¡COSAS DE M...!
 
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            —¡Lili, tienes el móvil desconectado! —me dice JC desde el dormitorio mientras se cambia—. ¡Llevo toda la tarde tratando de hablar contigo!

            —Mmmm —contesto desde el salón, dando un trago culpable a la copa de chardonnay.

            —¿Lo tienes sin batería? —me pregunta.

            —Mmmm —insisto.

            —¿Lili? —la desconfianza aparece en su voz—. No lo habrás vuelto a hacer, ¿verdad?

            —Mmmm —regla básica en cualquier interrogatorio: mantener la misma versión desde el principio.

            —¿Otra vez? —JC aparece de pronto en la puerta del salón con el rostro desencajado—. ¿En serio?

            Decido no mirarlo; clavo la vista en la tarima. Esa marquita cerca de la mesa no me suena; ni las de la derecha del sofá; y eso de ahí…, ¡madre mía, si es un hoyo!

            ¡Esta tarima tan blanda me va a quitar la salud! JC lleva razón, deberíamos cambiarla por acera de la calle…

            —Lili, mírame —me pide mi novio con firmeza—. ¿Ha pasado de nuevo?

            Lentamente levanto la vista y…

            Me derrumbo. Sus ojos son como dos focos que me deslumbran y me nublan la razón. Mis nervios crispados ceden a la presión. No estoy hecha para estás cosas.

            —Sí —murmuro casi para mí.

            JC se sienta a mi lado y se tapa la cara con las manos.

            —No me lo puedo creer.

            —Pero esta vez ha sido diferente, en serio —trato de justificarme—. Iba todo bien hasta el final…

            ¿Cómo dices? ¿Qué de que hablo?

            ¡No, nada de cleptómana! ¿Pero qué opinión tienes de mí?

            Vale, vale, no me ofendo, pero mira que pensar que yo sería capaz de…

            Mejor te lo cuento. Ya verás cómo me das la razón.

            Este mediodía me he dirigido a mi banco de siempre en el parque de Berlín, armada con El Mundo, El País y el Instyle. Hacía un tiempo perfecto, con una ligera brisilla incluida, y me sentía en paz con el mundo.

            Después de dudar un par de segundos he cogido el Instyle: tanto periódico serio me está mustiando. Hoy casi salgo de casa vestida de negro y gris, ¡en pleno mes de julio!

            Estaba haciendo una lista mental de las cosas que necesito de forma inmediata y urgente (unas hawaianas rojas, unos shorts celestes con hondas en el bajo, un vestidito coral de volantes, una laca de uñas celeste de Dior, unas cuñas de tiras fabulosas de Nine West, un bolso bandolera color chocolate, unas…) cuando he recibido un mensaje en el móvil.

            Publicidad de M…, bueno, de mi compañía telefónica (sólo diré que no es Vodafone ni Orange; no, no insistas, no te diré cual es…)

            Paso de leerlo, lo borro y sigo con mi lista. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí, por las…

            Oh, oh, otro mensaje. Mentalmente deseo que no sea…, pero sí lo es: más publicidad de M… Lo borro rápidamente, respiro hondo y trato de calmarme. Retomo la revista y…

            ¡Pero bueno! ¡Otro mensaje! Como sea de nuevo de M…

            ¡Es que no me lo puedo creer! ¿Me quieren dejar en paz? Que me están buscando…

            ¡Otro mensaje! ¿Pero que pretenden? ¿Qué me dé un síncope?

            Entenderás que ante eso sólo podía hacer una cosa: llamar al 609 y…, bueno, lo que surgiese.

            —M…, buenos días, me llamo lo-digo-superrapido-para-que-no-te-enteres y voy a hacer todo lo posible por usted.

            Empezamos mal.

            —Perdone, pero no he entendido su nombre —le digo a la chica que me contesta, después de pasar al menos diez minutos de contestador en contestador. ¡Hasta he tenido que soltar un taco para que me pongan con un comercial!

            —Que-te-crees-tú-que-te-lo-voy-a-decir —responde de carrerilla. Me ha parecido entender Florinda Chico, pero no podría jurarlo.

            Lo dejo pasar.

            —Querría dejar de recibir mensajes de publicidad en mi móvil —le digo con una educación exquisita.

            —¿Me dice su nombre? —contesta. Uy, uy, uy, que mal vamos…

            —¿Me dice usted el suyo? —replico, ya un poco mosqueada. Muy mosqueada, de hecho. Casi al borde del abismo.

            —Ya se lo he dicho —responde con superioridad la voz al otro lado de la línea.

            —¿Me lo puede deletrear? ¡O aprende a vocalizar o…

            —Pi, pi, pi, pi, pi.

            Sí, es lo que imaginas: ¡me ha colgado!

            Vuelvo a llamar. Mientras hago de nuevo el camino de los contestadores trato de tomarme el pulso, no me vaya a dar un infarto.

            —M…, buenos días, me llamo es-imposible-que-me-entiendas y voy a hacer todo lo que pueda por atenderle.

            Inspiro, expiro, inspiro, expiro.

            —No he entendido como se llama, pero no importa —le digo, más tranquila—. Sólo quiero dejar de recibir mensajes de publicidad en mi móvil —eso es, me centro en lo que quiero y me olvido del resto.

            —¿Me dice su nombre?

            Se lo digo.

            —Muy bien, señora Díaz, ¿qué puedo hacer por usted? —me pregunta la teleoperadora mientras se lima las uñas. No, no la estoy viendo, pero lo sé.

            —Quiero dejar de recibir mensajes de publicidad en mi móvil —petición clara.

            —Eso no es posible, el ordenador no me permite esa opción. ¿Puedo hacer algo más por usted?

            —¿Cómo que no es posible? —grito histérica— ¡Que no me manden más mensajes! ¡Le juro que como me llegue otro mensaje…!

            —Pi, pi, pi, pi, pi.

            ¡Otra vez! ¡La tía me ha colgado! ¡Esto es inaudito! ¿Pero qué hago? ¿Me voy a la comisaría de Chamartín y la denuncio por intento de homicidio? ¡Porque están tratando de matarme de un ataque de nervios!

            En plena desesperación mi móvil suena y…

            ¡Otro mensaje!

            No puedo más. No sé qué le he hecho a M… pero ha tenido que ser algo terrible para que me traten así.

            No, no, no, no soy yo. ¡Son ellos! ¡Se van a enterar!

            Llamo de nuevo. Sé que es un error, que JC me ha pedido miles de veces que no lo haga, pero no me puedo controlar. Mi demonio interior está totalmente desatado.

            Esta vez el operador es un chico.

            —M…, buenos días, me llamo Hugo Sánchezy voy a hacer todo lo que pueda por atenderle.

            ­—¿Ha dicho usted que se llama Hugo Sánchez? —le pregunto incrédula.

            —Sí, señora. ¿En qué puedo ayudarla?

            —¿Pero se piensa que soy tonta? —es que es muy fuerte…—. ¡Quiero poner una reclamación! ¡Y no quiero recibir más mensajes, ni de M… ni de nadie! ¡Y quiero darme de baja! —grito con toda mi alma—. ¡Y váyanse todos a hacer puñetas!

            Miro el móvil con ojos asesinos y lo estampo contra el suelo. No hay forma de dominarme. Lo recojo y lo vuelvo a tirar. El corazón me va a mil por hora. Me acerco despacio y lo observo.

            Increíble: casi no se ha roto. Se le ha salido la batería y poco más. Es como el malo de una peli de terror, que nunca muere. Le doy una patadita.

            Mmmm, parece inofensivo, pero nunca se sabe. Mejor lo pisoteo.

            ¡Sí! Después de clavarle el tacón un par de veces y darle una patada me siento mucho mejor.

            ¡Se acabaron los mensajes de publicidad! ¡A tomar viento!

            Más calmada, me siento en el banco.

            Lo único malo es JC: no sé cómo voy a decirle que se me ha vuelto a caer el móvil.

            Por quinta vez.

            En lo que va de año…

 

 
01-VIII-11