¡COSAS DE CAJÓN!
 
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            Hay tres cosas que como L.D.P.S. me preocupan muchísimo.

            La primera es el asunto de la tinta: ¿no podrían hacer algo para que cada vez que leo un periódico no se me queden los dedos negros? Echarle un esmalte a las páginas o algo parecido. O quizás un poco de laca… Si hasta la revista Sálvame lo hace, no puede ser tan difícil: ahí la tienes, páginas suaves con letras que no se te quedan pegadas.

            Está claro que la tecnología existe, ¿por qué no la aplican entonces a los periódicos? ¿Eh?

            Esta tarde me he llevado un susto tremendo por este motivo. La primera señal de alarma me ha llegado de Manolo, el portero:

            —Pero chica, ¿vienes de la mina o qué?

            Le he dedicado una sonrisa un poco forzada y me he escabullido escaleras arriba hasta la oficina, mientras me contorsionaba para tratar de olerme la camisa sin soltar los periódicos y el bolso, no fuese a ser que el desodorante me hubiese abandonado.

            Mmmm…, no, un repasillo olfativo por encima me ha tranquilizado. ¡Si huelo fenomenal! Desde que me tomo un sándwich en el parque ya ni tan siquiera se me pega el olor a fritanga del bar. No sé yo si Manolo no se estará pasando con los chatos de vino…

            Al entrar en la oficina Luisma me ha mirado de una forma rara.

            No, no en plan…, ya sabes, guay, sino en plan… que-le-pasa-a-Lili-con-lo-mona-que-va-siempre. Ya me entiendes…, o no, porque me estoy explicando fatal. Pero me estaba cogiendo un mosqueo tremendo.

            Mónica me ha echado un repaso de arriba abajo con un descaro que rozaba la mala educación (mal bicho, esta Mónica; algún día te hablaré de ella), y Rocío se ha quedado con la boca abierta.

            Vale, ahí ha sido cuando he visto con claridad que algo iba realmente mal, porque Rocío es buena chica, de modo que he soltado todo encima de mi mesa y me he ido al baño.

            ¡Madre mía!

            ¡Venga ya! ¿Qué le pasa al espejo?

            De acuerdo, al espejo no le pasa nada. ¡Era yo!

            ¡Parecía un indio!

            No, no una india al estilo de Pocahontas, con trenzas brillantes y un trajecito hecho de retales que me queda fantástico (¿cómo se te ocurre algo así?). Hablo de un indio, con la cara pintada de negro por debajo de los ojos y churretes hasta en la frente.

            ¿Cómo dices? ¿Qué los indios no van así?

            Pues en las pelis del oeste que yo he visto sí. Y además, eso es lo de menos; estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.

            ¿Qué demonios era eso? Todas las desgracias posibles han pasado por mi mente en un segundo, desde la lepra hasta un brote terrible de acné tardío; pero me he dado con un dedo en la mejilla y se ha puesto más negra. Entonces me he mirado las manos y…

            ¡Ahí estaba! ¡La tinta de El Mundo, El País y el ABC! ¿Será posible?

            Sí, el ABC también. Lo que me lleva a la segunda cosa de la que te hablaba al principio: ¿por qué hacen los periódicos con un tamaño tan incómodo y sin una grapa? ¿Para qué así te resulten más difíciles de leer, aumentando tu autoestima si lo consigues sin que ninguna hoja se te escape y salga volando?

            Menos el ABC, que tiene un formato perfecto, con sus grapitas, páginas de un  tamaño normal, fotos de Letizia… La verdad es que no está nada mal. De hecho, en estos momentos me gusta más que El País (que sólo me lo compro porque tengo un ramalazo masoquista de lo más curioso).

            Y el tercer tema que me tiene preocupada es el de Rubalcaba.

            —No lo entiendo —le he dicho a JC esta mañana en el desayuno.

            —Aha —ha musitado mi novio, tratando de verme con los ojos aún adormilados a través del vaso de colacao.

            —Lo de Rubalcaba —añado.

            —Ya —entre sorbito y sorbito.

            —Es que si ya está en el gobierno y tiene un montón de medidas geniales para salir de la crisis, no sé a qué espera.

            —Pues no sé.

            —Lo de Rajoy lo veo claro; no puede hacer mucho en este momento, salvo no meter la pata (mentalmente cruzo los dedos para que no hable de niñas, ni de chuches ni de cosas raras). Pero lo de Rubalcaba es que no lo pillo.

            JC me mira despistado.

            —Digo yo que si tiene un puñado de medidas que pueden ser la clave y que llevará a cabo si gana el PSOE, como el PSOE está gobernando ahora, ¿no puede adoptar esas medidas… —le doy un trago al café con leche para tratar de calmarme— y ahorrarnos más sufrimiento a los españoles? ¿Por qué nos vamos a creer que va a hacer las cosas mejor si gana las elecciones?

            —Pues sí —responde JC metiéndose una galleta de chocolate en la boca.

            —¿Por qué no las hace mejor ya? ¡Que lo importante no es que ganen ellos, es que ganemos todos! —exclamo, con el corazón encogido.

            JC me mira preocupado.

            —Lili, no te puedes tomar esto tan en serio. Tienes que dejar de darle vueltas todo el tiempo, porque si estás así a las ocho de la mañana, no sé yo…

            Lleva razón; desde que leo los periódicos soy al menos un diez por ciento menos feliz que cuando no los leía.

            —Lo sé —admito, cabizbaja—. Pero es tan grave todo… Ya ni tan siquiera me importan los cotilleos; son tan poca cosa, comparados con la realidad…

            —Bueno, siguen teniendo su gracia —contesta JC—. ¿Quieres que te cuente uno?

            —Claro —susurra mi antiguo yo, con los ojos tratando de recuperar el brillo pasado.

            —¿Te acuerdas de Edu, mi compañero de despacho?

            Mmmmm…, no.

            —Pues él y su novia han roto.

            Lo miro sorprendida. ¿Y? ¡Vaya asco de chisme!

            —Pero eso no es lo peor —bueeeno, me digo, si hay algo peor…—. Llevan siete años de novios y ahora que él le pide que se casen, resulta que ella está con otro.

            —¡Vaya! —finalmente, la bestia cotilla comienza a despertar—. ¿Y eso?

            —Las mujeres, que no hay quien os entienda —dice negando con la cabeza—. Se pasa ella dos o tres años diciéndole que si tiene que cambiar, que las tareas de la casa son cosa de los dos, que no puede salir todos los sábados con los amigotes…, ya sabes, lo típico.

            Yo no lo veo muy típico…

            —Y de pronto va ella y le dice que se acabó, que está harta y que se larga.

            ¡Olé por ella!

            —Y él le ha pedido que se lo piense, que va a cambiar, que todo será diferente, que se casen…—continúa JC, al tiempo que rebaña con una cucharilla los restos del chocolate de su taza—. Incluso se lo ha suplicado; el pobre está hecho polvo.

            —¡Pero ya es muy tarde!—exclamo, indignada—. ¿Por qué no ha hecho todo eso mientras estaban juntos? —le pregunto—. ¿Por qué va a creer ella que va a hacer todas cosas que no ha hecho durante los siete años anteriores?

            JC suelta la cucharilla y me mira alucinado.

            —¿Ves lo que te digo? ¿Por qué nos vamos a creer a Rubalcaba?

            Le miro con los ojos como platos: ¡Con esos cotilleos tan cutres, no sé cómo quiere que deje de pensar en política!

 

 
26-VII-11