DE LO QUE DIGA EL GOBIERNO, NO TE CREAS LA MITAD; LA OTRA MITAD, LA DESECHAS POR ABSURDA. DE LO QUE NO TE DIGA, ¡CREÉTELO TODO!

13-VIII-11

Hola, amigos:

Aunque la mitad de la redacción está disfrutando de unas cortas vacaciones, por aquí aún queda la otra mitad, que soy yo. Prueba de ello, de que estoy aquí, dos comunicados: 1) expresar mi más absoluto desacuerdo con lo que considero el despilfarro autonómico, o sea, que las autonomías han probado ser un auténtico desastre y la lógica pide a voces una enmienda constitucional para acabar con esta locura y volver a la racionalidad (si los intereses creados lo permiten); 2) Esperando que lo pasen bien, ya pueden leer mi nuevo cuento:

EL HIJO DEL FALANGISTA

(justicia o venganza)

         Pues mire usted por dónde érase una vez que se era que había un pueblecito allá, por Jaén, en el que, entre hierbas y olivares, aparece un caballero al que con las izquierdas le va de put..., perdón, muy bien, le va muy bien. Se levanta por la mañana y en la taberna se pasa las horas muertas exponiendo lo que hay que hacer para que el país ande como él quiere, que no es como quiere Azaña, ¿eh?; después continua la faena bajo el roble de la plaza, adoctrinando viejecitos, a los que les da igual lo que les digas porque están todos medio sordos o dormidos del todo; luego, por las noches, vuelve a su querencia de la taberna en donde no suele faltar a quien pegarse. Pues de Juan, que tal es el nombre del caballero, se puede decir que no nada en la peseta. Más que nada, claro, porque no da un palo al agua:

         —Es que a mí el sudar me sienta fatal —explica a quien inquiere, porque tampoco es que él sea muy dado a sacar este tema, el del trabajo, digo.

         Bueno, pues y pese a ello, su hija tiene novio: un guapo mozo de la comarca. No es que a Juan el zagal le haga perder la cabeza, caso que sí es el de la niña, porque el chaval, José Antonio de nombre, es afiliado a Falange Española y cabeza cierta del partidito en la comarca. Juan, no; Juan es de izquierdas. Más de una vez y de dos, se lo ha intentado hacer ver a la chiquilla:

         —Con la de gente honrada que hay en el pueblo y tú vas y te fijas en este zángano.

         La niña:

         —¡De zángano, nada, que mi Pepe —que así llama a su José Antonio— es muy trabajador y muy cabal! —Entonces, enrabietada y como queriendo que-si-que-no que lo oiga su progenitor:— No como otros... —dejándolo así, en la indefinición pura y dura que es como más daño hacen estas cosas.

         Claro, Juan se pica y con razón:

         —¿Eso va con segundas?

         Ella, como de nuevas, pero sabiendo perfectamente de qué va la cosa:

         —¿El qué?

         Él, encalabrinado, sabiendo que ella sí sabe de qué va pero no pudiendo decírselo a las claras por la honrilla esa:

         —Eso de que si es muy trabajador y muy cabal y no como otros.

         Ella, que le conoce, simula que no sabe:

         —Sí. ¿Qué?

         Él, un tanto perdido el norte ya, que la noche en la taberna ha sido generosa:

         —Pues eso, ¿no?..., que lo dices.

         —¿Sí?

         —Vamos, digo yo que si tú lo dices, ¿no?, pues, eso.

         La nena, acosando ya y presta al derribo:

         —¿Pues qué?

         Finalmente, perdido del todo, sin recordar nada, y rabiando cama, Juan termina con faena de aliño, como él sabe:

         —A las buenas noches —masculla y, mientras, ya se está perdiendo camino de la alcoba.

         Llega la Guerra Civil, se despiertan todos los monstruos de la piel de toro y ¡vengan a embestirse los unos contra los otros corneando a más y mejor y dónde hacer más daño y cómo! Entre los disparates que se perpetran está la elección de Juan como alcalde del pueblo. Ahora, cuando llega a casa por la noche, dando más o menos traspiés, lo primero es llamar la atención a la descarada de la zagala: la muy tonta sigue emperrada en el zángano de Falange y el pueblo es mayoritariamente socialista, como lo demuestra el hecho de haber puesto a su frente al alcalde que más se lo merece, o sea, él:

         —Ojo con lo que me dices, que soy el alcalde. ¿Has roto con ese zángano?

         La niña, bueno, la moza ahora opta por callar: el miedo es el mejor amigo de la prudencia, y los tiempos son de temer.

         Juan sigue en lo suyo, dándole que te pego, e incluso se enfurece ante el silencio de la nena; de tal manera se crece y no para que, finalmente, ella salta hecha una leona en defensa de su macho:

         —¡Ni he roto ni voy a romper! —los brazos en jarras, los ojos de lumbre, la voz de basilisco—. ¡Y para que te enteres: me estoy acostando con él y nos vamos a casar! —Al ver el efecto causado, lo refrenda, pues de perdida al río:— ¡Con cura y por la Iglesia, además!

         Lo cual es ya demasiado para Juan que empieza a desbarrar y no para y sigue desbarrando mientras lo arrastran hacia la cama, mientras le despojan de la ropa, mientras lo tapan, y hasta que se duerme.

         —¿Qué vamos a hacerle, hija? —la consuela la madre—. Por lo menos el tuyo no bebe.

         —¡Ah, no, que de eso ya me cuido yo!

         Porque la zagala es brava y sabe lo que quiere y no deja que su Pepe se le desmande y tome el mal sendero.

         Juan, por otra parte, es apreciado por quienes le han votado: hace las asambleas en la plaza del pueblo

         —¡Para que se vea que hay claridad y limpieza! —según proclama.

         —Transparencia, Juan.

         —¡Pues eso, lo que digo: limpieza!

         Ha involucrado en la discusión pública a todos los sectores:

         —¡Los ricos —proclama a voz en grito—, a la horca! ¡Los curas, a la tapia del cementerio!

         —¡Los de Falange, al río con una piedra al cuello! —chilla alguien entusiasmado.

        —Bueno, bueno, todo se andará —más o menos conciliador. Porque, aunque no lo reconozca, sabe que su hija es brava y en el fondo está convencido de  ello y, por consiguiente y aunque de forma involuntaria, no conviene hacerle frente a lo descarado.

         También, y como alcalde, ha sabido encarrilar a la juventud por la senda productiva:

         —Esta noche salimos antes —les confía en la seguridad de la sede social—, porque mi mujer se ha empeñado en que mañana hagamos la matanza.

         Roque el Canijo, que con veinte años no mide más de uno cincuenta, no pierde ocasión de la chanza aguda y oportuna:

         —¿Entonces esta noche, la del antiguo alcalde, y mañana, la de tu cerdo?

         —Eso es, pero a la de mañana no estáis invitados.

         Pero claro, en todas partes cuecen habas; así que una tarde se presenta su zagala en la taberna, que desde hace meses oficia como sede municipal adjunta, llorando y clamando a grito pelado, hecha una de las furias aquellas que los helenos tanto temían:

         —¡Has mandado que lo encierren! ¡Los has mandado tú, so criminal! ¡Es que desde siempre se la has tenido jurada! ¡Es que no sabías cómo hacerme más daño! ¡Y yo te maldigo! ¡Y me cago en tu madre por hijo de la gran...!

         En fin, ya sabes, soltando prendas por aquella boca y sin parar ni para tomar aliento.

         Juan, por su parte, con la suya cada vez más abierta y sin saber ni cómo ni por qué ni de dónde ni con qué; hasta que al final se le van iluminando las entendederas:

         —Pero bueno, ¿es que han encerrado a José Antonio?

         Ella:

         —¡Como si no lo supieras, criminal! ¡Si los has mandado tú, so...!

         —Pero bueno, ¿es que se han llevado a José Antonio?

         Ella:

         —¡Pero cómo te atreves? ¡Pero si has sido tú quien los has mandado para que se lo lleven, canalla! ¡Pero si...!

         —Pero bueno, si lo que yo pregunto es que si se han llevado a José Antonio.

         Al final resulta que sí, en efecto, se lo han llevado; se han presentado en casa de Juan cuando los dos jóvenes se estaban aplicando al tradicional pelado de la pava, lo han detenido y se lo han llevado.

         —¡Y cuando les he dicho que soy tu hija, ellos me han dicho que eres tú el que los ha mandado!

         Sale Juan que se las pela y se llega hasta el Ayuntamiento. Allí, en efecto, se encuentra el zagalón retenido, más callado que muerto, más cagado que palo de gallinero; pálido como cadáver que se considera ya.

         —¡A ver —chilla Juan—, quién coño ha mandado que se detenga a este mozo?

         —Yo.

         —¡Claro —vocifera Juan a la cara sin afeitar del Zurdo—, tú lo único que quieres es detenerlo para joderme, eh? ¡Vamos, hombre, vamos, di, no es eso lo que andas persiguiendo?

         Que sabe que es así: los comunistas, con el Zurdo a la cabeza, le están echando el aliento en cogote, que sepa que están allí, prestos a tomar la iniciativa al menor fallo. Que es lo que parece que han encontrado ahora; y el Zurdo se lo suelta a voces también:

         —¡Aquí no jodemos a nadie, compañero! ¡Aquí no jodemos nada más que a los ricos, a los curas y a los fascistas pistoleros y asesinos de Falange! ¡Y éste es uno de ellos, el peor!

         “¡Tate —se dice Juan—, como no me ande con tiento..., éste viene a por mí!”; por lo que hace valer su autoridad:

         —¡Aquí no se detiene a nadie sin que lo diga yo!

         —¿Y tú quién eres? ¿Un protege-fascistas?

         La provocación se le encara en los ojos y el rostro del Zurdo alzado a menos de un palmo de la suya, galleando.

         Intervienen mediadores, algunas armas han aparecido pegadas a las paredes, otros miran con rabia a quienes quieren soslayarlos, son menos los que están al rescate del Zurdo y, finalmente, el preso queda detenido y en manos de su suegro (que aún está en ser porque todavía no se ha llevado a cabo la amenaza del casorio) y de los que le acompañan, amparan y escudan.

         Cuando el Zurdo y los suyos están saliendo, se oyen claramente las amenazas: si el preso queda libre, también quedará libre la potestad para hacer ellos lo que les parezca en defensa del pueblo y sus derechos. Entonces callan y se van; volverán por la mañana para asegurarse de que el preso lo sigue siendo.

         —Que como no esté... —Y lo dejan inconcluso, sin especificar, que es como más efectivas son las amenazas.

         Al rato toma Juan a dos amigotes y unas escopetas y sale también; nadie les ve porque la noche es oscura, como de finales de noviembre del año 36 del siglo pasado en Cazala la Chica.

         Dentro, en el Ayuntamiento, su niña queda alentando a su novio que, pese a lo que ella le susurra y acaricia, no termina de reunir los ánimos suficientes; convencido como está de que la muerte le tiene bien cogido por el cuello y no es fácil que le suelte.

         Llegan a una de las mejores casas del pueblo, llaman con la culata de los fusiles, vuelven a llamar, llaman otra vez y, finalmente, escuchan una voz de hembra.

         —¡Abre, Manuela soy Juanico, el alcalde!

         Dentro, en la cocina, un hombre joven está sentado a la mesa; es evidente que sus piernas no dan para más y tiembla como un conejo al verles entrar, por más que su mujer está delante.

         —Vamos, Joaquín, avía que te vienes con nosotros. —Los ojos del hombre están despavoridos, miran a su mujer y los sollozos estremecen su cuerpo; no tiene saliva ni para articular y el olor certifica que el cuerpo se le ha descompuesto.

         Unos cuantos ojuelos miran desde el quicio de la puerta. Ella, madre es:

         —¡Niños, idos a la cama ahora mismo!

         Una vocecita:

         —¿Qué pasa, mama?

         —¡Volved a la cama ahora mismo! —al tiempo que, como madre, va hacia ellos, los toma y los guía hacia dentro, hacia la seguridad del interior.

         Es el momento que aprovecha Juan: toma al padre por un brazo, el Loco por el otro, y medio arrastrándolo, medio en volandas, se dirigen hacia la calle.

         —¡Joaquín —chilla ella, soltando a sus hijos y abalanzándose hacia el Canijo que, escopeta en mano, cubre la retaguardia. Los lloros de los dos niños se suman a los de la madre; ella cae en el suelo de un empellón de una culata en pecho blando; la noche se abre sobre los que salen; las estrellas callan; el Canijo cierra la puerta.

         Luego, cuando se vuelve a abrir, los ojos semiciegos de lágrimas y angustia no le dejan ver nada: a su marido se lo ha tragado la noche; los niños se le aferran a su falda con desesperación. La acometen unas ansias incontenibles y arroja sobre el suelo ciego toda la angustia que la golpea en las oleadas irresistibles de una vomitera grotesca y tremenda.

         Joaquín no sabe ni por dónde lo están llevando, llorando como va y suplicando que lo dejen volver con los suyos. Los otros, ni caso; sino que, llegados a las tapias del cementerio, lo tiran contra el muro y le sueltan muchos tiros hasta que están seguros y cesan los estertores.

         Vueltos al Ayuntamiento, Juan arroja a José Antonio unas ropas empapadas en sangre:

         —Quítate la tuya, ponte ésta y desaparece de aquí.

         El chaval apenas si entiende y no cesa de hacer ascos a los harapos sangrientos que se mueven entre sus manos como sierpes vivas que fueran. No así la moza que, adivinando la salvación de él en la urgencia de todos, con manos diestras le ayuda, le acicala dentro de lo que tiene, le dirige a la puerta y, sin decir palabra a su padre pues todas son para el zagal, le manda en la noche hacia la huida y la libertad.

         Luego, a la mañana, todo es confusión. Juan jura y perjura que han tenido que disparar al preso:

         —Se lo estuve diciendo al Loco...,

         —Sí es verdad, me lo estuvo diciendo.

         —que se te va a escapar...,

         —Sí es verdad, que se me iba a escapar.

         —hasta que echó a correr...,

         —Sí es verdad, echó a correr.

         —y le tuvimos que pegar cuatro tiros.

         —O diez o más.

         —Sí.

         —Luego lo enterramos entre yo y éste —pues el Loco solía nombrarse él antes que los demás, siempre fue así.

         Juan, definitivo:

         —Ahí está enterrado —mirando el montón de tierra recién removida justo nada más entrar en el cementerio.

         El Loco:

         —Sí es verdad, ahí está enterrado.

         Luego resulta que viene la mujer de Joaquín y se empeña en que el que está enterrado allí es su marido. Incluso le escupe en la cara al pobre Juan, que no sabe qué decir, mientras chilla:

         —¡Asesino, tú te lo llevaste anoche, tú me lo mataste, tú...!

         Juan venga a mirar hacia aquí, hacia allá, y tampoco sabe qué hacer. Dice el Loco:

         —Aquí está enterrado José Antonio el de Falange, que le dieron el paseíllo los comunistas anoche.

         La mujer de Joaquín, viuda aunque ella no lo sabe con certeza aún:

         —¡Mentira, asesino, mentira, que has dejado a unos niños sin...!

         Tanto se empeña la dichosa mujer que, finalmente, Juan propone:

         —Mira, vamos a desenterrar a éste y verás que no es el Joaquín —pues Juan tiene la costumbre de anteponer “el” delante de los nombres; mal uso es éste, pero es así.

         De manera que va y empieza a cavar el sepulturero, el Gracitas que le dicen, y al poco se ve que, en efecto, allí hay enterrado un hombre, boca abajo; esto se nota en que aparece primero la culera del pantalón, que no la bragueta. Dice Juan:

         —¿Es ésa la ropa de tu marido?

         No lo es y, aunque condescendiente hasta cierto punto con el dolor de la mujer, Juan no está dispuesto a llevar la cosa hasta una profanación de cadáver. Como dice:

         —A los muertos hay que dejarlos descansar. ¿Qué sería de nosotros si no dejáramos descansar a los muertos?

         Todos aclaman su acuerdo y así queda la cosa; menos para la mujer de Joaquín, que todo el camino de vuelta va a la zaga del alcalde soltando sin parar:

         —¿Adónde lo llevasteis, Juan, adónde? —y:— ¡Dímelo, Juan, dímelo, para que pueda ir a rezarle! —y:— ¡Dímelo por tus hijos, Juan!

         Y Juan contestando, de vez en vez:

         —Pero si yo no tengo nada más que una hija.

         Luego, con el tiempo, la Guerra termina y las voces que hasta entonces han estado calladas claman y piden venganza, que ellas llaman justicia. Una de las que más se oye es la de la mujer de Joaquín, pues ella aún no tiene la certeza de ser en realidad su viuda. Flanqueada por dos criaturas, va y habla con el Gobernador Civil y con el Obispo, de Jaén ambos, y ambos le dan seguridades. Los primeros efectos de sus gestiones son muy pronto patentes: Juan es encarcelado y se provee un auto judicial para que se exhume el cadáver objeto de la discordia; puesto que ella todavía sigue empeñada en que allí es donde “echaron a mi marido cuando le dieron los cuatro tiros aquella noche”, como lo expone con labios prietos por el odio, bajo el velo negro con que oculta su juventud tronchada.

         A Juan se lo comunica su hija, la moza que ahora hace lo que ya no puede hacer su esposa, muerta por el tiempo, los vientos, las privaciones, los sustos y, sobre todo, los odios y la Guerra. Le dice, cuando la dejan que lo vea en la cárcel tras cuyos muros aguarda su sino, le dice, ella, le dice:

         —Han encontrado la alianza.

         Entonces es cuando Juan sabe que está muerto: sólo es cuestión de días. De semanas como mucho.

         En realidad, de meses. Dos. Antes, a las preguntas de un juez militar, seco y cortante como hoja de bayoneta, él especifica:

         —Porque Joaquín era un católico de mucho cuidado; lo teníamos en la lista.

         Una mañana radiante de primavera arrastran a Juan hasta la tapia y le sueltan una descarga de fusilería. Cae hecho un guiñapo y queda sobre el suelo como un montoncito de nada.

         Nuestra moza pasa privaciones para mantenerse ella y su recuerdo. Jamás supo nada más del guapo joven de Falange que desapareció en la noche camino del adiós eterno y del nunca jamás. Su recuerdo resultó ser un zagalito lloroncillo y pequeñajo y a quien pusieron por nombre Melchor (ya sabes, como el rey mago: Melchor, Gaspar y el otro), que fue creciendo en anchura y sabiduría hasta que, con el tiempo, vino en ser uno de los más conocidos gerifaltes del socialismo andaluz y, con más tiempo aún, del español.

         Dice, Melchor, dice:

         —Mi abuelito era muy bueno.

         Pues todos los socialistas de su época tienen un abuelito muy bueno a quien un Dictador malo, muy malo, muy realmente malo, fusiló. Así, con esta ayuda, les es más fácil subir en la escala y trepar hasta la cima. Una vez allí pueden, si quieren, dictar ellos todas las estupideces que les parezca y, si alguien se las echa en cara, ellos te sueltan:

         —Mi abuelito era muy bueno y un Dictador muy malo lo fusiló.

         Que es verdad que fue malo y que es verdad que lo fusiló; pero lo de que su abuelito era tan bueno...

         Bien, dejemos a los muertos que descansen en su paz para que nosotros podamos vivir en la nuestra. Y si acaso hay que hacer alguna ley al respecto, que ésta sea la del escarmiento, la del olvido, la del perdón, la del amor.

         La de las cosas bien hechas.

         Siquiera por una vez.

 

08-VIII-11

Bien, amig@s, encaramos una nueva semana con el corazón en un puño: la prima de riesgo y el ataque de los mercados. La cosa no sería tan preocupante si no viviésemos en Jauja para una gran parte de los políticos que nos esquiman; pero en fin, es lo que hay. Tal vez en algún momento despierten de su sueño de grandezas y caigan en la cuenta de que también se tienen que limpiar el culo (con perdón) como cada quisque, y que no se lo van a llevar con ellos cuando casquen. Lo que sustraen indebidamente, digo.

Sin embargo, la situación actual también tiene su contrapartida: ¡nos posibilita compartir el análisis financiero de Lili!

¡LA PRIMA ESA!

            La prima de riesgo me tiene preocupadísima. Hace una semana que mi primer pensamiento al despertarme no es “¿qué-me-pongo-si-no-tengo-nada-en-el-armario-por-lo-que-necesito-ir-urgentemente-de-compras?”, sino ¿alcanzara-la-prima-los-cuatrocientos-puntos-y-se-irá-todo-al-garete?

            Esta mañana se lo he dicho a JC mientras desayunábamos:

            —¿Crees que pasaremos de los cuatrocientos puntos? —le pregunto al tiempo que echo una cucharada de azúcar al café.

            —Puede ser —me contesta somnoliento.

            —¡Eso sería terrible! —afirmo agobiada, casi sin respiración; aún no tengo claro qué papel juega en todo este apocalipsis financiero la puñetera prima, pero los periódicos hablan de ella como el síntoma inequívoco de que se acerca el fin de..., de …, de algo; es complicado el tema, ya sabes—. ¡Vamos directos hacia el precipicio!

            —¡Qué va! —exclama JC, abriendo un poco los ojos; no mucho, que aún tiene los párpados hinchados—. Yo creo que esta tarde es posible que incluso pueda comprarme un rifle. Si alcanzo los quinientos me lo pillo al menos para un mes.

            ¿Un rifle? ¿Pero para qué quiere este chico un rifle? Lo miro por encima de la taza y le veo un brillo extraño en la mirada, de repente asombrosamente clara y vivaz.

            Un momento…,

            ¡Ay, madre! ¿No estará pensando en tener su propio día de furia?

            —¡No puedes hacer eso, JC! —grito asustada—. ¿Qué sería de mí?

            ¡Qué tragedia! ¡Ya me veo yendo los fines de semana a la cárcel a llevarle algo de comer! Tendría que hacerle lentejas, y cocido, con lo poco que me gusta cocinar… ¿Y lo de la lija en medio de la barra de pan se sigue haciendo?

            ¡No, no, no, esto hay que pararlo!

            —¡Estás loco! ¿A quién vas a disparar? —pregunto entre temblores.

            —A cualquiera —responde como quien no quiere la cosa—. Eso es lo de menos.

            ¡Este chico ha perdido la cabeza! ¡Y yo estoy a punto de hacer lo mismo!

            —¡Voy a llamar a tu madre, a ver si ella puede arreglar esto! —¿ves lo que te digo? —.Tú no te preocupes por nada —entre lágrimas trato de marcar el número de mi suegra en el móvil—. Si tenemos que internarte una temporada…

            JC se acerca y me coge del brazo.

            —¡Lili, pero de qué hablas? ¿Para qué vas a llamar a mi madre a las siete de la mañana?

            —¡Para que no cometas una locura! —le digo entre sollozos—. Yo también estoy preocupada, pero ése no es el camino, JC. ¿Cómo vas a disparar a la gente? —JC me mira con los ojos, ahora sí, muy muy abiertos—. ¡Ni siquiera a Zapatero! —y añado, fuera de mí—. ¡Es muy tarde! ¿No ves que él ya no pinta nada?

            —Vale, Lili —dice JC, mientras me coge de la mano y me da golpecitos cariñosos en la espalda—. Respira hondo y cálmate —le hago caso: estoy a punto de sufrir un colapso—. Yo estaba hablando del Battlefield Heroes. ¿De qué estabas hablando tú?

            ¿Cómo?

            ¿¿¿Será posible???

            Me enjuago las lágrimas y me aparto un poco de él, con una dignidad ofendida estilo actriz de los años cincuenta.

            —De la prima de riesgo —contesto altiva. ¿Yo agobiada por la economía nacional y él por un juego de ordenador?

            JC mueve la cabeza preocupado.

            —Estás obsesionada, Lili —afirma, inquieto—. Deberías dejar de leer periódicos unos días.

            —¡No estoy obsesionada! —lo único es que me tomo las cosas muy en serio; me involucro de verdad. Soy una persona apasionada, pero de ahí a decir que estoy obsesionada…

            Comprenderás que la despedida antes de irnos al trabajo ha sido un poco tensa: hace unas semanas se pitorreaba de mí a causa de mi interés por el divorcio de Nacho Polo y Víctor Sandoval (que, por cierto, tengo muy abandonado; igual hasta se han reconciliado y no me he enterado) y ahora considera excesivo mi interés por los asuntos serios…

            —A ver si nos aclaramos y somos un poquito coherentes—le he dicho mentalmente.

            —Eso digo yo —me ha contestado con enojo.

            Vaya, parece que de mentalmente nada…

            Ahora estoy en Zara con mi hermana Sofía.

            —¿Cómo vas a llevarte tres faldas, dos camisas, cinco camisetas y un pantalón? —le pregunto, mirando la montaña de ropa que lleva apilada—. ¿No sabes que la prima de riesgo ha llegado hoy a los 423 puntos básicos?

            —Y a mí qué —responde Sofi, con la feliz ignorancia de una lectora exclusiva de prensa del corazón—. Lili, estás muy rara. ¡Que son las rebajas!

            Lo sé…, las rebajas…, y yo sin poder comprarme nada por culpa de la prima esa de… No soy de decir tacos, pocas veces me oirás uno, pero hoy estoy a punto de soltarlos todos de carrerilla.

            ¿Ves esa chaqueta de allí?

            ¿Cómo dices? Ah…, es verdad, cómo vas a verla… No importa; es preciosa, en un color maquillaje ideal y con manga francesa. Es obvio que la necesito: tú y yo lo sabemos, Sofi lo sabe, la dependienta lo sabe, ¡el mundo entero lo sabe!, pero la prima de riesgo no.

            —Mira que mañana igual llego a los quinientos puntos… —me ha susurrado muy bajito al oído—. Y estoy pensando en llegar en menos de un mes a los seiscientos… Tú verás…

            Y así no hay quien compre, aunque sea en las rebajas.

            —Es horrible, Sofi —le confío a mi hermana—. No dejo de pensar que nos vamos a hundir y que vamos a perder nuestros ahorros y la casa y nos tendremos que ir a la calle y…

            —Lili, cariño, leer esas cosas que lees ahora no te está haciendo ningún bien —responde Sofi—. Te estás obsesionando —y añade:— Que tú eres muy exagerada para todo.

            ¡Y dale con la obsesión!

            —¡Que no! ¡En serio que va todo fatal! Tenías que haber visto la portada de El Mundo y de La Razón. Ponen los pelos de punta…

            —Pues cómprate una temporada El País, que es más optimista —y me pone la chaqueta color maquillaje en el brazo, además de una falda preciosa de encaje beige y unas sandalias marrones increíbles—. En realidad, si te llevas todo esto estás haciendo mucho por nuestra economía; es casi como comprar acciones.

            Eso es verdad...

            —¿Crees que cuanto más compremos más subirá el Ibex 35? —le pregunto esperanzada. De pronto diviso un rayo de luz en medio de tanto desánimo.

            Sofía cavila unos instantes.

            —Seguro —responde con una sonrisa en los labios.

            El corazón se me libera ligeramente.

            —Puede que me haya obsesionado un poco —murmuro para mí.

            —Un poquito, sí —confirma mi hermana—. Pero no hay nada que una buena sesión de compras no pueda curar.

            Mmmm…, me siento tan culpable por la discusión con JC…

            Le llevaré una camiseta para compensarle…, y tal vez un polo.

            Y me declaro O.P.C.P.S. (Obsesionada Por Culpa de los Periódicos Serios).

            Espero que tenga cura…

(Nota de la redacción: para entrar en el blog de Lili

http://lili-y-el-mundo.blogspot.com

Y ahora, amig@s, tras este vasito de optimismo refrescante tan necesario en estas fechas, con ustedes un nuevo cuento:

EL CORTIJO DE PAPI

(Advertencia muy seria: todos los personajes de este cuento son producto de la imaginación del autor; también lo son las situaciones, organismos, estamentos y circunstancias. Y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es puta coincidencia. Por supuesto)

         —¿Te diviertes, Juanito?

         —Mucho, papi, mucho.

         —Eso está bien, hijo. Ahora vas a venir un momento que te quiero presentar a un amigo mío.

         —¿Quién es, papi?

         —Un amigo.

         De manera que allá va el nene tras el gran cabezón de su papi, que es fama en la región por lo abundoso que lo tiene. Resulta que el amiguito de papi es tipejo graciosísimo; bigotes a lo gúrtel, ojos a lo Sandokán, sonrisa de plástico, corbatita roja como corresponde.

         —Aquí mi amigo —explica Manolo a su retoño— te va a dar un trabajito en su empresa.

         Juanito, más contento:

         —¿Un trabajito, papi?

         Mueve el cabezón papi:

         —Un trabajito, nene.

         El nene tiene treintipico ya, está de buen ver y gasta pinta moruna.

         —Bueno —dice al recién presentado, Rodrigo se llama—, a mí lo que me gusta no es el trabajo sino el ganar mucha pasta.

         Le ríe Manolo la gracia a su nene. Rodrigo, más; que dice:

         —Conmigo vas a ganar más pasta de lo que piensas.

         —Bueno, pero tú también, ¿eh? —subraya Manolo.

         Todos ríen. La fiesta sigue.

         Luego, se presenta Juanito en el negocio de Rodrigo, a quien, según se ha enterado, llaman el Aceitero; éste lo recibe como se merece y al poco ya están encerrados en su despacho. Cuando Juanito sale de allí es un hombre nuevo: camina sobre nubes, sonríe como idiota y sueña, sueña, ¡sueña en euros y más euros y todavía más que son pocos!

         De lo que aún no se ha enterado es de por qué. O sea, qué tiene él que hacer para ganarlos. No obstante, sea lo que sea no puede ser muy difícil: ya se ha encargado él de señalar que no piensa madrugar.

         —Es que yo, cuando madrugo —ha explicado a los oídos atentos y amables del Aceitero—, me pongo de muy mala leche. —Luego, al pensar que quizá no debería haber hecho uso del vocablo “leche”, más que nada por la mala impresión que a lo mejor puede dar en una primera entrevista con su futuro patrón, ha cuidado de añadir a renglón seguido:— Con perdón por lo de leche, claro.

         El Aceitero:

         —Claro. —Más receptivo, simpático, comprensivo. Hasta tal punto causa en Juanito una impresión favorable que, en un momento dado de la reunión, éste le confiesa que venía con miedo a la entrevista.

         —¿Por qué? —inquiere perplejo Rodrigo.

         —Porque como mi papi es medio moro. —Éste, más perplejo aún:

         —¿Y qué?

         —Pues que un tocayo tuyo la tenía tomada con ellos, con los moros digo, y yo pensé que a lo mejor tú también.

         Tarda un rato y la tira en caer el Aceitero y, cuando tal hace, se apresura en tranquilizar a Juanito:

         —¡Ah, ya entiendo! No, no, no. Verás, a lo que parece y si no recuerdo mal yo, el que la tenía tomada con los moros era un tal don Pelayo; no Rodrigo. Don Pelayo. Don Pelayo Díaz de Vivar. Yo no: yo, si tienen dólares o petroeuros, les beso su culo infiel si hace falta y a mucha honra. —Sonriente, reconfortante—. Y si me lo piden hasta les canto una sardana. —Reflexiona:— A dos voces si se empeñan, fíjate.

         Más tarde el Aceitero va por las dependencias de su negocio descojonado perdido; cuenta la ocurrencia de Juanito y las lágrimas le ruedan mejillas abajo por la risa que le acomete, cada vez más virulenta e incontenible.

         A su padre, cuando lo ve, no. Quiero decir que no le cuenta la ocurrencia del retoño. Muy al contrario, su conversación es ajena totalmente a moros y cristianos:

         —El siete por ciento —le suelta Manolo. Por el tono se intuye que es firme y que está hecho a los tratos de alto nivel.

         —¡Pero, hombre, Manolo, el siete por ciento es imposible! Cualquier cifra por encima del tres me hace perder dinero, por mucha recalificación del solarcito que te inventes con el cuento ese de la I más D más h.

         —Más h, no; más i, no la mayúscula, no, que esto es importante, sino la pequeñita, la romana: i romana.

         —No, romana no: será latina, que a la chiquitita le dicen latina; i latina. —Reflexiona un tanto y concede:— Bueno, pues i; pero pierdo dinero. —Que sabe que es mentira pues él, de perder, nada de nada.

         Al poco ya se han puesto de acuerdo como si gitanos fueran: el cinco para Juanito, dos millones por el solar para la Rejunta, y tan contenticos los tres. El que más, el nene, que, sin comerlo ni beberlo, se ha encontrado con un pedazo de comisión que está que revienta de contento. Su padre:

         —Pues será porque trabajas bien. —Juanito:

         —¡Pero si no hago nada, papi, nada! —que él dice “na”.

         —Algo harás cuando te da esa comisión.

         —Pues no sé, pero yo no hago nada —que él dice “na”. Maravillado. Y de ahí no hay quien le saque.

         Es que, como proclama Manolo:

         —¡El suelo tiene que ser para moverlo! —que quiere decir:— ¿Quieres construir? ¡Pues aquí tienes suelo! —que quiere decir:— ¡Mientras yo sea jefe de la Rejunta nadie se ha de quedar sin su cachico correspondiente! —que quiere decir:— Nadie de izquierdas, claro.

         Claro.

         Claro, todo el mundo es de izquierdas. El primero Rodrigo; que proclama:

         —¡El gallo es mi señor! —y por donde quiera que va, allá que va enseñando a Juanito como la octava maravilla que fuese. Juanito, más contento:

         —Yo quiero mucho a tite Rodrigo porque tite Rodrigo me da mucha pasta.

         Tite Rodrigo venga a reír. Observa, por entre las risas, observa:

         —Sí, es que es medio pariente de Julián Muñoz, que también tiene querencia por la pasta. —Y añade:— Debe de ser por algún ramalazo de sangre italiana. —Y explica, orgulloso:— Desde los tiempos de don Pelayo no se había visto tanta maravilla por aquesta campiña. —Se refiere a la sevillana; y hace uso del término aquesta para que se vea que él es así de instruido.

         El nene, esto es, Juanito, venga a mirarle con cierto recelo pues acaba de nombrar a la bicha en la casa del ahorcado:

         —Tite, no digas ese nombre, que me pongo triste...

         El Aceitero, cayendo al instante en que debe mimar y hacer objeto de obsequio y agasajo a la tierna fuente de su actual prosperidad:

         —¿Qué nombre? ¿Don Pelayo? ¡No temas, Juanito, que aquí está don Rodrigo que te sacará victorioso en esta batalla de Lepanto que juntos encaramos con ánimo alegre! —Hace ademán de mover una cimitarra de lado a lado como atajando crismas de Pelayos en una incierta batalla en la que, no obstante, gracias al poderío de su brazo, han de salir ganadores Juanito y él; mientras subraya a cada cuchillada:— ¿Ves? —cuchillada— ¿Ves? —cuchillada— ¿Ves? —y así.

         Juanito venga a aplaudir, entusiasmado perdido.

         —¡Ha matado por lo menos a treinta mil cristianos! —le cuenta luego a papi. Papi, en el fondo, orgulloso perdido también. Más que su retoño: ¡El no infiel, cabeza al saco!

         Así que cuando Rodrigo le indica que ya tiene un edificio de nada y menos que ha ido levantando en nada y menos en el solarcito de marras, Manolo reacciona como conviene, y le hace saber:

         —Pues mira, yo te voy a dar una subvencioncita a fondo perdido.

         Rodrigo, sorprendido gratísimamente:

         —¿Perdido?

         El cabezón, esto es, Manolo:

         —Del todo. —Añade a modo de esclarecimiento:— Es que te portas muy bien con mi Juanito.

         Rodrigo, sin acabar de creer aún lo que ha escuchado:

         —Pero... ¿perdido... perdido?

         Manolo, fachendoso:

         —Del todo, del todo. ¡Hala, diez millones!

         Como si fuera dinero suyo, en cuyo caso sí le dolerían; pero como son de la Rejunta, parte y reparte y no le duelen prendas. Pues tiene el convencimiento firme e interno de que este dinero no es de nadie; caso de ser de alguien, suyo, que para eso lo han votado.

         Luego, cuando entre varios que por allí pasan logran sacar a Rodrigo del telele (o bitango, que esto no te sé decir) en que ha caído de repente, éste no para de balbucear:

         —¿De euros? ¿De euros? ¿De euros?... —Así. Oye, ¡y que entre todos no son bastantes para sujetarlo! ¡El muy jodido se ha empeñado en besarle los pies al papá de Juanito. Fíjate cómo es que ni siquiera ceja en su propósito (ése del besuqueo pezuñero) ni cuando Manolo le indica que, como es lógico, Juanito espera su diez por ciento.

         —Como es lógico —subraya al acabar.

         —Como es lógico —corea el otro hecho un mar de gratitud. Gruesos lagrimones de reconocimiento, grandes como piojos reventones, le caen mejillas abajo.

         —¡Papi, papi, mira, mira, tela, tela! —chilla Juanito al llegar a casa aquella noche.

         Su papi ¡más contento! Más que nada, de ver a su hijo alegre.

         A la mañana siguiente llama Manolo a su secretario y ordena que le sea dispensada a Rodrigo subvención inmediata a fondo perdido por importe de diez millones de euros.

         —¿Lo llevamos a la cámara, jefe? —pregunta el subordinado en referencia al parlamento de la Rejunta; más que nada, por preguntar. Porque la respuesta ya sabe que va a ser la de costumbre:

         —¿Para qué? No tiene sentido: la oposición ni se entera de lo que pasa. Panolis alelados todos. El que más, el de la guitarra. ¡Menos mal que no llevan las cuentas ellos porque la región se iría al garete! —Risa coreada y bien recibida por unanimidad, según corresponde a graceta (o sea, gracia sin gracia que hay que reír) de jefe.

         No caen, como es lógico, en pedir a Rodrigo solicitud para la concesión de la subvención. ¿Para qué? Todos se conocen y, por consiguiente, ¿a qué tanta formalidad sin sentido? ¡La razón del gobierno regional es acercar la administración al pueblo, no? Pues, eso, agilidad, diligencia, operatividad.

         Entonces resulta que por la mañana ¡aparece todo el asunto en la prensa!

         —¡Maldita sea, quiénes son esos hijos de puta? —clama Manolo en su irritación; y llama a su jefe de gabinete de Prensa y Propaganda que se persone ante él ipso facto— ¡Que quiere decir ya! —añade, no muy seguro de que la pandilla de borricos que tiene comprendan la urgencia del asunto. Cuánto menos lo del ipso facto.

         —Ni idea, excelencia —le contesta éste apenas cesa Manolo en su griterío—. Todos los medios de comunicación los tenemos comiendo en la palma de la mano; a éste también —refiriéndose al medio en cuestión y cuya portada se le ocurre mostrarle con la noticia ominosa desplegada a toda pastilla. Se da en ese momento cuenta de que su jefe se empieza a poner abermellonado, y especula:— A lo mejor es un desesperado que va por libre o un despiste; tontos hay en todas partes. —Más que nada por decir algo.

         —¡Despiste? ¿Dices despiste? —a grito tan pelado que su jefe de gabinete teme que de ésta no salga.

         Más tarde, recuperado en algo el ánimo, Manolo telefonea al Aceitero y se lo hace saber y se lo explica:

         —Pues sí, te he tenido que hacer yo mismo a calzón quitado la solicitud para la subvención... —aunque las palabras de Rodrigo no parecen sino irlo encendiendo de nuevo:— ¡Pues hijos de su madre que hay en todas partes, quién va a ser! ¡Se creen que lo oficial es suyo y cuando menos te lo esperas te sueltan la coz!... ¡Sí, ha sido un idiota del que ya nos hemos ocupado!... ¡Cómo que dónde; pues donde tiene que estar: en la puta calle y sin peligro de que vuelva a meter la pluma!... ¿Cómo dices?... Bueno, sí, la pata... —Entonces se ve que el otro, Rodrigo, orienta ahora su preocupación por el asunto de la subvención en sí y su evolución en el futuro inmediato; de modo que lo tranquiliza:— No, no, respecto a eso no hay ningún problema... Pues sí, he hecho un garabato y ya está... ¡Yo qué sé cómo firmas tú! Pero, oye, que es igual; eso no lo va a ver nadie; es sólo por si acaso...

         Con lo cual acaban riendo ambos y, a la postre, todo el asunto queda en la consiguiente irritación y, más a la postre, en simple anécdota:

         —¿Para mí?

         Juanito asombrado totalmente. Rodrigo, en su papel de jefe de empresa responsable, como debe ser, confirma:

         —Para ti.

         Juanito, con los ojos perplejos clavados en la cantidad que le muestra el talón nominativo que le acaba de entregar tite Rodrigo:

         —¿Y qué he hecho esta vez?

         Tite Rodrigo ríe la gracia y acompaña hasta la puerta al nene con grandes muestras del mucho afecto y consideración que le dispensa:

         —Tu trabajo es tan bueno en calidad y cantidad que, a veces, me asustas, Juanito. Estoy de contento contigo; pero, ¡si es que eres hasta guapo! —lo cual es una exageración evidente y absolutamente falsa.

         En casa ya, el nene muestra el talón a papi. Pero éste, al contrario de otras veces, se va para el teléfono talón en mano, lumbre en la boca y un volcán en el pecho que empieza a echar fuego apenas al aparato Rodrigo:

         —¡Ni hablar, nada de talones: bolsas de basura!... ¡Ni hablar, nada de excusas: si no quieres que esta subvención sea la última, mi parte en contante y sonante! —Y cuelga con tanto brío que el teléfono queda pitando inexplicablemente hasta que, de repente y sin dar cuenta ni razón alguna, se para—. Ha sido un despiste de Rodrigo —aclara a su nene. Que al mediodía siguiente llega con una bolsa de basura colgada al hombro.

         —¡Papi, papi, mira, mira, me la ha dado tite Rodrigo!

         Que es con quien luego se las entiende:

         —Hombre, Manolo, un error lo puede tener cualquiera. Mala intención contigo yo, no. —Se lo repite una vez y otra y otra más de distinta manera y al final el Aceitero consigue aplacarle hasta cierto punto; entonces, para ver de rematar la faena, propone:— Si tu Rejunta me arrendara el local, no sería mal asunto.

         —¿Mal asunto para quién? —con las orejitas tiesas en su cabezón de concurso, pues el olor de la tela es algo para Manolo como la campanita aquella en el asuntillo de la comida y los perros.

         —¿Tú qué crees?

         —¡El siete por ciento!

         —¡Pero, hombre, Manolo, el siete por ciento es imposible! Cualquier cifra por encima del tres me hace perder dinero.

         —El siete por ciento y te recalifico la funcionalidad logística del local como I más D más i romana.

         —No, romana no: latina, que a la i chiquitita le dicen latina; i latina. —Reflexiona un tanto y concede:— Bueno, pues i; pero pierdo dinero. —Que sabe que no es verdad pues él, de perder, nada de nada.

         Al poco ya se han puesto de acuerdo como si gitanos fueran: el cinco para Juanito, dos millones y medio anuales en alquiler como sede de Obras Públicas y Transportes de la Rejunta, y tan contenticos los tres: alegre, Manolo, por el buen servicio prestado a la Hacienda Pública; más alegre, el Aceitero, que ha visto perplejo cómo su oferta inicial de dos millones año se la ha subido Manolo a la final de dos y medio; el que más, el nene, que, sin comerlo ni beberlo, se ha vuelto a encontrar con otro pedazo de comisión que está que revienta de contento. Y satisfecho a más o poder se lo dice a papi:

         —Pues yo no lo sé pero, según este dineral que me da tite Rodrigo, se ve que trabajo muy bien. —Y le explica por qué ha llegado a esa conclusión:— Si no, el tite no estaría así de contento conmigo y no me lo daría.

         Su padre:

         —Claro, hijo mío, claro, es eso, que trabajas muy bien.

         —¡Y el caso es que no sé ni cómo lo hago, papi, porque es que no hago nada, papi, nada, nada, nada! —que él dice “na”.

         —Algo tienes que hacer cuando está así de contento.

         —Claro, pero yo no hago nada —que él dice “na”. Maravillado. Y de ahí no hay quien le saque.

         El alquiler continúa durante cuatro años; o diez millones de euros que la Rejunta paga religiosamente, que es lo mismo. No más. Al quinto, Manolo, prudente hasta en los despilfarros:

         —Te he llamado porque el local se ha quedado pequeño para sede de Obras Públicas y Transportes.

         —¡Ah, sí?

         —Sí. —Deja que la nueva cale en el otro: palo en oveja, ablanda lana; entonces:— Así que ¡vamos a comprarlo!

         —¡No! ¡Comprarlo?

         —Comprarlo. —Rotundo, definitivo, tajante, rezumando autoridad por todos los poros.

         —¡Doce millones! —salta Rodrigo.

         Manolo, sombrío el rostro:

         —La Rejunta no paga ese disparate por un local de seis mil metros cuadrados.

         El Aceitero, desolado:

         —¡Ah, no?

         —No. —Pausa... y, alborozado:— ¡Pero sí por uno de 12.000! —con la cabezota riendo a más no poder.

         Cuando se lo explica, don Rodrigo entiende por qué aquella cabeza ha de ser tan grande: ¡es la de un genio! Y se lo dice; solemne, pero se lo dice:

         —La Rejunta puede estar orgullosa de la cabeza que tiene al frente.

         No sabe Manolo si tomárselo bien o mal; de manera que:

         —¡El diez por ciento!

         —¡Pero, cómo el diez si siempre has partido del siete!

         Manolo se lo razona:

         —Sí. Pero es lo que hay. —Y le da más detalles para que lo entienda mejor:— Esto es más complejo. —Incluso le ofrece detalles de la dificultad técnica de la operación:— Es que estirar un local de seis mil metros a doce mil, es muy delicado; asunto de mucha especialización. Sobre todo si la ampliación superficial se hace sólo sobre el papel, ¿comprendes? —risita.

         Lo comprende. Rodrigo lo comprende y aprecia en todo lo que vale la competencia profesional de Manolo. Aún así, el diez es demasiado y, a su vez, se lo razona:

         —¡Pero, hombre, Manolo, el diez por ciento es imposible! Cualquier cifra por encima del cinco me hace perder dinero.

         —El siete por ciento y te recalifico la funcionalidad logística del local dentro de la reconversión de actuación preferencial del I más D más i romana.

         —No, romana no: latina, que a la i chiquitita le dicen latina; i latina. —Reflexiona un tanto y concede:— Bueno, pues i; pero pierdo dinero. —Que sabe que no es verdad pues él, de perder, nada de nada.

         Al poco ya se han puesto de acuerdo como si gitanos fueran: el siete para Juanito y doce millones por el local destinado a sede de Obras Públicas y Transportes de la Rejunta. Juanito, loco de contento con su comisioncita.

         —Si es que soy muy listo, papi.

         —Claro, hijo, claro.

         —Me tienes que poner de jefe de los dineros de tu negocio. —“Tu negocio” es la Rejunta, que el nene se cree que es propiedad de papi; papi, también.

         —Todo se andará, hijo, todo se andará —mientras cae en la cuenta de que por qué no; más burros los hay en sitios de más responsabilidad. Sin ir más lejos, mira en el presidente del..., bueno, lo dejamos.

         El local es claramente insuficiente; la razón, el crecimiento mastodóntico de la administración andaluza, necesario a su vez para sustentar el nivel de votación. No obstante, como dice Manolo a su jefe de gabinete:

         —Mira, no puede ser insuficiente porque tiene el doble de superficie del otro.

         El jefe de gabinete, espantado:

         —¡Pero si es el mismo!

         Manolo:

         —¡Bah, tonterías! Mira, mira aquí —huronea por los cajones de su mesa y saca unos planos—, ¿qué pone, eh, qué pone?

         —Doce mil metros cuadrados. —Alza la vista y, empeñoso:— Ahí dirá lo que quiera, pero el local es el mismo en el que hemos estado cuatro años ya, metidos en cinco, y es insuficiente.

         Manolo, cerrando los planos de golpe:

         —¿Tú crees?

         Entonces es cuando el jefe de gabinete empieza a darse cuenta de que está equivocado. Del todo.

         Manolo:

         —¿Ves? ¡Si te lo decía yo: no puede faltarnos sitio porque la superficie es el doble de la otra! 

         El jefe de gabinete, resignado:

         “Que es la misma”, mientras asegura:

         —Sì, jefe, claro, es que no sé que me ha pasado.

         La voz, alegre, suelta, confianzuda, decidida.

         Proletaria. Joseantoniana, que se diría. Entusiasmada plenamente, que no para:

         —¡Pues desde esta perspectiva, jefe, no sólo es mucho más amplio, este local, digo, que el antiguo, sino que, además, la ubicación es muchísimo más idónea!

         El cabezón, papi de Juanito:

         —¿Y la luz, eh, qué me dices, eh?

         —¡Mucho más luminoso, jefe, dónde va a parar...!

         —¡Y las vistas, eh?

         —¡Sin punto de comparación, jefe! ¡Si parece que estamos en el paraíso!

         —¡Pero si es que lo estamos, Domínguez —que es como se llama—, si es que lo estamos! —Piensa unos instantes y:— ¡Oye, a ver si es que va a resultar verdad lo de los curas y todo eso?

         —¡Jefe!... —Los brazos abiertos, la cara complaciente, la risa a pique, como si dijera ¡Pero qué gracioso es usted, jefe!, pero sin decirlo.

         —¡No, verás —explica Manolo al Aceitero con ocasión de la fiestecita de inauguración de la nueva sede de Obras Públicas y Transportes dela Rejunta—, tu coges un terrenito cerca de la costa, plantamos césped, hacemos unos agujeritos, ponemos las banderolas y, ¿a que no sabes qué es lo que falta?

         Rodrigo hace como que piensa y vuelve a pensar y:

         —¡Ya está: una urbanización de lujo complementaria al campo de golf!

         Manolo:

         —¡Exacto!

         Rodrigo, embalado ya:

         —¡La hacemos!

         —¡Exacto!

         —¡Y nos forramos!

         —¡Alto, alto ahí, alto ahí! —corta Manolo, serio de repente:— No la podemos construir porque el terreno no es edificable!

         Rodrigo, desinflado de momento:

         —¡Ah!...

         Manolo y Rodrigo contemplan cómo se les acerca Juanito. Manolo da pequeño codazo a Rodrigo y espeta:

         —¡Pero si lo incluimos en el I más D más i romana, ya sí!

         Rodrigo, recuperado al instante:

         —¡Pues claro! —Se acerca a la cabeza enorme y masculla:— Es i latina, no romana.

         Juanito, llegado a su altura, notándolos tan alegres, ríe todavía más que ellos dos juntos; luego, cuando cae en qué no sabe el motivo:

         —¿Por qué os reís?

 

04-VIII-11

Ya que todos estamos más o menos metidos en el mismo barco, permíteme, amig@, que te salude en plan zapatero-actual-macarrónico: Ave, amig@, naufragaturi te salutant; que quiere decir, claro está, espera sentao que los brotes verdes están que no paran.

Hoy, para animar el cotarro, tenemos, en primer lugar, ¡a Lili! Una nueva entrega de nuestra sagaz reportera/comentarista. En esta ocasión les arrea a los ¡INDIGNADOS! O sea, INDIGNADOS de toda España, ¡temblad, Lili ataca INDIGNADA!

Después, un nuevo cuentecito: El auto-no-sacramental del Zopenco titulado: El hombre que fue Presidente.

Empezamos:

¡INDIGNADA!

            Hoy he quedado a comer con JC.

            —Lili, guapa, a ver si con éste tienes más cuidado —me dice con seriedad a la salida de la tienda de V…—. Cómo lo vuelvas a romper no sé qué vamos a hacer.

            Lo miro ofendida.

            —Se me cayó —contesto.

            —Sí, eso —JC no está convencido de esta versión; lo noto. Trato de obviarlo: ¿qué culpa tiene él de conocerme tan bien?

            Pero yo estoy feliz. He cambiado de compañía telefónica (tras cinco años de estrecha y, para qué negarlo, a veces tensa relación, he dicho adiós a M…) y cómo premio a tan manifiesta infidelidad, V… me ha regalado una Blackberry (¡bien!) y una funda preciosa rosa chicle a prueba de caídas (esto en realidad me lo ha regalado JC; chico precavido, mi novio).

            Lo cierto es que me siento más ligera, sin la pesada carga de las miles de reclamaciones que había puesto en M… Ha sido como una limpieza de aura, como el condenado al que cancelan los antecedentes penales. ¡Nadie me conoce en V…! ¡Puedo empezar de cero! ¡Voy a ser una cliente modelo!

            —Este teléfono me va a durar para siempre —le digo a JC llena de esperanza, mientras caminamos hacia el Vips.

            —Si te dura medio año me conformo —responde con poca fe.

            Ya verá, ya… Cuando seamos viejecitos, y les diga a nuestros nietos “mirad, niños, éste móvil tiene cuarenta años”, entonces me creerá. Me mirará con los ojos empañados por la culpa y…

            Pero hasta entonces mejor cambio de tema. La nubecilla que nos acompaña desde que el móvil viejo se escapó de mis manos y se suicidó tirándose desde al menos un metro de altura no termina de desaparecer…

            —Esta mañana he hablado con Borja —le digo, enganchándome de su brazo—. Está indignadísimo. Y me ha dicho que le llamemos Manu.

            JC frunce el entrecejo.

            —¿Qué?

            —Es que es un indignado —le explico—. Anoche estuvo en la Puerta del Sol y en la Plaza Mayor —añado.

            —¡Anda ya! ¿Borja? —pregunta incrédulo—. ¿Tu compañero de la universidad? ¿El pijo ese que trabajaba en el despacho de su padre?

            —Manu, nada de Borja —contesto—. No le tomaban en serio en las asambleas, así que ahora se llama Manu —normal; ¿cómo va a llamarse Borja un indignado?; es una manifiesta e indiscutible contradicción —. Ha dejado el trabajo para dedicarse plenamente a la causa; es otra persona.

            —¿Pero está bien? —la voz de JC denota preocupación; siempre le cayó bien Borja…, digo Manu.

            —Bueno, un poco decepcionado porque no consiguió que lo detuvieran —ya ves, siempre pensé que con mirar mal a un policía, directa al cuartelillo—. Aunque se llevó un par de golpes de porra y tiene un cardenal. Hasta ha colgado una foto en internet.

            En ese punto yo tengo mis dudas: parece un manchurrón de lápiz de ojos…

            —No —dice JC, negando con la cabeza—. Que si está bien de la cabeza —aclara con sorna.

            —¿Por? —pregunto, recelosa.

            —Porque eso de los indignados es una tomadura de pelo, Lili —responde—. Al principio tuvo su interés, pero ya…

            —No sé por qué dices eso; lo único que hacen es luchar por sus derechos —y añado, un poco molesta: — ¡Por los derechos de todos!

            —¿Y qué derechos son esos? —clava sus ojos en los míos, esperando una respuesta.

            —Pues una casa, y un trabajo, y un sueldo digno… —¿y qué más?; había algo superimportante que no recuerdo… ¡Ah, ya! —. ¡Y que los políticos dejen de robar y se dediquen a servir al pueblo, que para eso están!

            —Pero no pueden tomar el centro de Madrid y montar allí su chiringuito —replica JC, inflexible.

            —Mira que eres cerrado de mente a veces. ¿Por qué no? Sus reclamaciones son para el bien de todos.

            —Pues que hagan un partido político y vayan a las elecciones. Es más lógico, ¿no?

            —¡Sabes perfectamente que no les da tiempo! —me está poniendo más nerviosa…

            Mi novio levanta las cejas expectante. ¿Realmente se lo tengo que explicar?

            —No tienen un líder, ni cancioncilla, ni símbolo. Y el color es difícil, porque los buenos, que son el rojo y el azul, ya están cogidos —en esto he pensado mucho—. El rosa no está mal, pero parece como más dirigido a un público femenino; además, es el de UPyD. Y qué les queda, ¿el amarillo? No, porque da mal fario cuando salgan en la tele; ¿el naranja?..., uf, es difícil de combinar: ¿de qué color se pone entonces el líder, que no olvidemos que no tienen, la corbata? Que un fondo naranja es complicado… El verde tampoco lo veo, es como muy… verde…

            JC suelta una carcajada.

            Giro la cabeza y lo miro con severidad. ¿Se está pitorreando de mí?

            —¡Eh, que estoy hablando en serio!

            Trata de contener la risa pero no lo consigue.

            ¿Será posible?

            —¡Que sepas que pienso ir a la próxima acampada! —exclamo ofendida.

            ¡Hombre ya! ¡Qué difícil es que la tomen en serio a una!

            —No te enfades, Lili —trata de calmarme JC.

            —¡Y que sepas que yo también soy una indignada! —añado, desafiante—. ¡Igual hasta me hago un par de rastas!

            —¿Un par de qué?

            —¡De rastas! ¡De churros de esos en el pelo!

            —Vale, vale —dice JC, conciliador

            —¡No, no vale! —¡esta vez me he enfadado de verdad!

            JC me coge por los hombros con cariño.

            Bueno…, eso está mejor…

            —Sí quieres, esta noche montamos una tienda de campaña en la plaza de Prosperidad en plan protesta tú y yo.

            Mmmm… Lo miro dubitativa…

            —Y nos llevamos un infernillo y hacemos unas chuletas o algo —me dirige una mirada llena de inocencia que me desarma—. Y pedimos que nos bajen la hipoteca, y los recibos de la luz y del agua.

            JC es un sol.

            —Estás loco —respondo con cariño—. Pero no podemos.

            —¿Por qué no?

            —Porque nos echarían —aunque la idea es tan romántica…—. ¿Cómo vamos a acampar por las buenas en un sitio público?

            Un momento… Vuelvo la cara poco a poco y ahí está…

            El triunfo…, en los ojos de JC.

            —Cariño, tú vales mucho —reconozco con humildad.       

Nota del editor: para entrar en el blogspot de Lili pincha aquí:

http://lili-y-el-mundo.blogspot.com

 

Y ahora, amigos, nuestro nuevo cuentecito:

 

El auto-no-sacramental del Zopenco, titulado:

EL HOMBRE QUE FUE PRESIDENTE

Dramatis personae:

         Zp: ............. Zopenco, jefe de desgobierno
         Al: ............. Alberto Rubalco, su mano izquierda
         Pe: ............. Pesimo Equite, político riquísimo
         M: ............. Manolo, presidente de región
         I: ............... Iván, su hijo treintiañero
         Mnd 1,2.... Mendigos harapientos
         MTFV: ..... La Mona, mujer vieja y apiciada
         Mrt: .......... Moratazo, gordo tonto y aplaudidor
         H1: ........... Gerente de Hacienda (1)
         H2: ........... Mariestreñidilla, Gerente de Hacienda (2)
         S: .............. Solcha, reputado economista
         Br ............. Bermellón, Gerente de Injusticia aprovechado y creído
         G .............. Guasón, fiscal general de Injusticia y Mangoneo
         Parafernalia, tres personas con trajes rojo chillón

         (Sube el telón. En escena aparece Zp que entra por la izquierda; cara de panoli, cejas acentuadas, risa perenne sin causa o razón aparente, mirando a todos lados con talante de ¡peroquébonitosoy! Viene hablando con Al, alto éste casi tanto como calvo, cabeza de pajarito pelado, piquito de oro, ojitos huidizos.)

         Zp: ¡Buena jugada, Tomás!

         Al: Alberto, llámame Alberto.

         Zp: ¡Eso de los murciélagos en la noche negra y Génova temblando por las patas abajo ha sido genial!

         Al: (con humildad) No tiene importancia, majestad.

         Zp: La tiene, Alberto, la tiene. ¡Hay que tener sangre fría para obrar con tanta diligencia mientras todo un país llora!

         Al: (con más humildad) Si vuesa majestad lo dice; pero es que yo soy así. ¿Qué piensa hacer ahora vuesa majestad, majestad?

         Zp: ¡Ah, amigo mío: los cielos han abierto a cántaros su cuerno de la abundancia sobre nuestro pueblo! (Parece transfigurado de repente) ¡Ah, pobres descamisados de la tierra, vuestro profeta ha pisado trono! (Más transfigurado todavía) ¡Intuyo una tremenda Alianza de Civilizaciones con la que revolucionaré el Universo! (Alza los brazos al cielo) ¡Oh, Sublime Arquitecto del Universo, aquí está quien va a llevar tus designios hasta su alfa y su omega!

         Al: (gratamente sorprendido) ¡Oye, eso es nuevo!

         Zp: (vuelve la vista hacia Al) ¿El qué?

         Al: Eso. Eso del alfa y omega.

         Zp: Ah, eso lo aprendí cuando era monaguillo, de pequeño, ya sabes. Se empeñó mi abuelito, que era muy católico.

         Al: ¿Católico? ¿Tu abuelito? Pues yo creía que tu abuelito había sido de izquierdas.

         Zp: Ése es el otro; el bueno.

         Al: ¡Ah!..., pero, entonces... (cayendo en la cuenta) ¡es que tuviste dos!

         (Entra Pe, cariacementado y sobreposeído)

         Pe: Buenoz díaz, ci ez que ce pueden decij buenoz.

         Zp: ¡Claro que se pueden decir buenos! ¡No; buenos, no: excelentes! (Risita idiota) ¡Estamos en la onda gracias a Al y sus mensajes!

         Al: ¿Por qué no habrían de ser buenos, Pesimo?

         Pe: ¡Hombege, dozcientoz muejtoz zon muchoz muejtoz!

         Zp: ¡No son muertos, son los ángeles que proclaman nuestra victoria!

         Al: (alarmado) ¡No; los ángeles, no: los demonios! (Explica) Los ángeles son cosa de la Iglesia.

         Zp: ¡Jesús! (se santigua rápidamente)

         Al: (reprendiéndole) ¡Majestad!

         Zp: ¡Uy, en qué estaría yo pensando! (Hacia Al) Perdón, resabios de mis tiempos de monaguillo, ya sabes.

         Pe: Una coza.

         Zp: ¿Cí? ¿Qué?

         Pe: El bolcillo del político ha de cej de kigiztal.

         Zp: ¿De qué?

         Al: De cristal, majestad, ha dicho de cristal.

         Pe: Kigiztal, cí. Ce lo he dicho a la pegenza.

         Zp: (perplejo) ¿A la qué?

         Al: A la prensa, majestad. Dice que el bolsillo del político ha de ser de cristal y que se lo ha dicho a la prensa.

         Zp: Ah, ya. De cristal, claro. Por supuesto. (De momento) El talante, también.

         Al: Claro que sí. El talante es lo principal.

         Pe: Ez que YO quejía que lo zupieceiz.

         Al: Claro, claro.

         Pe: Bueno, me voy.

         (Mutis por el foro)

         Zp: Este tío me pone de los nervios.

         Al: Tienes que tener paciencia; va resultar ser el amigo fiel.

         Zp: Ezo cí, majdita cea, ¿vez?, ¡ya ce me ha pegado otaja vez!

         Al: (alarmado) ¡Rápido, rápido, di “dinero, ¿qué haría sin ti!”!

         Zp: ¡Dinero, qué haría sin ti! (Aliviado) Gracias, Alberto, no sé qué haría sin tu tutela, consejo y guía.

         Al: A mandar, majestad. Las encuestas nos son tremendamente favorables y creo que podemos hacer lo que nos salga, majestad.

         Zp: Tu sangre fría, Alberto.

         Al: (aparentemente humilde) ¡Bah, es que yo soy así!

         Zp: (levanta cabeza a techo) ¡La Alianza de Civilizaciones! ¡Ah, si mi abuelito me viera!

         (Hace mutis por el foro)

         Al: (Mirando techo, sufriente) ¡Ay, señor, señor de los infiernos, y cuánto he de aguantar con esta pareja de borricos! (Pausa) Dime, señor, ¿y cuáles son los designios que te guían y que tanto se ocultan a mis entendederas? ¡Aquí estoy yo, sensato, inteligente, guapo, ambicioso, calvo perdido, y tú vas y entregas el poder a dos ceporros que no distinguen la derecha de la izquierda? Y la prueba está en que uno más mira por la albañilería y el otro por asuntos de bono y dinero que por el proletariado, que es mi norte y guía... (se ensimisma de pronto mientras se auto-ausculta), ¿o soy yo mi único norte y guía?

         (Entra M)

         M: A la paz de Dios.

         Al: Hola Manolo.

         M: Mira, quillo, se lo tengo que decir a alguien porque, si no, reviento.

         Al: ¿Qué pasa?

         M: ¡Esta derecha de los cojones!

         Al: ¿Qué te han hecho?

         M: ¡Se han propuesto amargarme la vida!

         Al: ¿Y eso?

         M: Un asuntillo sin ninguna importancia; fíjate, se han empeñado en que he repartido unos dinerillos entre los amigotes, unos EREs de nada y menos.

         Al: ¡Bah, tú, ni caso!

         M: Y digo yo, digo, ¿con quiénes quieren que los reparta?, ¿con los enemigos?

         Al: Lógico.

         M: Pues ahí están, los muy jodidos, amargándome la vida como si hubiera hecho algo mal.

         Al: Envidia, Manolo, eso es envidia porque no están ellos.

         (Entra I)

         I: ¡Papi, papi, me han hecho comisionista!

         M: (alarmado, a su zagal) ¡Chist, nene, eso no se dice! (A Alberto) ¿Ves a qué me refiero? ¡No nos dejan en paz! ¡No respetan ni a la familia ya, ni al sagrado descanso del guerrero! (A Iván) ¿Por qué dices esa cosa tan fea, nene?

         I: Porque tite Rodrigo me ha dicho que lo soy y me ha dado unos eurillos.

         M: ¡Nada más que por eso?

         I: Nada más.

         M: (A Al) ¿Ves? ¿Qué más pruebas quieres, eh?

         Al: (sereno) ¡Denúncialos al Tribunal de la Constitución! Haz lo que te digo porque ellos hacen lo que yo les digo y les diré que los jodan.

         I: ¿Los vas a castigar, tite Al?

         Al: (rotundo) ¡Los vamos a castigar, Ivanito!

         (Suenan clarines fuera; entra Zp con parafernalia)

         Zp: ...pues ya que la Alianza de las Civilizaciones es el mayor descubrimiento de todos los tiempos, algo que supone un avance en la salvaguarda del derecho de los trabajadores equiparable al de Lenin y Stalin juntos y... (pausa)

         I: ¡Hostia, la Alianza de Civilizaciones!

        M: (urgente) ¡Chiss...! ¡No distraigas a la cabeza más capacitada de todo el universo mundo, hijo mío, sino escucha en reverencia!

         I: Papi, cabeza como la tuya no hay.

         M: ¡Chist!

         Zp: ...es un salto cualitativo en lo que al bienestar del proletariado se refiere que con tan sólo...

         (Entra Mnd1)

         Mnd1: ¡Señor, señor, la crisis!

         Zp: (interrumpiéndose y encarándose con Mnd1) ¿Crisis? ¿Qué crisis es ésa, zagal?

         Mnd1: (indignado) ¡No soy un zagal, señor, que yo antes tenía un buen negocio y ha llegado la crisis y me he quedado en pelota, sin medios y sin esperanza!

         Zp: (Alza una mano en ademán imperioso) ¡Alto ahí! (Pausa) ¡No hay crisis! (Pausa) ¡Es todo una burda mentira de la derechona!

         (Entra la Mona, o sea, la Mona)

         MTFV: ¡Majestad! (Inclina la cerviz ante Zp) ¡Señor, vengo a plantear ingente reclamación!

         Zp: ¡Mi muy ilustre señora, aderezad vuestra queja y aviemos en comandita!

         MTFV: (perpleja, confusa) ¿Cómo?

         Al: Quiere decir, insigne señora, que presentéis vuestra queja y os la resolverá al instante.

         MTFV: (agradece a Al con graciosa inclinación de cabeza) Mil gracias, gentil caballero. (A Zp) Quiero significar, majestad, que la suma de mis pensiones no alcanza los doscientos mil euros mensuales.

         Zp: (incrédulo) ¡Pero qué me decís, señora?

         MTFV: (enfebrecida por la indignación) ¡Pero hay más!

         Zp: (más incrédulo) ¡Hay más?

         MTFV: ¡Hay más, caballero!

         Al: ¡Por favor, por favor, el trato de cortesía, señora, exige majestad!

         MTFV: (avergonzada) ¡Uy, perdón, majestad!

         Zp: ¡Excusas aceptadas! (Silencio) ¿Hay algo más, decís?

         MTFV: ¡Sí, majestad! ¡La comunidad valenciana no me quiere dar subvención a fondo perdido para adecentar mi chalecito de vacaciones!

         Zp: ¡Por Dios!

         Al: ¡Majestad!

         Zp: Quiero decir, ¡leches!

         Mnd1: (humilde) Majestad, señor, la crisis.

         Zp: ¡No hay crisis, buen zagal, no hay crisis! Además (señala a MTFV), observa cómo estamos incursos en materia de mayor importancia.

         Al: Inmersos, majestad.

         Zp: Ah, sí, eso es, incursos, gracias Alberto.

         Al: Un placer, señor.

         (Entra Mrt carraca en mano y se pasea por la escena sin cesar en su cantinela mientras los demás miran)

         Mrt: ¡La Alianza, ra, ra, ra! ¡De Civilizaciones, ra, ra, ra! ¡La Alianza, ra, ra, ra! ¡De Civilizaciones, ra, ra...!

         (Hace mutis por el foro)

         Al: ¿Pero no habíamos encerrado a este tonto la picha? ¿No habíamos quedado en que lo íbamos a encerrar?

         Zp: (pillado en falta) Eh..., ah..., esto..., la verdad, Alberto, se me echó a llorar y no tuve corazón.

         Al: (suave y conciliador) Por supuesto, majestad, por supuesto, lo entiendo.

         Zp: (a MTFV) Idos y descansad tranquila, mi buena señora, que vuestros asuntos están en buenas manos y vuestras cuitas en la antesala del arreglo total.

         MTFV: Mil gracias, majestad.

         Zp: No descansaré hasta que las injusticias que se os han inferido sean reparadas convenientemente.

         MTFV: Otras mil gracias más, majestad. Y podéis tomar todas las gracias que queráis porque no me cuestan dinero.

         (Se inclina ante Zp y hace mutis por el foro)

         Zp: (perplejo a Al) ¿Qué gracias querrá que tome cuando no tiene ninguna? Por cierto, Manolo, ¿qué hay de aquella cría que tanto te interesaba, eh? (guiña un ojo cómplice a M) Ya sabes, aquella que estaba tan buena...

         M: (violento, volteando el cabezón hacia I) Señor, está aquí mi hijo.

         Zp: ¡Uy!

         Al: Iván, ve y dile a Rodrigo que te dé otra comisioncita, que lo ha dicho su majestad.

         I: (contento) ¿De verdad? ¿Otra?

         M: ¡Sí, hijo, corre y díselo!

         I: ¡Voy a por otra más!

         (Hace mutis a todo correr)

         M: Majestad, a la Bibi, que tal es el nombre de la zagala, la hemos mandado a Ginebra.

         Zp: ¿Ginebra?

         Al: Ejem, majestad, si se me permite.

         Zp: Pues claro, Alberto.

         Al: Verá, majestad, Manolo me comunicó el mucho interés que tiene en la zagala y le hemos comprado un puestecito en Ginebra.

         Zp: Ah. Pues muy bien. Muy bien hecho. (Titubea y se decide) Pero, digo yo, la chavalita se me antojó, claro que yo la traté poco tiempo, pero se me antojó miajita..., ¿cómo te diría?

         Al: ¿Tonta del culo?

         Zp: (aliviado) ¡Pues mira, sí! (Se desahoga) No quería decirlo por la querencia que sé que le tiene Manolo, pero lo evidente no se puede negar. Claro, a ver si la habéis mandado a un sitio clave y somos el hazmerreír de todo bicho. Con las ocurrencias de la nena, quiero decir.

         Al: No hay peligro, majestad. Le hemos comprado un puesto en el que no tiene que hacer nada sino acudir a fiestas y cobrar la pasta gansa.

         M: Es cierto. Además, majestad, quiero expresar lo muy agradecido que le estoy a Al por el trato; es que nada más que en dinero no le ha importado gastarse un millón de euros sino que...

         Al: (humilde) No tiene importancia, el dinero es de la Hacienda pública.

         M: Sí, sí lo tiene y nunca te agradeceré bastante, amigo Al, el mucho tiempo y esfuerzos que has aplicado a este asunto.

         Al: (más humilde) No las merece, de verdad.

         (Entra Mnd2, se coloca junto a Mnd1 y corean:)

         Mnd 1 y 2: ¡Majestad, la crisis!

         Zp: (les mira) Pero bueno, ¿no os he dicho que no hay crisis?

         Mnd 1 y 2: ¡Sí la hay! ¡Sí la hay!

         Zp: Haz el favor, Alberto, de abrirles los ojos a estos pollos y convencerlos de que no hay crisis.

         Al: (a Mnd1 y 2) Podéis decir lo que os salga, que su majestad dice que no hay crisis y, por consiguiente, ¡no la hay!

         Mnd 1 y 2: (asertivos) ¡Hay, hay, hay! (Cambian a lamentosos) ¡Ay, ay, ay!

         Zp: (a Mnd1 y 2) ¿Veis como no?

         M: Majestad, si acaso oís algo acerca de un dinerillo que la derechona dice que me he llevado, sabed que no ha sido así.

         Zp: ¿Ah, no?

         M: No. En realidad, lo he repartido a los amigos.

         Zp: ¿Qué amigos? ¿Gente de la Alianza de Civilizaciones?

         M: ¡Por supuesto señor! Todos ellos muy honrados y muy de izquierdas, sindicalistas sobre todo.

         Zp: Ah, pues muy bien.

         Al: Además, majestad, no es cantidad como para echar las campanas al vuelo; se trata tan sólo de unos ochocientos millones de euros nada más.

         Zp: Ah, eso no tiene importancia. Yo, sin ir más lejos, el otro día decreté que enviaran doscientos a mi amigo Chávez, trescientos ochenta a mi amigo Castro y setecientos cuarenta y cinco para los negritos bizcos y maricones del África tropical. (Añade a modo de explicación:) Por la Alianza de Civilizaciones.

         (Entra M carraca en mano y se pasea por la escena sin cesar en su cantilena mientras los demás miran)

         Mrt: ¡La Alianza, ra, ra, ra! ¡De Civilizaciones, ra, ra, ra! ¡La Alianza, ra, ra, ra! ¡De Civilizaciones, ra, ra...!

         (Hace mutis por el foro)

         Mnd 1 y 2: ¡Majestad, la crisis, señor!

         Zp: Oye, Alberto, ¿has observado qué palizas, estos tíos?

         Al: (obsequioso) ¿Mando a los grises para que los ablanden?

         Zp: (piensa y al cabo decide) Mira, mejor no. ¿Sabes por qué?

         Al: ¿Por qué, majestad?

         Zp: ¿Y si luego quieres ser el candidato? (Queda Al pasmado por la mucha perspicacia de Zp)

         (Entra H1, Gerente plenipotenciario de Hacienda)

         H1: ¡A ver, quién se opone a los designios de mi señor?

         Zp: Nadie se opone sino que éstos descamisados andrajosos se han empeñado en que hay crisis.

         Al: He pensado darle una pasada por los grises...

         H1: ¡Nada de eso! Esto lo arreglo yo en un periquete. (Se vuelve a Mnd1 y 2) ¡A ver, quién dice que hay crisis? (Alzan la mano los Mnd) ¿Qué pruebas tenéis?

         Mnd1: ¡Antes tenía hermoso negocio; ahora mis hijos pasan hambre!

         H1: ¿Tú?

         Mnd2: Lo mismo y peor: la ciudad entera está así y lo dice.

         H1: (volviéndose hacia Zp) ¡Hay crisis, majestad!

         Al: (a gritos denuncia) ¡Traición, traición!

         Zp: (silencia a Al con el gesto y habla a H1) Tú dices que hay crisis; yo, que no. ¿Quién sabe más de economía?

         H1: ¡Yo, por supuesto, majestad!

         Zp: (sorprendido) ¿Ah, sí? (A Al) Échalo de aquí a patadas.

         (Al da de patadas a H1 hasta hacerle mutis)

         Zp: (Se acerca al foro y pregunta) ¿Quién quiere ser Gerente de Hacienda? (Aclara) ¡No hace falta que sepa de economía, que para eso estoy yo!

         H2: (Voz fuera) ¡Yo! ¡Me lo pido!

         (Entra H2)

         Zp: ¿Quién es el que más sabe de economía?

         H2: ¡Vos, majestad!

         Zp: ¡Ya eres Gerente plenipotenciaria de Hacienda!

         H2: (Da unos paseos por la escena luciendo talle lastimoso; mientras canta) ¡Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis; seis y dos son ocho y ocho dieciséis!

         Zp: ¡Ésta es mi niña! A ver, ven aquí. (H2 se queda ante él tal que perrillo lastimero y agradecido) Vamos a ver, convence a éstos (señala a los Mendigos) de que no hay crisis.

         H2: ¡Vosotros, venid aquí! (entrega a Mdg1 y 2 una moneda a cada) ¡Tened! ¡Largo y a callar!

        Mnd1 y 2: (al unísono) ¡Un euro, hoy comemos!

         (Mnd1 y 2 hacen mutis por el foro)

         H2: (A Zp, satisfecha) ¡Asunto arreglado, majestad: ya no hay crisis!

         Zp: (Solemne) ¡Me agrada, vive Dios que me agrada esa forma de arreglar problemas: es la mía!

         H2: ¡Pues entonces me voy a Zara a comprar ropita y bombones!

         Al: ¡Para los bombones puedes mandar al chófer!

         H2: ¿Sí? ¡Uy, qué alegría!

         (Cierra los puñitos para demostrar su alegría y hace mutis por el foro)

         Zp: (a Al en un aparte) Esta tía sabe un rato de economía.

         Al: Su majestad sabe más.

         Zp: ¡Por supuesto! Pero... no estaría de más refrescar mis conocimientos. Para no quedar mal ante ella, ¿comprendes?

         Al: Por supuesto, majestad.

         Zp: Tráeme al Solcha y que me ponga al día.

         Al: Al momento, majestad. (Se acerca al foro y llama) ¡Solcha, Solcha, su majestad te llama!

         S: (Fuera) ¡Una pela! ¡Hay una pela a ganar! (Entra) ¿Dónde está la pela? ¿Dónde? ¿Dónde?

         Al: Dale unas lecciones de economía a su majestad.

         S: (A Zp) A ver, repite conmigo: dos y dos, cuatro.

         Zp: Dos y dos, cuatro.

         S: ¡Perfecto, eso es todo, ya está adiós! ¿Dónde está la pela? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde está la...?

         (S hace mutis mientras repite sin cesar la misma muletilla)

         Zp: ¡Fabuloso! ¡Yo ya sabía que yo era listo, pero no hasta qué punto! ¡Cómo en un periquete he pasado de no tener idea a saber de economía más que nadie! (Clava las cejas en el techo) ¡Y eso que soy de letras! (Las clava todavía más) A decir verdad, no sé de lo que soy, si es que soy de algo.

         Al: Listísimo, majestad, eres listísimo.

        Zp: Lo sé, lo sé, Alberto; pero, ¿qué le voy a hacer si soy así? (Pausa) Bueno, recapitulemos. Ya sólo nos queda el asuntillo de ETA para dejar el país a punto de caramelo. ¿Sabes, Alberto?

         Al: (atento siempre a las palabras de su amo) ¿Sí?

         Zp: Cuando veo la obra ingente que hemos ejecutado, ¡me maravillo! ¡Este es otro país!

         (Entra M carraca en mano y se pasea por la escena sin cesar en su cantilena mientras los demás miran)

         Mrt: ¡La Alianza, ra, ra, ra! ¡De Civilizaciones, ra, ra, ra! ¡La Alianza, ra, ra, ra! ¡De Civilizaciones, ra, ra...!

         (Hace mutis por el foro)

         Zp: (señala a Mrt que acaba de hacer mutis) ¿Ves lo que quiero decir?

         Al: Te comprendo, majestad, te comprendo y comparto tu maravilla y satisfacción.

         Zp: Creo, sinceramente creo, que no se podía hacer más en tan poco tiempo.

         Al: En efecto, señor.

         (Entra G, afectado, relamido, voz de pito)

         G: Majestad, Juana Chaos dice que se va a duchar con su novia.

         Zp: ¿Duchar?

         G: Sí; más que nada para echar un polvo y cachondearse un poco más de las asociaciones de víctimas de hijosdeputa.

         Zp: ¿Qué te parece, Alfredo?

         Al: Permiso concedido.

         Zp: ¿Así? ¿Por las buenas? ¿Sin preguntarme siquiera?

         Al: Es que el que manda ya soy yo, majestad.

         Zp: ¿Y yo? ¿Qué va a ser de mí?

         Al: Tranquilo, mi señor, tranquilo: te nombro Consejero del Reino y ¡a vivir del cuento!

         Zp: ¡Pero qué voy a aconsejar yo, Dios mío, si no sé ni donde tengo la mano derecha?

         Al: Tranqui, mi señor, tranqui: tú te limitas a aconsejar lo que creas que se debe hacer en cualquier circunstancia que se te demande.

         Zp: ¿Y?

         Al: Entonces se hace lo contrario y acertamos. Vas a ser el mejor Consejero del Reino, el que nunca nos va a fallar para señalarnos el rumbo correcto. ¡Por primera vez te vas a ganar lo que te paguemos, ea, alégrate!

         Zp: ¡Oh, qué bien! ¡Cuando se lo cuente a los de mi pueblo...!

 

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