee Arfonsito y no ve nada que esté erróneo o que falte a la verdad o algo; vuelve la vista perpleja hacia su jefe—. ¡Sí, hombre, sí, aquí, mira, lee!

         —Si no me lo apartas un poco, jefe, no puedo leerlo.

         Luego, cuando por fin cae, ve que la furia de su jefe es más que justificada.

         —¡Es que hay que guardar las formas! —reniega éste mientras Arfonsito ultima la nueva conexión telefónica con los de Alcalá—. ¿Sí?... ¡Oye, eres tú, Borrego?... ¡Cómo que quién soy! ¡Soy yo, coño, Antoñito!... Sí, bueno, mira, te llamo por un detalle importante, verás, en la solicitud que me habéis mandado ahora mismo por fax leo que..., ¡Cómo que qué solicitud? ¡Pues la solicitud de Subvención a Fondo Perdido para Nuevo Proyecto Empresarial, coño, lo del asunto de las jaulas de grillos..., ¡eso es! Bueno, pues me habéis puesto que el dinero os lo vais a repartir en cuanto lo recibáis, así, de buenas a primeras..., ¡Pues claro que está mal!... ¡No, no, eso no se puede poner!... Ya, eso ya lo sé; pero no se puede poner, ¿comprendes?... ¡Pues porque hay que guardar las maneras!... ¡Claro que no son formas!...

         Luego, cuando al rato cuelga y se echa hacia atrás en el sillón modelo Executive.069, no puede menos que pasarse un pañuelo por la frente: está exhausto ante la cerrazón de algunos. En este caso concreto, ante la de muchos.

         —¿Qué hago, jefe?

         Le mira. Los ojuelos de Arfonsito brillan en pura fe socialista.

         “Aunque sólo sea por esto, nada más que por esto —se repite—, ¡merece la pena ser socialista!” piensa conmovido. Y es cierto: esa lealtad de perro que le muestra Arfonsito es lo que más le llega a los adentros y le satisface en su ardor socialista.

         Con todo esto, y habiendo tenido que mandar nueva solicitud, la vieja al cesto de los papeles, el proyecto ya lleva retraso.

         —Con el perjuicio que ello acarrea, ¿comprendes? —le explica a su subordinado—, pues en el mundo empresarial es prioritaria la rapidez y la decisión.

         —Rapidez y decisión, jefe.

        —Y arrojo, Arfonsito, y arrojo, hijo. Porque, mira, a lo mejor tienes rapidez de reflejos, ¿comprendes?, que eso es lo que quiere decir rapidez; y a lo mejor tienes las ideas claras, ¿comprendes?, que eso es lo que significa decisión; pero si te falta la suerte, hijo mío, ¡si te falta la suerte, ay, malo! ¡Malo, malo, malo! —enfatiza— ¡Te hundes!

        —Arrojo, jefe.

         —¿Que arrojas qué, pequeño? —Y— ¡Pero de qué hablas?

         Luego, al ver que Arfonsito no quiere tirar nada y se lo niega de mil maneras, entiende que lo que ha querido expresar no ha sido sino otra más de las manifestaciones de la miaja; de modo que, como está de buen humor y es el jefe, lo obvia. En cambio, le instruye:— Ahora que lo pienso, creo que ésta es una ocasión que se presenta estupenda para que nosotros cooperemos al desarrollo de Andalucía, ¿eh?, ¿Qué te parece?

         —¡Sí, jefe! ¿Cómo, jefe?

         —Pues verás, pequeño... —Entonces le hace ver que siendo ellos, como lo son, el timón de proa del desarrollo económico andaluz, no termina de dar buena imagen que no aporten su granito de arena en forma de confianza “co-postural” hacia los proyectos que respalda la administración a través de ellos—, ¿comprendes?

         —No.

         —Pero, vamos a ver, pequeño, mira, lo que te quiero decir es que... —Como don Antonio está de buenas y en el fondo siente más cariño que aprecio hacia Arfonsito, no duda en ofrecerle otra explicación en la que, desde un punto de vista más elemental, repite básicamente lo que ya ha dicho; y acaba:— ¿comprendes?

         —No.

         —¡Cómo que no! ¡Cómo que no, so jodido!

         —Es que no entiendo qué cosa sea eso de “co-postural”.

         —¡Ah, ya, hombre, pues dilo! Bueno, mira, esto quiere decir que no está bien que las ganancias se las lleven sólo los del Blas Infante de Alcalá. La idea es de ellos, vale; ¡pero el dinero con que se posibilita es nuestro, comprendes? —Rápidamente rectifica:— Quiero decir, la capitalización la aportamos nosotros. De manera que, ¡vamos a entrar nosotros también!

         Permanece unos segundos mirándole, callado y como ausente. Arfonsito, pizca mosca pues don Antonio no suele ser de estar así. Lo cual le intranquiliza:

         —¿Pasa algo, jefe?

         Nada pasa, sino que está de buenas y por ello da instrucciones a Arfonsito para que, en el bloque de los solicitantes y sobre la marcha, haga unas leves rectificaciones en forma de añadidos:

         —Nos metemos nosotros. Le dejamos el cincuenta por ciento a los de Alcalá, ¿te parece? —va desgranando al tiempo que Arfonsito toma nota mental—; el otro cincuenta es nuestra participación. Ahora bien —continúa desgranando don Antonio—, de esta participación, tú te quedas con el cinco; para mí, sólo el cuarenta y cinco, ¿comprendes?

         —Sí, jefe.

        —De esto, ni pío —alerta—. Más que nada porque hay que guardar las formas y, por mucho que se lo explicaras, no entenderían que nos estamos matando a trabajar por Andalucía. De modo que esto no es sino tomar una chispa de lo que Andalucía nos debe por nuestra dedicación.

         —Claro, jefe, ¿quiénes, jefe?

         —¿Quiénes qué?

         —Que quiénes son los tontos esos que no entienden.

         —¿Cómo que quiénes? ¡Pues quienes iban a ser! —Se lo hace ver en toda su claridad diáfana:— ¡La derecha, hijo: la derechona! —Se echa hacia delante y, confianzudo, expone la táctica:— Por ello, más que nada para prevenir pero no porque estemos haciendo algo mal, que no lo estamos haciendo, claro, por ello, digo, tu cinco por ciento de la capitalización lo vamos a colocar a nombre de tu mujer; así los malpensados se joden: ven Josefa Estévez de la Borbolla y no tienen ni idea de quién pueda ser.

         Arfonsito, riendo risa plastosa y tontuna:

         —¡Ahí a, pero si ésa es mi mujer, jefe!

         El otro, en automático, impertérrito, embebido como está en sus cuentas y cálculos:

         —Ya, ya, si lo sé, tu mujer, claro. Y mi cuarenta y cinco por ciento lo vamos a colocar en dos de mis sociedades: veinticinco en Promociones Caral Sol S.A.; y el veinte restante en Habibí Questosná S.A.

         Cuando llega la noticia a Alcalá éstos se ponen que se los llevan los demonios:

         —¿Cómo queréis que levantemos una producción tan colosal con una miseria, que eso es lo que nos va a llegar de la subvención inicial?

         Don Antonio, poniendo cara de circunstancias aunque está hablando por teléfono y el Borrego de Alcalá no puede verlo:

         —¿Sabes lo que os ha pasado? ¡Pues que no habéis leído la addenda de la convocatoria! —Hasta donde está sentado Arfonsito llega el cascajo airado de la voz de Borrego por el receptor; y lo oye:

         —¡Pero qué coño de convocatoria? —Don Antonio:

         —¿Ves? ¿Ves? ¡Así va Andalucía como va! ¡Pues qué convocatoria va a ser? ¡La que se adjunta al modelo SPREAR-33! ¡La SPREAR-33-bis-1! ¡Si es que esto os pasa porque no leéis! ¡Y os lo dijimos: leed el BORA, leed el BORA, y vosotros que si era un peñazo y tal! —Se vuelve hacia Arfonsito en busca de confirmación:— ¡Se lo dijimos, no Arfonsito? ¡Anda, hijo, anda, díselo tú mismo! —Acerca el teléfono a su subordinado que asegura con toda la convicción del mundo cómo fue así como se lo dijeron.

         Como los de Alcalá no parecen atenerse a razones, que pocas cosas hay que engendren tanta mala sangre como el dinero, don Antonio cuelga y les deja con la palabra puesta en amenazas; lo último que escucha:

         —¡Esto no va quedar así, so ladrones! ¡Esto...!

        Tras dejar el chisme chirriante y enojado en su horquilla, don Antonio adoctrina a Arfonsito en pura teoría socialista andaluza:

         —Son unos peseteros, hijo. —Y no satisfecho con ello, añade:— Unos jodidos peseteros. —Para acabar lamentándose con desdén soberbio:— ¡Ponerse así por unas pesetas de nada! —En lo cual está equivocado pues no se trata de pesetas sino de euros; y no de unos pocos sino de una subvención de la Rejunta.

         Luego, cuando Pizarro lo llama, no acude soberbio y desdeñoso, sino tembloroso y acobardado: ¡jamás pensó que a los jodidos de Alcalá se les ocurriera meter en el ajo a pájaro tan alto en la perspectiva rejuntera!

         —¡No, no, no —le rebate Pizarro—, no estoy preguntando eso! ¡Lo que quiero saber, y saber ya, es con cuánto te vas a quedar tú, comprendes? —Y ante los balbuceos miserables, deslavazados e incoherentes de don Antonio— ¡Coño, Antoñito, no me vengas con leches! ¡Cuánto! —Y ante:— ¡Joder, cuánto? —Entonces, cuando se lo soltado, hace como que se asombra y repite:— ¡El cuarenta y cinco por ciento!

         Es ya casi de noche cuando don Antoñito se reintegra a su despacho. Lo primero que hace es pasarse el consabido pañuelo por la frente sudorosa aún; luego expele ventosidad que le ha venido acosando a lo largo de casi toda la entrevista con Pizarro; por último, llama:

         —¡Arfonsito! ¡Arfonsito! —Apenas ha acabado cuando ya lo tiene delante, acomodado en la silla frontera a la suya, la boca abierta, la lengua fuera, el aliento anhelante—. Novedades, hijo. —El otro venga a mirar—. Te has quedado sin tu cinco por ciento.

         Entonces se lo explica: ha llegado la onda a Pizarro y el muy sinvergüenza se ha metido de lleno él también. Se lamenta:

         —¡Y se ha llevado la parte del león, el puñetero! ¡Se ha quedado con el treinta por ciento! —Le observa con cuidado para ver qué efecto le causa una injusticia tan grande; pero su subordinado no hace nada sino mirar con aquellos ojuelos tan agradecidos y callar con aquella boquita suya y ya está—. ¡Es que hay que tener caradura, aprovecharse así del cargo que ostenta! —Tras una breve pausa reflexiva:— Bueno, el caso es que ahora se lo reparten todo entre los de Alcalá y él. Ya sabes —añade a modo de explicación— que son de la misma familia; el Borrego de Alcalá está casado con una prima segunda de Pizarro. —Abre las manos en una muestra irrefutable de sencillez y franqueza—. Ante la familia, no hay nada que hacer. —Aún se sincera más:— Si ya lo dijo tu tocayo: la familia es lo primero; lo segundo, la familia.

         Luego, ya a solas en la inmensa soledad del despacho, abre el cajón que tiene para tales ocasiones y se sirve una copita de oloroso, su debilidad.

         Un veinticinco por ciento es un veinticinco por ciento. No es un cuarenta y cinco, por supuesto; pero, aún así, es un buen bocado. De modo que saca la nueva solicitud que han redactado en el despacho de Pizarro y, con ánimo confortable, se apresta a darle curso personalmente.

         “No entiendo por qué tienen que salir en el BORA estas cosas —reflexiona—; con ello lo único que se logra es darle alas a los enemigos de la patria andaluza. ¡Que no cierran sus ojos! ¡Siempre en vigilia sempiterna al acecho de cómo hacer más daño! Causar más dolor”.

         En la primera reunión tras la aprobación por la Rejunta de una subvención de 647.834’58 euros, se establece por unanimidad refrendar los estatutos de la sociedad:

         a) la inscripción en el registro mercantil de Huelva con el nombre comercial de ALTA  TECNOLOGÍA ANDALUZA SA (ATASA).

         b) fijar como domicilio social la oficina sita en la c/ General Queipo de Llano, nº 25, 1º (en realidad, la vivienda de Arfonsito, a quien por ello abonarán la cantidad de 300 euros mensuales;

         c) tramitar el anexo h-1 de solicitud de ampliación de subvención para facturar a la Rejunta la cantidad de 3849’33 euros mensuales correspondientes al alquiler del local-domicilio social, lo cual se acreditará mediante factura debidamente compulsada por la Gerencia de Promoción e Innovación;

         d) fijar como ubicación del local-ente de producción el local sito en la c/ General Queipo de Llano, nº 25, bajo (en realidad, la cochera de Arfonsito, a quien por ello abonarán la cantidad de 700 euros mensuales).

         e) tramitar el anexo h-3 de solicitud de ampliación de subvención para facturar a la Rejunta la cantidad de 27.327’05 euros mensuales correspondientes al alquiler del local-ente de producción, lo cual se acreditará mediante factura debidamente compulsada por la Gerencia de Promoción e Innovación;

           f) fijar las retribuciones mensuales a cobrar por cada uno de los directivos:           
                            Director Gerente............ 5.000 euros/mes
                            Presidente Consejo......... 4.000 euros/mes
                            Representante Sindical... 4.000 eurs/mes
                            Secretario....................... 3.500 euros/mes
                            Vocal.............................. 3.000 euros/mes

         Una vez acabada la sesión de trabajo, repartidos a destajo cargos y carguillos, se aprovecha que ésta ha tenido lugar en el afamado bar El Brindis al Sol para prolongarla con una comida de hermandad que se alarga en el tiempo hasta altas horas de la madrugada.

         —Para mí que la rubia es un tío —confía en voz baja don Antonio a Borrego.

         —¡Y una leche!

         —Oye —le indica don Antonio—, que hay travestis de ésos que están mejor que una tía de verdad.

         —¡Y una leche! —Se nota que está molesto Borrego, y se lo expone:— A mí no me van los maricones.

         —Hombre, ni a mí tampoco. Lo que digo es...

         —¡Que no me van los maricones, coño! ¡Si por mí fuera, los mandaba a todos a tomar por culo a Ibiza y luego hundo la isla y se jodan!

         Advierte don Antonio que Borrego se está calentando y, como resulta que es el Presidente del Consejo de Administración en esta primera andadura de ATASA y, por consiguiente, pájaro a respetar, enmienda sobre la marcha:

         —¡Oye, y a las tortilleras también!

         Con lo cual disiente el recién nombrado presidente que, con voz un tanto aguardentosa ya por el trasiego y el trasvase:

         —¡A las tijeretas ni tocarlas, eh! —Entonces aclara conciliador:— Es que son tías.

         Durante los tres primeros meses el proyecto empresarial avanza con paso firme: se ha desplazado una comisión evaluadora a China y Japón, en donde es fama que se trabajan las mejores jaulas de grillos a nivel mundial; hay que estudiar su proceso de elaboración. A tal efecto viaja toda la flamante directiva, a qué pides boca y gastos pagados por la Rejunta.

         El viaje resulta sumamente instructivo: habiendo sido previamente aleccionados por Esteban Telesforo (que realizó viaje similar a Chile para estudiar sobre el terreno materia de similar importancia), la comisión no repara en gastos: todo sea por el sacrificio que se exige de ellos. Por consiguiente es por consiguiente y ya está.

         Hay incidentes, sí; pero, ¿en qué situación de estrés no se presenta alguna incidencia? Más cuando, como es el caso, gran parte del trabajo se desarrolla en horario nocturno. Así pues, en tal apartado cabe catalogar el sucedido en la visita a la casa de las Geishas, que Borrego tomó por putas y hasta hubo de intervenir la embajada, convocada apresuradamente por Pizarro cuando entendió que se lo llevaban, para sacarlo de la comisaría tras mil y una dificultades.

         También como tal cabe incluir cierta discusión entre don Antonio (siempre tan caballero) y un estúpido taxista que quería cobrar lo que no está escrito.      El Vocal de Utillaje y Ferralla, negándose bravamente a abonar una factura que todos consideraron desorbitada, arremetió contra el sujeto en cuestión y hasta hubo de intervenir la embajada, convocada apresuradamente por Pizarro cuando entendió que se lo llevaban, para sacarlo de la comisaría tras mil y una dificultades.

         —Que dice que es que él es así —tradujo Martín, que era el único que lo entendía cuando la tenía bien cogida.

         —Dile que si otra vez tiene que pagar lo que sea, que lo pague —instruía un enfurecido Pizarro—; al fin y al cabo, el dinero es de la Rejunta; y al momento:— ¿Qué ha dicho?

         —Que dice que él es así —tradujo Martín.

         Pizarro:

         —¡Maldita sea!

         Pizarro, por lo medio bajo, furioso perdido:

         —¡Un tonto de los malditos cojones!

         Martín, empezando a traducir algo que había tartajeado Antoñito:

         —Que dice que él es...

         Pizarro:

         —¡Ya, ya, ya, pero maldita sea!...

         Después a la mañana siguiente, cuando le cuentan lo que había pasado, don Antonio aún intenta justificarse:

         —Es que si hubiera sido mi dinero, me callo; pero siendo el de la Rejunta, ¡me subleva!

         —Claro.

         —Sí, porque es que yo soy así...

         Aunque nadie parece interesado en averiguar cómo es, semidormidos en el avión que los trae de vuelta, rendidos, derrotados por tan exasperante ajetreo y tan cansina faena: que no saben los ciudadanitos de a pie lo dura que puede ser la labor del político.

         No han pasado tres meses y Pizarro, como Director General comunica la necesidad de una urgentísima refinanciación; les dice:

         —Ni un puto real. —Y amplia su memoria económica:— Vamos, que no queda ni la telita de araña. —Sin embargo, brillante gestor que es, les presenta la solución:— Por eso vamos a solicitar una refinanciación a la Rejunta.

         Todos saben que se les concederá por dos motivos: 1) la fabricación de jaulas para grillos sigue siendo un valor en alza dentro de la perspectiva de reconversión empresarial andaluza; 2) el organismo rejuntero que concede las mencionadas refinanciaciones es la Consejería de Progreso, Sabiduría y Empresa, precisamente la que hace lo que Pizarro les indica.

         Dice don Antonio:

         —Yo quiero hacer notar que sólo participo con el veinticinco por ciento.

         Le mira Pizarro y no comprende:

         —Sí. ¿Y qué?

         —Pues que es mi departamento el que abrió las puertas de la Rejunta a esta empresa que tan floreciente se ha mostrado y tantos beneficios ha dado a nuestra región.

         —Sí. ¿Y qué?

         —Pues que deseo que se me amplíe este porcentaje.

         Le mira Pizarro largo rato. Luego pregunta:

         —A costa, claro, de rebajarnos el nuestro, ¿no?

         Don Antonio, que no lo ha pensado desde este punto de vista, titubea por primera vez:

         —Bueno, tal vez, sí, o no. Pero lo cierto —les hace notar en un intento desesperado por recobrarse— es que si no es por mi perspicacia comercial no estaríamos aquí.

         Todos callan y miran a Pizarro.

         —Estás en la puta calle —sentencia éste al fin.

         Todos quedan espantados por la crueldad y sencillez de la maniobra y hacen esfuerzos por ver de hacer cambiar la decisión del Director Gerente; al cabo:

         —Mira —decide el gerifalte por fin—, te voy a hacer un favor y hasta puede que me arrepienta luego; pero te lo voy a hacer. —Entonces le espeta que va a ser sometido a un ERE.

         Don Antonio, que aún no sabe lo que es esto pues es la primera vez que lo oye de boca de alguien, en este caso de Pizarro, queda perplejo. Hasta que éste lo explica a la asamblea:

         —Este tío —señala despreciativamente hacia don Antonio, a cada instante más Antoñito— piensa en él más que en Andalucía. Consecuencia, no merece estar con nosotros tirando del carro de la economía regional. —Todos callan despavoridos en la pausa expectante—. Sin embargo, sin embargo, el partido no abandona a quienes lo abandonaron. Por eso le hago el beneficio de u ERE.

         —¿Y eso qué es, primo?

         —Pues eso es, Borrego, que le hago objeto de un Expediente de Regulación de Empleo: lo echamos a la puta calle, le damos un dinero que nos proporciona la Rejunta para estos casos, y nosotros seguimos adelante con nuestro propósito, con nuestro programa, con nuestra tarea de redención de la economía y del... —Etc., etc.

         Antoñito, que ha empezado a vislumbrar alguna de las ventajillas de su nuevo status:

         —¿Puedo hacer una pregunta?

         Así se entera de que ya no pertenece a la empresa ATASA por jubilación anticipada; de que cobrará una retribución mensual por dicha jubilación; que, por supuesto, seguirá desempeñando y cobrando su cargo actual “mientras no píe y no joda”, en palabras de Pizarro.

         Luego, ya en su despacho, Antoñito se lamenta con Arfonsito:

         —¡Ay, hijo mío! ¡Y qué ingrato es el servicio a la patria!

         Arfonsito:

         —Jefe, ahí fuera está uno que dice que tiene algo sensacional.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe. Dice que va a quitar el paro del todo.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe. Del todo, del todo.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe.

         —¿Y cómo, hijo mío?

         —Con una fábrica, jefe.

         —¿Cómo?

         —Destripando conejos para hacer panderetas.

         —¿Sí?

         —Sí, jefe. Zambombas también, jefe.

         Se oye la risita idiota. El pueblo llora de hambre y frustración. Telón y final.

 

 

 

 

 

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