CESTAS Y BOLSOS
 
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            ¡Madre mía! ¡Mi segundo día como L.D.P.S. (ya sabes, Lectora de Periódicos Serios) y la que se ha montado!

            ¡Camps ha dimitido!

            Estoy impresionadísima, y eso que hasta ayer casi no sabía de su existencia. No, no me juzgues de superficial tan a la ligera… Seguir las últimas tendencias exige mucho tiempo; no imaginas la cantidad de revistas de moda que hay que leer para estar al día. Y si a eso añadimos mi pequeña adicción a los cotilleos…

            Pero eso se ha acabado, ya sabes. Ahora paso de divorcios, peleas y separaciones de famosos (las bodas las mantengo; tampoco hay que ser extremista) y me voy a dedicar a las peleas, insultos, juicios y miserias varias de los políticos.

            Mucho más edificante, por supuesto. Donde va a parar.

            En mi horario de comida he ido al Vips y me he comprado El Mundo, La Razón y El País y ahora estoy en un banco del Parque de Berlín tomando un sándwich y leyendo.

            Imagino que tú estarás más acostumbrado que yo a estas cosas y no te causaran el mismo asombro que a mí, pero ya sólo los titulares me alucinan:

            La Razón: Camps se sacrifica.

            El Mundo: Rajoy sacrifica a Camps.

            Que me dices, ¿eh? O es un mártir que se ofrece como corderillo a ser sacrificado a pesar de su inocencia en pro de un bien mayor, o el bien mayor acaba con él de un plumazo antes de que el corderillo se quite la piel y se convierta en lobo que se trague al bien mayor de un bocado. Pero las dos cosas no.

            De El País hoy no voy a hacer comentarios; aún me dura el disgusto por lo que leí ayer del caso Faisán.

            ¿Cómo dices?

            ¿Qué porqué me lo he comprado?

            Hombre, no querrás que la cajera del Vips piense que soy de derechas… Que a lo mejor lo soy, o a lo mejor no… Aún no lo tengo claro. Quizás me incline un poco más por la…

            —Hola, Lili.

            ¡Que susto! Levanto la vista de la prensa con el corazón dando saltitos.

            —¡Ey, Andrea! ¿Qué tal?

            Buena chica, esta Andrea.

            —Hecha polvo —contesta al tiempo que se deja caer en el banco a mi lado.

            Sí que tiene mala cara, la pobre. Quizás sea por el asunto del nombre: desde que llegó a la empresa un par de graciosillos le pusieron el mote de “Andreitacometeelpollo” y ya no hay quien se lo borre. Llámame exagerada, pero a mí algo así me quitaría hasta las ganas de vivir.

            —A lo mejor puedes probar con la gestoría esa que sale en la tele —le sugiero. Lo cierto es que cuando vi el anuncio pensé en ella.

            —¿Qué gestoría? —me pregunta con los ojos vidriosos.

            —Ya sabes, la del cambio del nombre —le explico—. Podrías ponerte Claudia, o Martina…

            —¿Por qué? —me pregunta.

            —Porque son nombres de modelos, con glamour y eso, pero si prefieres un nombre de actriz…, Marilyn es un poco excesivo, pero tal vez Rita, o Gina… —contesto—. Yo optaría desde luego por una de las grandes. Sofía también está bien.

            Se seca las lágrimas que empiezan a caerle por las mejillas y me pregunta:

            —¿De qué hablas?

            Uy, uy… Solo hay una respuesta válida.

            —¿Y tú?

            —Me han despedido —dice con un hilillo de voz.

            —¡No! —grito cogiéndole la mano—. ¿Por qué?

            Desde luego que nuestra empresa no tiene corazón.

            —Por la tontería esa de las cestas de navidad —dice entre sollozos.

            Vaya… Pues no sé qué contestarle, la verdad.

            ¿Cómo dices? ¿Que qué asunto es ese?

            Bueeeno, es algo un poco raro, cuanto menos. Verás, resulta que Andrea es la secretaria de dirección y este año se ocupó de encargar las cestas de navidad de la empresa, que fueron normalillas tirando a cutres: nada de jamón, ni de embutido ibérico, ni de champán. Los empleados lo tomamos con filosofía: estamos en época de crisis y las peladillas salen más baratas.

            Pero resultó que no: el departamento de contabilidad puso el grito en el cielo porque se había superado el presupuesto previsto en no-sé-cuantos euros.    Y, habladuría por aquí, información de fuente fiable por allá, un bolso carísimo hizo acto de presencia. Bolso que al parecer la empresa de las cestas regaló a Andrea a cambio de que la eligiese, y bolso que ahora cuelga burlón de su hombro.

            —¡Uf! —le digo, para ganar tiempo.

            —Ya ves —añade entre hipos—. ¡Si no tienen pruebas ni nada!

            —¡Uf! —nada, no se me ocurre nada.

            —Y de todos modos —suspiro largo en un intento de calmarse—, es algo normal.

            Ahí lleva razón.

            —Lo habría hecho cualquiera —continúa.

            Desgraciadamente.

            —Que no quiere decir que yo lo haya hecho —concluye.

            Por supuesto. Claro que no. ¡No poco!

            —¿Y qué vas a hacer ahora? —En el fondo me da pena. Con la crisis, perder un puesto de trabajo es muy chungo.

            Se seca las lágrimas con un kleenex y una sonrisa asoma a sus labios.

            —Me voy a meter en política.

            Ya ves, me estoy quedando sorda. O puede que esté perdiendo la cabeza. ¿Creerás que he oído que se va a meter en política?

            —¿Qué?

            —En política. Mi tío es alcalde de … y me ha dicho que necesita un asesor, que le mande el currículum y que empiezo el lunes.

            ¡Ostras! Trago saliva y consigo murmurar:

            —Seguro que te va a ir fenomenal.

            Y se lo digo con todo el dolor de mi corazón.
           

 

 
23-VII-11